Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, en 1956. Publicada en "Ton Visage ma Lumière" (Tu rostro, mmi luz) Ed: Mame. París, 2011. 510 pages. ISBN : 978-2-7289-1506-4.

No hay lazos comparables con los que unen a un hijo con su madre. Los estudios del psicoanálisis ponen en evidencia que la influencia de la madre es al mismo tiempo única, irremplazable y eterna.

Pero es evidente que la madre no tiene los mismos lazos: quiero decir que sus lazos tienen matices diferentes con cada uno de sus hijos, porque la madre no cuenta sus hijos y no los ve en serie sino que ve a cada uno con su propio rostro, con su temperamento particular, con su personalidad inagotable. Y, por otra parte, eso provoca el apego único del hijo a su madre, que dura toda la vida, y hace que en su agonía el anciano, acompañado por su propia mujer, no llama a su esposa presente sino a su madre, desaparecida desde tiempos. Existe pues un lazo único porque precisamente la mirada de la madre va a la unicidad del hijo, y el apego de cada hijo tiene coloración particular que corresponde a su ser único.

Si eso vale para la madre y el hijo, no vale menos para Dios y nosotros. Dios es infinitamente más madre que todas las madres; y el amor que siente por nosotros, la pasión que tiene por nosotros, que se revela en el centro de la Historia en la Pasión de Jesucristo, es única por cada uno de nosotros. Dios no nos ve en serie sino que ve a cada uno en su unicidad. No hay un alma que sea absolutamente idéntica a otra. Cada alma tiene un secreto particular y cada una es revelación de Dios absolutamente irremplazable.

Por eso cada alma es también camino único hacia Dios, igual a ningún otro. Y si durante la cuaresma estamos invitados a volvernos hacia Dios con intensidad más profunda y sincera, no hay que olvidar que el primer camino hacia Dios somos nosotros mismos. Nosotros, porque si lo único e irremplazable de cada uno no puede volverse hacia Dios y encontrar en él al mismo tiempo su plena comprensión y su realización suprema, habrá en nosotros toda una parte que permanecerá extranjera a él, y será lo esencial.

Nuestra religión sólo será verdaderamente apego total y enraizamiento definitivo en Dios (en la medida en que podamos tomar aquí abajo compromisos definitivos), en la medida en que lo más profundo, singular, único e irremplazable que hay en nosotros sea lo primero en estar implicado por el centro.

¿Y cómo conocer el punto de enganche que nos une a Dios, el punto de enraizamiento que nos ordena hacia él si no viendo cuáles son nuestros gustos más profundos? Cada uno tiene una pasión dominante, una tendencia que domina sobre las demás y que le indica la vocación de su ser. Ese impulso, surgido en lo más profundo del inconsciente, constituye el tejido mismo de nuestro yo primitivo, y marca la primera vocación de nuestro ser. Por ese medio debemos caer en Dios, por ahí será todo ser asumido, entusiasmado y colmado.

Entonces a veces pongo como penitencia lo siguiente: “Haga lo que más le gusta y ofrézcalo a Dios con gozo y alegría, porque en lo que más le gusta es en lo que se compromete más fácilmente en su totalidad, y entonces hará de su vida la ofrenda más espontánea y perfecta.

Se trata naturalmente de tendencias que pueden infinitizarse, ir hasta el corazón de Dios. Además, todas las tendencias son de esa naturaleza. No existe en nosotros pasión que, llevada hasta el final, no pueda realizarse en el corazón de Dios.

Y es muy remarcable, aunque en el contexto del Evangelio era de esperar, que uno de los más grandes santos de la Iglesia, san Francisco de Asís, se haya apegado a Dios precisamente por su pasión más evidente que era una ambición sin freno. Este hijo de mercader solo soñaba con glorias militares. Quería hacerse famoso en los campos de batalla, llegar a ser señor y príncipe y casarse con la doncella más hermosa del mundo.

Realmente, se fue a la guerra y en su camino de guerrero lo detuvo una voz diciéndole: “Francisco, ¿qué es mejor, servirle al dueño o al criado?” Comprendió entonces que la parábola quería decir: “Vas a servirle a un criado, vas a combatir bajo las órdenes de un capitán, que está al servicio de un príncipe. Eso es demasiado poco para ti.”, y comprendiendo que era demasiado poco para él, queriendo ser fiel a su ambición, esperó, disponible, la voz de Dios que lo orientaría hacia su verdadero campo de acción: debía celebrar las bodas del universo con la divina Pobreza.

Y Francisco conserva todas las imágenes sacadas de las novelas de caballería. Sigue considerándose como un caballero, un caballero de Dios y de la Señora Pobreza. Y todo su impulso, toda su pasión de adolescente se realizaron magníficamente en su vida, una de las más auténticamente cristianas. Siguiendo la tendencia más esencial hasta llegar a Dios, realizó con autenticidad incomparable la más perfecta ilustración del Evangelio.

Así mismo nosotros, guardadas las proporciones, por medio de nuestra pasión dominante, por nuestra tendencia más profunda, Dios nos atraerá hacia él si simplemente nos abrimos a su Amor, si le confiamos nuestro deseo más intenso, seguros de que, a su manera, él lo realizará más allá de toda imagen y toda medida.

Pues finalmente solo Dios puede realizarnos. Solo Dios puede comprometernos en la aventura que suscitará nuestro entusiasmo. Solo Dios puede decirnos quién somos. Vamos pues a ponernos en sus manos y pedirle que el camino en que estamos lo sigamos con él, para que todo nuestro ser sea un impulso ardiente y entusiasta hacia él, y que aprendamos de Dios quién somos y cuál es nuestro nombre, es decir, según la imagen del Apocalipsis que dice: “Al que venza, es decir al que sea fiel hasta el final, le daré una piedrita blanca y en ella estará escrito un nombre que solo puede leer aquél que la recibe.” (Ap. 2:17).

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