Texto de Mauricio Zúndel, El Cairo, 1941. Inédito.

 

La miseria humana es haber traicionado a Dios.

Ninguna injusticia humana será reparada en verdad mientras no haya sido reparada la injusticia contra Dios.

Todos nos acusamos unos a otros y todos somos culpables. Y los más culpables somos nosotros, cristianos mediocres, que multiplicamos por todas partes la señal de la Cruz, olvidando la angustia infinita que pide ser liberada de todos los rechazos de amor que son la causa de su suplicio.

1ª estación: Jesús condenado a muerte.

¡Hemos matado a Dios! ...

Nos servimos de la libertad para negarnos a cumplir nuestro destino. Inmensidad de nuestra desgracia… Si rehusando el amor lo matamos, entonces, con nuestro amor podemos aliviar a sus hombros el peso del mundo. Pidamos a nuestro amado Señor que nos dé el sentido de la libertad. Pongamos nuestra vida a su disposición y a su servicio, haciéndolo todo, lo grande y lo pequeño a causa de la majestad de Dios que lo hace en nosotros.

2ª estación: Jesús cargado con la Cruz.

El hombre cree que la grandeza está en el poder.

Miremos a Jesús cargado con la Cruz, sin perder nada de su grandeza, porque él es todo don, todo desposesión.

Encontremos la humildad de Dios que siempre ha seducido las almas grandes. Entremos a su escuela a fin de comprender mejor el sentido de la verdadera grandeza.

Despojémonos de la escoria oscura que aleja la luz y hagamos de todo nuestro ser un impulso de amor hacia Dios.

3ª estación: Jesús cae bajo el peso de la Cruz.

¿Qué es poder de Dios, sino el Amor? Podría aplastar reducir a polvo el mundo que le resiste y lo rechaza. Pero cae bajo el peso de la Cruz para expiar nuestros rechazos.

Solo puede Amar, siempre y eternamente, inclusive a los que no lo aman, inclusive a los que lo crucifican.

El poder de Dios es un poder que busca al hombre con su Amor eterna e implacablemente. Es el milagro de la intervención del Espíritu que eleva la materia, pues ante Cristo que cae, Dios está totalmente con nosotros. “Dios es el que tiene al hombre en sus manos y el hombre, el que tiene a Dios en sus manos” (Coventry Patmore).

4ª estación: Encuentro de Jesús con su Santísima Madre.

La Historia del universo es un impulso de acto de Amor. La vocación del hombre es liberar el mundo recibido de Dios en un don ofrecido por el pensamiento y el Espíritu.

En Jesús ya no hay “yo”. Su “yo” es Dios, y en esa pobreza infinita de su humanidad se halla la santidad de Cristo.

La Virgen María lo entendió. Ella está ahí para consumar la maternidad en que nada le pertenece y en que ella recibe en pleno corazón la gran herida que no terminará mientras todos sus hijos no se hayan identificado con su Hijo.

Ella recoge la agonía de nuestras almas ofreciéndonos la Cruz en un corazón de Madre como don supremo de la Pobreza divina a la pobreza humana. Ella es la nueva Eva al lado del nuevo Adán, e inaugura así la nueva humanidad en que todo es don y Amor.

El camino está abierto, entremos cada vez más en su seguimiento, en el abismo de pobreza y desposesión.

Mírame y observa si hay en mí algo que no sea Amor.

Quien se ha puesto al servicio de Dios no se embaraza con las cosas del siglo, solo se ocupa de agradar a Aquél a quien se ha dado.

5a estación: Simón le Cirene ayuda a Jesús a llevar la Cruz.

El poder del Amor y la Creación entera está en espera de ser liberado de la servidumbre de la corrupción para tener parte en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. (Rom. 8:20-22).

Todo está por hacer y crear, y no se nos pide menos que ser los “colaboradores de Dios en la obra de puro Amor que debe hacer de toda criatura el reposo de su ternura.

A ejemplo del Cirineo, ayudemos a Jesús a llevar el peso del mundo para conducirlo a su destino espiritual. Él nos lo pide. El sentido moral del Universo y su dirección teocéntrica nos están confiados para que cerremos el sí que le dio el ser en una ofrenda de amor, en el consentimiento de nuestra libertad. Inmensa aventura en que el hombre va al encuentro de Dios. Hay que salvar a Dios de nuestros rechazos de amor que hacen fracasar el acabamiento espiritual de la Creación.

