Conferencia de Mauricio Zúndel a las franciscanas de Ghazir, Líbano, en agosto de 1959. Publicada en "Je parlerai à ton cœur" p. 171 (*)

Misterio de su muerte y Resurrección. Si recordamos lo que le dijo a Pedro y que está fuera de los Evangelios Sinópticos después de la Confesión de Cesarea, Lejos de mí, Satanás,(Mc 8:33; Mt. 16:23) mientras Pedro trata de alejar a Nuestro Señor de la Cruz retomando el programa de las tres tentaciones, si recordamos esas palabras y la manera tan abrupta como nuestro Señor descarta ese deseo, sin duda generoso del apóstol Pedro, de alejarlo del sufrimiento y de la muerte, y si por otra parte meditamos la oración de nuestro Señor en el Huerto de los Olivos, “Padre, ¡que se aleje de mí este cáliz! ¡Si es posible, que este cáliz se aleje de mí!, (Mt. 26:39; Lc 22:42) la oración repetida tres veces y la tristeza infinita que va hasta el sudor de sangre y que le sugiere pedir por tres veces la ayuda de sus amigos, refugiarse en la amistad de sus apóstoles, los cuales, ay, se durmieron, medimos, sentimos toda la novedad del acontecimiento.

Todo eso, sin duda, nuestro Señor lo sabía. Todo eso lo debía vivir un día, por ahí debía terminarse todo. Pero ahora ha llegado el momento. Es de verdad la hora de las tinieblas, la hora de la prueba suprema y es tan terrible que nuestro Señor retrocede de horror ante el cáliz que debe vaciar hasta las heces.

Si comparamos las dos situaciones, aquella en que nuestro Señor reprende tan severamente a su apóstol y los gemidos en la debilidad de la víctima que va a ser inmolada, es imposible no sentir en nuestro Señor la marca del tiempo. Los acontecimientos están grabados en su sensibilidad con toda agudeza y toda su novedad. Y si siente tanto terror delante de la agonía en que va a hundirse, es que hay algo nuevo.

Y ese algo nuevo, el apóstol san Pablo lo expresa con las palabras que son lo único que puede decirse, lo único que dice sin herir la profundidad insondable del misterio lo que un alma cristiana puede meditar: “Al que no conoció pecado, Dios le hizo pecado en lugar nuestro, para que nosotros seamos en él justicia de Dios” (2 Co. 5:21).

En el capítulo 5 de la segunda a los corintios, como lo hace a menudo, no meditando de manera central sobre el misterio de la Cruz, san Pablo adjura los corintios a perseverar en la conversión. Nos da las palabras más preciosas que nos introducen en la más profunda sublimidad de ese misterio desgarrador: “Al que no conoció pecado, Dios le hizo pecado en lugar nuestro”.

La única traducción posible de estas palabras de san Pablo, que la Biblia de Jerusalén comenta desafortunadamente como diciendo que Dios hizo “jurídicamente” pecado, como si Dios hubiera hecho un proceso con nosotros, a través de Jesucristo, elude la cuestión. Afortunadamente, se trata de algo muy distinto. Hay que tomar a la letra esas palabras aterradoras: Dios lo hizo pecado. ¡Eso quiere decir que nuestro Señor fue revestido de la culpabilidad de todos los hombres, de todos, desde el comienzo del mundo hasta el final! Es decir que nuestro Señor debió sentirse culpable de todos los pecados del mundo, como si fuera el « pecado hecho hombre y que esa situación inexpresable en que está revestido de todo el mal que haya sido o sea jamás cometido en el mundo, esa situación es algo tan impensable, tan aterrador que nosotros jamás podremos penetrar hasta el fondo de ese abismo.

Por ser el Hijo del Hombre, a título de segundo Adán precisamente, nuestro Señor está llamado a vivir la vida de cada uno de nosotros, a identificarse con cada uno, como una madre puede vivir la vida de su hijo único. Él responde por cada uno de nosotros, en cada uno es el contrapeso de amor que debe neutralizar, superar y reparar todas nuestras faltas.

Pero solo puede ser ese contrapeso de amor viviendo nuestra culpabilidad hasta las heces. ¿Es que una madre se identifica jurídicamente con su hijo? ¡No! Ella lo vive, inclusive lo vive más que él mismo. Y por eso, ella es la primera víctima, por eso la desgarra, la desgarra todo lo que deshonra a su hijo, todo lo que lo hace culpable, todo lo que hace su degeneración.

Y esta situación de una madre para con su hijo, esta identificación perfecta, nuestro Señor la vivió para con cada uno de nosotros. ¡No hay en el mundo traición, cobardía, hipocresía, no hay en el mundo desvío, no hay en el mundo culto de sí mismo y egoísmo, no hay en el mundo estado de tinieblas y de rechazo que nuestro Señor no haya tenido que vivirlo, como si fuera el mayor culpable de la Historia! ¡Y no hay duda de que cuando ora por sus verdugos, la falta de ellos le parece liviana comparada con la culpabilidad de que está revestido!

Ahora bien, y ése es justamente el centro de la Pasión, nuestro Señor es la infinita inocencia. Él no pierde la conciencia de su unión perfecta con la divinidad. En cierto nivel de su conciencia, sabe que es absolutamente inocente de todo mal que se haya cometido y sin embargo, en otro nivel de conciencia, siente una culpabilidad infinita.

De cierto modo, podemos tener una imagen de ello recordando que en nosotros hay diferentes niveles de conciencia y que también en nosotros (es una muy lejana analogía evidentemente) hay un conocimiento que es en cierto modo intemporal, un conocimiento abstracto, un conocimiento teórico que es absolutamente cierto y sin embargo no tiene impacto sobre nuestra sensibilidad.

Sabemos perfectamente que vamos a morir. Lo sabemos con absoluta certeza, pero esta certidumbre no nos influencia. ¡En la vida ordinaria, vivimos como si no fuéramos a morir! Vemos que la gente muere, escuchamos doblar las campanas, participamos en funerales, celebramos el memorial y el aniversario de los difuntos. Eso les ha sucedido a ellos, pero no pensamos que pueda sucedernos.

El día que nos llegue con su punta acerada comprenderemos toda la novedad de su acontecimiento. Cuando nos digan “Esperamos su final esta noche”, si es que nos lo pueden decir, si no morimos de muerte repentina, cuando nos digan: “Dentro de media hora…” la cosa será muy distinta, pues ahora la certidumbre que estaba en el nivel del conocimiento abstracto la sentiremos con nuestra sensibilidad y será un acontecimiento actual.

E igualmente también, cuando hacemos el mal, cuando rehusamos el llamado de la gracia, cuando nos ponemos al abrigo de la generosidad que las circunstancias nos exigirían, sabemos muy bien dónde está el bien. Lo sabemos de manera abstracta, lo sabemos teóricamente y si nuestra elección es mala, lo es en otra zona, en otro nivel de conciencia, eso nos molesta, nos pide un esfuerzo, y ese esfuerzo parece como demasiado, como un mal respecto de nuestra sensibilidad fatigada. Sentimos como mal en la zona sensible lo que nos parece todavía como bien con respecto a un conocimiento teórico y abstracto.

Y en fin, para ir más cerca del tema que nos ocupa, el escrupuloso más delicado, como dice san Alfonso de Ligorio, puede estar seguro en cierto nivel de su conciencia de no tener pecado. Por eso cuando pedimos a los escrupulosos que juren que han pecado, rehúsan hacerlo. Tienen perfecta conciencia de que es imposible, no tienen certeza suficiente como para comprometerse en juramento, y sin embargo se torturan porque tienen el sentimiento de haber pecado. Y esa tortura en su ser sensible, no puede compensar la certidumbre abstracta que conservan a pesar de todo de no haber consentido con el mal.

Esta analogía, muy alejada, nos permite entrar en el combate supremo de nuestro Señor, que padeció una coexistencia insostenible de una inocencia infinita y una culpabilidad infinita. Justamente, por ser la inocencia perfecta, la culpabilidad infinita con la cual se identificó era para él un suplicio y pedía para evitarlo. No escapó y murió en ese grito cuyo horror no quisieron suavizar: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”

Pero justamente, la meditación del Padre Mac Nabb nos permite conservar todo el horroroso realismo de la situación, al contrario, nos urge a conservarlo pues si nuestro Señor vivió hasta el fondo toda la culpabilidad humana, vivió entontes de cierto modo tanto la inocencia infinita como el infierno que podía experimentar.

Sintió como si la mirada de Dios se alejara de él, como pueden los místicos sentir en el túnel de las pruebas purificadoras que preceden la llegada a la luz de pascua. Debió vivir el infierno como podía soportarlo la inocencia infinita. Sintió que la mirada de Dios se alejaba de él y sintió toda la humanidad hostil puesto que lo condenaba y lo crucificaba.

En su sensibilidad torturada, era a la vez el anatema del cielo y de la tierra, rechazado por Dios como gran culpable y rechazado por la tierra como inocencia infinita, identificada con Dios, crucificado por todos esos rechazos de amor.

Y ahí está el nudo de la Pasión. De eso murió nuestro Señor. Nuestro Señor no murió de sus heridas, aunque fueron atroces. No murió de la sed que lo consumía. Murió de la muerte interior, de la muerte espiritual, de la coexistencia en él de la suprema inocencia y la infinita culpabilidad, coexistencia que lo rompió. Por otra parte, el Evangelio de san Juan lo anota: “Los verdugos se asombraban de que ya hubiera muerto, mientras que los compañeros de suplicio no habían expirado todavía.

Es que nuestro Señor no fue herido solo por la vía del dolor físico, sino ante todo, esencialmente, centralmente, por el desgarramiento interior en que se realizaron las palabras de Pablo: “Al que no conoció pecado, Dios le hizo pecado en lugar nuestro.” Solo este realismo llevado hasta el final nos permite vivir en cierto modo la Agonía de nuestro Señor y su misteriosa debilidad.

