Artículo Verdad y Libertad de la revista “Le lien” (Revista griega melquita católica Vol. XXX - n°1 - marzo de 1965, El Cairo.) Ver “La verdad, fuente única de libertad” Edit. Médiaspaul (*).

Introducción

Edificado por una conferencia sobre la libertad religiosa, hecha por el P. Mauricio Zúndel en el Centro de Estudios greco-católico "Dar Es-salaam", en El Cairo, le pedí al eminente conferencista que la pusiera por escrito para los lectores de nuestra revista “Le Lien”. Tengo el honor y el gozo de presentarla a los Excelentísimos Padres Conciliares, en la apertura de la cuarta Sesión del Concilio Vaticano II, solicitándoles sus oraciones por el autor y por mí mismo.

Elias Zoghby Arzobispo titular de Nubia

Verdad y Libertad

1 – Contexto histórico

En esta segunda mitad del siglo XX, cuando las máquinas electrónicas realizan prodigios de automatismo inteligente, cuando los cosmonautas se escapan de la tierra, en que el radiotelescopio francés de Nançay se dispone a captar ondas emitidas hace diez mil millones de años, en que se plantean con más interés que nunca cuestiones sobre otros mundos habitados, en que pensadores comprometidos en las más serias investigaciones dudan del valor de la lógica tradicional, es imposible hablar con la menor posibilidad de ser escuchado, sin tener en cuenta el cambio inmenso de escala, introducido en nuestra visión del mundo por las más recientes conquistas de la ciencia, cuyas realizaciones espectaculares difunden por doquiera la radio, la televisión, las películas documentales y las publicaciones ilustradas.

Es inútil decir que toda tentativa de frenar tal audacia y progreso está condenada al fracaso y que los sabios no esperan permiso de nadie para acelerar los descubrimientos que aumentarán el poder del hombre en el universo.

Este contexto histórico en que se inscribe necesariamente todo mensaje destinado al hombre de hoy, hace tan difícil una declaración sobre la libertad religiosa que aspire a ser comprendida de todos, primero por los sabios que gozan de audiencia universal, por los creyentes que profesan otra religión que la nuestra y por los no creyentes que consideran toda religión como atentando contra la grandeza humana.

El desacuerdo que se manifestó al final de la tercera sesión de Vaticano II dio la prueba de que los Padres conciliares eran conscientes de la dificultad y estaban divididos entre una apertura muy amplia al mundo contemporáneo y el temor de abandonar demasiado pronto una posición consagrada por larga tradición.

2 – Argumento tradicional

Esta tradición puede resumirse en el argumento siguiente: solo la verdad tiene derechos, el error no los tiene. Si merece tener algún derecho, es evidentemente imposible admitir que tenga los mismos derechos que la verdad. Este privilegio exclusivo es válido para toda verdad. Sobre todo para las verdades reveladas con la garantía de ciencia y veracidad divinas.

En rigor, se puede tolerar el error si no se tiene poder para extirparlo como se debe tolerar hasta cierto punto el pecado al que escapan tan pocos seres humanos, pero guardándonos de olvidar que el error es peor, ya que se puede pecar aun reconociendo los principios que condenan el pecado, mientras que el error lleva fácilmente a negarlos o corromperlos.

Se debe pues hacer todo para para preservar la mente humana del error e impedir su difusión. No se debe vacilar en combatirlo, si se admite como es debido que la verdad es el bien de la mente. Y no solo el bien, sino más todavía, el deber de la mente, sobre todo si se trata de verdades reveladas. En efecto, ¿cómo rechazar una verdad propuesta y garantizada por Dios sin negar a Dios?

Se debe reconocer, desde luego, que algunos hombres de buena fe no llegan de hecho a discernir la verdad. Se puede entonces llegar a tolerar su error, en razón justamente de su buena fe. Pero su error es en sí un mal que se debe condenar, bloquear y combatir aunque usando de indulgencia para con la personas que hasta prueba de lo contario, se suponen de buena fe.

3 - Objeciones

Este argumento, abstractamente impecable, ha convencido y convence todavía muchas mentes sinceras, y las más ardientes lo sostendrían hasta el martirio.

Pero, limitándonos por ahora a considerar solo las verdades reveladas, surge una primera dificultad por el hecho de que varias grandes religiones pretenden ser reveladas y se creen depositarias de una verdad absoluta puesto que es divinamente garantizada. Basta con que cada una se sirva el argumento emitido arriba para que todas se sientan obligadas a combatirlo, al menos en la medida en que difieren, aceptando al máximo un régimen de tolerancia vigilante de unas sobre otras. Esto no faltará de alimentar división entre los hombres.

Manteniéndonos en el plano que nos corresponde, otra dificultad proviene de la caza de hombres que la aplicación de este principio provocó en el cristianismo, que convirtió en crimen todo disentimiento respecto de la fe oficial.

Es conocido el raciocinio de cierta teología medieval: “Los falsarios son castigados por alterar la moneda, con cuánto más razón se debe castigar a los herejes obstinados que alteran la doctrina revelada.”

Pero la práctica remontaba mucho más lejos que la justificación escolástica: Teodosio I había perseguido hasta en la vida privada todas las manifestaciones del paganismo, y Carlomagno hacía asesinar a los sajones, convertidos por fuerza, cuando no observaban la disciplina de cuaresma.

La inquisición con sus prisiones, fortunas y hogueras, las guerras de religión con todas sus atrocidades e innumerables explosiones de fanatismo, se prevalieron del derecho exclusivo que tiene la verdad como privilegio.

4 - Impase

¿Vamos a deducir, para denunciar estos excesos, que el error tiene los mismos derechos que la verdad, que una revelación divina no puede dar fundamento a ninguna obligación y que cada uno queda libre de aceptarla o rehusarla?

El debate llega aquí, visiblemente, a un punto muerto. Aunque no podemos decidirnos a afirmar que el error tiene los mismos derechos que la verdad, tenemos que afirmar que solo la verdad tiene derechos y deberemos justificar esos excesos y otros menos sangrientos, pues parece lógico utilizar la coerción para con el error: en la medida misma en que se opone al primado exclusivo de la verdad y a sus derechos soberanos. El único medio de salir de este impase es quizá plantearnos claramente estas dos preguntas:

- ¿Qué es la verdad?

- ¿Qué puede significar y cómo reconocer una revelación divina?

5 - ¿Qué es la verdad?

a) – Opciones personales

Notemos en seguida la imposibilidad de llegar a la verdad en estado pasional. La mayoría de las discusiones están viciadas por las exigencias de una subjetividad satisfecha con sus límites. Todos desean que lo que afirman sea la verdad. Las razones vienen después. Se las descubre según las necesite una tesis afirmada a priori. Entonces aunque se diga algo verdadero, la luz pasional que lo ilumina lo hace falso. Se mayora el peso de los argumentos favorables y se calla o se escamotean las objeciones.

La verdad, escribe san Agustín, es amada hasta tal punto que quienes aman otra cosa desean que lo que aman sea la verdad” (Confesiones X. XXIII. 34)

Es inevitable. La verdad implica el ser. ¿Quién quisiera conscientemente construir su vida rehusando ser? Pero ahí está precisamente el círculo vicioso: uno ve como uno es, más exactamente, conforme a lo que decide ser.

Y esto quiere decir más a menudo, conforme a los apetitos del yo posesivo con el que generalmente tiende a identificarse, tomando el partido de los prejuicios personales o colectivos. Para ver de otro modo sería necesario cambiar de mirada y para eso, habría que cambiar de ser evacuando el yo pasional que nos embruja, rehusando sufrir el ser prefabricado recibido del nacimiento, con todos los límites que nos impone.

b) – Universo cosa y Universo persona

Aquí vemos surgir la exigencia sugerida por Paul Claudel en el juego de palabras justamente célebre: “Conocer es co-nacer”. Para conocer auténticamente, es necesario nacer a una vida auténtica. De algo, que somos para comenzar, como decía Flaubert, es necesario devenir alguien, pasando, según la terminología agustiniana, de afuera a dentro. Dicho de otro modo, para alcanzar la verdad hay que devenir persona.

Esto implica inmediatamente que la verdad se sitúa y se revela, no en el universo de las fuerzas ciegas que dinamizan nuestras pasiones sino en el universo persona que hemos de formar liberándonos del yo biológico.

Pero esta conclusión suscita una objeción

c) – Punto de vista del técnico

Un técnico puede aprender, en efecto, sin necesidad de superarse, que una cien millonésima parte de antimonio debe añadirse a la masa de germanio para obtener la conductibilidad eléctrica apropiada al buen funcionamiento de un transistor. Es solo un ejemplo entre miles que nos autorizan a afirmar que no es necesario ser liberado de sí mismo, como debe serlo una persona realizada, para conocer exactamente la correspondencia entre un fenómeno y los medios de provocarlo.

Sin duda, ¿pero en este caso, se puede hablar de verdad?

Las técnicas cambian continuamente, a medida que se afina nuestro contacto con la naturaleza. La realidad de las cosas aparece diferente a medida que crece el poder de penetrarla, transformarla y de suscitar fenómenos que no están en la naturaleza y que provienen exclusivamente de nuestra intervención. La apariencia del mundo aparece por tanto, al menos para nosotros, en perpetua mutación. ¿Reduciremos la verdad al “así es provisorio que alcanzan los medios de que disponemos ahora, aunque tengamos que rechazarlo como error mañana? Aparentemente, pocos técnicos se hacen esta pregunta.

El dominio de las energías cósmicas que estamos en buen camino de lograr, exige en efecto tanto esfuerzo de invención, tanta tensión de progreso más allá del polen alcanzado que la novedad de los descubrimientos parece bastar a la curiosidad de buen número de investigadores que solo buscan ampliar nuestro dominio sobre el universo, sin necesidad de otra verdad que el éxito que sirve de prueba de sus proyectos.

¿Y qué vamos a hacer de ese poder? El mundo nos permite captar esas energías pero permanece ciego e inconsciente y no puede darnos consejo. A nosotros nos toca decidir del uso que daremos a nuestro poder. ¿Pero, quiénes somos nosotros?

d) – Actitud del sabio

Hay que reconocer que las admirables conquistas técnicas no nos han trasformado mucho. Los hombres siguen comiendo y bebiendo según sus medios, respirando el oxígeno del aire ambiente y reproduciéndose. Siguen naciendo y muriendo, sufriendo y haciéndose sufrir, aceptándose como son sin saber quiénes son, dependiendo del universo que los lleva, sin comprenderlo y soportando su biología, dejándose llevar por impulsiones cósmicas que los hacen tan ciegos como las fuerzas que los conducen.

¿No tenía la ciencia ambiciones más elevadas? ¿No estaba buscando la promoción del hombre por medio de la comprensión del universo?

No se puede poner en duda al leer "La joie de connaître" (el gozo del conocimiento) de Pedro Termier, les declaraciones de Einstein sobre el “sentimiento místico”, “semilla de toda verdadera ciencia”, sobre “la admiración y el respeto” sin los cuales el hombre “es como si estuviera muerto”, y estas páginas inesperadas tan maravillosa­mente humanas, con que termina su “es posible modificar al hombre” en que jean Rostand afirma con admirable fervor que la consagración de todo su ser a la verdad es la única pasión del sabio.

e) – Un lazo de libertad con el universo

¿Cómo justificar ese fervor y dónde situar la verdad que ilumina con la misma luz la búsqueda del físico y del biólogo, del astrónomo y del geólogo, y la del matemático de quien es tributaria toda ciencia de hoy?

Nos parece que la única respuesta que explica la luz que tantos sabios han sacado y siguen sacando de sus contactos con el universo material y la nobleza de sus vidas totalmente dedicadas a comprenderlo, es que se han sentido y se siguen aún sintiendo unidos a él por un lazo de libertad, en vez de sufrirlo como hacen la mayoría de los seres humanos.

Atados a él por sus necesidades orgánicas, se han liberado estableciendo con él un diálogo racional, producto espontáneo de la convicción de que la inteligencia humana no habría podido surgir jamás de un mundo ciego que la desconoce, ni podría jamás estar satisfecha si encontrar nunca otra cosa que el muro opaco de una realidad totalmente extranjera al espíritu.

O, en efecto, no somos sino cosas en medio de cosas, conjunto de energías ciegas surgido al azar como un moho y nada tiene sentido, o nuestras raíces cósmicas suponen que el universo está en cierto modo unido a nuestra inteligencia como lo estamos nosotros con sus energías.

Movidos por la certeza de tal reciprocidad, los sabios han sido un puente inmaterial entre nosotros y el universo. Lo reconocieron como inteligible, y lo creyeron pensable y capaz de vivir en nuestro pensamiento, lo interiorizaron haciendo de él el sustento de sus meditaciones e iluminándolo con las exigencias de sus cálculos.

Y se liberaron de su materialidad tanto como de la propia, superando sus propios límites en la luz que de él obtenían.

Sin duda esa luz no provenía de él, pero por él se trasmitía para actualizarse en ellos. El diálogo que emprendieron con el mundo iba más allá que el mundo y que ellos mismos. Moviéndose cada uno en un segmento diferente de la circunferencia que representa los fenómenos, se sentían todos unidos a un centro idéntico y siempre nuevo en que respiraban una Presencia única que los colmaba, como gravitan alrededor de la belleza todas las obras de arte.

Las fórmulas y teorías que resumían su visión del mundo, podían, en función de su contacto más o menos riguroso con los fenómenos, modificarse, completarse, corregirse, oponerse a veces o ser remplazadas por otras totalmente diferentes, en una visión más amplia como sucede en el caso de la gravitación en la hipótesis de Einstein comparada con la de Newton. En su esencia, la verdad no dependía de ellas.

Se concentraba en la Presencia que brillaba en ellos como una intimidad se anuncia a la intimidad que la acoge y siempre la reconocían en que los liberaba de ellos mismos en el espacio diáfano en que circula su claridad.

Bajo ese aspecto, único esencial, se puede decir que no había ni hay todavía para ellos más que una verdad, viva e inefable, que se afirma como única fuente de su libertad. No la nombran, ni son a veces más a menudo distintamente conscientes de ella. Pero es ella la que suscita su amor y la fuente de su gozo, y a ella le dedican su vida y a ella le dirigen su fervor.

f) - Un lazo de libertad consigo mismo

Vemos que, imantados siempre por el mismo centro al que dedican, como a Alguien, lo más íntimo de su ser, los sabios, al mismo tiempo que traban un lazo de libertad con el universo, establecen también un lazo de libertad consigo mismos. La doble promoción de la realidad y de sí mismos es su manera de hacerse alguien, de hacerse persona: en el universo nuevo que descubren y al que acceden al salir de las opciones que en nosotros alteran la verdad, la cual, canina como es, la Presencia infinita necesita un espacio ilimitado para manifestarse sin reducirse a una medida que la traiciona.

Si la verdad del sabio, la verdad que inspira, como dice Einstein, el sentimiento místico que es “la semilla de toda verdadera ciencia”, es la que acabamos de entrever, si se manifiesta en el espacio abierto por el don de sí mismo, como la luz de una Presencia infinita que nos hace libres de nosotros, presentimos ya en qué dirección habrá que buscar la respuesta a nuestra segunda pregunta.

6 - ¿Qué puede significar y cómo reconocer una revelación divina?

a) – En la luz de la intimidad divina

Una revelación divina, en estadio definitivo al menos, no podría estar en un nivel inferior al de la ciencia que es ya diálogo con Alguien. Insistamos una vez más en este punto.

La tempestad hunde una nave sin preocuparse de la dignidad de los hombres que perecen. Los hombres que perecen tampoco pueden inclinarse ante la dignidad de la tempestad. Si el universo no fuera más que una aplanadora ajena a toda exigencia inteligible, si pudiéramos solo sufrirlo y sufrirnos, no habría verdad.

La verdad supone la posibilidad de un lazo de libertad con el universo y con nosotros mismos. Supone que podamos romper la envoltura del universo cosa, del mundo ciego que nos enceguece y llegar por medio de él a un contexto nuevo, a un universo humano en que es posible un diálogo de persona a persona. Si no, ¿por qué exigiría una ciencia auténtica una mente liberada de toda pasión desordenada?

Dicho esto, podemos afirmar en seguida que una revelación divina, si viene a añadirse a la que tenemos mediante el universo del sabio, no puede situarse en el universo cosa en que nos aprisionan las opciones pasionales. Podrá finalmente, sobre todo en su fase inicial, expresarse (sin atarse a ella) en el lenguaje elemental de una humanidad aún fuertemente anclada en la materia y trasmitirse por medio de hombres insuficientemente liberados aún de sí mismos; pero será para depositar en ellos, o al menos a través de ellos y en beneficio de los demás, un fermento de liberación que los imante hacia un personalismo en que dejarán de sufrirse, con una orientación más explícita y un impulso más eficaz que no podría imprimirles ninguna ciencia de que fueran capaces.

Esta eficacia resultará, como podemos suponer, de una manifestación propiamente personal del centro original del universo persona, explícitamente reconocido como presencia distinta de nosotros y afirmada finalmente, cuando la revelación haya alcanzado su plena madurez, como intimidad trascendente enraizada en la nuestra y única capaz de sellar nuestra autonomía, haciéndonos pasar del yo posesivo al yo oblativo, o lo que es lo mismo, de afuera a dentro, para citar una vez más las palabras de Agustín en la inagotable confidencia de su conversión: “Tu eras intus et ego foris” (Confesiones X, XXVII)

Dios en persona que se afirma como persona, en la luz que solo puede emanar de una persona infinita, para hacernos personas, es muy aproximativamente el esquema elemental según el cual se puede concebir una revelación divina que pueda superar la ciencia, en la medida en que ésta crea ya un lazo de libertad con el mundo y con nosotros mismos, confirmándola y colmándola sin medida.

b) – Una sola y misma verdad

Como la intimidad de un alma se hace presente a la intimidad de aquella a la que se comunica con la luz que de ella emana y no puede manifestarse de otra manera, se puede prever que una revelación sobrenatural se reducirá, en su esencia, a lo necesario para que la luz de la intimidad divina pueda introducirnos a la vida personal de Dios.

En esta perspectiva, la verdad revelada por sí misma y no por otra cosa, se identificaría siempre con la manifestación personal de Dios en una luz procedente de su intimidad y transparentando en los acontecimientos y los rostros que deberían inscribir su presencia en nuestra historia.

Todo lo que no concierne inmediatamente este encuentro (el más íntimo que existe) solo interesaría entonces a una revelación auténtica como medio e instrumento, para significar y provocar la identificación personal de nosotros mismos con Dios.

Como la casa donde habita la pareja tiene su hogar invisible en el amor de los esposos y solo subsiste por él, el marco histórico y los agentes humanos de una revelación divina, por indispensables que sean, se eclipsarían en la Presencia única, legible en filigrana en los elementos visibles figurados por su luz. Jamás tendíamos qué ver sino con Dios, sin ser en ningún momento prisioneros de situaciones o seres a través de los cuales se manifestaría.

Esta exigencia liberadora se verificaría, de manera igualmente rigurosa en el seno de una comunidad que tuviera la misión de conservar y de proponer una Revelación perfecta y definitivamente realizada. Sólo podría ser, en efecto, una comunidad mística en que una comunidad humana, universal por vocación, condicionaría la comunión con Dios, una comunidad Sacramento en que todo el exterior debería ser tomado por dentro, en una palabra, una comunidad enraizada en Dios y reconocida bajo su luz y que solo existiría para sumergirnos en él.

Bajo reserva de estas condiciones, se podría decir que una revelación auténtica debería desenvolverse integralmente en el campo de una sola y misma verdad: Dios en persona, manifestado como tal en la luz que brilla en su intimidad, así como la casa nupcial tiene su única luz en el amor de los esposos, que se nutre justamente del intercambio de la luz procedente de sus personas.

¿No sería pues el sentido último de una revelación divina el diálogo nupcial, vivido y cantado por tantos místicos, en que somos “curados de nosotros” y liberados de nuestros límites en la respiración del eterno amor?

c) – El criterio práctico

Por eso, si preguntamos cómo reconocer una revelación que se desarrollaría en la dirección cuya curva acabamos de indicar muy someramente, creemos poder responder: en su capacidad efectiva de liberación del hombre y del universo.

Es evidentemente un criterio concreto y práctico, pero ¿a qué otro recurrir si buscamos un contacto real con los hombres y los acontecimientos?

Nada parece vacío como el proceso intentado al materialismo en nombre de un ideal cuya sublimidad exaltamos, si no la vivimos, con todas sus consecuencias. Entonces, cuando los cristianos se presentan como campeones de la dignidad humana refiriéndose a textos evangélicos, ¿qué efecto pueden tener si no meten la mano en la masa, desplegando concretamente todos los esfuerzos para que tal dignidad sea reconocida en cada uno y garantizada a todos?

Pero si la dignidad humana no se confunde con el advenimiento de la persona en la experiencia liberadora, tan profundamente evocada por Agustín que hace de cada uno el centro y el revelador de un mundo nuevo: en su transparencia al centro divino en que se libera de sí mismo y del que saca la vida de su vida, como dice el mismo autor.

¿Ante qué otro se arrodilla Jesús en el lavatorio de los pies?

¿Tenemos otra cosa que trasmitir a los hombres que aquello que él deseaba suscitar en el corazón de sus apóstoles al recurrir a ese gesto supremo para hacerlos atentos al tesoro infinito confiado a toda conciencia humana?

7) – Verdad y Libertad

a) – Universalidad absoluta

Si el cristianismo tiene por misión esencial comunicar la Presencia liberadora en persona, con toda la amplitud de su manifestación en Cristo, solo puede hacerlo de manera eficaz dando la prueba concreta de una universalidad sin frontera.

Todo lo que es exclusivamente propio a una raza, a una clase, a una nación, a una cultura, a una lengua, a un rito, a una tradición local, en una palabra, todo lo que es particular, todo lo que implica un elemento extranjero a una parte cualquiera de la humanidad, se debe evidentemente eclipsar en la presentación de un testimonio dirigido a todos los hombres. Pero cómo descubrir el lenguaje universal en que todo hombre pueda reconocerse sin revivir continuamente la experiencia en que uno se hace realmente alguien liberándose de sí mismo.

En efecto, en un universo de personas, la luz surge de una presencia auténtica cuyo despojamiento engendra el espacio diáfano en que se manifiesta la Presencia infinita.

Aquí no cuentan las palabras, a menos que surjan de la vida y ofrezcan la transparente comunicación. Eso precisamente exige a cada hombre llamado a concurrir a la liberación de los demás, una radical renuncia a sí mismo, como la del lavatorio de los pies.

b) – Respeto del misterio del otro

No tenemos acceso a la vida interior de los demás. El que parece hereje puede ser el Buen Samaritano. El que da a Dios otro nombre que nosotros, aquél que la vida ha aprisionado en cierta tradición, puede vivirlo más profundamente que nosotros. ¿Y es presuntuoso pensar que uno y otro podrán reconocerlo si solo se presenta en nosotros como la Presencia liberadora en que cada uno nace a sí mismo?

Si nos ponemos en lugar de los demás sentiremos fácilmente cuánto nos heriría no ser plenamente aceptados en la sinceridad de nuestras convicciones, sean cuales fueren, en el respeto y la honestidad natural, y cuánto nos ofendería la tolerancia que quisieran ofrecernos como limosna.

No se trata pues de remplazar una fórmula con otra, como si las palabras mismas pudieran cambiar la vida, sino de dejar vivir y trasparentar en sí mismo la Presencia que es para todos, idénticamente, la vida de su vida.

c) – Naturaleza del dogma cristiano

Muy especialmente, el dogma cristiano resiste a la identificación material de la verdad con una fórmula. En efecto, no es una “weltanschauung, un sistema o una explicación del mundo cosa, en que de todos modos es imposible situar la verdad. Es el resplandor personal del primer Amor, a través de las palabras sacramento que comunican la luz de su intimidad.

Tiene su origen en la vida trinitaria, en la desapropiación relativa en que el personalismo divino se identifica con una caridad eterna. Se inscribe en la historia por la desapropiación radical que entrega la humanidad de Cristo, despojada de su subsistencia connatural, a la soberanía del Verbo que la reviste de su propia subsistencia, liberándola de todo límite y estableciendo así la universalidad absoluta que es la propiedad del segundo Adán.

En fin, nos lo propone la Iglesia cuya infalibilidad resulta de la desapropiación rigurosa que permite identificarlo con Jesús, como Saulo llegó a hacerlo en el camino de Damasco, en el eclipse total de Jesús en todo lo que no es él.

d) - Desapropiación

Analógicamente, en todos los niveles de esta escala de luz encontramos el mismo carácter de desapropiación, de mística de pobreza, porque ésta parece ser la única capaz de engendrar el espacio de amor en que la verdad surge como Presencia y se afirma como persona, y busca en nosotros la persona que hemos de devenir desapropiándonos de nosotros para nacer libremente a nosotros mismos.

¿No nos impresiona encontrar en el centro del cristianismo una revelación que se refiere esencialmente a la persona, en Dios, en Jesús, y finalmente en nosotros por el camino del nuevo nacimiento, como si su único designio fuera enraizarnos en el universo persona en que verdad, libertad y personalidad se identifican de cierto modo como en una relación oblativa, en esa especie de “vacío sagrado” en que uno deviene sí mismo en otro y para él?

¿No es la indicación de que el cristianismo se dirige explícitamente a la persona, a lo universal en el hombre, y de que solo podemos dar testimonio eficaz de él haciéndonos realmente universales?

Todo hombre pide ser tratado como persona. Nada le ofende tanto como el desprecio de su dignidad. Nada contribuye más a su liberación que hacérsela sentir en el respeto que le rendimos. De la dignidad humana, la Cruz es la más alta medida. ¿Cómo mirarla sin reconocer que Dios nos trata como personas y si lo pensamos, cómo dudar de que el cristianismo esté ordenado por esencia a este elemento común todos los hombres, que es precisamente su dignidad?

Entonces, a él debe dirigirse, con tanta humildad que cada uno pueda sentirse incluido en su universalidad por aquello mismo que lo hace hombre. Solo bajo ese aspecto reconocerá todo hombre a la Iglesia el derecho de hablarle.

e) – Hablar a la persona

Una larga experiencia nos ha enseñado a no oponernos a lo que dicen los demás, y a tratar de llegarles en lo que son, o por lo menos en lo que pueden ser. Una luz de fondo que es la mirada del ser, puede más que las luces o tinieblas de la razón. Hay que colocarse en el eje de la luz. Así hablamos a la persona, sin provocar las reacciones defensivas de una biología cómplice de sus límites. Y aun sin nombrarla, le presentamos la verdad, como se presenta una persona a otra, dejándolas en presencia una de otra.

f) - Parábola

Como las imágenes hacen sentir las ideas, terminaremos nuestra meditación con una parábola.

En la noche, un vitral es un muro opaco, tan oscuro como la piedra en que está encastrado. Se necesita la luz para cantar la sinfonía de colores cuyas relaciones constituyen su música. En vano trataríamos de describir sus colores, y en vano hablaríamos del único que les da vida. Sólo conocemos el encanto del vitral exponiéndolo a la luz que lo revela al transparentar a través su mosaico de vidrio.

Nuestra naturaleza es el vitral sepultado en la noche. Nuestra personalidad es la luz que la ilumina y enciende en ella un foco de luz. Pero la luz no fluye de nosotros, sino del sol, del sol vivo que es la verdad en persona.

Ese sol vivo es lo que buscan los hombres en sus tinieblas. No les hablemos del sol. Eso de nada serviría. Comuniquemos su presencia eclipsando en nosotros todo lo que no es él. Si su luz surge en ellos, sabrán quién es él y quiénes son ellos, en el cántico de su vitral.

La vida nace de la vida. Si brota en nosotros de su fuente divina claramente manifestada, ¿quién rehusará beber en la fuente si la ha reconocido como la vida de su vida?

Conclusión

No tenemos la menor autoridad para emitir el voto de que una declaración conciliar sobre la libertad religiosa, si debe ser emitida, se exprese en un lenguaje por el cual todo hombre pueda sentirse liberado entrando en contacto con lo universal que lleva en sí mismo. Y nunca habríamos osado escribir este pequeño ensayo sin la presión de un obispo. Que encuentren en esta invitación la excusa de una audacia que es solo afectuosa obediencia.

 (*) TRCUSLivre « La Vérité, source unique de liberté »

 La Verdad, fuente única de libertad

 Médiaspaul, Quebec, colección Anne Sigier.

 Agosto 2001.

 Edición en rústica. 234 páginas.

 Ce 1er de 3 tomes comprend des articles publiés à partir de 1965.

 ISBN ou EAN : 9782891293310

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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