La ayuda que Jesús nos pide es el libre consentimiento y la adhesión nuestra y de todos los hermanos para consumar su obra.

Sepamos discernir a Jesús bajo su vestido de humildad, pongámosle en primer plano de nuestro amor en un don gratuito y en una consagración de todo nuestro ser a su Amor.

6ª estación: Una mujer piadosa enjuaga el Rostro de Jesús.

Su amor le hace superar todo temor, se acerca a Jesús y enjuaga su rostro desfigurado...

¡Nosotros hemos hecho de Dios una caricatura a imagen nuestra, le dimos nuestros límites y lo hemos desfigurado! El misterio de Dios no puede expresarse; adhiriendo a Jesucristo manifestamos la imagen de Dios.

Debemos eclipsarnos en Jesús de modo que los demás ya no perciban en nosotros sino a él y que brille el hermoso rostro de Cristo. Todo lo que en nosotros oscurece el esplendor del rostro divino o limita la luz de su Amor, todo lo que interrumpe la corriente de gracia que hace las almas interiores unas a otras haciéndolas interiores a Dios es un atentado contra el orden esencial del Universo.

Que me pierda en ti, Señor, y me separe de todo lo que me separa.

7ª estación: Jesús cae por segunda vez.

El Amor tiene una fuerza de gravedad que desplaza el centro de la vida al ser amado para vivir solo de su vida.

Dios nos ha llamado al ejercicio del privilegio de su ser que es hacer de nuestro ser un don en todo lo que comporta nuestra naturaleza. Dios nos ama con Amor paternal, y nosotros lo amamos con amor filial. Él nos transfiere su vida y nosotros le transferimos la nuestra.

Yo estoy en el Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.

Dios vive nuestra vida y nosotros la suya, según la medida de nuestro amor y del don de nosotros. ¡Es tan fácil pronunciar las palabras que significan el don de sí mismo, y tan difícil cumplir la promesa!

Cuando no hay nada que recibir, cuando llega la hora de dar, es decir en verdad, cuando viene la hora del amor ya no reconocemos el rostro cuya Presencia imploraba nuestro fervor. Rehusamos el cáliz de amargura, nos alejamos de la Cruz y el corazón es solo quejas contra la injusticia de la suerte.

Esa queja, Cristo la comprende muy bien. No se cansa de nuestros gemidos, pues él sintió angustia ante la Cruz y le dio a la soledad humana el refugio misterioso de una angustia infinita.

Padre, si es posible, que se aleje de mí este cáliz.

¡Pero, ay, no siempre es posible! Hay bienes tan grandes que nuestro corazón debe romperse para darles entrada. ¿Cómo haría el infinito para integrarse en nuestra vida sin hacer estallar sus límites?

Cuando el don comienza a pesarnos y la fatiga a paralizarnos, miremos a Jesús que comparte nuestras caídas y nuestra fatiga bajo la Cruz. Y pensemos que a cada rechazo recomienza su agonía.

Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo, dice Pascal, no hay que dormir durante ese tiempo.

Nuestra tristeza no será ya el repliegue del alma que se encierra en sus heridas sino el dolor de ver el Amor ignorado y su reino diferido.

8ª estación: Jesús consuela a las hijas de Israel.

El Dios vivo, el Dios de Jesucristo, no es un Dios abstracto que planea por encima de los mundos en una felicidad indiferente y lejana. Nuestro Dios es vivo como una llama ardiente. Es el don de la ternura divina a cada uno de nosotros, en un Amor único y total.

Durante el Camino del Calvario, el mundo entero pesa sobre sus hombros y a pesar de todo, ve a esas mujeres de Israel, domina sus dolores y compadece con su angustia. Caridad personal y única, sentir la angustia de las almas. ¿No conoce él mejor que nosotros nuestras angustias? ¿No es él más madre que todas las madres? No podemos pretender amar a Dios si no amamos a los hermanos.

A ejemplo de nuestro Señor, tratemos de consolar y de aliviar los sufrimientos y dolores de los que nos rodean. La santidad es el gozo de los demás.

9ª estación: Jesús cae por tercera vez.

Somos demasiado espirituales como para no buscar lo infinito y demasiado carnales como para no desear los seres sensibles que están a nuestro alcance. Tragedia del hombre arrastrado hacia caídas continuas y herida al corazón de Cristo que ve la inutilidad de su Sangre para tan gran número de pecadores. Este pensamiento cruel aflige su corazón más que todos los suplicios y lo lleva a la desesperación.

Cristo está en una soledad que es necesario consolar y colmar:

Mirad y ved si hay dolor semejante al mío.”

¡Hay momentos en que pedimos gracia! Quisiéramos dar nuestra dimisión en un suicidio silencioso.

Aleja de mí el oprobio y el desprecio, porque he buscado tu ley, Señor. Apresúrate a liberarme.”

¿Pero es posible que se aleje de nosotros el cáliz, cuando el Hijo único tuvo que beberlo? ¿No es necesario que el grano muera antes de dar fruto?

Heme aquí, Señor, ¿qué quieres que yo haga? Si dais algo, daos primero porque lo que busco es a vosotros. Apenas sí os conozco y me atraéis con tanta fuerza, vosotros que me liberáis de mí mismo, vosotros que sois mi pan y mi vino.

10ª estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

Los dramas del dinero y las tragedias de la carne revelan los mismos abismos: ni la riqueza ni los excesos de la carne podrán igualarse a Dios.

El movimiento de horror que sobrecoge al hombre que rehúsa de adherir al plan divino inscrito en su conciencia que se hace un cinto para cubrir su vergüenza. Habiendo perdido la inocencia, el gesto indica mucho menos la desnudez del cuerpo que la miseria del vacío du su alma. Locura criminal de los conquistadores: acumulando oropeles no se puede colmarla ni trampeando con la vida profanando su finalidad… Nuestro mal es en verdad más profundo que todas las angustias aparentes y que todas las violencias de la carne, es el Amor de un Dios ignorado que sangra en nuestros corazones.

Y por una implacable exigencia de verdad, revestido de su santidad y su inocencia, Jesús quiso morir desnudo sobre la tierra desnuda. No se trata de tener sino de ser. “Felices los pobres de espíritu” dice el Señor. Busquemos el camino que conduce a Jesús en el despojamiento y la pobreza, como los santos. No se trata de triunfar sino de realizarse. ¿Por qué no hacerme santa como ellos?

Haz, Señor, que renuncie a mí mismo, que te deje todo el lugar y que yo sea vitral puramente diáfano donde trasparece tu rostro.

11ª estación: Jesús clavado en la Cruz.

La luz vino al mundo y el mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz.”

No se puede expresar de manera más trágica el misterio de nuestra libertad y el poder de exilio que tenemos para con Dios mismo.

Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron.” Era el Amor y el Amor solo se revela al Amor y solo puede reinar por él. Lo creemos ausente, y, ofrenda silenciosa del Amor, él está a la puerta de nuestros corazones.

Entonces salió de su silencio y sin dejar de ser invisible e inefable, expresó su misterio en lo que tiene de más oculto y silencioso en la tierra: la Pobreza, la santidad y la muerte. Jesús muestra sus llagas, es Dios juzgado, acusado y condenado por el hombre que lo crucifica.

Pueblo mío, ¿qué te he hecho, en qué te he contristado?

Jerusalén, ¡cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne sus polluelos bajo sus alas, y tú no quisiste!” (Mat. 22:37)

¿No es el enunciado más conmovedor de la tragedia divina? “Yo quise, pero tú no quisiste.” Entonces, el infierno no es la venganza de un Dios, pues Dios muere eternamente de Amor. Dios escucha siempre al hombre, pero el hombre se niega muy a menudo a escuchar a Dios.

Deberíamos temblar de inquietud y angustia, no por nuestra salvación sino por la de Dios en las almas. Se trata de salvar a Dios que se ha confiado a nosotros y que nos confía su causa a nosotros sus discípulos. Tenemos el inefable deber de ayudar al Dios crucificado compadeciendo con su dolor, antes de enternecernos por el nuestro, esforzándonos por sanar la herida que hace sangrar su Corazón.

Podemos darnos a Dios tan gratuitamente como él se da a nosotros. “Dame tu vida tal como es, y yo haré de ella mi vida tal como es”. Nuestra vida es un don recibido de Dios y nosotros podemos hacer de ella un don dado. ¿Cómo no desbordar de reconocimiento a ese Dios que establece entre él y nosotros esa misteriosa igualdad?

¿No sufren los pobres ante los ricos porque nadie los necesita? Pero Jesús nos invita a ayudarle en su obra redentora.

