Homilía de Mauricio Zúndel en N. Sra. de los Ángeles, Beirut, el domingo de Pascua, 2 de abril 1972. Publicada: “Vida, muerte y Resurrección” p.143(*)

Supongamos con la física contemporánea que el radio del universo es de diez mil millones de años luz. Supongamos que la galaxia más lejana nos envía hoy un rayo que viaja desde hace diez mil millones de años luz, eso puede darnos una idea de la inmensidad del mundo en que no somos más que un átomo, una nada, un cero, al menos en apariencia. En apariencia, porque en realidad somos nosotros los que calculamos la inmensidad del mundo, somos nosotros los que la reconocemos y así somos más grandes que el mundo. La lombriz no conoce sino el espacio vital de su pequeño huerto. El hombre, aunque materialmente sea nada en la inmensidad física del universo, es el que conoce y calcula esa inmensidad.

Por eso Pascal pudo decir tan profunda y magníficamente: “Por el espacio, el universo me contiene y me sumerge como un punto. Por el pensamiento, yo lo contengo (Br. 348). El universo que se vuelve un punto en mi pensamiento, pues diez mil millones de años luz puedo multiplicarlos por mil, para mi inteligencia es una simple operación. Y mientras más imagino el mundo inmenso, más lo domina mi pensamiento y más aparece como más grande que él. Y eso es justamente lo que nos apasiona, eso es lo que provoca nuestra admiración: es en nosotros donde hay una grandeza tal que nada puede satisfacerla, al punto que todo objeto en el mundo es demasiado pequeño comparado con el espacio ilimitado de nuestra inteligencia. De ahí nos viene el deseo, la necesidad imperiosa de infinito que nos reúne hoy.

Pues ¿por qué estamos aquí? ¡No para rumiar antiguas supersticiones, no para obedecer a una tradición de tribu! Estamos aquí par conocer nuestra vocación de infinito y realizarla. Porque Jesús vino precisamente para responder a la sed de infinito que nos devora, Jesús, es decir Dios en medio de nosotros, Jesús, es decir Dios en el corazón de nuestra Historia, es decir Jesús en el centro de nuestra vida.

¿Qué viene a hacer Él sino a enseñarnos, a revelarnos que en efecto, para Dios, el peso de nuestra vida es Dios mismo? Ahora bien, toda la Creación que acabamos de vivir, todo el misterio adorable expresado en palabras inefables, toda esa Pasión, ¿qué significa? Quiere decir que el hombre, a los ojos de Dios, iguala a Dios, porque justamente Dios nos ama tanto que quiere comunicarnos Su Vida, que quiere satisfacer nuestra necesidad de infinito comunicándonos Su Presencia y Su Vida.

De eso necesitamos tomar conciencia. Ustedes cantan al Señor, le cantan con alegría, le cantan magníficamente el domingo por la noche, pero ¿es su vida un descubrimiento y una creación? ¿Ha tomado su vida conciencia de su inmensidad? ¿Retuvieron que son únicos, cada uno de ustedes? ¿Y que cada uno es indispensable para el equilibrio del mundo? Porque cada uno de nosotros es irremplazable.

Si entran en una pieza, su presencia no es neutra. Su presencia determina una corriente, una corriente de vida o de muerte, una corriente de luz o de tinieblas, su presencia cambia algo en la atmósfera, cambia algo en el universo y porque tienen esa capacidad, porque tienen esa vocación de grandeza, por eso vino Cristo, por eso viene siempre, por eso los ama con un amor infinito, por eso pone en la balanza Su propia vida, como contrapeso de la nuestra.

No hay duda que la aventura humana, en que ustedes creen, que ustedes esperan, y a la que quieren dedicar tota la pasión de su juventud, esa aventura no hay duda que se realiza primero en ustedes. En el secreto de su vida, en la intimidad de sus elecciones, de sus decisiones, de sus afectos, ustedes realizan su vocación humana, es decir su vocación de creador y de hijo de Dios.

Recuerden la gran expresión de San Pablo, tan conmovedora, tan admirable, en la epístola a los Romanos: “La Creación entera gime en dolores de parto, porque está sometida por el hombre, contra su voluntad, a la vanidad y la Creación entera espera la revelación de la gloria de los hijos de Dios(Romanos 8, 19-22). Eso quiere decir que la Creación entera los está esperando, porque en ustedes debe manifestarse la gloria de los hijos de Dios: ¿no es una aventura digna de solicitar su entusiasmo, digna de poner en movimiento todo su espíritu de aventura, toda su capacidad de amar? El mundo entero está en sus manos, el mundo entero los está esperando, no para una acción exterior, sin duda necesaria pero siempre limitada, sino para una acción sin límites y propiamente infinita que brota de nuestro pensamiento y que es el don de nuestro corazón.

¡No estaríamos aquí, ni yo ni ustedes, si no creyéramos en esa inmensidad! Nuestra fe en Dios es también, en la misma medida, fe en el hombre, porque ¿dónde encontrar a Dios en una experiencia humana sino en un hombre transfor­mado, en un hombre liberado de sus límites, en un hombre hecho espacio ilimitado de luz y de amor?

El misterio pascual justamente, por inspirar nuestras vidas, el tiempo de Cristo por resultar de la ecuación sangrienta inscrita en la Historia por Jesús: a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios, el misterio pascual nos invita a tomar conciencia de nuestra grandeza, nos invita a ser verdaderos, a no hacer trampas, porque eso es lo contrario mismo de la grandeza, hacerse trampa a sí mismo, trampear en la soledad del pensamiento, trampear en los amores, pero el que dice la verdad en su corazón, sube a la montaña de Dios, o mejor, se convierte en la montaña de Dios, se convierte en el faro que ilumina toda la humanidad.

Einstein, ese gran genio que revolucionó la física en tantos dominios y que tenía un sentimiento de humildad tan profundo, escribió: “ante el universo, el que no conoce el sentimiento religioso y que no siente respeto, es como si estuviera muerto”.Einstein decía eso ante el universo, ante el universo a través del cual llegaba a la Verdad Infinita que alimentaba su genio. ¿Qué decir ante lo que es infinitamente más grande que el universo, es decir ante nuestra vida misma?

Sí, nosotros somos el gran santuario de Dios porque de nosotros debe partir la irradiación que va a transformar todo el universo. Se trata pues de tomar conciencia de esta vocación, de entrar en nuestra grandeza y de dar como un imán, a nuestra vida y a toda la Creación, el Infinito que es el Dios vivo escondido en lo más profundo de nuestro corazón y que nos espera y nos envía a hacer más bella la vida y más feliz la humanidad.

Apresurémonos con alegría al encuentro del Señor resucitado dándole gracias por habernos revelado nuestra grandeza comunicándonos la Suya, recordando esa gran expresión de San Juan de la Cruz: “Un solo pensamiento humano es más grande que todo el universo. Sólo Dios es digno de llenarlo.

 

  (*) TRCUSLibro « Vida, muerte y Resurrección »

  Ed. Anne Sigier – Sillery, 2001. 164 pags

  ISBN : 2-89129-244-8

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir