11ª conferencia de Mauricio Zúndel a los trapistas del Mont des Cats, en diciembre de 1971. Inédita.

Es particularmente urgente que el testimonio monástico sea dado en su autenticidad, ante todo por el silencio de los contemplativos. “Sólo se conoce a Dios escuchándolo.”

“En un libro exquisito, Dom Morin trató sobre el ideal monástico. Ustedes conocen sin duda ese librito donde muestra que la vida cristiana de la naciente Iglesia es la norma y el ideal de la vida monástica. En el fondo, el monasterio es la reproducción de lo que podía realizar la Iglesia naciente cuando estaba en todo su fervor, verdaderamente entregada a la oración asidua, cuando vivía la caridad intensa, cuando todos los bienes eran comunes.

Ese cuadro idealizado de la Iglesia naciente no es sin duda totalmente conforme a la historia, pero los rasgos principales que marcaban efectivamente los comienzos de la Iglesia naciente deben encontrarse perfectamente, según Dom Morin, en la vida monástica que no es otra cosa que la vida cristiana vivida plenamente. Es verdad sin duda, pero es necesario añadir un rasgo capital, y es que la vida monástica es vida consagrada, es decir vida que responde a una misión eclesial – y ése es un rasgo absolutamente capital: la vida monástica es una de las formas de la misión eclesial.

Eso quiere decir que la vida cristiana en el monasterio es vida apostólica, vida en que cada monje es enviado, y enviado al mundo entero, con la misión precisamente de realizar la vida cristiana integral. El monje no tiene otro modo de apostolado. No tiene que predicar, no tiene que enseñar, no tiene que catequizar, no tiene que difundir el Evangelio sino viviéndolo, y el hecho de que esa vida corresponda a una misión eclesial, significa que toda vida es vida enviada, que toda vida es vida apostólica. No se trata solamente de velar a la perfección personal – no me atrevería a decir velar a la salvación propia – pues todo eso es rebasado en el cuidado de comunicar la Vida divina en la plenitud de la vida cristiana.

En la Iglesia de hoy la misión de la vida monástica toma un relieve único ya que, en la oposición casi general que vivimos, en la desorientación que se apodera de tantas almas, en la incertidumbre, en el escándalo, en los abandonos, en los matrimonios de sacerdotes, en el cuestionamiento de los dogmas más venerables y más sagrados, es absolutamente necesario que aparezca la vida cristiana en su profundidad y en su santidad, que aparezca realmente vivida integralmente a fin de que el pueblo cristiano tenga una referencia, que sepa lo que significa verdaderamente el Evangelio cuando se lo asume totalmente.

Naturalmente eso supondría, eso exige que en la vida monástica haya una toma de conciencia, de conciencia cada vez más profunda, del Dios que se revela en Jesucristo. Puesto que la desorientación, la ambigüedad que no ceso de señalar, puesto que la desorientación viene precisamente de que no hemos captado la inmensa novedad del Evangelio, no nos hemos dado cuenta de que el Nuevo Testamento es una novedad infinita porque, justamente, nos conduce a un monoteísmo trinitario que es profundamente diferente de un monoteísmo unitario, porque en la revelación de la Trinidad está la revelación de la santidad más espiritual, más interior, que es la caridad divina, la cual resulta precisamente del hecho de que Dios no tiene contacto con su ser sino comunicándolo y que el personalismo divino es un altruismo eterno.

En estos días hemos podido darnos cuenta de que a cada etapa volvemos a encontrar el Rostro de Dios y que todo se ilumina con su resplandor.

Ningún problema humano tiene solución si no llegamos a descubrir el camino de la libertad. Se habla de libertad por doquiera, es el “tema del día”, todos hablan de libertad, todos quieren arrasar la casa, todos quieren romper los moldes ¿y después? Eso lleva solo al desorden, a la anarquía, a que los instintos pululen, ¡a que los muros desborden! Nadie fuera de Jesucristo pudo mostrarnos el camino de la libertad precisamente porque Jesucristo nos revela la libertad que es Dios.

Fueron claro está necesarios siglos y siglos para que nos diéramos cuenta de que eso es así, por la razón, de la cual por otra parte nadie tiene la culpa, por la razón de que hubo constantemente una mezcla inevitable y quizá necesaria entre religión colectiva y religión personal. Hemos observado continuamente que la religión, lo mismo que la moral, es ante todo un fenómeno colectivo, y que una colectividad como tal no puede tener un Dios interior.

Hombres como Bossuet – ¡y Dios sabe si Bossuet era contemplativo! que escribió en sus “elevaciones sobre los misterios” las cosas más admirables, tuvo el sentido de la poesía de Dios, amó inmensamente a Dios, escuchó la música del Verbo, pero no pudo despegarse de la sociedad en que vivía, no pudo dejar de ver en cierto modo en el rey Luis XIV el delegado de Dios que justificaba el poder absoluto que se daba el monarca, en fin, que le reconocían, y veía a Luis XIV siempre coronado hasta en el cielo, marcado por la vocación real por no haber percibido quizá, como podemos hacerlo nosotros en la desorientación en que estamos, en que necesitamos ir a lo esencial y a la raíz de la dignidad humana, no podía percibir a Dios como libertad.

Viniendo después de todas las revoluciones en que se trataba constantemente de liberar al hombre, nosotros vemos que ninguna logró liberarlo, y menos aún la anarquía en la que quieren precipitarnos ahora. Por eso para nosotros nada hay más precioso que encontrar en el corazón de la Trinidad una libertad que es liberación,una libertad que es la más formidable exigencia de amor que sea, pues se trata de liberarse de sí mismo.

Entonces es evidente que si la vida cristiana debe realizarse plenamente en la vida monástica, no puede serlo sino en esta dirección. Se trata de manifestar en la vida monástica la liberación de sí mismo, y eso es ciertamente lo más difícil, pero es lo que el mundo espera. ¡No puede recibir la salvación de todas las discusiones, de todas las confrontaciones, de todas las oposiciones, de todo el ruido, de todos los métodos, de todas las técnicas que pululan! Finalmente lo que el mundo necesita ver es la autenticidad de una vida cristiana, la autenticidad de una vida cristiana, una vida transfigurada por la presencia de Dios, una vida que encuentra toda su armonía, toda su belleza, todo su esplendor, toda su grandeza, en la intimidad con Dios. Si esa vida existe, si se realiza, todos los problemas quedan virtualmente resueltos.

Y justamente, ese es el testimonio que la vida monástica debe dar hoy, el testimonio de la vida, más allá de las palabras, más allá de los discursos que son totalmente ineficaces si no están apoyados en testimonios de la vida. El juicio final del cristianismo es finalmente la calidad de vida que logra producir.

Todos los programas, todos los afiches de neón, todas las pretensiones de perfección, todas las recitaciones del sermón de la montaña, no riman con nada si la vida no es su garantía, si no transforman la vida, si el cristiano no es un ser universal, si no está abierto a toda alma, a toda civilización, a toda hambre y sed de justicia, si la presencia de un cristiano no abre un espacio de luz y de amor y si frente a un cristiano cada uno no se siente invitado a encontrar lo mejor de sí mismo, si cada uno no presiente a través de un cristiano la presencia del Dios Vivo. Hay pues en este momento una urgencia particular de que el testimonio monástico sea plenamente auténtico.

¿Cómo podría ser plenamente auténtico? ¿Qué es lo que hará que la vida monástica encuentre hoy su centro más íntimo? Ante todo el silencio. Es evidente que, para encontrar a Dios es necesario hacer el vacío en sí mismo, para encontrar a Dios es necesario estar en estado de silencio interior.

Todo el ruido que hacemos con nosotros mismos, todas las reivindicaciones, todos los resentimientos, en fin, todo lo que emana del yo carnal y posesivo, se opone radicalmente al reino de Dios ya que el reino de Dios es el reino de la divina Pobreza, la caridad ardiente en el corazón de la Trinidad, en una desapropiación eterna que constituye la personalidad en Dios.

El silencio vivido, el silencio respirado, el silencio irradiado, el silencio que es Alguien, el silencio que brilla en la Eucaristía, el silencio en que Dios nos espera, ¡el silencio que salvó todo! Si la Iglesia hubiera sido abandonada al ruido de los hombres y a la multitud innumerable de sus palabras, haría largo tiempo que habría cesado de existir. Lo que ha mantenido a la Iglesia es el silencio de Dios y es el silencio de los grandes contemplativos que vivieron el silencio de Dios. Es pues cierto que si la vida monástica quiere ir hasta el fondo de sí misma, debe articularse sobre el silencio, alimentarse del silencio eucarístico y hacer de ese silencio su propia respiración.

Solo conocemos a Dios escuchándolo. Solo podemos alimentarnos de la vida de Cristo siendo simple mirada de amor hacia Él. Hay pues que ir hasta el corazón del silencio, volver a conquistar sin cesar el recogimiento para ser instruidos por el Señor mismo, para entrar en la luz nupcial en que nuestra intimidad comunica con la Suya. ¡Ahí es donde todo comienza, ahí es donde continúa, y ahí es donde termina! ¡No se puede hablar de Dios sino haciéndonos palabra viva de Dios, y todo eso se realiza en el corazón del silencio.

Un monasterio, con la diversidad de sus miembros, de sus funciones – y que debe realizar la unidad de una vida escondida en Dios – no puede realizarla sino al precio de un silencio rigurosamente observado, o mejor rigurosamente vivido, porque no se trata de una consigna que uno recibe a la puerta y que abandona cuando la puerta se cierra, o se abre. Se trata de un silencio que es Alguien, de un silencio que es presencia, de un silencio que es verdaderamente la respiración del corazón y de la mente.

Todo lo grande se debe además realizar en el corazón del silencio y les voy a leer una página de Rostand que es extraordinaria, y que muestra que un sabio, cuando está totalmente buscando la verdad, llega espontáneamente al silencio. La tomo de un libro que no tiene nada que ver con el silencio, y que se llama: “¿Se puede cambiar al hombre?”, libro en que Jean Rostand estudia el problema de la ectogénesis, es decir la posibilidad de crear hombres en frascos, a partir de gérmenes cultivados in Vitro.

“¿Qué sostendría al hombre de ciencia, sino la extraña pasión de conocer? A pesar de sus defectos y de sus vicios, decía Carlos Richet, los sabios tienen todos la misma alma, todos tienen el culto de la verdad en sí, todos están animados por un pensamiento común, el amor de la verdad escondida en las cosas. ¡El culto de la verdad en sí! ¡Sí! esos enamorados de la verdad no piensan en las consecuencias, en las implicaciones posibles de lo que quizá van a descubrir, o si piensan es simplemente porque testimonian de complicidad con lo real. Lo que desean, lo que a sus ojos puede justificar el vivir, según la expresión de Ramón y Cajal, es simplemente alcanzar lo que es. La verdad, ellos la aman por sí misma, de manera imperiosa, irracional, incoercible e intransigente, la aman como se ama siempre, porque son ellos, porque es ella”.

Sugiere entonces que hay una relación interpersonal entre el sabio y la verdad, y que en el fondo la verdad es Alguien.

“La aman a tal punto que es un honor para ellos y casi un gozo proclamarla cuando va contra su gusto, y por eso no admiten, no soportan que, por cualquier motivo, por cualquier razón, por cualquier causa, por cualquier ideal tan elevado como pueda parecer, se desnaturalice la verdad o simplemente se le añada algo. Ellos están al servicio de la verdad, con una devoción sin escrúpulos, persuadidos de que nunca se puede ir demasiado lejos en el celo que se le dedica y satisfechos de poner a su servicio la pasión, el calor, el furor que en toda otra parte sería su enemigo. Saben que la verdad es ardua, que es frágil como el Dios de Chestov, que arriesgamos perderla cuando creemos poseerla, y saben que uno no se acerca a ella sin haberse dominado, que ella no es lo que contenta o que calma, como decía Vinci, que ella no está donde se grita, y casi nunca donde se habla” (1).

Ahí tienen pues un sabio que tiene sentido del silencio, que sabe que la verdad no se alcanza sino superándose y que no se llega jamás a ella sino en la medida en que se hace silencio en sí mismo. Entonces, cuando uno tiene el privilegio de encontrarse con Dios en lo más íntimo de sí mismo, cuando uno ha estado en la escuela de Jesús, cuando uno es introducido en el corazón de la Trinidad, cuando se tiene precisamente la misión de encarnar esa Verdad y de hacer de ella vida humana, uno sabe bien que no puede lograrlo sino en la medida en que mantiene en sí mismo la luz del silencio.

Un monasterio auténtico, un monasterio ferviente, es un monasterio que es sacramento del silencio. Sería necesario que desde que se entra en él se tenga el sentimiento de respirar el silencio, no un silencio de consigna sino un silencio de vida, un silencio en que brilla el secreto de amor que es Dios en lo más íntimo de nosotros.

Y de hecho, cuando uno está en contacto con los hombres, cuando los escucha a lo largo del día, uno se da cuenta de que el obstáculo esencial que es necesario superar siempre, son las opciones pasionales que brotan del inconsciente, las opciones pasionales que hacen que se dé continuamente soluciones a priori a todos los problemas: uno es de derecha o de izquierda, uno es de tal o cual familia, tiene tal tradición, tal color de piel, habla tal lengua, se alimenta de tal cultura, viene de tal medio, y casi siempre tiene los prejuicios de sus determinismos nativos, de los determinismos de su medio, y se apoya en ellos, los justifica con palabras, y tiene siempre buenos argumentos para afirmarlos! No se ha tomado el tiempo de escuchar para descubrir lo esencial y para conspirar, quiero decir, concurrir, con todas las fuerzas de su ser, al brillo de la presencia Única.

Escuchando continuamente, uno puede pensar: “¡Esa es la opción pasional que está detrás de esas palabras! ¿Por qué ese hombre, o esa mujer, toma tal decisión?” Uno siente que nada ha sido pensado, reflexionado, y que si quiere entender no debe discutir, oponer argumentos a otros argumentos, pues eso no hace sino confirmar al otro en sus posiciones ya que resistirá tanto más a los argumentos por sentirse herido en sus opciones pasionales. Lo único eficaz es hacer silencio en sí mismo, volver al corazón de la Presencia que es la Verdad en persona, ofrecer al otro un espacio en que no encuentre ya ningún límite.

Cuando uno renuncia a sí mismo, cuando renuncia al combate, cuando rehúsa polemizar, cuando evita en lo posible toda discusión, entonces puede, sin refutar a nadie y la mayor parte del tiempo sin decir nada, ofrecer una salida al que todavía no tiene conciencia y obedece a impulsos pasionales, le puede ofrecer una solución interior suya en el encuentro de su intimidad profunda con la Presencia que es nuestra liberación.

Hoy la Iglesia tiene infinita necesidad de autenticidad. Tiene necesidad del testimonio de la vida. Y ¿con quién puede contar sino con los monasterios? Precisamente, la misión apostólica del monasterio es llevar la única respuesta que pueda corresponder a las aspiraciones de la mente y del corazón humano a la humanidad de hoy, no con dialécticas, no con discusiones, ni construcción de sistemas, sino en la autenticidad de la vida,.

Si realmente la vida cristiana es plenamente vivida en alguna parte no se necesita apologética porque el testimonio de la vida no se puede rechazar. Se podrá discutir siempre sobre las variantes de manuscritos, siempre se podrá discutir sobre la manera de percibir los acontecimientos, sobre su interpretación, pero no se podrá discutir del testimonio de una vida que uno tiene ante los ojos y que testimonia de la transfiguración realizada por la Presencia Divina en todos los seres que la viven auténticamente.

Naturalmente es deseable que la vida monástica supere la ambigüedad que no ceso de señalar, que la vida monástica se articule sobre la Trinidad, que entre a fondo en el despojamiento, en la pobreza divina, y que en efecto considere a Dios como el modelo, como la fuente de nuestra libertad, en una liberación que brilla en el corazón mismo de las tres divinas Personas. Y, de todos modos, si la liberación es vivida, esta enseñanza se dará en forma de vida y eso es lo esencial.

