Homilía de Mauricio Zúndel en Ginebra el 4 de febrero de 1973. (Texto tomado de Ta Parole comme une source. Ed. Anne Sigier. Modificado según la grabación). (*)

El anuncio del Evangelio plantea actualmente un inmenso problema por un lado porque el cristianismo ha sido solidario de las clases más favorecidas y por otro, porque en los países nuevos el Evangelio ha acompañado a menudo la colonización. Mejor todavía, una especie de compromiso extremadamente peligroso, pues por una parte lo han asociado con la prosperidad material, con la riqueza, con la grandeza humana, y por otra parte lo han asociado con empresas imperialistas que no tenían ninguna relación con el cristianismo

Y muy especialmente en este campo, los pueblos que eran tradicionalmente cristianos, se plantea un inmenso problema porque se despiertan y gozan por fin de independencia, descubren también sus propios valores y son naturalmente llamados a explotarlos, conocerlos, profundizarlos, alimentarse y enorgullecerse de ellos y a rechazar por tanto lo que la colonización pudo llevarles, fuera de las ventajas técnicas de las que nadie puede ahora prescindir.

Existe pues una tendencia a separarse del cristianismo mismo, en la medida en que lo recibieron, para mejor afirmar sus propias tradiciones, para ser más fieles a su etnia, en fin, para poner en valor un patrimonio que no hay razón de ocultar. De modo que ciertos cristianos se preguntan si las misiones tienen aún sentido, si el hecho mismo de la misión no es una injuria a los pueblos que tienen tradiciones morales y religiosas y que puede perfectamente vivir de ese fondo, sin recibir nada del cristianismo.

Recuerden el ejemplo tan conmovedor de Gandhi, ese gran santo de India, que era hostil a la misión. Pensaba que la India tenía suficiente riquezas espirituales como para vivir por sí misma y que si el cristianismo, al que admiraba y del que no vacilaba en sacar meditaciones fecundas, era para los europeos la religión más adecuada, había que dejar a los hindúes sus propias tradiciones sin tratar de manchar su fidelidad a las creencias o prácticas que habían hecho sus pruebas.

Y entonces, en este mundo tan dividido y desconcertado se puede plantear la pregunta: “¿Cómo anunciar el Evangelio?” Y una vez más la respuesta de san ¨Pablo responde precisamente a todas nuestras dificultades: “Hacerse todo para todos.” (1 Co. 9:22). Pues, finalmente, ¿cuál es el centro del evangelio sino la renuncia total a sí mismo? En la Trinidad divina a la que nos introduce Jesús no hay lugar para una posesión. En la Trinidad divina todo es don, todo es mirada hacia el Otro. En la Trinidad divina no queda sino un inmenso espacio eterno de amor en que todo es radical, total e infinitamente dado. ¿Y qué es el Evangelio sino vivir la vida de Cristo, entrar en el despojamiento completo, hacer de sí mismo un espacio ilimitado en que se respira la Presencia divina?

Y ahí es donde justamente el Evangelio es en su esencia absolutamente incapaz de herir a nadie. Si vamos al corazón del Evangelio, que es el corazón de la Trinidad, si entramos en la pobreza según el espíritu, si llevamos a los demás simplemente un espacio de amor en que estamos arrodillados ante el misterio de su alma para permitirle que se desarrolle en Dios, no puede haber ofensas.

Cuando nuestro Señor se arrodilla para el lavatorio de los pies, resume lo que es él, todo lo que da, todo lo que ofrece, y la misión misma que nos confía, que es ponernos en su lugar, de rodillas ante el hombre.

Si hubiéramos seguido ese camino desde el comienzo, no habría problema. Recuerdo al provincial que era misionero en África y que me decía: “Vamos a Costa de Marfil por ejemplo, creyendo llevarles todo y que no tenemos nada que recibir. Ni siquiera escuchamos a la gente. Suponemos que están en cero, que no han recibido nada de sus ancestros, que su vida es necesariamente vacía y absurda, no tratamos de entrar en sus sentimientos religiosos para recibir lo que podrían darnos… Suponemos a priori que nuestra civilización es la única que vale y que nuestra manera de comprender a Dios es la única posible. Al contrario, deberíamos buscar un acuerdo, mantenernos en el Evangelio en un debate vivo y que sea inmediatamente reconocido por aquellos a quienes nos dirigimos como un bien interior a ellos mismos.

Eso vale para todos nosotros pues todos debemos ser portadores del Evangelio, y tenemos razones tanto más imperiosas de hacerlo cuanto que el Evangelio es cada vez menos comprendido y más desacreditado. Debemos pues llevarlo en el silencio de nosotros mismos, entrando a fondo en la renuncia que es la única que permite abordar a los demás si herirlos.

Tuve hace poco la ocasión de encontrar en una familia a dos jóvenes que habían hecho una fuga de más de ocho días, dejando a la mamá en una locura indecible y que habían sido recuperados. En el encuentro con ellos después de esa aventura que significaba un cambio profundo en su vida y que se manifestaba en sus vestidos y en sus cabellos, comprendí inmediatamente que no debía hacerles la menor pregunta sobre su fuga y que debía tratarlos como si nada hubiera pasado, con total amistad y confianza para que no hubiera de parte mía la menor sospecha de querer amonestarlos o de darles una lección cuyas luces estaban muy lejos de poder aceptar.

Es evidente que es en el silencio finalmente en que no pretendemos más que ser presencia amistosa y respetuosa, como debe ser anunciado el Evangelio. Y en cuanto a las misiones cristianas, tan consustanciales con el cristianismo, es imposible ser cristiano, escuchar el llamado de Jesús, creer que él es el Nuevo Adán, que en él vuelve a comenzar la humanidad, que él está presente en cada hombre, que es imposible creerlo y no querer comunicar esa Presencia. Y debemos comunicarla precisamente en su universalidad. Comunicarla haciendo el vacío en nosotros. Y lo mismo vale para todas las relaciones humanas, sea en la familia o en la profesión, en la vida civil o en la difusión del Evangelio en las naciones que todavía no lo han recibido en su totalidad.

De todos modos, el único medio de entrar en relación, y de hacer pasar la corriente, es evidentemente el acto arrodillarse en el lavatorio de los pies en que el Señor transmite todos los valores y nos enseña que el santuario de Dios es el hombre vivo.

Así pues, esta mañana deseamos reunir en nuestra oración toda la humanidad, y muy en particular, pensar en todas las misiones cristianas que pasan por dificultades y que están amenazadas de expulsión en ciertos estados. Y queremos comprometernos personalmente, con mucha humildad a ser portadores de este Evangelio en la vida de cada día, sencillamente, en el silencio de respeto y de amistad.

Es evidente que si evitamos herir a aquellos con quienes convivimos, en el hogar, en la casa, en la oficina, en el barrio, es evidente que ese respeto abrirá un espacio y que, sin necesidad de nombrar a Dios podremos respirar su Presencia. Y entonces no hay que poner etiquetas sobre las cosas, el momento oportuno llegará más tarde. Ante todo, hay que llevar la realidad del amor infinito del Señor arrodillado ante el hombre.

Como vamos a entrar en el misterio de Jesucristo y a decir sobre el pan y el vino: “Esto es mi cuerpo, Esto es mi Sangre”, pidamos a nuestro Señor que nos despoje de verdad de nosotros mismos, que haga de nosotros su cuerpo y su sangre, que seamos hostia viva para llevar silenciosamente el rostro de su amor y la sonrisa de su bondad.

(*) TRCUSLibro « Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. »

Editorial Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 págs

ISBN : 2-89129-082-8

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