12ª estación: Jesús muere en la Cruz.

No es Dios el que se ausentó del hombre sino el hombre el que secó la fuente del Amor por su rechazo y su ausencia.

Vino a habitar en medio de nosotros y lo hemos aplastado con nuestros límites, nuestro egoísmo y nuestras cobardías… lo exilamos y lo hemos crucificado

«Sometido a un suplicio de mano no humana pero todopoderosa, Jesús está solo en la tierra, no solo compartiendo su pena sino ocultándola.” (Pascal: Misterio de Jesús).

¡Mi corazón esperaba solo el oprobio y la miseria y busqué alguien que compadeciera conmigo y no hubo nadie! ¡Alguien que me consolara, y no encontré!

Él es el Amor abandonado de todos. Hijo del Hombre, él es solidario de todos los rechazos de amor de todos los hombres, no puede escapar. Es también solidario de Dios, por ser Hijo de Dios.

Está así en la encrucijada para sufrir todos los golpes de Dios al hombre y del hombre a Dios. Va a morir de la muerte indecible que viene de adentro, en que el alma es herida y molida en los más íntimos secretos de su ser, antes que el cuerpo haya podido sentir las heridas.

Va a morir de la muerte única en su atrocidad en que la muerte misteriosa del alma crucificada por el gran anatema y la terrible ausencia precipita la agonía del cuerpo suspendido y lo entrega a la muerte visible que es solo eco de la muerte del alma.

El Amor muere de no ser amado.

13ª estación: Jesús bajado de la Cruz y entregado a su Madre.

Ahora se consuma el martirio de María.

La lanzada no pudo herir el Corazón de Jesús, que ya no latía, pero sí herir el corazón de María. Ella estaba sola viendo a su Hijo bajo esta luz: ¡Jesús es Dios, y los hombres lo mataron! Su maternidad divina es consumada ahora, ahora como se consuma la Redención.

Es necesario que el amor esté listo a dar todo sin recibir nada. Alcanza toda su verdad en la muerte del corazón y más allá de esa muerte, resucita con profundidades eternas, como realiza por ella su fecundidad creadora y todo su poder de Redención.

¿Cómo no consolar a esa Madre que Jesús nos confió en su muerte? Podemos hacerlo cada mañana en la Misa, identificándonos con él: “Esto es mi Cuerpo, Esto es mi Sangre.

Para que estas palabras tengan toda su realidad, para que no sean usurpadas en nuestros labios, ¿no es necesario que la Consagración sea en cierto modo el símbolo de nuestra desapropiación, el sacramento de la desposesión, del despojo de sí mismo, como la Comunión es el sacramento de nuestra asimilación interior, espiritual, al Salvador?

No hay otra razón de la Pasión de Jesucristo que nuestros rechazos de amor. Por nuestro amor, alimentado de su inmolación y de su muerte, podemos anular las razones de los sufrimientos de Cristo, bajar de la Cruz a Jesús y consolar a María entregárselo y decirle: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo.

Y ya que Cristo la dio como Madre a todos los hombres, la Comunión con Cristo debe realizarse en la comunión con todos los miembros de Cristo.

El mal supremo es la herida divina que cada uno de nosotros puede curar, a su medida, y descubrimos con estupor sin duda un día que en lo más agudo de la angustia, el discípulo que da sin retorno ha socorrido a Cristo que “está en agonía hasta el fin del mundo.

Tengamos siempre el cuidado de calmar hoy su dolor.

14a estación: Jesús puesto en el Sepulcro.

¡Todo está consumado!

La catástrofe se ha realizado irremediablemente bajo la mirada de los discípulos aterrados… Recuerdan desde luego las luces de la Resurrección, pero las pruebas más brutales de la muerte de aquél en quien habían creído les dejan un sentimiento vivo y doloroso de un lamentable fracaso.

Y sin embargo, se dicen, esperábamos que él sería finalmente el Salvador de Israel.

Busquemos, como las santas mujeres, un gesto a nuestro alcance. Jesús vino para que tengamos vida y vida en abundancia.

En efecto, ¿no es la miseria el objeto propio de la misericordia? La última palabra que les dirige es un testamento de alegría: “Os he dicho todo eso para que Mi Gozo esté en vosotros, y que vuestro Gozo sea completo.” (Jn. 15:11)

Jesús nos da su Cruz para agotar la fuente del dolor.

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