Homilía de Mauricio Zúndel en la Iglesia del Sagrado Corazón, en Ouchy, Lausana, el domingo 21 de noviembre de 1965. ¡Ese día Zúndel pronunció cuatro otras homilías! (tomada de "Ton visage ma lumière",- (Tu rostro, mi luz) p. 213 (*)

 

La traducción de la doxología en la nueva liturgia, “Por Jesucristo, tu Hijo Único, nuestro Señor, que es Dios por los siglos de los sigloso “porque él es Dios por todos los siglos – quizás inexacta, pero de todos modos traducción ahora oficial: “…porque es Dios por todos los siglos”- es la afirmación más brutal de la divinidad de Jesucristo.

Esta afirmación, que escandaliza a los musulmanes que ven en ella una forma de idolatría, y escandaliza a los historiadores racionalistas, los cuales ven en ella una forma de mitología, la afirmación de la divinidad de Jesucristo, que hace parte del testimonio cristiano, y sobre la cual todos los cristianos no están tan de acuerdo como parecen, solo puede ser aceptada, solo puede ser comprendida en un sentido que tenga en cuenta las perspectivas absolutamente nuevas sobre Dios que Jesucristo mismo nos ha revelado.

Nuestro Señor cambió la visión de Dios de manera infinitamente profunda y es absolutamente necesario tenerlo en cuenta para darle sentido a la afirmación de la divinidad de Jesucristo.

Cristo es la novedad de Cristo. Tomamos conciencia de todo lo que le debemos y que sería imposible sin él, cuando vemos el escándalo de los apóstoles, su cobardía, su traición y abandono. Cuando se trata de la Cruz, cuando se trata de derrota, no pueden comprender, no pueden aceptar que la salvación que están esperando, que la intervención del Dios todopoderoso se realice en un fracaso escandaloso e incomprensible. Y, de hecho, huyen ante la Cruz, se esconden hasta que el anuncio de la Resurrección comience a orientarlos hacia una nueva esperanza, la cual por otra parte no es aún muy espiritual.

Tendrá que llegar Pentecostés, la re-creación de su corazón en el fuego del Espíritu Santo para que tomen conciencia de la importancia real del acontecimiento y que la divinidad de Jesucristo tome en sus vidas y en la nuestra un sentido aceptable, un sentido admirable y un sentido espiritual.

Porque justamente la Cruz, la derrota, el fracaso de Jesucristo, escándalo terrible de que habla Pablo a los corintios: “La Cruz, escándalo para los judíos y locura para los gentiles” (1 Co. 1:23), para ser fecundo, para ser origen de un mundo nuevo, ese escándalo supone que la noción misma de Dios, la visión misma de Dios haya sido radicalmente transformada.

¿Y cuál es el sentido de la transformación? ¿Qué es lo incomparable, único, inaudito, inverosímil y magnífico que nos revela Jesús?

Justamente, nos revela la desapropiación de Dios, la pobreza de Dios. Nos revela un Dios de rodillas ante nosotros, un Dios que no puede forzar nuestra voluntad, que no puede obligar nuestra inteligencia, un Dios que no puede apoderarse por violencia de nuestro corazón, un Dios que nos está esperando, un Dios que se ofrece, un Dios que inaugura con nosotros un régimen de libertad infinita, un Dios que se hace nuestro igual, que nos trata como iguales suyos, un Dios que siendo el del Eterno Amor, no puede hacer nada sin el de nuestro amor.

Este Dios totalmente nuevo en la concepción humana, y en la historia humana, ese Dios trinitario, el Dios que solo tiene contacto con su ser comunicándolo, el Dios eternamente vacío de sí mismo, el Dios que nada posee, es el que aparece en el misterio de Jesús como Presencia real en el corazón de nuestra Historia.

¿Y de qué manera? Justamente operando en la humanidad de Jesucristo tal vacío, tal evacuación, tal espacio de dimisión, de desapropiación y de pobreza, que la humanidad de nuestro Señor sea por eso mismo capaz de acoger a todos los hombres, de resumir toda la Historia, de ser interior a cada uno de nosotros, de vivir nuestra vida como la suya, precisamente porque es incapaz de toda posesión, porque su humanidad es vacía de sí misma en un grado único porque se le comunica la pobreza subsistente que es la misma personalidad divina.

Jesús nos revela un Dios Espíritu y Verdad, que es por ello mismo un Dios caridad, un Dios Amor, un Dios cuya vida entera es darse vaciándose de sí mismo, comunicarse en una infinita respiración de amor.

Y justamente, porque la humanidad de nuestro Señor, la humanidad de Jesucristo es totalmente desapropiada de sí misma, en su brillo, en su enraizamiento en la Pobreza divina, nosotros podemos con total buena fe, con toda sinceridad, fundándonos en una experiencia mística dos veces milenaria, afirmar la divinidad de Jesucristo, no como la exaltación de un hombre a una forma de apoteosis en un cielo imaginario, sino como la Presencia de Dios a través de una humanidad que está tan vacía de sí misma que no puede ya oponer a la luz de Dios ninguna especie de sombra o de límite.

Es indispensable ponerse en ese nivel para situar la afirmación cristiana en su verdadera perspectiva. Sí, él es Dios por los siglos de los siglos, y eso quiere decir que su humanidad no puede apropiarse nada, su humanidad no es cerrada sobre sí misma, su humanidad no tiene adherencia a sí misma, porque es radicalmente vacía de sí por la asunción a la divinidad que es una eterna evacuación de amor.

Hoy como ayer, el marxismo nos propone un programa admirable de divinización del hombre, y el gran solitario que era Nietzsche se proponía también crear en sí un súper-hombre que fuera fuente y origen de todos los valores. Y Nietzsche se enloqueció y el marxismo no pudo realizar su admirable ambición, pues ¿qué quiere decir divinizar al hombre? ¿Qué quiere decir dar al hombre un valor infinito, hacer del hombre el creador de todos los valores?

Solo Jesús nos muestra el sentido: solo hay un camino para dar al hombre toda su grandeza y toda su dimensión, vaciarse de sí mismo, renunciar a toda posesión, ser liberado de toda adherencia, hacerse espacio ilimitado de luz y amor, ser capaz de conducir, de revivir y terminar toda la Historia y de hacer comenzar de nuevo todo el universo.

Pero todo eso solo es posible, como lo entendió tan admirablemente san Francisco, en el vacío interior, en la evacuación que es, en el hombre como en Dios, la condición de toda grandeza, de toda libertad y de toda eficacia.

Entonces, para establecer el equilibrio del testimonio cristiano, es absolutamente indispensable no separar jamás los dos nombres que Cristo se dio – o mejor, él se dio uno y nosotros le dimos el otro: él se llamó el Hijo del Hombre, el Hijo del Hombre, el que es Hombre en grado único, incomparable, infinito e ilimitado, el Hombre que puede identificarse realmente con cada hombre y vivirlo hasta las raíces de su ser; Hijo del Hombre en plenitud única, justamente por ser Hijo de Dios, por reposar en su libertad y enraizarse en el ser únicamente subsistiendo en la Pobreza divina.

Si separamos los dos títulos, si no vemos que Jesús es igualmente y con la misma plenitud, el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, la afirmación de lo que llamamos su divinidad se vuelve inconcebible, inasimilable y escandaloso. Pero aceptando el escándalo de la Cruz, aceptando el escándalo del Lavatorio de los pies, comprendiendo que el triunfo de Dios es el don de su Amor, comprendiendo que el amor es imposible si no hacemos el vacío en nosotros para acoger al otro y colmarlo con el don de nosotros mismos, aceptando todo eso se vuelve sencillo comprender que la divinidad no pudo hacerse Presencia real en la Historia humana sino en una humanidad absolutamente vacía, evacuada de sí misma, como sacramento translúcido que deja a Dios expresarse totalmente en persona, es decir en su despojamiento, en su Pobreza infinita, en su caridad inefable, sin encontrar en él frontera ni límite algunos.

Si queremos pues entrar en el corazón de nuestra fe, si queremos escapar al escándalo del islam – es decir al escándalo que suscita en el islam la afirmación cristiana mal entendida, si queremos escapar al escándalo que los hombres de ciencia pueden encontrar ante lo que ellos consideran como mitología, es necesario que vivamos nosotros la misma pobreza, que descubramos que el sentido de nuestra libertad está en darnos, tenemos que realizar una personalidad que sea fuente y origen mediante una dimisión integral de nosotros mismos.

¡Y es verdad! Es una experiencia continuamente verificable: jamás podemos tener conciencia de encontrar un hombre en el pleno sentido de la palabra, o estar cómodos, jamás estamos colmados cuando sentimos en un ser humano la mínima expresión de satisfacción de sí mismo. Solo somos liberados cuando encontramos el vacío sagrado en que respira una Presencia infinita, como Dios se revela solo a través de nosotros en una dimisión radical, ¿cómo sentir asombro de que haya sido necesaria la evacuación total del yo humano en Jesucristo, del yo connatural, para que él fuera la Revelación definitiva y perfecta del Dios vivo?

¿Y cómo asombrarse, yendo hasta la fuente, de que en Dios la grandeza sea idéntica con la humildad, de que en Dios la grandeza solo esté constituida por la dimisión eterna en que el Padre y el Hijo se intercambian en una desapropiación infinita?

El cristianismo nos arroja entonces al centro de la experiencia humana, nos permite comprenderla, vivirla, realizarla en la medida misma en que aceptamos la condición revelada por la Cruz, en la medida en que aceptamos ser como nuestro Padre celestial perfecto, es decir, alcanzar un valor ilimitado haciendo estallar nuestras fronteras y haciendo de nuestra vida entera una ofrenda silenciosa de amor.

Entonces ya no arriesgamos equivocarnos. Entonces todas las palabras del credo se inflaman en la luz del Espíritu. Entonces el testimonio cristiano toma todo su valor liberador, pues en efecto, cuando llegamos a ese nivel de desposesión, cuando entramos en la divina Pobreza, cuando cesamos de mirarnos, cuando ya no somos más que mirada hacia el Dios vivo que es en nosotros eterna espera, entonces sentimos bien que el mundo respira, sentimos la posibilidad de comunión universal. Entonces ya no hay raza, ni edad, ni clase, ya no existe sino el hombre en su valor posible, ya no existe sino el hombre en su vocación divina, ya no existe sino el hombre llamado a ser el santuario de la divinidad.

Queremos pues proseguir esta liturgia escuchando el silencio de Dios, haciendo silencio en nosotros mismos, para que escuchando a Dios, seamos capaces de no escucharnos más a nosotros mismos, sino de llevar a los demás, ya no el ruido y el tumulto de nuestras codicias, sino el espacio de luz y de amor en que resplandece el rostro de Dios que cada uno reconoce cuando tiene el privilegio de encontrarlo justamente como el soplo mismo de la libertad, como el espacio en que la verdad y el Amor aparecen por fin como Alguien, como una Presencia, como una Persona, como una vida, como un Corazón que late en nuestro corazón.

(*) TRCUSLibro « Tu rostro, mi luz, 90 sermones inéditos »

Editorial Mame, París, 2011. 510 páginas

ISBN : 978-2-7289-1506-4

http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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