Eso es justamente lo que más nos conmueve en los relatos que los evangelistas hacen con tanta sobriedad, en que no hay lágrimas, no hay gritos, su sensibilidad parece completamente ausente, en que quisieron dar a la evocación toda la pureza de un silencio arrodillado.

No quisieron mezclarle sus sentimientos a todo lo indecible y nos ponen de inmediato en cierto modo en contacto con la debilidad de Jesucristo. Jamás el Señor es más cercano que en esa debilidad, pues ¡si hay algo auténtico, es eso! Los evangelistas no hicieron trucos, no tratan de suavizar la visión de horror y nos dejan entrar en cuanto puede nuestro amor es capaz, en esa soledad desesperada.

Todo lo que hace Jesús, la oración solitaria, el sudor de sangre, la triple visita a sus discípulos dormidos, la oración por sus verdugos, el “Todo está consumado y las palabras que terminan la terrible oblación en Mateo y Marcos, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, todo eso es la suprema realidad de la Pasión. Jesús se sumergió de verdad en las tinieblas infernales y fue de eso que murió.

Pero justamente porque murió de esa muerte interior, de esa muerte de identificación con nosotros que nuestro Señor no podía permanecer en el sepulcro. Nuestro Señor nunca fue cadáver pues no murió de su muerte sino de la nuestra. No podía morir de su muerte por ser, como dice san Pedro, “el Príncipe de la Vida (Hch. 3 :15). En él no había nada que no estuviera presente en la vida eterna en la Persona del Hijo que era su verdadero y único yo. La muerte no podía encontrar en él ninguna falla por donde entrar. No podía encontrar en él nada que purificar, nada que no estuviera ya infinitamente vivo. No había en él ninguna rama seca que debiera podar. Todo en él era vida, todo era vida y todo era vida eterna, ya que en todas las fibras de su carne circulaba la vida divina.

El verdadero milagro es que nuestro Señor haya muerto. Y justamente, si murió, como nos lo hace entender inmediatamente san Pablo, es que no murió de su muerte sino de la nuestra, para vencer en nosotros la muerte. Murió de muerte de identificación, murió de muerte de Amor. El verdadero milagro es que haya muerto, y que no haya podido morir porque era el segundo Adán capaz de vivirnos a todos y a cada uno en nuestra más profunda intimidad, capaz de ser en nosotros el contrapeso de todos nuestros rechazos de amor, capaz de asumir toda nuestra culpabilidad y en fin, de vivir nuestra muerte para vencerla y asociarnos a su Resurrección.

Pero ahora que todo está consumado, su carne no puede sufrir la corrupción porque él murió de muerte interior, de muerte espiritual, de muerte de amor, de una muerte por el interior. Murió de muerte incorruptible. Su carne sagrada sigue subsistiendo, envuelta en la divinidad y, cuando resurge, es resurgencia connatural, porque esa carne incorruptible, esa carne que no es cadáver, esa carne que está toda cubierta por la Presencia de la divinidad en que subsiste, esa carne llama la vida a la cual jamás a cesado de estar presente, a la cual ha estado ofrecida para nuestra Redención. Y, cuando es arrancada a los lazos de la muerte, retoma el estado que le era connatural. Por ser la carne del Verbo encarnado, es una carne infinitamente viva, una carne eternamente viva. Y la Resurrección es simplemente la retoma de la unidad connaturalmente infrangible que solo pudo ser rota por su identificación con nosotros.

La resurrección de nuestro Señor no es pues la reanimación de un cadáver como la de Lázaro o la de la hija de Jairo, sino algo totalmente diferente, porque la muerte de nuestro Señor es totalmente diferente de la muerte de Lázaro o de la hija de Jairo o la nuestra, justamente porque nuestro Señor murió de esa muerte única que es muerte de identificación y de Redención. Salió del sepulcro por una Resurrección única, de una carne incorruptible que reposa en el seno de Dios y que es llamada a la unidad inseparable que es su condición connatural, quiero decir, que responde a su vocación y a su situación, a su condición de Verbo encarnado.

Pero, por ser primer viernes del mes, queremos permanecer en la visión de la debilidad de nuestro Señor y, con san Francisco, el gran compasivo que vivió la Pasión de Jesús y lloró por ella hasta perder la vista, también nosotros queremos sumergirnos en las llagas de amor para tratar con san Francisco de curarlas con nuestro amor, adorando la identificación que hace de nuestro Señor por un momento y en el horror de una angustia indecible, el pecado viviente.

Entonces, por el Corazón Inmaculado de María que está de pie junto a la Cruz, vamos a darle nuestro pobre amor y a pedirle a María que añada el suyo para que nuestra compasión sea, a nuestra escala, tan verdadera como la de san Francisco, y que Jesús no muera más en nosotros sino que sea el Dios resucitado, como en la luz del alba de Pascua.

(*) TRCUSLibro « Je parlerai à ton cœur » (Te hablaré al corazón)

Retiro a hermanas francisanas en el Líbano, en 1959

Editorial Anne Sigier, Sillery, septiembre 2001, 327 páginas

ISBN : 2-89129-147-6

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir