Notas no revisadas de una conferencia de M. Zúndel en Caluire cerca de Lyon en 1959. (Probablemente en la abadía benedictina de Sn José de la Rochette). Inédita.

 

La vida humana de Cristo está bajo el signo del fracaso. Una sola frase de su infancia y juventud, dicha en el Templo a los doce años, nos revela que tiene un destino excepcional. “¿No sabíais que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” Fuera de estas palabras, que María conservaba en su corazón, la infancia de Jesús debió ser como las demás, ya que la gente de Nazaret se irritó cuando predicó en su sinagoga.: ¿De dónde le vienen esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos Santiago, Simón y Judas? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros? ¿De dónde viene todo esto? (Mat. 13:54-57)

Sin embargo, la existencia humana de Cristo tenía su secreto formidable. Su vida oculta guarda un secreto que solo él conoce, pues María misma no lo entendió sino poco a poco. Más tarde, su entorno lo tuvo por loco y él debió vivir en una soledad humana inmensa. Su destino, del que era consciente, debía manifestarse. Su bautismo es el instante decisivo en que comienza su carrera pública. En seguida se va al desierto y, en la tentación, elige ya el camino de la agonía. Es superficial hablar de las tentaciones de Cristo diciendo que bajo pretexto de su divinidad no fueron muy profundas. Se le presentó el camino fácil, y al rechazarlo, entró en el camino de la Cruz. Eso no quiere decir que Jesús sufrió continuamente como durante su agonía. Dijo que sentía gozo ante las bellezas naturales, la inocencia de los niños, la fe del centurión y de la cananea, etc. Pero también descubrió con intensidad los lados tenebrosos del ser humano…

Jesús vivió su Pasión por etapas. Es posible que, sabiendo que iba a terminar en fracaso, haya comenzado su misión con cierta esperanza. Pudo esperar ganar a Israel para llevarlo a su misión universal. Después, pudo poner su esperanza en los apóstoles. Comprendemos entonces que viendo derrumbarse una tras otra sus esperanzas, haya sentido la soledad más atroz. A todo lo largo del Evangelio, vivimos las decepciones de Jesús. Aunque sintió alegría felicitando a Pedro por la confesión de Cesarea, poco después tuvo que reprocharle que no entendía el camino de la Cruz: “¡Apártate de mí, Satanás! Me obstaculizas porque tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres” (Mt. 16:23).

Si Pedro comprendía tan poco la Cruz, es porque asociaba a su profesión de fe la antigua concepción mesiánica.

Así mismo, Santiago y Juan piden el primer lugar en el Reino porque lo conciben como un reino humano. El día mismo de la Pasión, Jesús debe constatar que los doce no han entendido su mensaje. Lo han comprendido tan poco que se disputan por el primer puesto, rehúsan el Lavatorio de los pies… y uno de ellos consuma el rechazo por la traición. En la agonía en que Jesús afronta su destino de la manera más decisiva, los tres más íntimos se duermen. Pedro había seguido a un Jesús que lo llevaría inmediatamente a una gloria humana; el cautivo que no sabe defenderse no es el Jesús que él había seguido. Es muy cierto que no lo conoce.

Durante la agonía vemos en Jesús una voluntad humana, una sensibilidad humana, un terror humano. Nadie tuvo más miedo de la muerte que él. Es que para él la muerte no es natural pues tiene lazos indisociables con el pecado. Las tinieblas en que Cristo se sumerge son tan terribles que pide que se aleje el cáliz. La soledad ante los discípulos dormidos nos hace sentir la misión que había asumido, de hacer contrapeso a todo el poder de rechazo y de odio acumulado en la humanidad.

Comprenderemos mejor la autenticidad incomparable de su agonía si recordamos los diferentes niveles de conciencia del alma de Jesús, según la mejor teología. La cuestión: “¿Era Cristo consciente de su divinidad? se subdivide en cuatro cuestiones y respuestas según las cuatro especies de conocimiento que tenía el Verbo Encarnado. (1)

‑ ¿Tenía Jesucristo conciencia de su divinidad respecto de la divinidad misma? Evidentemente, como Dios, Cristo conocía la divinidad.

En el alma humana de Cristo se plantean otras tres cuestiones:

‑ ¿Conocía el alma humana de Nuestro Señor su divinidad en la visión beatífica de los bienaventurados? El alma humana de nuestro Señor estaba continuamente ante la faz de la divinidad. En esta visión de donde sacaba los secretos de la vida divina, Cristo conocía su divinidad y la unión personal de su humanidad con el Verbo en que subsistía su humanidad. Pero el conocimiento de la visión beatífica no puede formularse en lenguaje humano.

‑ Cristo tenía también la ciencia infusa o el conocimiento profético. En este nivel, ¿tuvo conciencia de su divinidad? Ciertos teólogos lo piensan, sin poderlo afirmar absolutamente. Lo cierto es que por este tipo de conocimiento Cristo pudo comunicar a los hombres los secretos del don incomparable de Dios.

