Homilía de Mauricio Zúndel a religiosas de la obra de San Agustín, en San Mauricio, Suiza, en 1953. (Ver: “Avec Dieu dans le quotidien” (Con Dios cada día) p. 129 (*). Los títulos fueron añadidos.

La sonrisa

El poder más grande del mundo es la sonrisa. De la sonrisa vivimos y de su ausencia morimos. Donde no hay sonrisa, la vida desaparece. Donde hay sonrisa prospera la vida. Y es también la mayor fragilidad.

Está claro que si le ofrecen una sonrisa y su rostro está cerrado, la sonrisa queda sin efecto. Si no respondemos a esa intimidad, nada sucede. Es el ejemplo más sugestivo del poder de Dios, la omnipotencia del Amor, pero que no puede lograr nada si no encuentra correspondencia.

La sonrisa es tan poderosa cuando se la recibe como impotente cuando encuentra un rostro cerrado. Conserven esta imagen de la sonrisa, que es la única verdadera imagen del poder divino. Y comprenderán que Dios es a la vez fuente de toda vida y el Dios crucificado: él da su vida y muere.

La vida tiene en él su cuna, pero nosotros tenemos sobre él el terrible poder de darle la muerte. Queda sin defensa, como queda sin defensa una sonrisa si la rechazan.

Eso hay que escucharlo cuando se habla de milagro. El milagro no es que Dios ponga su mano en el engranaje. Cuando se produce un milagro es que el hombre se ha hecho presente. Siempre hay en el milagro un corazón humano que se ha abierto, una respuesta humana al llamado de Dios.

Dios siempre está presente. La sonrisa de Dios, don de luz y de amor, está siempre circulando y ofreciéndose en medio de nosotros. Si se produce un milagro, es que un corazón humano ha captado esa onda de amor y le ha permitido lograr lo que llamamos milagro.

Los milagros

¿Por qué no pudo hacer milagros Jesús en Nazaret? Porque encontró hostilidad. El resplandor del amor es ineficaz si no tiene respuesta. Por eso no podemos verificar los milagros con las manos. Los verificamos con el corazón. Siempre se puede interpretar un milagro en uno u otro sentido. Los milagros de nuestro Señor fueron presentados en su proceso como motivos de acusación.

En el capítulo quinto de san Juan vemos la curación del hombre que estaba esperando junto a la piscina el movimiento del agua que lo podía curar. Nunca lograba llegar de primero y nuestro Señor le dijo: “Toma tu lecho y camina” y él lo toma. Es un día sábado, todo el mundo está escandalizado. Él proclama: “El hombre que me sanó me dijo: ¡Toma tu lecho y camina!” Y los doctores de la Ley exclaman: “¿Cuál es el hombre que te dijo: Toma tu lecho?” Pero diciendo eso omiten: “y camina” limitándose a la primera parte: “toma tu lecho”, para conformar una acusación, como un acto prohibido en un día de sábado. Los que tienen el corazón cerrado ven también en el milagro un acontecimiento natural realizado por un prestidigitador, o una intervención del demonio.

Cuando dicen que hay milagros en Lourdes, yo creo, pero no es la Oficina de Verificaciones la que puede verificarlo. La que verifica el milagro es la fe, el corazón abierto, el sentimiento profundo de que hay una gran cadena de amor y una respuesta del hombre.

El milagro se realiza cuando el hombre entra en el circuito con todo su amor y se captan la ternura y el amor divinos y se estabilizan en el acontecimiento. El milagro es siempre un acontecimiento en que el Corazón de Dios resplandece para quien es capaz de reconocerlo, pero el que es insensible al amor, a la sonrisa de Dios jamás sabrá lo que eso significa.

A Dios nadie lo ha visto, como dice san Juan (Cf. 1 Jn. 4:12), pero cada uno puede encontrarse con él; y observen que eso no es más misterioso que encontrarse con un alma, porque para encontrar un alma es necesario encontrarla en lo profundo, que el misterio que somos esté en resonancia con el misterio del otro.

Jamás hay que olvidar que Dios pone en movimiento nuestros recursos más profundos, pero no hay que materializarlos. No podemos coger a Dios infraganti. Siempre podremos decir que no hay milagro. Eso no tiene importancia, pues el milagro no lo siente de verdad sino aquél que siente la presencia divina que se manifiesta en el acontecimiento.

Estar en resonancia con Jesús

Dios es sonrisa. Es entonces impalpable salvo para lo más delicado generoso y puro que hay en nosotros. Por eso, hablándoles de la presencia real traté de mostrarles que es algo que no se puede tocar con las manos. Es un sacramento, y por ende, un signo, una invitación que se nos hace. Un sacramento es un signo que pide nuestra presencia total para que suceda algo esencial. Si no estamos presentes; no tendrá significado para nosotros.

No olvidemos, además, que los testigos de nuestro Señor, Pilato, Anás, Caifás, Herodes, todos ellos estaban en presencia de Jesús pero estaban ausentes. La presencia no brillaba para ellos porque no estaban presentes. No podían percibir la divinidad en la humanidad de nuestro Señor porque no estaban en resonancia con la luz y el amor, y la mayor parte de los contemporáneos de nuestro Señor no reconocieron nada en él. Aun los apóstoles dudaron hasta Pentecostés, y solo entonces, en el fuego del Espíritu Santo fueron puestos en resonancia con Jesús. Dios es Espíritu, como dice nuestro Señor a la samaritana (Cf. Jn. 4:24), y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.

En esta perspectiva se debe pues considerar la maternidad de la Santísima Virgen. Todo debemos tomarlo en espíritu y en verdad. No es entender la virginidad de la Santísima Virgen reducirla a esto: san José no tuvo parte en el nacimiento de Jesús. Hubo eso desde luego, pero fue algo muy distinto.

Podemos recordar primero que Jesús es fruto de la contemplación de María. ¿Qué quiere decir eso?

Recuerdan que san Francisco de Asís se alimentó de la contemplación de la Cruz, que san Francisco se convirtió en cruz viva, que recibió las heridas de Cristo y que sus heridas fueron el último término de su contemplación. El movimiento de su mente penetraba en su carne y se animaba y se expresaba en las heridas visibles. Es claro que los estigmas de san Francisco no mienten porque vienen del interior. Las heridas manifiestan la unidad de una vida que no es sino mirada hacia el Amor crucificado.

No nos asombra que el cuerpo termine por participar en el movimiento. No nos impresiona una mujer histérica que tenga la corona de espinas por ver un crucifijo. En este caso, es claro que en este caso no nos impresiona en lo más mínimo. Se trata de una enfermedad, no de un milagro. Hay una diferencia infinita entre el signo impreso en el exterior y los estigmas que son la última señal de una vida enteramente conformada con el Amor crucificado.

Eso pasa en la maternidad de la Virgen. A Cristo, a quien contempla desde el primer instante de su existencia y hacia el cual tiende, termina por llevarlo en su carne, porque todo su ser es una mirada hacia él.

Podemos verlo bajo otro aspecto: que en Jesús la humanidad es solo un sacramento de la divinidad.

El consentimiento de María

Ustedes comprenden muy bien que una mujer que espera un niño ignora la mayor parte del tiempo quién será el niño. No puede nombrarlo ni identificarlo. Todo lo que puede saber es que será un ser humano. Porque la maternidad humana es normalmente ante todo una maternidad natural. Nosotros nacimos primero según la naturaleza. Fuimos primero un manojo de instintos, un paquete de necesidades y luego, lentamente, tratamos de ser persona, y recaemos sin cesar en la naturaleza. En nosotros, la naturaleza es primero. Nuestra madre que nos llevó en su seno debía pensar que un niño nacería del misterio junto a su corazón, pero no podía conocer su rostro, pues solo podría verlo cuando él naciera.

Al contrario, en Jesús la persona es primero y la naturaleza viene después. El día de la anunciación, la Santísima Virgen supo el nombre de su hijo, Jesús, es decir el Salvador, Dios que salva. Ella sabía que iba a ser la madre del Redentor, y había comprendido su misión bajo la luz del Espíritu Santo. Sabía que su consentimiento concernía ese Único que sería Hijo de Dios e Hijo del Hombre, que su maternidad se dirigía a la persona antes que a la naturaleza.

No hay otro modo de fijar una persona si no es dándole nuestra intimidad. ¿Cómo habría podido fijarse en María la persona de Jesús sino mediante el consentimiento de toda su mente, de toda su persona, de todo su ser? Es la gracia única de la maternidad de la Santísima Virgen. Es la maternidad de la persona entera la que se dirige a la persona de Jesús.

Ella va a ser el mostrador, la morada de Cristo, pero no lo va a tomar como una madre recibe un germen que se deposita en su seno y que deviene un niño: ella entra en contacto con él por el total despojamiento, por la pobreza que hace que ella sea la Mujer pobre.

Ese despojamiento, esa evacuación de sí misma es su Inmaculada Concepción. Inmaculada Concepción quiere decir que desde el primer instante ella es invitación a Dios, mirada hacia Dios. Está vacía de sí misma. Es apta para fijar la Presencia que es una Persona y a contraer con respecto a ella una maternidad que es del mismo orden de la Persona misma. Ella será la madre del segundo Adán mediante el consentimiento de todo su ser.

Un misterio de pureza

En todo esto, a partir de los estigmas de san Francisco, ¿entendieron bien que Jesús es fruto de la contemplación de María? Su mente fue la cuna, antes que lo fuera su cuerpo.

Entonces la naturaleza se va a desarrollar en Jesús cuando la persona ya está perfecta. En nosotros, la naturaleza nos es dada y la persona está en embrión. Se va a desarrollar lentamente y tenemos suerte si por fin nacemos en el momento de la muerte.

Esto quiere decir que el misterio de María es un misterio de pureza y que no hay que ver en la virginidad de María un evento físico. Esto es solo signo de otra cosa, que es la virginidad del corazón, de la mente, de la persona, que hace que en ella todo es dado, todo es disponibilidad de su ser entero a Jesús.

María es la mujer que no se ve sino en Cristo y por él en la humanidad; al engendrar a Jesús que es el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre, engendró la humanidad. En el fíat de la anunciación está la adhesión de todos nosotros.

Por eso no hay nadie tan permeable al amor de Cristo como la Santísima Virgen, por eso, como dice Dante, ella es la hija de su Hijo. En su vida divina, Ella nació de su Hijo, y por eso nació de él así como él pudo nacer de ella.

La madre de Cristo en nuestra vida

Por eso justamente la Santísima Virgen sigue siendo en nosotros un camino de luz hacia Jesús. De hecho, es imposible no amar a la Virgen cuando amamos a Cristo, y vemos además hoy en día en el mundo protestante donde revive con más entusiasmo el amor de Cristo que el interés por la Virgen comienza a dejarse sentir y que hay pastores que hablan de ella con gran respeto y consideran que tiene un lugar aparte en la Redención.

La santísima Virgen es una especie de sacramento, el sacramento de la ternura de Dios hacia nosotros, pues Dios es madre, como es padre; y luego, sobre todo ella es la madre de Cristo en nosotros.

Pues la maternidad de María no es una maternidad en el tiempo sino una maternidad eterna, porque ella concibió en el don total y absoluto de sí misma, pues nos adoptó a todos en la acogida de todo su ser a Jesús. Su maternidad no termina. Ella es madre de Cristo en nuestra vida, es su función eterna.

Es pues muy natural que nos expongamos a la luz de la Virgen para recibir de ella a Cristo que está ella encargada eternamente de engendrar en nosotros. Es un gesto maravilloso e infalible. Es imposible volverse a María sin llegar por ella a Cristo, pues ella no tiene nada, solo puede llevarnos a Él.

Seguir este camino es seguir el orden mismo de la Encarnación ya que Jesús entró en el mundo por medio de María. Y siempre entrará Cristo en nuestra alma por María, y lo más maravilloso que hay en nuestra confianza en la maternidad inagotable de la Santísima Virgen es que a cada instante podemos disponer del amor de la Virgen para ofrecerlo a nuestro Señor.

“Esto es mi cuerpo”

Y aquí, yo creo que, si ustedes tuvieran que celebrar la misa se conmoverían como yo en el momento de la consagración cuando hay que decir esas palabras increíbles y revolucionarias que uno no se atreve a pronunciar, ya que decir: “Esto es mi cuerpo” es comprometerse a desaparecer en Jesús, a transformarse en Jesús. ¿Cómo llevar la nueva y eterna Alianza y todo el Amor cuando uno es pobre ser humano limitado, cerrado, con fallas, cómo decir esas palabras sin traicionar a Dios, sin mentir en las palabras mismas que uno pronuncia?

Entonces la Virgen es un refugio. Hay al menos alguien que puede decir esas palabras, alguien que pudo decir: “Esto es mi cuerpo” poniendo en ellas toda la verdad que tienen y es la Santísima Virgen. Ella puede siempre llenar esas palabras con su amor que las justifica.

Y lo que nosotros podemos hacer en la misa es decirnos: “Es la Santísima Virgen quien va a decirlas por mí. Yo soy solo signo y sacramento, pero justamente, siendo solo eso, es necesario que alcancen toda su verdad de algún modo, y la alcanzan a través del corazón de la Santísima Virgen”. Esa es mi solución en la misa, pensando: “Alguien va a sostener esas palabras, a llenarlas de luz y vida y permitirles llegar al mundo de las almas que están comprometidas más profundamente que yo en el camino de la luz y del amor”.

Yo creo de verdad que la mediación de la Santísima Virgen es algo continuo y que nada debe hacerse sin esta mediación, ya que ella dispone en nosotros la cuna de Jesucristo que debemos ser nosotros por el resplandor mismo de su persona. Por eso cuando estamos agotados, cuando estamos desesperados, basta con volvernos hacia la Virgen sin decir nada, llamarla como una madre y exponernos al resplandor de su luz.

Dejarse conducir por María

En La zapatilla de raso, ustedes recuerdan que cuando Doña Pruheze necesita unirse a Rodrigo, da su zapatilla de raso a la Santísima Virgen para que la guarde. Eso es lo que vamos a hacer y lo que conviene hacer a cada instante de su vida cuando estén condenadas a trabajar y llegan a la capilla agotadas y con sueño.

Hay una especie de suplencia en la vida estropeada que tienen y es ofrecer a Cristo el amor de su Madre y hablarle a Cristo a través del corazón de su Madre. Si estamos bajo la luz de María, es imposible que no estemos finalmente bajo la luz de Jesús.

Por eso siempre debemos dejarnos conducir por María, porque no conocemos el camino, porque no sabemos lo que es bueno o malo. Ella nos dará serenidad y nos permitirá ver claro, mirar las cosas tranquilamente y ver que Dios no quiere quitarnos nada sino hacernos perfectamente felices en su luz.

Dios quiere nacer de nosotros como nosotros nacemos de él

Para terminar, hay algo en el misterio de la Virgen y es que ella nos traza la vocación. Nuestra vocación es también ser madre de Dios. Justamente, Dios quiere nuestro don, nuestro amor, y nosotros debemos suscitar en el alma de los demás la cuna de Jesucristo.

Toda la ternura que había en ustedes por estar hechas para la maternidad, toda debe recogerse en esa maternidad virginal, pues ante Dios están encargadas de toda la humanidad por medio del brillo de su vida mediante la comunión de los santos.

Es algo impresionante, que Dios sea hijo nuestro tanto como Padre de nosotros. Decimos en la liturgia de Navidad: “Nos ha nacido un Niño”. Dios quiere nacer de nosotros así como nosotros nacemos de él. El más profundo secreto del Evangelio es que Dios quiere nacer de nuestro amor. Para estar seguros de encontrar a Dios, para estar seguros en el camino del Evangelio, el mundo debe transfigurarse y el rostro de Jesús aparecer al final.

Como el escultor, el músico, o el artista no conoce su obra sino cuando la ha terminado, tampoco nosotros sabremos cómo es Dios cada día sino cuando Dios haya nacido de nuestra bondad, de nuestro amor.

Cada vez que un rostro humano se ilumine al contacto de nuestra caridad se revela en nosotros un nuevo rostro de Dios. No lo olvidemos: es verdad.

La misión del sacerdote no consiste en predicar a Cristo sino en engendrar a Dios, en ser la cuna de Dios al precio de su vida entera.

Todo eso es su misión, de ustedes que son sacerdotes a su manera, en el único Sacerdote que es Jesús. Su voto de castidad no es hacerse estériles e infecundas, sino hacer de su vida la cuna misma del Dios vivo.

Cada día conocerán más a Dios no mediante oraciones abstractas, con palabras, sino a cada paso, en el taller, en la oficina, en la comunidad, si a cada paso aparece la sonrisa de Dios porque tienen un corazón capaz de ser su cuna.

Eso es ser cristiano, es ser la madre de Dios, es hacer de toda la vida la navidad misteriosa, emocionante, que transfigura la vida, la Navidad que debe ser hoy para que toda alma que responda a la invitación de Dios y se exponga al resplandor del misterio virginal de María sea a su vez la madre de Dios.

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