Conferencia de M. Zúndel en Niza, en 1968 (segunda parte).

 

Es la experiencia de un Dios liberador

Con Agustín, el Dios que experimentamos es el Dios cuya imagen es de Amor, cuyo Amor es generosidad incapaz de forzarnos de cualquier modo, pues como lo experimentó Agustín, ese Dios puede estar presente en nosotros sin que nos demos cuenta y que Agustín mismo esperó treinta y tres años para reconocer en El la Presencia que nunca había cesado de esperarlo.

Está bien claro que podemos repetir las palabras de Nietzsche: “Si hay dioses, ¿cómo podría yo no ser Dios?” Si Dios es simplemente el faraón celeste que tira los hilos de la historia y decide el juego sin nuestro consentimiento, ¿por qué es él Dios más bien que yo? Pero ¡si uno se plantea esta pregunta es que se trata de un dios falso! El Dios verdadero, que es la respiración de nuestra libertad, es únicamente el Amor dentro de nosotros, y, hay que decirlo con firmeza, ese es el criterio supremo.

Jamás podremos aceptar una experiencia, jamás podremos reconocer una revelación que no nos confirme, que no aumente, que no profundice esta convicción y esta experiencia de un Dios que es tan liberador que no conocemos la libertad sino al encontrarlo, y que es a tal punto fundamento de nuestra trascendencia que nacemos a nosotros mismos en ese encuentro en lo más íntimo de nuestro serque hace de todo nuestro ser un impulso hacia Él.

Ese es el criterio fundamental, y todo lo que no va en este sentido de liberación no puede ser verdad, no puede ser auténtico, no puede emanar del Dios vivo y verdadero, ya que una vez más, la experiencia verificable a cada instante que hacemos de Él es una experiencia liberadora.

La Biblia como pedagogía

Podemos pues volver a leer la Biblia bajo esta luz, diciéndonos con firmeza: todo lo que es limitado no es de Dios, todo lo limitado tiene su origen en el hombre. Dicho de otra manera,en la Biblia estamos ante una película pedagógica que hay que entender a partir del fin, a partir del fin, como se entendería una grabación pedagógica de las palabras de una madre a su hijo desde el nacimiento.

Es evidente que la película de una educación completa cuyas fases pudiéramos seguir nos daría el sentimiento de una adaptación admirable de la madre al hijo, a condición de que al final de esa película pedagógica, es decir cuando el niño llega a la madurez, la conversación de la madre con el hijo sea una conversación de adulto con adulto.

Si llega a hacer un adulto entonces todo se justifica, y cada fase de la adaptación de la madre al hijo, con todos los límites que ello supone, la madre va a utilizar fábulas, mitos, va a adaptar naturalmente lo que dice a su hijo, a lo que es capaz de oír con provecho, no le va a dar a dos años doctrinas platónicas que no puede comprender, le hablará un lenguaje que suscite en él una vida personal, profundizará su lenguaje en la medida en que el niño es más capaz de entender. Esta adaptación pedagógica es indispensable.

Si tomamos la palabra bíblica como una película pedagógica, veremos que hay una adaptación progresiva y que es necesario juzgar la película a partir del final: comprenderemos su sentido en el momento en que brillará en una libertad infinita. Entonces veremos justamente en esta pedagogía la manifestación de una Presencia que se dirige a una conciencia viva, a medida que ésta es capaz de comprender, como la pedagogía de la madre es comunicación al hijo de toda la luz de la presencia de la madre, pero a través de símbolos, a través de imágenes, a través de silencios también, que son indispensables para suscitar la maduración del hijo.

La Biblia solo puede ser escuchada como alguien: hay Alguien que se dirige a alguien. Hay pues un diálogo adaptado al interlocutoral que se dirige y que debe hacer la experiencia de su libertad, superándose a sí mismo, haciéndose cada vez más humano.

Hay en la Biblia un libro magnífico que es una revelación sensacional a este respecto, el Libro de Joben que un hombre es abrumado de desdicha. Se trata de un poema y no de una historia, pero se trata de un hombre que se plantea el problema de Dios en función de la experiencia humana, y el problema del mal en función del Dios en que cree, y que ante la injusticia que lo hiere, defiende su inocencia con vehemencia, con pasión magnífica, y no obtiene nada, Dios no reconoce su inocencia.

Recordemos que la problemática del libro de Job supone que en la época en que fue escrito el libro no se cree todavía en la inmortalidad del hombre, se admite que todas las sanciones se distribuyen en la vida terrestre: el hombre bueno debe prosperar, el malo debe fracasar. En estos límites tan estrechos, el justo busca una recompensa y no la obtiene, está por el contrario en el fracaso más extremo, en la más extrema deshonra…

¿Cómo no estaría en falla la justicia de Dios? Y entonces la respuesta de la revelación es: “¡Humíllate en el polvo (40:13), tú no creaste el hipopótamo (40:15), ni el cocodrilo (40:25), ni el avestruz (39:13), ni las estrellas! (38:7) Tú no creaste nada, entonces, cállate, ya que no tienes el poder de Dios, ¡entra en tu nada! (42:6)” En efecto, en las dos últimas páginas, para que el Libro siga siendo edificante, el hombre se humilla en el polvo adorando el poder de Dios, pero sin ser convencido.

Este libro justamente es una admirable piedra de espera; muestra que, en cierto estadio, la mente humana percibió la insuficiencia de la revelación presentada en su época y que, frente al problema planteado, ante el problema del mal expresado con un vigor que atraviesa los siglos y que nos conmueve todavía hoy, el problema del mal no ha sido aún resuelto porque pedía justicia y se le responde con poder, con un poder que humilla y no puede satisfacer la justicia que pide verdad.

Estamos pues ahí en un itinerario que sigue avanzando, cuyo sentido no se revelará sino al final, pero no hay duda para nosotros, ya que el criterio es la liberación.

Estamos absolutamente seguro que mientras Dios no sea concebido, no sea presentado, no sea afirmado como el liberador, como el Amor que no es sino Amor, como interior en nosotros y como revelador de nuestro interior al colmarlo, sabemos bien que entonces no estamos todavía ante el verdadero Dios tal como se revela al final de una ascensión en que el hombre crece y llega por fin a su edad adulta.

Entonces todo límite (en la Biblia) no es sino adaptación pedagógica o tolerancia pedagógica para con una humanidad que se debe educar colectivamente yendo etapa por etapa, aceptando reflujos y recaídas, para orientar al hombre hacia la cumbre donde finalmente llegará plenamente a sí mismo, como Jesús quiere darlo a saber a la Samaritana.

Posibilidad de que Dios fracase

No tenemos pues ninguna dificultad en admitir el ateísmo que va contra un falso dios o contra un dios limitado, lo que es lo mismo. Un dios limitado es moral y necesariamente un ídolo que se debe combatir sin ninguna dificultad ya que el único Dios que se puede experimentar es el Dios interior, que es la Vida de nuestra vida y el espacio en que nuestra libertad se revela.

Solo podemos admitir una experiencia que cesa de hacer de Dios un objetoy que enriquece nuestro descubrimiento de un Dios Persona, de un Dios Amor. Y bajo este aspecto, la experiencia cristiana, la experiencia evangélica, puede llegarnos y nos llega efectivamente presentándonos, revelándonos la pobreza de Dios.

Esa es una experiencia capital: el Evangelio representa una tentativa increíblemente desesperada que debe terminar en un fracaso.

El fracaso de Dios cuando Jesús se encarnó nos lleva a la contemplación de la Trinidad en la cual estamos ante un Dios que no puede acercarse a nosotros sino con pasos de Amor como tampoco nosotros podemos acercarnos a El sino por el camino del Amor.

Con el Evangelio se llega a un cambio de una importancia capital que representa una tentativa increíblemente desesperada que naturalmente debía llevar a un fracaso.

Hay que comprender que Cristo, tal como se presenta en la experiencia cristiana, y ¿cómo llegaríamos a El sino a través de la experiencia cristiana que da testimonio de Él? Hay que entender que Cristo, en el contexto histórico al que nos envía la época en que se manifestó, Cristo había finalmente iniciado a sus discípulos en la fe, había introducido la noción o más bien la experiencia de un fracaso de Dios.

Si leen el Nuevo Testamento, que es también una película pedagógica, - porque no hay que poner los escritos del Nuevo Testamento en el mismo nivel, ni todos los escritos, ni alguno de ellos en particular, ni cada versículo, en el mismo nivel de sublimidad y grandeza –, si leen el Nuevo Testamento, tienen ahí una fe que se expresa, una fe que se busca, una fe que evoluciona en el tiempo, que se expresa además en función de un contexto, en función de una época, en función de una tradición religiosa, que se expresa en categorías semíticas, que se expresa frente a un monoteísmo no trinitario.

El Nuevo Testamento mismo es en gran parte una película pedagógica en que todo no se encuentra en el mismo nivel y en que hay que decantar, a través de las parábolas, que deliberadamente limitan el mensaje de manera pedagógica, hay que decantar a través de los silencios de Cristo: “¡Tengo todavía muchas cosas que decirles, pero no pueden comprenderlas todavía!” (Juan 16,12), hay que decantar la aventura, el drama increíble de la existencia humana de Jesucristo que debía justamente inscribir en la historia y situar en el centro de la conciencia humana el fracaso de Dios.

A partir de la experiencia agustiniana reconocemos fácilmente la experiencia de un fracaso de Dios, puesto que fracasa en nosotros cuando nos distraemos: Dios fracasa cuando no respondemos o cuando nuestra respuesta es limitada o condicionada, entonces la imagen de Dios en nosotros se descompone, se desfigura, se limita al mismo tiempo que nuestra libertad se restringe y acaba por desaparecer.Cuando somos de nuevo esclavos del yo cómplice, Dios se convierte en ídolo, se hace objeto, si es que seguimos creyendo en Él.

Estamos listos a considerar el fracaso de Dios, pero faltaba todavía asegurarnos, mediante una experiencia que sobrepasa los límites de la nuestra, porque no podíamos dejar de plantearnos el problema. Claro está que si la adultez de mi conciencia (si mi conciencia se hizo adulta), si el acceso de mi conciencia a una libertad sin cadenas, supone el diálogo nupcial con una Presencia más íntima que lo más íntimo de mí mismo, un diálogo con la Presencia que es pues la belleza sin límites, que es pues la “Belleza siempre antigua y siempre nueva”, que es pues la Verdad inagotable para con la cual siento que tengo el deber de no hacer trampas, que es el Amor sin el cual toda ternura humana sufre limitaciones y está condenada a morir.

Si no puedo realizarme sino vaciándome de mí mismo, si debo vencer mi yo cómplice para ser real y auténticamente persona y bien universal, entonces ¿cómo una divinidad solitaria y única, que no tiene con quien compararse puesto que es única, cómo podría no ser narcisista si sabemos que todas las experiencias de la dignidad humana, todas las experiencias de conocimiento, de gozo de saber, todas las experiencias de la contemplación de la Verdad, todas las experiencias del arte, cuando el artista es realmente tomado todo entero por su impulso creador como Flaubert nos lo dejó adivinar, puesto que sabemos que el amor, cuando llega a la claridad de las cumbres de Dante para con Beatriz, puesto que sabemos que todas estas experiencias son convergentes, que todas conducen a la misma Presencia, a la misma Presencia siempre ignorada y siempre reconocida.

La Trinidad o el anti -narcisismo

¿Cómo pues podría ese Dios solitario realizar otra cosa que un narcisismo infinitosi está sólo en su rango? Si está solo, ¿cómo no estar enamorado de sí mismo? Y de hecho, todos los filósofos que quieren ir hasta (Dios como) causa primera llegan siempre a un narcisismo intolerable, a un ser encerrado en sí mismo que sólo puede amarse a sí mismo, que no puede crear sino para sí mismo porque solo el amor de sí mismo está a su nivel.

No podíamos evitar de plantear esta pregunta y de responderla. Eso es lo que constituye la novedad radical del Evangelio, eso es lo que hace del Evangelio la “Buena Nueva para los que lo escuchan, es decir lo entienden en una experiencia liberadora, que el Dios de que da testimonio Jesús, porque lo experimenta en lo más profundo de su ser humano, es un Dios trinitario, es un Dios que no es solitario sino trinitario.

Es algo absolutamente formidable, totalmente imprevisible, pues afirmar la Trinidad, como la entendió la experiencia cristiana, afirmar la Trinidad es afirmar que Dios, lejos de ser solitario, lejos de ser un narcisismo replegado sobre sí mismo y que goza de sí mismo, se alaba y nos pide además que lo alabemos, la Divinidad no tiene contacto consigo misma sino comunicándose.

Es decir que Dios, no solamente no puede mirarse a sí mismo, replegarse sobre sí mismo y poseerse, sino que sólo tiene contacto consigo mismo a través del otro, a través del Otro

Podemos captar el contraste (entre un dios causa primera y un Dios Trinidad) en nuestra experiencia cuando salimos del fondo cósmico, cuando salimos del yo hundido en las energías físico-químicas y psíquicas en el sentido instintivo y animal de la palabra, cuando salimos de ahí en la ofrenda maravillosa que hace de nuestra vida un espacio ilimitado, Lo conocemos entonces en el Otro y para el Otro.

En el momento en que dejamos de mantener el diálogo liberador y creador, volvemos a caer en el lodo del yo cómplice, es decir que hay en nosotros una posibilidad continua de flujo y reflujoy que generalmente el reflujo le gana al flujo.

Somos mucho más apegados a nosotros mismos que dados a Dios. Es que la Trinidad infinita, es que Dios es absolutamente, radicalmente, eternamente desapropiado de sí mismo, no tiene consigo mismo sino un contacto virginal porque justamente el conocimiento de Dios es un nacimiento, un engendramiento en el fuego del eterno Amor.

Dios no se puede poseer a sí mismo porque todo su ser brota eternamente en la triple ola subsistente de una desapropiación infinita, es decir que, en la claridad de una conciencia absolutamente desapropiada de sí misma que es la conciencia humana de Jesucristo, la Trinidad es la afirmación de una vida íntima absolutamente incapaz de poseer nada.

Dios no se posee, Dios no posee nada. Dios no puede poseer nada porque su vida está constituida precisamente por una desapropiación radical, eterna, consustancial.

En nosotros, acabo de decirlo, la vida personal es un fenómeno intermitente. La mayor parte del tiempo nuestra vida es vida natural, hundida en el antiguo fondo cósmico que nos injerta o mejor que hace de nosotros simples ramas del árbol de los seres vivientes.

En Dios la vida es eternamente personificada en el brote de amor en que todo se comunica. Y eso es capital porque ya no estamos frente a un poder que podría aplastarnos, sino frente a un valor que es Santidad, que no se puede acercar a nosotros, como dice el Papa San Gregorio sino con pasos de Amor, como tampoco nosotros podemos acercarnos a El sino por un camino de amor.

Hay ahí algo absolutamente maravilloso porque no estamos completamente en manos de un dios exterior, de un dios señor, de un dios que nos domina, un dios que nos limita y nos amenaza. Estamos ante un Dios que es puro intus, puro interior, que nada puede descomponer porque ha perdido todo. ¡Perdió todo! ¡Dio todo, no posee nada y no puede perder nada!

Francisco de Asís que cantó la pobreza, que la experimentó como nadie, que descubrió la imagen de Dios a través de la pobreza divina, Francisco que cantó la Pobreza por todos los caminos de la tierra, que le dedicó con pasión toda la potencia de su amor, Francisco comprendió bien que en la imitación de la Pobreza divina él mismo estaba al abrigo de toda desgracia: ¿Qué me pueden quitar? ¡No tengo nada! ¿En qué me podrían envidiar? ¡No tengo pretensiones! Al que no tiene nada porque ha dado todo, ¿qué le pueden quitar?

El Dios que se revela en Jesucristo es un Dios que ha dado eternamente todo, un Dios que es el don subsistente cuya única propiedad es la desapropiación radical… ¡Qué fundamental es eso! Se puede decir que Cristo nos liberó de dios, nos liberó de todos los dioses falsos, nos liberó del dualismo atroz entre el sentimiento de la dignidad humana, el sentimiento de un llamado a ser creador de nuestro universo y la sumisión a una divinidad que nos amenazaría, nos limitaría, nos paralizaría y, finalmente, jugaría el juego sin nosotros, comprometiéndonos en un destino determinado arbitrariamente sin nuestro consentimiento.

El monoteísmo trinitario es algo increíblemente nuevo porque implica una “aseidad”, es decir una existencia de Dios que no depende de nada ni de nadie, una existencia de Dios por el vacío, ¡por el vacío! Dios no existe como potencia encerrada en sí misma, como en la esfera de Parménides, una potencia encerrada en sí misma, fuera de lugar, invulnerable, que se posee y se goza, Dios existe por Sí mismo porque tiene en Sí todo lo que se necesita para realizar una vida de santidad, una comunión de Amor, en el don total, infinito, radical, eterno.

Es un valor ilimitado en una luz virginal en que todo contacto consigo mismo es de desapropiación y de donación. Y por eso Él es en nosotros justamente el llamado a la desapropiación que es el sello mismo de Su presencia auténtica. Donde no existe la desapropiación, donde no hay esta liberación, donde el yo no es oblativo, estamos seguros de no encontrarnos ni ante el hombre auténtico, ni ante el Dios vivo. Y lo maravilloso del Evangelio es justamente que nos introduce en un diálogo con un Dios cuya trascendencia se realiza al máximo por el vacío, por la donación en que nada se retiene, en que brilla el candor eterno de una inocencia infinita.

Lo admirable de la experiencia de Jesucristo es justamente que Jesús nos conduce al Dios interior, que resulta o más bien descubre la experiencia agustiniana. Jesús nos conduce al Dios que él revela a la Samaritana, ese es el Dios ante el que se arrodilla en el lavatorio de los pies, ahí donde se realiza la prodigiosa transmutación increíble: ¡Oh, qué escena increíble! ¡Y cómo nos orienta hacia el fracaso divino que se va a consumar en la Cruz!

Jesús está de rodillas ante sus discípulos, ante nosotros entonces, ante toda la humanidad: ¿Qué significa eso? Significa que la grandeza no está en dominar, que la grandeza no está en mirar hacia abajo, que la grandeza no está en tener súbditos, que la grandeza no está en imponer a los demás un proyecto que se ha concebido sin ellos, que la grandeza está en darse, y que el más grande es el que se da más, y que Dios arrodillado es la más alta revelación de Su grandeza porque es la más alta revelación de Amor.

Es la transmutación radical de todos nuestros valores. Todos estamos cautivos de la visión piramidal. La grandeza está arriba, en la cumbre del que mira, que tiene súbditos, que domina, que se impone, que recibe el tributo de las alabanzas y de la admiración: todos somos esclavos de esta visión piramidal porque no hemos comprendido aun, experimentado, que la grandeza está en el vacío que se hace en sí mismo, y que la única trascendencia de valor es justamente la pobreza según el espíritu que constituye la primera bienaventuranza y que es la beatitud misma de Dios.

Dios es Dios porque no tiene nada, porque no puede poseer nada, porque da absolutamente todo. En nosotros hay siempre un residuo, el viejo fondo de naturaleza que reaparece… ¡No somos nunca curados hasta el fondo, hasta el fondo de nosotros mismos! Aspiramos a esta sanación, si somos fieles progresamos eternamente sobre esta vía del don y de la liberación por el despojamiento. En Dios el despojo es eterno, consustancial, infinito, insuperable.

La pobreza divina

Comprendemos entonces el error de todos los que se levantan, con razón además, con razón, contra un dios objeto que es exterior a ellos, que los hace súbditos y esclavos… Comprendemos su rebelión y la compartimos en la medida misma en que Dios tenga ese rostro. Y el error, que no se les puede imputar, claro está, consiste en no descubrir otro Dios que ese, en creer demasiado fácilmente en las expresiones tomadas literalmente de las religiones comunes y en no haber encontrado el Rostro de la Pobreza divina.

¡La Pobreza divina! ¡Sí! Es la explicación misma de la Historia. La Historia está toda dominada por esta tragedia divina. Si, como dice Pascal, Dios, o más bien Jesús debe estar en agonía hasta el fin del mundo, hay que decir que lo está desde el comienzo del mundo…

Todo el drama del mal finalmente es el drama de un Bien infinito que el hombre pisotea y desconoce, y Dios es su primera víctima. Es Dios el que es aplastado dondequiera que el valor humano no es reconocido ya que la trascendencia humana es justamente la capacidad de Dios, la posibilidad de hacerse espacio para un Dios interior, un Dios que no somos nosotros, pero que está en nosotros y sin el cual no podemos llegar hasta nosotros.

En esta afirmación de la Trinidad está, en el fondo, toda la luz de la personalidad humana. Nunca habríamos sabido quienes somos o mejor quienes podemos ser, a qué grandeza y a qué trascendencia estamos llamados, nunca lo habríamos sabido sino hubiéramos encontrado la Pobreza divina, porque habríamos chocado como Nietzsche contra la visión piramidal, habríamos deseado devenir el superhombre, el superhombre, ¡el superhombre!, como si pudiéramos subir más arriba de la cabeza y pisotearnos para crecer, como si justamente la verdadera grandeza no estuviera en tomarse todo entero para darse totalmente al Amor que se da totalmente y que viene a nosotros, no para poseernos y limitarnos, sino para hacernos divinos, semejantes a Él, cuya grandeza toda está constituida por el Amor. Podemos pues recibir el testimonio de Cristo si es precisamente eso: la revelación y la comunicación de la Pobreza divina. Y es por ahí justamente como llegamos al reconocimiento de un fracaso divino. Ese fracaso es comprensible, San Pablo lo indica a su manera, cuando nos muestra toda la naturaleza gimiendo en dolores de parto y esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios (Rom. 8, 19-22).

La creación está aún en estado de embrión, no está al nivel de la libertad que se revela a Agustín cuando nace verdaderamente a sí mismo. La creación está en suspenso, sólo sabremos lo que es cuando la hayamos terminado cumpliendo totalmente en nosotros la vocación de libertad como Francisco cuando canta el Cántico del Sol… Él puede cantar el Cántico del Sol porque está en total consentimiento, porque está totalmente vaciado de sí mismo, entonces conoce, y entra en conversación, en diálogo, con un universo resucitado en su amor.

Dios puede fracasar porque no es sino Amor, porque el Amor no tiene contacto sino con el Amor, porque estamos ahí en un universo  interpersonal donde conocemos en la medida en que nacemos, donde conocemos en la medida en que amamos, y donde ya no se sabe nada cuando ya no se ama.

Una relación interpersonal

Nuestro error actual, ante el éxito de los métodos científicos – y nadie es más apasionado por las ciencias que yo que me alimento esencialmente de libros científicos – nuestro error está precisamente en no entender que el método científico, que se limitó voluntariamente a lo que se puede calcular y medir para crear un lenguaje común que nadie pueda poner en duda sino justamente calculando de nuevo y aplicando procedimientos de verificación, no entendimos que este límite voluntario, magnífico en su fecundidad, indispensable para crear un primer plano de unidad humana, no entendimos que no es la última palabra.

Existe, más allá de este lenguaje voluntariamente limitado, otro lenguaje, otro conocimiento, que es el conocimiento interpersonal. Nunca se conoce una persona en su Personalidad sino acogiéndola en el espacio de luz y de amor en que pueda respirar.

Cuando se quiere ignorar a una persona de manera segura, basta con hacer de ella una caricatura con dos o tres rasgos mirándola del exterior. Es fácil porque no se la ama, pero un ser amado se hace inefable, y solo puede vivirse en la comunión en que se intercambia con él.

La divinidad está en el centro de este universo interpersonal, en el centro de este universo nupcial, entonces ¿qué se puede intercambiar cuando se ama sino el infinito, qué se podrá querer dar al ser amado sino el Infinito?

¿Qué quiere darnos Dios que es el Infinito sino a Él mismo, Él mismo que es pura intimidad en la virginidad misma de su desapropiación?

¿Cómo podría Él finalmente hacerse en nosotros experiencia que no sea desviada, desfigurada, limitada, caricatural, a menos que seamos plena apertura, plena desapropiación y pleno Amor? Y si no lo somos, Él fracasa, fracasa…

¿Por qué en esta ciudad de Niza, no es Él, Dios, la realidad más candente, más apasionante? ¡Pues porque no lo es para nosotros! Si lo fuera para nosotros, si lo fuera en nosotros, si Lo lleváramos en nuestra presencia como una respiración infinita, si todos los que se nos acercan pudieran respirarlo y reconocer inmediatamente que está en ellos como eterna espera, Dios llegaría a ser en la ciudad un acontecimiento cotidiano, la Buena Nueva que habría que imprimir en la última página del periódico como lo más inverosímilmente magnífico, como la mayor felicidad que pueda llegar a la humanidad, es decir que Dios no puede entrar en la historia sino a través de nosotros porque Él está totalmente en el interior y que la intimidad de alguien no puede ser acogida sino por la nuestra.

Dios deviene realidad en la medida en que nosotros nos hacemos encarnación de Diosporque su trascendencia, como la nuestra, es trascendencia por el vacío: es pues haciendo el vacío en nosotros como la realidad de Dios brilla a través de nosotros y se hace para los demás fuente que brota en lo más íntimo de su ser.

Un Dios que tiene necesidad de nosotros

No hay que olvidar que la Cruz quiere decir justamente: que Dios puede fracasar, que Dios puede morir, que cualquiera puede matarlo y que está indefenso, que está desarmado, que es infinitamente frágil… Cómo no pensar aquí en las palabras de Nietzsche, tanto más preciosas puesto que son suyas: “Que vuestro amor, hablaba del amor entre hombre y mujer, que vuestro amor sea piedad por dioses sufrientes y velados” ¡Qué palabras tan hermosas: “Que vuestro amor sea piedad por dioses sufrientes y velados” (4) En el fondo, Dios está en lo más íntimo de nosotros, desarmado, frágil, incapaz de forzarnos, esperando de nosotros la transparencia que permita a su Luz comunicarse y hacerse respiración universal.

Y eso es justamente lo que hace nuestra única esperanza: nuestra gran esperanza viene de ahí, de que Dios tiene necesidad infinita de nosotros, infinita porque Él es el valor totalmente interior que no puede manifestarse sino con nuestro consentimiento. No se trata pues de salvarnos sino de salvarlo

Hasta allá va el cristianismo cuando se lo vive auténticamente, hasta allá va, primero en Francisco, de manera brillante. Francisco lloró durante 20 años por la Pasión de Dios, Francisco perdió la vista llorando la Pasión de Dios, Francisco fue estigmatizado y llevó en su cuerpo las heridas de Dios, y entonces el mundo resucitó, fue hasta el final del don de sí mismo y el mundo resucitó y el "Cántico del Sol" surgió, y Dios vive en él, Dios vivo, capaz de vencer la muerte, y por eso marchó hacia la muerte cantando el Cántico del Sol

¿Qué es lo que puede liberarnos más profundamente de nosotros mismos sino justamente el tener a Dios a cargo en nosotros y en los demás? Dios nos es confiado, Dios está en nuestras manos, el Dios del que brota toda la vida en la triple onda de amor en que todo el océano del ser divino es comunicado, en que el conocimiento no es sino mirada hacia el Otro, en que el Amor no es sino respiración hacia el Otro, en que nada puede retenerse porque su única propiedad es la desapropiación infinita.

Ese es el Dios que llevamos en el fondo de nosotros mismos, ese es el Dios que Jesús nos revela, ese es el Dios ante el que se arrodilla en el lavatorio de los pies, ese es el Dios puesto en nuestras manos, ese es el Dios que no se hará realidad de la historia sino a través de nosotros.

Se entiende esta inscripción conmovedora de un cementerio de montaña: "El hombre es la esperanza de Dios"… El Hombre es la esperanza de Dios…

¡Oh! Sí, eso es: qué va a quedar de mí, qué será mi muerte, cuál será mi juicio, eso no me inquieta, no pienso nunca en eso, yo sé que lo único que cuenta es que hoy yo no traicione, que hoy, en este instante, yo no traicione ese valor infinito confiado a mi amor.

Si hasta el fin de la vida no hacemos trampa con este valor, si hasta el final de la vida somos afirmación de Dios, no tenemos que preocuparnos de otra cosa. ¡Nuestra salvación será consumada en El, en El, en El! No tenemos nada que temer del Amor que no puede sino siempre amar, Él es el que puede temer que nuestra brutalidad, nuestra espesura impida su Luz y aleje de Su Amor.

Eso es justamente lo que importa ahora: no dejarlo, no hacer como si no existiera, volver por los caminos del silencio y del recogimiento, volver a la música silenciosa, como dice San Juan de la Cruz, la música silenciosa en lo más profundo de nosotros.

Esa es la gran luz del Evangelio, ahí es donde el hombre alcanza toda su estatura. Porque finalmente, si Cristo da su vida por nosotros, es porque estima nuestra vida al precio de la suya, entonces ¡qué inmensa, infinita, es nuestra grandeza! ¡Qué inefable es nuestra trascendencia! Es inefable, en la Mente de Dios, tiene tanto peso como la vida de Dios, porque justamente ser espíritu, ser espíritu significa no poder sufrir nada, ¡ser espíritu es poder dar todo!

No hay nada más grande, ¡nunca se podrá crear un ser que sea grande en espíritu y que no tenga que darse! Mientras más crece el hombre, más llamado está a darse, o más bien el don mismo constituye toda su grandeza ante el Dios frágil y desarmado que está totalmente puesto en nuestras manos y nos invita a la compasión misteriosa que desborda del corazón de Francisco, del corazón de Santa Catalina de Siena, del corazón de Santa Teresa de Ávila o de Santa Teresa del Niño Jesús, la compasión que hace que todos los que hacen la experiencia profunda de Dios se pierden de vista para encarnarlo en la historia, para hacer de Él una Presencia sensible a los hombres de hoy.

El Rostro de Dios en la vida de hoy no puede ser sino el nuestro porque sólo nuestro rostro puede ser visible a nuestros hermanos, y es a través de él como percibirán la Presencia y el Amor infinito que está tan puesto en nuestras manos que Patmore, el gran poeta, dijo tan magníficamente: “Todo conocimiento digno de este nombre es conocimiento nupcial.” También dijo: “¿Quién es Dios? ¡Dios es el que tiene al hombre en su mano! Y ¿Quién es el hombre? ¡El que tiene a Dios, el que tiene a Dios en su mano!

¡Oh! ¡Qué cierto es! Qué se puede decir de más grande, cómo subrayar mejor la trascendencia humana, cómo comprender que en cada uno se juega el destino mismo del valor eterno, el destino de Dios puesto en nuestras manos y que verdaderamente ¡el hombre es el que tiene a Dios en sus manos!

Nota:

(4) Así hablaba Zaratustra: “Vuestro amor por la mujer y el amor de la mujer por el hombre: ¡oh, que sea piedad por dioses sufrientes y velados! Pero casi siempre se adivinan dos bestias.

 

ext_com

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir