3ª conferencia de M. Zúndel a los oblatos benedictinos en Ballaison en septiembre de 1965. Ni el comienzo ni el final de la conferencia fueron grabados. Aquí presentamos la primera parte; la segunda será publicada a partir del 23 de este mes. Le añadimos títulos.

Esta conferencia ya fue publicada en este sitio, a partir del 5 de agosto de 2007. En los archivos encuentran la segunda conferencia, sobre “La Santísima Trinidad” a principios de diciembre de 2005; la 8ª conferencia “El cuerpo, los sacramentos”, en julio de 2014; la 9ª conferencia, “La vida religiosa” en diciembre 2013.

 

Un Dios trinitario cuya vida entera es solo comunión de amor

“… la unidad o la unicidad de Dios es evidentemente tributaria de una experiencia del valor. Para nosotros, no se trata de una monarquía divina, sino de santidad divina que no puede consistir precisamente sino en el don de sí mismo. Porque el Dios que encontramos en una experiencia liberadora es un Dios de Amor, un Dios de pura generosidad, solo podemos proclamar con felicidad la revelación de la Trinidad como la única manera de establecer su unicidad. Es suficiente para darse. Él es suficiente para dar todo. No necesita de nadie para realizar el don porque justamente no es un Dios solitario que se complace en sí mismo sino un Dios trinitario cuya vida entera es solo comunión de amor.

Cuando hemos comprendido que Dios sólo puede interesarnos bajo el aspecto de espíritu, bajo el aspecto liberador, como lo encuentran efectivamente todos los que hacen una experiencia auténtica, no podemos pensar de otra manera. Vemos inmediatamente que unicidad y trinidad se identifican, que es la única manera de establecer que – a diferencia de nosotros que tenemos que conquistar la generosidad, la libertad, la dignidad y la inmortalidad, Dios llegó, inmediatamente y por naturaleza, a la desposesión, la realización eternamente para subsistir solo por la desapropiación radical.

La manifestación del Dios interior en un hombre embrión de sí mismo

Si comenzamos hablando de monarquía divina, si queremos con toda fuerza que el universo encuentre su unicidad en un “gran objeto” (el Dios Causa primera) que lo domina, nadie nos prestará atención. En cambio, si la unidad se baña de luz en una experiencia espiritual, comprendemos que sólo el amor puede expresar las cosas divinas, y que la Trinidad responde a la desapropiación que condiciona todo amor verdadero.

Dicho esto podemos preguntarnos si ese Dios, es únicamente puro interior, si es un Dios totalmente interior, un Dios que tiene contacto virginal consigo mismo y con nosotros, podemos preguntarnos cuáles son las relaciones de ese Dios con el Universo, tal como existe o tal como nos parece al menos. ¿Cuáles son sus relaciones con el Universo tal como nos aparece?

Esta pregunta es tanto más urgente cuanto que hemos puesto como principio, después del descubrimiento del Dios interior – y es la experiencia la que lo descubre, es decir, nuestra propia experiencia de liberación – hemos puesto como principio que Dios es la clave de un mundo que no existe todavía.

No puede existir, es decir, manifestar su existencia, como nosotros no podemos devenir inteligibles para nosotros mismos. Si somos ininteligibles, si somos todavía magma cósmico, si estamos enteramente hundidos en los determinismos biológicos, si no somos más que un robot, no hay que hablar de Dios, no se puede hablar de Dios. Dios no puede manifestarse a través de un hombre que no es todavía sino un embrión de sí mismo, sino como un falso dios y como caricatura.

La creación que reflejan las estadísticas, las leyes de la naturaleza y la observación de cataclismos

Pero el mundo existe, como se nos presenta: ¿quién lo creó? ¿Puede el Dios interior ser su creador? Es fácil ver que este problema es infinitamente complejo, porque el Dios interior es en nosotros fuente de exigencia de no violencia, exigencia de compasión, exigencia de respeto por la vida, y no tendríamos la idea de arrancarle las patas a una rana simplemente para divertirnos, o de arrancarle las alas a una mosca o a una mariposa. Sabemos que es indigno faltarle al respeto a la vida, sea la que fuere, y someterla a tormentos inútiles. Al límite, concebimos la necesidad de una operación, y todo lo que puede provocar sacrificio de animales dañinos. Concebimos el sacrificio de animales necesarios a nuestra subsistencia, o en todo caso de vegetales, pero no concebimos una violencia infligida al universo, no concebimos un sufrimiento gratuito añadido al universo, aunque sea a una mosca. Y esta exigencia proviene en nosotros del Dios interior.

Pero esta exigencia no es respetada en el universo. Podemos ver las estadísticas. Aquí tengo datos de 1910: en ese año se registraron, en India solamente, 26800 víctimas humanas de animales salvajes. 24000 individuos fueron muertos por serpientes, 863 fueron devorados por tigres, 351 por panteras, 319 por lobos, 109 por osos, 55 fueron víctimas de elefantes, 25 de hienas, 678 de otros animales feroces: chacales, cocodrilos, etc. En el mismo año, los tigres y los lobos hicieron morir 89237 cabezas de ganado, mientras 949 solamente debieron la muerte a serpientes. Y estas estadísticas para la india de 1910 es algo colosal: ¡26800 víctimas humanas! Eso supone que los animales no tienen ningún respeto hacia el hombre, eso supone que los animales pueden perfectamente alimentarse de carne humana, sin más escrúpulos que los que manifiestan para comerse a sus congéneres o especies inferiores en fuerza. En la biología hay una igualdad perfecta de la carne humana con la carne animal, para los animales carnívoros.

Y eso no es sino un aspecto de la “devoración” del hombre por la naturaleza infrahumana, ya que somos huéspedes de una fauna y de una flora microbiana innumerable que el microscopio electrónico acaba apenas de descubrir o no ha descubierto todavía, y que toma al hombre como alimento, aunque se trate de genios. En efecto, cerebros humanos de genio pueden ser alimento de un microbio diminuto que prospera sobre la ruina de una inteligencia excepcional.

No hay pues ningún respeto hacia el hombre. Todos los valores humanos son ignorados por el universo. Y eso es tanto más paradójico que el hombre es fruto del universo, está en continuidad con él, es la última rama de su evolución hasta ahora. ¿Cómo pudo el universo engendrar este ser dotado de inteligencia para pisotear finalmente todos los valores humanos, sin ningún discernimiento? Como si la inteligencia con todo lo que puede construir, con todo lo que puede elaborar, con todo lo que puede crear de grandeza, de santidad, de generosidad y de obras maestras: ¡todo eso no vale nada para la naturaleza infrahumana!

Y podemos ir más lejos: los cataclismos naturales, que son innumerables, la caída de un glaciar, un tifón, para no hablar de acontecimientos más recientes, como el terremoto o la erupción volcánica, o el maremoto, ¡las catástrofes naturales son igualmente absolutamente insensibles a la presencia del hombre! ¡Desaparece como una paja! Y todas las torturas que las catástrofes pueden imponerle, como las que engendran las enfermedades, dejan al universo perfectamente indiferente.

Además, en la naturaleza misma encontramos los mismos datos. Un biólogo austriaco, zoólogo apasionado por la naturaleza, que escribió un libro cuyo título es muy sugestivo: “Los animales, esos desconocidos”, nos muestra después de haber descrito todos los daños ejercidos sobre otras presas por mordeduras venenosas – larvas de ditícidos (coleópteros acuáticos) que se muerden mutuamente para morir en seguida por descomposición interna. Nos hace asistir, en una orgía de colores, a duelos furiosos de peces machos como los espinosos o los combatientes siameses, que provocan muy frecuentemente la muerte de uno de los adversarios, mientras la hembra del primero se precipita sobre sus propios huevos para devorarlos y lo lograría si el macho no los protegiera contra su voracidad. Continúa presentándonos un combate de liebres, la masacre salvaje de una tortolilla macho por la hembra que le estaba destinada, los golpes de garras rápidos como los relámpagos que intercambian los lobos, las proezas sanguinarias del corzo – uno de los asesinos más repugnantes y más despiadados – que con sus cachos destripan tanto a hombres como a congéneres, un pavo real que hunde sus espuelas aceradas en el cuerpo de un pavo o un oso blanco y un jaguar que matan cada uno a su pareja completan este grupo de muestras, todavía muy modesto, de la agresividadque parece ser una de las leyes mejor observadas de la naturaleza en el pájaro y en el pez, en los animales domésticos y en la jungla.

¿Es el Dios interior el autor de este orden espantoso?

¿Qué relaciónpuede haber entre este universo, tal como se nos presenta en las descripciones muy rápidas que acabo de recordar, y el Dios interior que nos prescribe no hacer mal a nadie, ni siquiera a una mosca? El hiato es evidente. Es imposible que el Dios interiorsea cómplice y, más aún, que sea el autor de este orden horroroso que nos escandaliza y que ha planteado siempre el problema del mal, que ha engendrado tantos ateos.

Tantos hombres no han podido resolverse a aceptar que lo que llamábamos “la Causa Primera” del universo, identificándola con una divinidad, tantos hombres no han podido admitir que (Dios) sea cómplice de ese orden del mundo sin ser un monstruo, han preferido no creer más bien que llegar a la conclusión insostenible de un Dios monstruo. Vemos bien que no es fácil atribuir a Dios la creación de este mundo.

Camus, en “La Peste” ilustró este tema: mostró, después de muchos otros, después de los rusos, en especial de Dostoievski en “Los hermanos Karamazov”, después de Bielinski y otros autores rusos de la misma época, la imposibilidad de admitir un Dios cómplice de un orden tan escandaloso, que ignora tan perfectamente todos los valores humanos.

Un viajero que regresaba de Kenia, o de una región vecina, y había estado en la jungla, contaba cómo había podido circular en carro en medio de leones perfectamente indiferentes además a su presencia, haciendo la vuelta clásica, escoltado por guías del país, en una verdadera jungla. Pero ahí el hombre no arriesgaba absolutamente nada ya que había rebaños de búfalos, de ocapis, de antílopes u otros animales que ofrecían en abundancia alimento a los leones y una caza de leonas, pues la hembra es la que hace aquí todos los trabajos de abastecimiento. Y el viajero se maravillaba del equilibrio de la jungla, que pone al alcance de la boca del león los rebaños que deben abastecerlo. Es admirable del punto de vista del león evidentemente, ¡pero lo es mucho menos del punto de vista de sus presas!

Entonces, la vida continuamente alimentada por la muerte, por la agresión, por las masacres, con todos los miedos, todos los terrores que pueden engendrar los animales rapaces... Recuerdo ese gavilán en la ruta de Jafa, que perseguía a una golondrina que huía a todo vuelo ante el rapaz. Se sentía evidentemente en el pájaro débil que iba a ser víctima, un terror, un deseo apasionado de escapar con vida.

¿Cómo puede ser divino un mundo semejante? ¿Cómo atribuirlo al Dios espíritu, al Dios Amor, al Dios que inspiraba a Gandhi el heroísmo de la no violencia? Podemos pues concluir inmediatamente que Dios no puede ser el autor de ese orden.

O llegamos a un dualismo y tendremos dos creadores: uno del universo interior y otro del universo físico lleno de violencias, y habrá separación entre la naturaleza y el espíritu, y separación en el interior nuestro, ya que nosotros somos a la vez producto del universo físico y estamos enraizados en él y tenemos vocación de emerger y de ser libres.

O será necesario admitir que la creación es una historia de dos. Lo que estaba ya contenido en efecto en el encuentro con un Dios que es interioridad pura, que no tiene contacto consigo mismo sino virginalmente, a través del espacio de amor que se abre en la Trinidad, que no tiene sino contacto virginal con nosotros, es decir un contacto de amor, que no puede actuar sino por amor, lo cual implica inmediatamente un encuentro con el amor, ya que el amor no puede actuar sino sobre el amor.”

La creación como construcción de dos en un Amor que supone reciprocidad

La creación aparece entonces inmediatamente como “una historia de dos” y no como una especie de magia solitariaejercida por un Dios todopoderoso, en el sentido físico y material de la palabra, sobre una especie de nada que Él fecunda por su voluntad arbitraria y caprichosa. Y si queremos ayudarnos inmediatamente con una analogía infantil, podemos imaginar una pareja que construye una casa, una pareja que se ama y construye una casa en que vivir su felicidad, una casa que se edifica con el consentimiento de ambos, una casa cuyos planos hicieron juntos y que amueblan, decoran y aderezan con muebles que prolongan su armonía interior. Finalmente, hacen de ella la expresión exacta de su amor. Ustedes ven la casa, la imaginan fácilmente. Todo es perfecto mientras se amen, mientras el amor esté en primer nivel, mientras sea sorpresa, encanto, descubrimiento inagotable, mientras progresen juntos y tengan algo que darse, la casa permanecerá como el sacramento visible de su amor, y ellos se encontrarán con felicidad ya que cada objeto reflejará sus intenciones primeras y su compromiso definitivo.

Pero si uno traiciona – lo que por desgracia puede suceder, y sucede efectivamente – si uno llega a traicionar, ¡es el fin! ¡Es el fin! La casa se vuelve odiosa, odiosa para el que traiciona porque le recuerda la traición, odiosa para el que no traiciona porque le recuerda que es víctima. La casa se derrumba porque está construida del interior. No tenía otra razón de ser que el amor que ella simbolizaba y expresaba, ¡y sin amor se derrumba! Se convierte en un simple montón de materiales inertes que no significan más nada que le hable al corazón. Al contrario, los desgarran o los confunden, porque la razón de la casa, lo que la había construido, era el amor y los materiales no eran exteriores: procedían del amor mismo que los había ordenado y puesto en su lugar.

Si el Universo es una historia de dos, si el Universo es una historia de amor, no puede ser construido sino por el amor y supone reciprocidad nupcial. Esto supone entonces, de parte del Amor eterno, un “sí” pronunciado y de permanencia eterna, pero un “sí” que permanece ineficaz mientras no haya encontrado el Amor.

Como lo sabemos bien en la experiencia cotidiana, el amor más generoso, el más dado – el de una madre, por ejemplo, para su hijo que crece alejándose de ella y despreciando todos los valores que ella tiene – el amor más dedicado, más presente, más heroico, es ineficaz mientras no sea recibido. Es la esencia misma del amor el suponer la reciprocidad. Sin reciprocidad, nada sucede.

El universo y el hombre constituyen una sola y misma historia

Estamos en el mundo de la relación que supone inevitablemente o necesariamente dos términos acordados uno con el otro. Pero esto supone a su vez que el universo y el hombre están unidos, constituyen una sola y misma historia. Y esto sigue lógicamente también y experimentalmente de nuestra situación en el universo: dependemos de él, le tomamos todos los elementos de qué subsistir, dependemos del sol y, a través del sol, de la vía láctea y de todas las galaxias, tenemos realmente en el universo un cuerpo que prolonga el nuestro, un cuerpo inmenso que nos es indispensable, y es normal que la historia del universo y la nuestra se identifiquen, que toda la evolución se desarrolle en una sola pieza, como nos llega a nosotros en los instintos que bullen dentro de nosotros.

En el instinto sexual la continuidad es evidente. Sentimos muy bien que es la misma fiebre, el mismo embrujo, que es la misma corriente que sube desde los orígenes más lejanos hacia nosotros y que prosigue a través de nosotros su carrera inconsciente y ciega, que arriesga a cada instante arrastrarnos llevando como un solo bloque todo el universo y a nosotros con él, pues el universo es el cuerpo y nosotros debemos ser su alma.

Podemos pues concebir que toda la existencia embrionaria, mientras el hombre no haya nacido, está esperando que el hombre nazcapara darse el consentimiento de amor que cierre el anillo de oro del desposorio eterno y permita al influjo de Dios derramarse a través del hombre sobre el universo entero, como se derrama a través de la mente sobre todo el organismo. Nuestro organismo no se calma, no se ordena sino en la medida en que nuestra mente acepta la luz divina y vive de ella. El hombre, o toda otra criatura semejante a él, toda criatura inteligente situada en otros planetas de nuestro universo y solidarios como nosotros del universo, estaría entonces ante la aceptación libre de la luz divina que lo hace vivir.

El hombre, que debía ser transparente a Dios, mutila el resplandor divino

Se comprende que sea mediante una mediación inteligente como el amor de Dios difunde sus efectos en todo el universo y en toda la creación infrahumana. Y en la medida en que el hombre se sustrae, en la medida en que se niega, en que intercepta la corriente, en que mutila el resplandor divino, se comprende que la creación haya abortado y que, como dicen los teólogos rigurosamente tomistas, y también los demás, todo acto humano, inclusive un acto criminal, comporta cierta positividad de la que Dios es solidario. Y más aún, dirá el P. Garrigou, Dios es el creador, lo cual no impide que el acto sea criminal.

Eso quiere decir que el influjo divino, el resplandor divino es recibido conforme al que lo recibe, como dice otro adagio escolástico, y que por consiguiente aunque el resplandor divino es perfecto, aunque sea siempre bueno y positivo, puede ser dañado en el sentido del deseo y del egoísmo humanos. Eso no impide que Dios actúe – el don que hace de sí mismo es siempre inmaculado y virginal – pero explica o mejor, atestigua, que precisamente su acción es acción del Amor que no se puede realizar con fecundidad y conforme a sus intenciones sino a través del mundo.

Una creación resultado del desvío del resplandor de Dios el cual no puede actuar sino por la interioridad íntima

La creaciónde que hablamos, la que nos aparece de inmediato, la que reflejan las estadísticas, la que refleja la experiencia cotidiana del mal, de la enfermedad, del sufrimiento, de la tortura infligida a tantos inocentes, la de las catástrofes, de los cataclismos naturales, todo eso evidentemente, nos pone frente a un universo que no puede ser obra de Dios, un universo que resulta de un desvío de Su resplandor, que resulta de una mutilación de Su acción por el rechazo de la criatura inteligente que, por no estar presente, no puede servir de intermediario a la acción y al amor de Dios.

Por eso, en esta perspectiva, no solamente el mal no es contrario a la fe en Dios, o más precisamente, no es contrario a la experiencia de Dios, sino afirma una vez más, en el mismo sentido de la experiencia, que Dios, por ser todo amor, pura interioridad, no puede actuar a la manera de un influjo mágicoo por intervención violenta del exterior. No puede actuar sino por el interior más íntimo, es decir a través de la intimidad de los seres inteligentesque son los únicos capaces de una interioridad de ese orden y donde falta la interioridad, donde la respuesta no se da, la creación debe necesariamente abortar.

Es en resumen lo que nos dice San Pablo en el famoso texto de la carta a los Romanos: “La creación espera con ansiedad la revelación de la gloria de los hijos de Dios” (Romanos 8, 18-22). Está sometida a la vanidad contra su voluntad – subentendido por el hombre – contra su voluntad, y gime hasta ahora en dolores de parto.

Pablo tuvo pues perfectamente la intuición de que – tal como se presenta al que no se ha recreado totalmente y no ha hecho de sí mismo un contrapeso a todos sus rechazos de amor – la creación está incompleta. Está inacabada. Está esperando. No es todavía lo que Dios quiere, y eso no depende de Él, porque su acción se identifica con su Amor, y porque Él puede todo lo que puede el Amor, y no puede nada fuera del Amor. Y como el amor supone reciprocidad, donde falta la reciprocidad, el Amor de Dios fracasa necesariamente. Eso es lo que afirma la Cruz con un esplendor único.”

(Continuará)

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