Homilía de Mauricio Zúndel en Ginebra, en 1975. Comienzo de Cuaresma Publicada en Ta Parole comme une Source" Ed. Anne Sigier p.230 (*)

Lectura del texto bíblico: segunda carta de san Pablo a Timoteo

“El Señor no nos ha dado espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de prudencia. Así pues, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero. Al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el evangelio, con la ayuda del poder de Dios que nos ha salvado y nos ha llamado a una vida consagrada a él, no por nuestras obras sino por pura voluntad suya y por la gracia que nos ha dado en Cristo Jesús, desde toda la eternidad, y que ahora se ha manifestado con la aparición de nuestro Señor, Cristo Jesús, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la vida y la inmortalidad por el evangelio, del cual yo he sido constituido pregonero, apóstol y maestro.” (Biblia para el pueblo de Dios, 2 Tm 1:7-11)

Luego, lectura del Evangelio según san Mateo, la transfiguración (Mt 17:1-13)

 

Queridos amigos,

Tenemos enormes dificultades para emprender el cambio, es decir para interiorizar a Dios. Seguimos casi siempre poniéndolo fuera de nosotros como un poder que nos domina y al cual tenemos que someternos, pero que no hace parte esencial de nuestra vida sino que es un deber a veces aburridor, al cual nos sometemos dándole a Dios unos minutos, quizás cada día, y media hora los domingos. Pero sin compromiso afectivo. No nos comprometemos de todo el corazón con ese Dios que sigue siendo exterior cuando justamente toda la novedad de la Nueva Alianza consiste en poner a Dios en lo más íntimo de nosotros mismos, como fuente que mana hasta la vida eterna.

Es sorprendente que no recordemos las palabras de san Agustín que son únicas en su género, y prodigiosas en su síntesis y que dan tanta luz a la novedad de la experiencia espiritual. Dice a Dios: “¡Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera!

Ahí trata la esencia misma del problema y ahí está el cambio revolucionario. Si Dios está afuera, su causa está perdida. Sigue siendo extranjero para nosotros y solo nos sometemos finalmente por la fuerza a leyes impuestas desde afuera y que nos dominan.

Pero si comprendemos como Agustín con esa fuerza increíble, que Dios está dentro y nosotros afuera, que Dios es la experiencia suprema de nuestra humanidad, que solo a través de él llegamos a nosotros mismos, entonces Dios será la respiración misma de nuestra mente y de nuestro corazón.

Podemos protestar contra la disolución de las costumbres, entristecernos de ver el derrumbamiento de tradiciones venerables, pero todos esos gemidos no resuelven el problema. Es necesario trasparentar a Dios, es decir dar testimonio de él como experiencia que podemos vivir, que cada uno puede hacer a cada instante, prestando simplemente atención a su propia vida. Su propia vida, claro está, mezclada a la de los demás, su propia vida en relación con la de los demás, pero siempre en el plano de la humanidad de donde es imposible escapar sin encontrarse con el infinito.

Cuando perciben eso en un recién nacido, en su primera sonrisa, cuando sienten ese interior y toman conciencia de él quedan conmovidos. Sienten que todo eso se manifiesta a través de una fragilidad, perciben una grandeza inconmensurable tanto más evidente cuanto más frágil es el contenedor. Y en el fondo, ¿qué están buscando al fin de cuentas todas nuestras amistades y ternuras, todos nuestros amores, sino precisamente un interior, es decir una fuente inagotable, es decir siempre un infinito, es decir finalmente el Dios Vivo, que es el secreto más íntimo de nuestro corazón y el lazo eterno de todas nuestras ternuras?

La humanidad se desinteresará cada vez más de Dios si no se lo presenta como el interior que nos lleva a conocer nuestra propia intimidad, que nos enseña a descubrir la inmensidad de nuestra aventura, que nos muestra quién somos y que funda nuestra dignidad cuando aprendemos a respetar la de los demás.

Cristo en el centro de la historia, Cristo que muere, es Dios que muere en medio de los hombres. No es un Dios extranjero sino Alguien que porta la humanidad, que busca edificar justamente dentro de cada uno de nosotros el santuario que es la única catedral digna de él. Todas las iglesias de piedra solo pueden llevar a la Iglesia interior que es el santuario de nosotros mismos.

Y eso es el Evangelio. El Evangelio es habernos liberado de la obsesión de un poder exterior a nosotros y que podría cambiar a cada instante nuestra vida para llevarnos a un Amor escondido en nosotros, que no nos fuerza, que nos espera con paciencia, que se dará hasta la muerte en la cruz, pues justamente se trata de una intimidad por conquistar y no de un esclavo por someter.

Lo que podemos aprender de nuestra intimidad, cuando estamos en contacto con la de los demás seres humanos que nos rodean, nos hace comprender toda la delicadeza de esas relaciones y la imposibilidad de llegar a la intimidad de alguien sin eclipsarnos en la luz que esperamos llevarle dentro, sin hacernos espacio ilimitado para acogerlo. ¿Cómo podría manifestarse Dios si él no fuera el respeto infinito de la intimidad, si no la deseara totalmente libre, hasta morir más bien que violar su secreto?

Y ahí vienen las palabras que acabamos de escuchar de la segunda carta a Timoteo: “Con la fuerza de Dios, toma tu parte de sufrimiento para anunciar el Evangelio”.

En efecto, ¿qué se debe hacer en cuaresma, que debería ser una especie de procesión hacia la fiesta de pascua? ¿Qué debemos hacer? ¿Ayunar? ¡No ayunamos! ¿Privarnos de cosas que nos gustan? ¡No lo hacemos! ¿Entonces? ¡Pues debemos proteger la vida divina que llevamos dentro! ¡Protegerla contra nosotros mismos! ¡Dar testimonio dejándola brillar a través de nosotros para que los demás puedan respirarla!

Una cuaresma así tendría sentido, pues justamente, si Dios es el Dios de que habla Jesús a la samaritana, el Dios que está en ella, el Dios que la está buscando, el Dios que es la fuente eterna de su vida, si Dios es eso, sabemos que a cada instante arriesgamos interceptar su luz, impedir que pase la corriente, cerrar a los demás la puerta del Reino interior dentro de ellos que deberíamos enseñarles a descubrir, no con palabras sino viviéndolo.

El Evangelio está totalmente en la vida, o no tiene contacto alguno con ella. Si está en la vida, a nosotros nos toca ser Evangelio vivo. No, desde luego, haciendo proselitismo y poniéndonos a predicar, sino teniendo el cuidado, puesto que es verdad, puesto que Dios está dentro de nosotros, puesto que lo llevamos dentro, ¡teniendo el cuidado de comunicar, sin palabras, la sonrisa de su ternura!

¡Cuántos hombres que nos rodean, y que tienen tanto valor como nosotros, y a menudo mucho más que nosotros, cuántos podrían aceptar la presentación del Evangelio si nos hiciéramos mensaje vivo de liberación y de amor!

De esa manera es como debemos tomar nuestra parte de sufrimiento para anunciar el Evangelio. ¡Vale la pena! Pues nada hay más revolucionario que tomar conciencia de que la vida de Dios está en nuestras manos, la vida de Dios está en nuestras manos. Estas no son palabras vacías, sino experiencia cotidiana. Si estamos cerrados, bloqueados, es porque encontramos rostros cerrados que nos impiden justamente llegar a nuestra intimidad y a la suya. Si Dios se vuelve extranjero es porque no constituye la cumbre de nuestra experiencia humana por falta o ignorancia nuestra.

Entonces, una vez más, aceptemos el cambio y recordemos que todo se resume en pasar de afuera a dentro, en esas dos palabritas de las Confesiones de san Agustín: intus dentro, foris afuera.

Qué maravilloso es pensar que un gran genio como él, y un gran cristiano, un santo admirable, descubrió eso que tanto nos cuesta realizar, es decir, que nosotros somos extranjeros para nosotros mismos y que somos arrojados dentro de nuestra propia intimidad cuando de repente, liberados de nosotros mismos por la presencia de lo que san Agustín llama la hermosura tan antigua y tan nueva ya no somos sino acogida en la liberación de nosotros mismos.

Ahí está pues la cuaresma que debemos vivir. Dejar que Dios transparente, que pase su luz, dejar que Dios dé a los demás, por nuestra diligencia humana, la Presencia adorable del eterno amor.

(*) TRCUSLibro « Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. »

Editorial Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 págs

ISBN : 2-89129-082-8

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir