Homilía de Mauricio Zúndel en Bex (Suiza) en 1951. Inédita.

Se habla de la aparición de la Santísima Virgen en Wurtemberg. Dicen que se aparece a niños como en Fátima, la Salette o Beauraing, repitiendo siempre el mismo mensaje : “ Penitencia, penitencia o castigo. ¡Penitencia, es el último momento! ¡Penitencia o castigo! 

Nadie desea más que yo la intervención de la Santísima Virgen, la manifestación de la Madre de Cristo, de la Madre de Misericordia. Nadie logra situar la culpabilidad humana menos que yo.

¿Quién es culpable? Nuestro siglo ha dado y sigue dando un espectáculo de crueldad aterradora, de inmoralidad sin fin, pero cuando releemos la Historia vemos que pasaba lo mismo en otras épocas, que no hay nada nuevo bajo el sol, que el hombre ha sido siempre un salvaje en la medida misma en que no ha sido levantado por una gracia excepcional.

Todos tenemos cada uno posibilidades de crimen, de desorden y de ignominia. ¿Cómo establecer las responsabilidades? ¿Es que el apóstol santo Tomás era más incrédulo que sus condiscípulos, san Pedro más cobarde que otros en su negación, María Magdalena que lavó los pies de Jesús, más despreciable que Simón el fariseo que se creía justo? ¿Era buen ladrón más culpable que Barrabás, y fue crucificado mientras que Barrabás fue liberado? ¿Y no escuchamos a Nuestro Señor que hace esta oración desde la Cruz: “ Perdónalos, Señor, pues no saben lo que hacen? ”

Es evidentemente difícil establecer las responsabilidades y preguntarse finalmente quién debe hacer penitencia, quién debe asumir la redención, quien debe prevenir el castigo que merecido.

En agosto de 1941, en el campo de Auschwitz, unos poloneses habían logrado escapar y había habido represalias porque nadie quiso dar indicaciones para encontrar los fugitivos. Diez polacos fueron designados para ser condenados a muerte con la última brutalidad, por un jefe de campo sádico e innoble cuya alegría era toda hacer sentir su poder a desgraciados que eran cadáveres en vida.

Y mientras los diez desdichados estaban alineados ante el verdugo, vieron salir de entre los prisioneros un hombre que estaba también casi sin aliento, infinitamente débil y cuya voz podía a penas percibirse y que pedía morir en lugar de otro que acababa de gemir porque, condenado a morir de hambre, recordaba a su mujer y a sus hijos.

Y entonces, en el silencio del campo de la muerte, un hombre se avanza y pide morir por los demás, morir de hambre para acompañar a sus camaradas. Y el jefe lo mira: “ Tú, ¿qué quieres? ” – “ Morir por ese hombre, que tiene mujer e hijos ” – “ ¿Y por quién quieres morir? Pues anda, ¡muere por él! ” Y de repente ese salvaje que solo pensaba en golpear y humillar queda en silencio y mira y admira y todos sus acólitos, todos sus verdugos con él no tuvieron más que una sola reflexión: “ So was haben wir noch nie geshen! ” (¡Jamás habíamos visto nada semejante!)

De repente, esos hombres, esos salvajes, confrontados con el rostro de un hombre, con la santidad de una conciencia cristiana, con la luz del amor más milagroso, por primera vez en la vida tuvieron quizá el sentido del Bien. Porque el Bien ya no es algo escrito en blanco y negro en un libro sino que acaban de verlo como vida, como Persona, como Presencia como don revolucionario. Y algo ha cambiado en el campo a partir de ese momento por el martirio de Maximiliano Kolbe, el martirio de un santo de primera grandeza que no protestó, que no condenó, que no odió a sus verdugos sino que dio su vida por el Otro.

Quizás entonces en ese momento comienza la responsabilidad. Cuando alguien se ha encontrado con el Bien, con el rostro de Dios, y ha sentido de repente en su conciencia la posibilidad de una humanidad verdadera, de una humanidad superior, de una humanidad digna de sí misma, entonces para él comienza a plantearse el problema.

Pero creo que antes, antes del encuentro, no hay responsabilidad. El hombre es un animal, infinitamente, es todo lo que puede ser. Necesita encontrar a Dios, encontrarse personalmente con él. Necesita estar en contacto con Jesucristo. Entonces todo puede cambiar, porque el corazón está abierto, porque han aparecido nuevos horizontes, porque el Bien es una Presencia real.

¿A quién se dirige entonces el mensaje de penitencia? ¿Quién ha merecido la penitencia? ¿Quién atrae la catástrofe? ¿Quién hace imposible que se acabe la brutalidad infinita?

Creo que son esencialmente ante todo los que han hecho una vez en su vida el encuentro con Jesús. Ellos pueden ser responsables porque saben de qué se trata, han entrevisto otro plano, conocen otras posibilidades. Entonces ellos deben llevar el mundo y salvarlo.

Y si entre nosotros hay quienes se han encontrado de verdad con Dios, y pueden decir como los discípulos de la primera hora, como Juan en particular que lo puso en su Evangelio, los que pueden decir : “ Fue a las diez, tal día por la mañana o por la tarde, cuando vi su rostro por primera vez y sentí que mi corazón ardía por su Presencia ” ellos son los primeros responsables, sobre ellos recae la penitencia y la bendición de la redención del mundo.

Y no se trata sin duda de ir al desierto ni de imponernos flagelaciones extraordinarias, sino simplemente de escuchar hoy la vocecita en lo más profundo de nosotros, la vocecita que nos llama a cosas pequeñas pero que son esenciales, porque esas cosas pequeñas hechas en plena luz y plena libertad, esos actos infinitesimales de generosidad, todas esas cositas que abren la brecha que se llevará poco a poco el egoísmo humano e introducirá poco a poco el rayo de luz divina y permitirá el paso de la Presencia del Señor.

Hay pues un mensaje, el mensaje del llamado de Cristo, un mensaje de misericordia, un llamado interior. Es importante que al menos algunos de nosotros lo escuchen hoy poniendo el oído en lo más profundo de sí mismos a la vocecita que nos invita a las cosas pequeñas que son infinitamente grandes, a la generosidad, al olvido de nosotros mismos, al silencio de sí mismo.

Pues todo lo más esencial que podemos hacer es no interferir con el encuentro de Dios. Debemos guardar el silencio suficiente para dejar pasar el secreto divino que es la Vida y la Salvación del mundo.

Escuchemos ese llamado mientras es todavía tiempo y pidamos por intercesión de la Madre de Misericordia que respondamos hoy al mensaje y lo hagamos realidad redentora porque es la última hora en la eternidad, la última hora que es la de la salvación, pues la hora de la salvación es la hora del amor.

Es suficiente que nuestro corazón se abra plenamente hoy para que haya en el mundo entero una nueva respiración y que el universo todo entero se levante mientras nosotros nos elevamos en el silencio de nosotros mismos, en el consentimiento perfecto con el paso de Jesús que viene hoy y nos llama como llamó a los primeros discípulos, él que sigue siendo el Cordero de Dios que borra los pecados del mundo.

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