Naturalmente el silencio podrá sólo ser el silencio del monasterio si cada monje lo lleva en sí, si cada monje lo vive como su tesoro, si cada uno vuelve a él como a su bien más precioso, si cada uno se alimenta del silencio eucarístico, “el misterio de clamor en el silencio de Dios”, como decía Ignacio de Antioquia para expresar el misterio del Verbo Encarnado (Ep.19/1).

Por otra parte, el silencio será vivido profundamente sólo si el monasterio vive también en un orden perfecto, en rigurosa obediencia, obediencia que significa precisamente la aceptación de la misión apostólica. Porque en la vida monástica la obediencia no es finalmente otra cosa que la misión, la misión dada por Cristo a cada uno, porque toda la vida monástica es apostólica, por ser toda entera misión, necesita también a cada instante la misión de Cristo porque no se puede anunciar, como dice San Pablo a los Romanos, no se puede predicar si no se es enviado, y la misión apostólica supone entonces la misión dada por Cristo, y la obediencia es la misión de Jesucristo en la vida monástica como en la vida cristiana, si es auténticamente vivida.

En la Regla, ustedes lo recuerdan pues la conocen de memoria, san Benito prescribe a los monjes respetar los utensilios del monasterio como vasos sagrados, es decir que pone el trabajo de los monjes en el centro de una liturgia. Toda la vida es liturgia, toda la vida es celebración, toda la vida es eucaristía, toda la vida es contemplación, porque toda la vida se realiza en el corazón de la Trinidad, porque toda la vida es testimonio, porque toda la vida es misión.

Hay que vivir la obediencia como una misión. La obediencia monástica no tiene por objetivo romper nuestra voluntad, romperla como si se tratara de un ejercicio ascético combinado por un maestro estoico que quiere enseñarnos el dominio de nosotros mismos, lo cual es ya algo infinitamente respetable. La obediencia monástica va mucho más al fondo: nos liga a la misión divina: “Como el Padre me envió, así os envío yo”. El monje es enviado a sus trabajos de preparar la tierra o fabricar queso, o no sé qué, a cualquier trabajo; está en misión porque toda su vida es misión, y por consiguiente, necesita por doquiera recibir el envío o la misión de Jesucristo, y lo que hace justamente toda la nobleza de la obediencia monástica es justamente que es acogida de la misión de Cristo.

El Señor me envía y yo voy. Al realizar mi trabajo, estoy laborando en la viña del Señor en la tierra, me hago presente a toda la cristiandad, a toda la humanidad, a toda la Historia, a todo el universo. Entonces la perfección de mi vida es tanto más exigida cuanto que, precisamente, mediante mi vida realizo mi apostolado. ¡No tengo técnicas, no tengo otro instrumento, no tengo otro medio de ser testigo de Dios sino la fidelidad integral de mi vida!

Esto es de extrema importancia porque es la única esperanza de la cristiandad. Si la cristiandad no se halla – y se hallará, ya que la cristiandad no puede desaparecer – si la cristiandad no encuentra la autenticidad de la vida cristiana, la pasión de Dios, el gozo de Dios, l intimidad con Dios, la liberación en Dios, la plenitud de la vida a través de Dios, el Evangelio no sería ya el Evangelio. Si el Evangelio es “la Buena Nueva”, es precisamente porque le da a la vida toda su grandeza y toda su belleza.

Un enemigo del cristianismo de ferocidad extraordinaria, que se empeñó en destruirlo y pasó su vida dando testimonio contra él, es Nietzsche, hijo de pastor. Él agudizó su inteligencia con erudición, con un sentido del verbo, de la palabra, con una erudición prodigiosa para su época, con encarnizamiento, en una soledad trágica por demás, persiguió el cristianismo con sus invectivas, con su odio, con la acusación repetida constantemente de que el cristianismo es enemigo de la vida, desvaloriza la vida, la desprecia, da preferencia a todo lo que es debilidad, a todo lo escrofuloso (2) y desmirriado, porque tiene miedo, tiene miedo del sol, tiene miedo de la luz, tiene miedo de Dionisos, tiene miedo de la vida en su embriaguez, en su germinación.