– Por fin, hay en Cristo otra zona propiamente humana, la del conocimiento experimental. Como todo niño y todo hombre, Jesús fue iniciado a las cosas humanas por conocimiento sensorial del mundo: miró, escuchó, sintió aprendió como nosotros, pero su experiencia es cada vez más rica que la nuestra por estar dotado de inteligencia y sensibilidad perfectas y únicas. El conocimiento experimental tiene por objeto el mundo natural y no las realidades de la gracia. Como tal, no tiene acceso a lo sobrenatural. Entonces, en este nivel, puede que Jesús no fuera consciente de su divinidad.

Podemos tener una idea de los diferentes niveles de conciencia en las tensiones que podemos sentir cuando nos animan dos sentimientos contradictorios, como el escrupuloso que tiene al mismo tiempo sentimiento de pecado y certeza de su inocencia.

En Cristo, la distinción de potencias permitía a la naturaleza humana más sensible que existe la totalidad del sufrimiento a pesar de la divinidad. Hay que llevar al infinito nuestros dramas humanos interiores para tener una pequeñísima comprensión de la agonía de Jesús.

El único comentario válido de la agonía de Cristo son las palabras de San Pablo: “Al que no conocía el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que en él nosotros seamos justicia de Dios” (2 Cor. 5:21). Nuestro Señor totalizó toda la culpabilidad humana, se identificó con el pecado, tuvo el sentimiento de ser responsable de todos los pecados del mundo, era el gran culpable de toda la Historia. Se identificó con toda la humanidad y toda la angustia del infierno abierto por el rechazo de Dios.

Al mismo tiempo, Jesús tenía la certeza absoluta de la inocencia perfecta. El duelo entre su fidelidad inquebrantable a la divinidad y el sentimiento de culpabilidad de toda la humanidad operó en Jesús una crucifixión interior más terrible que la otra. Estaba sin lugar, sin morada, llevando la inocencia desgarradora de Dios y la culpabilidad infinita del hombre. En la coexistencia atroz de la santidad y del mal murió Cristo. Su alma se rompió antes que falleciera su cuerpo. El grito “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” es el punto culminante de su Pasión. Es la pobreza más extrema. Jesús aceptó ir hasta el final. Para él, todo está perdido, pero todo está salvado para las almas.

Esta teología totalmente tradicional además, tiene la ventaja de aclarar el misterio de la muerte de Cristo y el misterio de su resurrección. La muerte de nuestro Señor no es como la nuestra. Murió realmente, pero a su nivel. No murió por el cuerpo sino por el alma, en plena lucidez, en plena salud. No murió de la muerte corruptible, consecuencia del pecado, sino de una muerte interior, de la muerte de amor, resultado de la tensión entre el mal y el bien que no pueden coexistir.

En su segundo discurso después de pentecostés, san Pedro dice estas palabras admirables: “Hicisteis morir el Príncipe de la Vida” (Hch. 3:15). Cristo es el Príncipe de la Vida. La muerte no tiene nada que purificar en él. La muerte no tiene poder sino sobre la muerte, sobre los elementos que no pueden vivir eternamente. El verdadero milagro, lo asombroso no es que Cristo haya resucitado sino que haya muerto. La resurrección no es no es esencialmente el milagro físico de un muerto que sale del sepulcro, ya que Cristo murió de muerte incorruptible. Su cuerpo separado de su alma no era cadáver puesto que permanecía unido al Verbo de Dios. Su resurrección es la retoma del estado normal y constitutivo del Príncipe de la Vida. Jesús pasó por la muerte solo para liberarnos de la maldición de la muerte. Murió para hacer morir la muerte en nosotros, para que nosotros hagamos de nuestra muerte un acto libre que preludia la verdadera vida, para hacer brotar en nosotros el germen de la resurrección.

Las primeras palabras de Jesús resucitado son: “No me toques”, lo cual significa: es inútil tocarme, eso no sirve de nada. Y ocho días después, Jesús invita a Tomás a que lo toque, con una ironía llena de amor: “¿Quieres tocar? Toca. Eso de nada sirve.  »

Entrevemos qué real y fraterna es la humanidad de nuestro Señor. Su Cruz se levanta como el llamado más desgarrador e irresistible del Amor. Si no nos conmueve por la Cruz, ya no hay esperanza. Miremos a Cristo sobre las rodillas de su madre. El eterno Amor crucificado nos invita para que con María lo bajemos de la Cruz. Nuestra vocación de cristianos es bajar a Jesús de la cruz para que sea el Dios vivo, Resucitado.

(1) Nota: Ver igualmente las conferencias de Zúndel donde evoca la cuestión de teólogos anglicanos: “¿Tenía Cristo conciencia de su divinidad?”, y los comentarios del P. Mac Nabb (cf. 21-31/10/14, la conferencia “La santa humanidad de Jesús”, 29/03/12, la conferencia “La Redención, libertad infinita de Jesús y exigencias de su misión redentora. Etc. (Búsqueda posible con las palabras "anglicana", "anglicanismo", "Mac Nabb" en el motor de búsqueda del sitio, arriba, a la derecha de la página.)

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