Notas de auditores de una conferencia de M. Zúndel en El Cairo (Dar el Salam) en 1959. Inédita.

 

Notas del primer auditor

 

Las palabras de Flaubert: “¿Por qué desear ser algo cuando se puede ser alguien?”, en su concisión extrema, nos hacen sentir la distinción entre el objeto desprovisto de interioridad y de todo sentimiento y la persona que alcanza su centro que es fuente y origen.

Baudelaire, que solo ambicionaba a servir la belleza, las dirigía a Flaubert y se asombra de que al poeta eso no le sea suficiente. En nosotros hay algo en espera. Y es constante la tentación de construir una vida por el exterior, como Lady Macbeth deseaba construir su reino por el poder.

En la vida experimentamos la interioridad. A veces hemos apercibido dentro de nosotros el mundo original que es la fuente de todo valor auténtico. Una carta de una persona amada no es mero papel y tinta sino presencia, secreto de amor que ponemos en el corazón. Llegamos a la Presencia por la intimidad, solo podemos vivirla con el corazón.

El Beato Magnara andaba un día por la calle buscando una mujer creyendo que era una hembra y quedó deslumbrado al descubrir un rostro, una fuente, un origen, un universo. Se casó con ella, y la amó con maravilloso amor. Y cuando ella murió estaba tan transformado a su contacto que se volvió como una especie de San Vicente de Paúl.

Hay en el hospital una mujer que jamás habla de sí misma y que es testigo de esa Presencia íntima e interior.

Y he aquí una niña de quince años, que hace años sabe que va a morir. Ha llegado la hora: “No es algo triste, voy a volver a Cristo y no me alejo de vosotros.” Y sus padres comentaban: “Hasta en la muerte, es fuente inagotable de felicidad.” Y el Padre Kolbe que toma el lugar de un compañero en el campo de Auschwitz y va a morir de hambre en lugar suyo, revela a la bestia de su verdugo una nueva dimensión del ser humano. El hombre puede pues ser más grande que la muerte.

A través de la muerte, el hombre puede ser un gran ser viviente.

Tenemos a veces el sentimiento horrible de que la vida es solo glándulas e intestinos y que no hay ninguna fuente ni valor. Pero hay resurrecciones, encuentros en que vemos que la vida es sostenida por el espíritu, que ella se realiza por dentro. Y sentimos entonces la plena verdad del hombre, donde la vida es como un origen, donde el cuerpo lleva la luz del espíritu, y la biología se transforma por dentro.

La verdadera vida no la recibimos, tenemos que crearla. La biología está en nuestras manos como material para la catedral. Como la joven de quince años, mientras más nos acercamos al final, menos servidumbre es la muerte. Se convierte en acto de amor en que la sensibilidad consiente y se hace el lanzador de misiles de la inmolación.

La muerte de Francisco de Asís es una apoteosis, el preludio de la eternidad. Francisco ve la muerte como una reina, porque siente que entre él y su amor que es Presencia y vida de su vida, ya no hay sino la fina película que se va a romper. Quiere escuchar por última vez el Cántico del Sol para celebrar el gozo del universo en que Dios circula y que es el regalo de su Amor. Escucha el Cantico del Sol y al irse por la mañana, al cantar de las golondrinas, se convierte en gran pórtico de la historia humana: será el fermento de gozo y de grandeza para millones de seres.

Se han estandarizado la muerte y la vida. Todos viven la muerte como viven la vida, si la tienen. Hay gente esclerosada en el espíritu antes que en el cuerpo. Hay seres vivos que están muertos y muertos que son grandes seres vivientes. La muerte es al nivel de la vida y si la vida ha sido una conquista de la libertad, si la biología ha sido transfigurada, la muerte lo será igualmente.

La muerte es un acto de vida y de libertad, en la medida justamente en que puede ser acto de amor. Puede ser acto de amor pues lo que muere es lo que ya estaba muerto, lo que no puede vivir para siempre ni puede ser espacio, fuente y origen. Pero lo que está auténticamente vivo no puede morir. Mientras más haya crecido un ser, más luz del espíritu tiene su rostro, más espacio liberador crea a su acción en nuestro derredor, y más aparece su muerte como un acontecimiento que preludia la irradiación de su influencia.

Hay vidas como la de Francisco en que la eternidad es tan cercana – la eternidad no es algo en que se entra, es algo que somos – y hay seres que han madurado tanto que nada los separa y manifiestan el fruto maduro que son.

En este contexto debemos poner la muerte de Cristo. Si no hemos sentido eso, no hemos entendido nada a la muerte de Cristo. “Cristo es el Príncipe de la Vida”, dice Pedro (Hechos 3:15). Todo es vivo en él pues todas las fibras de su ser bañan en la vida de Dios, y él no tiene otro yo que el del eterno Amor. Todo su ser está penetrado hasta el fondo de la vida infinita y la muerte no puede tener ningún sentido en él. Cristo no puede morir. Si muriera por su cuenta, sería una contradicción. En él todo está centrado en su interior pues su humanidad es absolutamente original, por ser fuente, espacio y presencia universal que reúne y aclara toda la Historia. Entonces, no puede morir de su propia muerte, no puede morir de disolución. Solo puede morir de nuestra muerte, identificándose con nosotros como la madre se identifica con el hijo al que quiere salvar a costa de su propia vida.

Ese es el carácter esencial de la muerte de Jesús. Él no murió de su muerte sino de la nuestra. Murió para triunfar de la muerte en nosotros, para poner en nosotros el fermento de la vida eterna.

Al que era sin pecado, Dios lo hizo pecado.” Es el último secreto de esa muerte. Jesús murió de nuestra culpabilidad, se hizo pecado vivo para ser la certeza de un comienzo de adhesión infinita e inmutable. Murió de esa especie de escrúpulo, murió cuando era una especie de anatema suspendido entre el cielo y la tierra. En ese momento fue el desgarre entre su alma y su cuerpo, porque eso superaba todas las posibilidades de su ser: ser el mal vivo a sus propios ojos.

Por eso hay que decir que Jesús no murió de muerte biológica sino espiritual, interior, fue una muerte de sustitución e identificación. Por eso, el verdadero milagro no es la Resurrección sino la muerte que lo arranca a las condiciones de su vida personal.

Si la Resurrección hubiera sido un acontecimiento físico, Jesús se habría presentado ante Caifás, Pilato y todos los jueces que lo habían condenado, para mostrarles que habían fallado el tiro. La Resurrección es un tesoro confiado a la fe de los discípulos; se les dice a media voz pues siguen siendo profundamente incapaces de entender.

Por su carácter ambiguo, por su lenguaje oscuro, por las cuestiones que suscitan, las apariciones son un preparativo para la partida definitiva. Felices los que han entrado en la intimidad por su propia intimidad, felices los que se han transformado gracias a la Presencia que es vida de su vida. Los discípulos no entienden, no saben qué hacer con las apariciones y las entienden de través. Será necesario el fuego del Espíritu Santo para hacerles entender la vida del Señor, que es vida que solo se puede alcanzar transformándose en él.

La Resurrección de Jesús es del mismo nivel que su vida y su muerte. Su muerte es por dentro, muerte espiritual, triunfo de la muerte para suscitar la vida. No podía entregar su carne a la corrupción: no había cesado de expresar y comunicar la plenitud.

Es necesario entrar en el misterio de Pascua bajo este aspecto: no se trata de un milagro físico opuesto a una muerte física. La alegría y la esperanza de Pascua consisten en que, por la Resurrección, revelan la conquista única de la muerte como conquista única de la vida de pobreza.

Esto nos permite apreciar mejor el debate entre la carne y el espíritu. La muerte en tierra puede ser creación, acto de ofrenda, de suprema libertad, el último acto de perfecto amor y toda la tierra es ennoblecida por esta visión.

El mundo material es un mito. Solo tenemos contacto con un mundo inteligible, como un arquitecto no puede pasarse de los materiales pero solo crea ordenando los espacios y las formas. Sí, no existe antagonismo entre la carne y el espíritu, entre el cuerpo y el alma, entre lo visible y lo invisible. Muy al contrario, el sentido de la vida es transformar poco a poco todo el mundo sensible, dándole sentido de símbolo, de sacramento, en una realidad tan preciosa que todo lo podemos amar con amor infinito.

El cuerpo es maravillosamente ennoblecido y la pureza de la vida tiene sentido nuevo, el cuerpo tiene tal dimensión que se vuelve intocable, como el cuerpo ausente del amado se hace cercano con su carta. El cuerpo entra en el misterio del sacramento para comunicar el rostro del eterno Amor. Es otro mundo, maravilloso y translúcido.

Y esa es la vocación: en la medida en que somos discípulos del Evangelio, seremos justamente testigos de la Resurrección. Estamos llamados a ser testigos de la Resurrección, es decir de la santidad y de la belleza del mundo.

Si fuéramos cristianos, nuestra única ambición sería hacer de la vida un rostro de luz, de verdad y de hermosura.

Se trata de hacerle honor a la vida para ser testigos de la Resurrección dándole a la vida en nosotros un rostro en que la luz de la belleza, de la eterna juventud, de infinita Presencia, ya que vivimos de la vida de Dios.

En él vivimos y somos, como en nuestro medio de vida.

Notas del segundo auditor

 

«¿Por qué querer ser algo cuando se puede ser alguien?” dice Flaubert a quienes le piden que les ayude a entrar en la Academia francesa. Estas palabras nos hacen sentir la diferencia entre el objeto y la persona. ¿Para qué necesitaría la galería y las luces de la notoriedad el poeta, o el artista,? ¿Quiere cubrir de publicidad su corazón y su alma? ¿No le bastan el Arte y la Poesía? ¿No saben lo que son?

La tentación constante es fundarse en lo exterior, como Lady Macbeth. En la vida cotidiana hacemos la experiencia de la interioridad, sabemos apreciar el mundo original, la fuente de todo valor auténtico. La carta de un ser amado es un mensaje que leemos a través de un rostro. Podemos echarnos la carta al bolsillo, pero todo el secreto de amor que contiene lo llevamos en el corazón. El sacramento puede muy bien comunicar una presencia real, pero solo por la fe y el amor llegamos a la presencia, enraizando nuestra propia intimidad en la de Cristo.

Don Juan de Mañara, después de tener todas las mujeres de Sevilla, encontró a la que no era una hembra sino una fuente, un origen, una persona. Se casó con ella, y habiendo enviudado, enteramente enraizado en sí mismo, se volvió como un san Vicente de Paúl español.

¿Y por qué tanta luz alrededor de esa joven de quince años, enferma y segura de morir pronto? Ella no se mira. Por eso es un testigo privilegiado. “Voy a morir pero no los voy a abandonar dice ella… “No podemos llorarla: nos ha dado tanta alegría y hasta en su muerte ha sido una fuente inagotable de alegría”, decían de ella. El hombre puede entonces ser más grande que la muerte, escoger la muerte, vencerla y a través de ella devenir un gran ser viviente, como fue el caso por ejemplo del Padre Kolbe.

Hay momentos en que tenemos el sentimiento horrible de que la vida es sostenida solo por la biología, y de que no hay nada ni nadie, sino solo intestinos… Pero por fortuna hay encuentros en que vemos que la vida es sostenida por el espíritu, y la biología es transformada por el amor. Es el ser entero, en todas sus fibras, el que expresa los poderes de la vida. El hombre está de verdad ahí donde el cuerpo lleva la luz del espíritu y la vida se transforma por dentro, donde todos pueden sacar un fermento y conquistar su libertad.

La vida, la verdadera vida, hay que crearla. Utilizando el material del cuerpo realizaremos la catedral que debemos ser. Y la vida tendrá su verdadero rostro. Mientras más nos acercamos del final, más crece la libertad, más se trasfigura la muerte en ofrenda para devenir el lanzador de cohetes de la inmortalidad.

La muerte de san Francisco es una apoteosis. Todo el mundo vive ese acontecimiento como preludio de la eternidad. Francisco ve en la muerte un personaje al que saluda como reina, “su amada hermana la muerte”. Entre él y ese rostro que es la vida de su vida, ya no hay sino la fina película que va a romperse. Él jubila. Todo se trasfigura, toda la hermosura del universo en que circula Dios y que es el regalo maravilloso del Amor. Cuando se va, al cantar la golondrina, se siente que vive por la eternidad. Se vuelve uno de los grandes pórticos de luz de la historia de la humanidad, un fermento de esperanza, de alegría y de grandeza.

Hemos estandarizado la muerte. Nos robaron la muerte y la vida con un conformismo que nos reduce a la esclavitud. La muerte no es un fenómeno unívoco. Cada uno muere su propia muerte y vive su propia vida. Hay quienes son arterioscleróticos de espíritu aunque estén vivos. Hay quienes viven pero ya están muertos y hay muertos que son grandes vivientes. La muerte está en el nivel de la vida. Si la biología ha sido transfigurada, la muerte lo será igualmente. Ya no será una necesidad biológica padecida sin pensarlo sino un acto de vida y de libertad en la medida en que puede ser un acto de amor.

Lo que muere en nosotros es lo que ha estaba muerto, lo que no puede vivir para siempre, los elementos caducos que impiden la plenitud de vida. Lo que es auténticamente vivo no puede morir nunca. Mientras más ha crecido un ser, más luz del espíritu tiene su rostro, más parece su muerte como acontecimiento que preludia la irradiación de su influencia que nada podrá interceptar. Hay una circulación de valor que nos alcanza por el fondo. Está alimentada por los seres que dan a su alma la transparencia que hace de ellos la revelación de Dios. No se entra en la eternidad, o en el cielo, lo devenimos. Hay seres que han alcanzado tanta madurez… el fruto está maduro y manifiesta la eternidad que son.