Qué responder a eso sino con el equilibrio feliz de una vida que encuentra plenitud en el matrimonio de amor con Dios, en el encuentro con Él, en la respiración del silencio.

En su soledad trágica, Nietzsche encontró la locura, Nietzsche se desintegró en la búsqueda revolucionaria del súper-hombre. Nos queda para oponerle, no las refutaciones sino la realización tranquila y gozosa de una vida que se alimenta de la Presencia de Dios.

Es seguro que no puede haber gozo auténtico sino en la liberación de sí mismo que hace de toda la vida un impulso hacia el Dios oculto en nosotros y puesto en nuestras manos, cuya fragilidad está confiada a nuestro amor, ese Dios que todo el Universo espera y que nosotros debemos revelar al Universo mediante la autenticidad de nuestra vida. 

La vida monástica es pues hoy más necesaria que nunca, a condición de ser totalmente auténtica, y es imposible que ustedes sean testigos de la Iglesia contemporánea, de sus problemas, de sus desgarres, de sus esperanzas, de sus esfuerzos, de los desvíos de ciertos miembros suyos, del antiguo equívoco que pesa sobre nosotros por el hecho de que todavía no hemos separado la joya de la Vida Trinitaria como centro de todo.

Ustedes no pueden ser testigos de la crisis del cristianismo sin sentirse esencialmente concernidos. Y afortunadamente no tienen que entrar en el combate ni a traer argumentos para contra-argumentar. Lo que se les pide es simplemente vivir integralmente su profesión de monjes e ir hasta el fondo del silencio que está además en el corazón de sus tradiciones más íntimas y que justifica la institución monástica.

Es necesario que el mundo que los rodea sienta que todo el alrededor de su monasterio constituye, con el monasterio mismo, un centro, un centro de contemplación, un centro de silencio, un centro de encuentro, y que no pueda pasar la puerta del monasterio sin sentirse envuelto en la presencia del Señor que vive en ustedes.

Si la cristiandad debe dar el cambio, si debe escapar al peligro actual, si debe superar la crisis – y la superará ciertamente – es necesario que eso con lo menos de daños posible y, para recuperar a todos los que se han ido, para llegarles en sus desvíos, si desvíos hay, tenemos que redoblar en fidelidad y amor, tenemos que llevar toda la Iglesia, tenemos que amarla ardientemente, tenemos que compartir sus angustias, tenemos que volver a ponerla bajo la luz pascual, es necesario que Cristo esté tan vivo en nosotros que no tengamos necesidad de hablar de Él. Finalmente, no se puede hablar de Jesús, pero si Lo vivimos, es imposible que Su Presencia no resplandezca.

No olvidemos pues que nuestra vida, la vida monástica, es una vida apostólica, la más apostólica que existe, que es constantemente enviada, que nuestro trabajo no concierne el bien del monasterio, su prosperidad material y su subsistencia, sino que todos los trabajos constituyen una obra apostólica, que toda la vida es un don que debemos hacer al mundo, y que nuestra fidelidad al orden cotidiano, que nuestra fidelidad a la obediencia es una respuesta al llamado de Cristo que nos envía, que los envía, que les pide que sean pescadores de hombres simplemente viviendo auténticamente su vida.

Acabamos de ver un sabio, que en la simple obediencia de su amor a la verdad, descubrió que el camino de la Verdad es el silencio. Y nosotros que estamos en la escuela de Cristo, ¿cómo no tenerle al silencio un amor de predilección? ¿Cómo no buscar vivirlo, ser silencio, hacer silencio en nosotros para percibir en el corazón de la Trinidad “los misterios de clamor” que se realizan en el silencio de Dios?

(1) Jean Rostand: ¿Se puede cambiar el hombre? Galimard, 1956, pp. 145-146. Se debería subrayar todo el extracto.

(2) Relativo a la escrófula, antiguo nombre de la adenitis cervical crónica, enfermedad tuberculosa que provoca fístulas purulentas situadas en los ganglios linfáticos del cuello.

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