En este contexto se debe poner la muerte de Jesucristo. No entenderíamos nada a la Resurrección si no hubiéramos asistido a la prodigiosa conversión de afuera a dentro. Cristo es el Príncipe de Vida, como lo designa san Pedro. En él todo vive pues todas las fibras de su ser bañan en la vida infinita de la divinidad. Además, su despojamiento es tal que no crea ninguna especie de adherencia a la biología. Todo su ser es afirmación de la vida eterna.

Cristo no puede morir por su cuenta. La muerte no puede penetrar en la reforma de todo su ser interior como un nuevo nacimiento. Él no puede morir de una muerte de disolución de su propia muerte. Solo puede morir de nuestra muerte, identificándose con nosotros como se identifica una madre con el hijo al que quiere salvar, al precio de sí misma. Jesús murió de nuestra muerte, para triunfar de la muerte en nosotros y para poner en nosotros el fermento de libertad que nos permitirá triunfar a la vez y devenir vida eterna.

El que era sin pecado se hizo pecado viviente. Esta culpabilidad infinita unida a esta maldición viva de una inocencia absoluta produce en él un desgarre tal que de eso murió. Hecho maldición viva, el anatema suspendido entre cielo y tierra, su alma se desgarró de su cuerpo, eso superaba las posibilidades de su ser, toda vida y toda luz. Murió de ruptura interior, de muerte espiritual, de sustitución e identificación, y no de sus heridas. El verdadero milagro no es la Resurrección sino la muerte que lo arranca a las condiciones más auténticas de su vida personal. Al contrario, la Resurrección es en cierto modo natural, es el retorno a la autenticidad de esa humanidad en que no hay falla alguna, en que la biología se ha convertido en luz y amor.

Deformamos la realidad de Pascua viendo en ella un acontecimiento físico, un puñetazo para confundir a los adversarios. Si fuera eso, Jesús habría ido a presentarse a sus jueces para convencerlos de que habían fallado en su tiro. La Resurrección es un tesoro confiado a media voz a los discípulos, porque son aún incapaces de comprender. Jesús es el Príncipe de Vida. La muerte no puede hacer morir sino lo que ya está muerto y no puede alcanzar la fuente, el origen, no puede mutilar un ser que participa por todas las fibras de su ser en la vida divina la cual es vida eterna.

No me toques dice Jesús a María… Felices los que no han pretendido captar el interior como objeto y se han acercado en silencio por el interior, y se han transformado al identificarse profundamente con la Presencia que es la vida de nuestra vida.

Será necesario el fuego del Espíritu, la renovación esencial, para hacer entender a los apóstoles que la vida del Señor no la podemos alcanzar sino comprometiéndonos, transfigurando todas las fibras de nuestro ser para hacer de ellas sacramentos de luz. La Resurrección no es un milagro físico opuesto a una muerte física, eso no tendría ningún interés. Toda la alegría, toda la esperanza de Pascua es la calidad única de la muerte, la calidad única de la vida oculta, pobre, despojada, que solo expresa la divinidad.

Este recorrido nos permite calificar mejor la muerte y la vida. La vida solo tiene sentido en la perpetua victoria sobre la muerte, por una perpetua conversión de la biología en luz y libertad. Al final, la muerte puede ser un acto de perfecto amor. No hay antagonismo entre la carne y el espíritu, el cuerpo y el alma, el tiempo y la eternidad. El sentido de la vida es transformar poco a poco el mundo sensible, dando todo su valor de sacramento a una realidad tan preciosa, ya no necesitamos separarnos de nada pues no existe realidad que no pueda estar cargada de una Presencia infinita. El cuerpo es entonces maravillosamente ennoblecido.

La pureza toma un sentido totalmente nuevo. El cuerpo se reviste de dimensión tal que se vuelve intocable, ha entrado en el dominio del sacramento en que toda realidad se hace transparente para comunicar el rostro del eterno amor. Es un mundo nuevo, apacible, trasformado y translúcido.

Seremos testigos de la Resurrección si somos testigos de la santidad del universo, de la hermosura del mundo y del espíritu, de la unión personal de Dios y el hombre. Para ser testigos de la Resurrección es necesario honrar la vida. Si estamos vivos de verdad, vivimos de Dios pues como dice el apóstol, en él nos movemos, en él vivimos y somos.

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