Homilía de Mauricio Zúndel en Ginebra, el 2/02/1964. Evangelio: Luc. 2:22-31. Ya publicado en este sitio el 2/2/2012 según la grabación. (Ver "Ta Parole comme une Source" Ed: Anne Sigier).

Ya sabemos que la vida de Jesús termina en un fracaso.

Jesús no convirtió a nadie, no hizo ningún discípulo, es decir, en su Espíritu nadie lo entendió.

En su agonía, va a encontrarse solo. Todos lo van a abandonar, uno lo vendió, otro lo traicionó. Y finalmente, las últimas palabras que escuchará en la última conversación serán para preguntarle si iba a restaurar pronto el reino de Israel. Se comprende que Jesús haya podido decir a sus discípulos, en los últimos discursos después de la Cena: "Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Espíritu no vendrá sobre vosotros" (Jn. 16/7).

No se puede imaginar confesión de fracaso más dolorosa, más trágica que esa: "Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Espíritu no vendrá sobre vosotros". En el fondo, eso equivale a decir: mi Presencia es un obstáculo en su camino para Reino de Dios.

¿Y cuál era el obstáculo? Evidentemente, el obstáculo consistía en que los Apóstoles veían a Jesús delante y no dentro de ellos. Viéndolo en frente de ellos, con los ojos de la carne, lo imaginaban como lo soñaban, como el que iba a satisfacer sus ambiciones, sus deseos, su apetito de venganza, sus necesidades de triunfar y de ver por fin el país liberado del yugo enemigo. Pero estaban muy lejos de pensar que el Reino estaba dentro de ellos y que de cada uno de ellos se esperaba una conversión radical.

Entonces, Jesús se separa de ellos en un equívoco trágico, hasta que finalmente lo descubran dentro de ellos mismos. Cuando lo vean dentro cesará el equívoco, pues en ese momento habrán entrado en la luz de la fe y del amor, y lo habrán descubierto como la fuente de su vida.

Allá quería llevarlos Jesús, y parece que le fue mucho más difícil convencerlos a ellos que llevar a la samaritana a descubrir dentro de ella la fuente que brota hasta la vida eterna y que es el Dios vivo. No pensamos que Jesús, que se despide de sus discípulos con esas palabras trágicas reconociendo su fracaso y dejando para después de su muerte una conversión que será fruto del Espíritu, no pensamos que Jesús es ante todo un ídolo y que bajo el nombre de Eucaristía nos diera su Presencia material de la cual podríamos apoderarnos.

Es evidente que esa no era la intención del Señor, que la Eucaristía no significa una Presencia puesta materialmente al alcance de nuestras manos, que podríamos poner aún delante de nosotros y que nos dispensaría de encontrarlo dentro de nosotros.

Es muy evidente que hubo desvíos fundamentales en las famosas disputas sobre la Presencia real después del siglo 16, al plantear la cuestión del modo de la Presencia de Jesús en el misterio de la Cena. El problema no era ése; el verdadero problema era de remitirlo al hombre. Es claro que Jesús percibió la inminencia de la catástrofe a que se preparaba, que el tremendo fracaso que anunciaba venía precisamente de que se habían equivocado sobre Dios. Se había puesto a Dios afuera, al exterior de la gente, lo habían localizado en el cielo, en vez de descubrirlo en lo más íntimo de nosotros mismos.

A ese Dios quiere conducirnos Jesús: a un Dios interior en nosotros, un Dios cuyo santuario es cada ser humano. Y sabemos muy bien que, justamente, la gran revolución será la destrucción del Templo, consumada por la victoria de los romanos en el año 70, que el templo destruido no será reconstruido, porque en adelante el santuario es el hombre. No habrá más santuario verdadero que el hombre mismo.

Habrá pues que descubrir a Dios en ese templo nuevo que es el hombre y por eso, como veremos más profundamente en nuestras charlas, Jesús remite a sus discípulos al hombre. Para encontrarlo tendrán que encontrarlo en el hombre. Dicho de otro modo, para encontrarlo tendrán que descubrirlo, a la luz de la fe, es decir en una luz que sólo puede surgir en la mente, en íntima unión con él mismo, es decir con Cristo.

Para evitarnos toda idolatría, para dejar precisamente de verlo delante de nosotros, para encontrarlo dentro de nosotros, nos pide pues que vayamos hacia los hermanos. Nos pide que tomemos en cargo toda la humanidad y todo el universo, que revivamos nosotros toda la historia, pues justamente Jesús es el segundo Adán.

Con él comienza la nueva humanidad, en él encuentra por fin la historia su unidad. Él tiene precisamente el cargo de establecer un vínculo entre todas las generaciones, hacerlas contemporáneas, sacar del polvo todos los rostros desaparecidos y reunirlos en una inmensa cadena de amor donde todos, hechos por fin contemporáneos, se reconozcan como unidos los unos a los otros, en un solo y único proyecto.

Dicho de otro modo, para poder encontrarlo, tenemos que abrirnos a las dimensiones de su corazón, a las dimensiones de su misión, a las dimensiones del universo. Y la Eucaristía entra inmediatamente en esta perspectiva y, como lo he dicho tan a menudo, establece entre nosotros y Jesús toda la distancia de la historia del universo y de la humanidad; sólo podemos ir a él tomando en cargo el universo y la historia de la humanidad.

No tratemos de tocar la Presencia con la mano. Al contrario, se trata de que nos hagamos presentes nosotros, mediante esa apertura sin límites; que nos hagamos presente al amor que no tiene fronteras, el amor que abarca todos los pueblos, que recapitula toda la historia y que está dentro de cada uno de nosotros.

Si resumo estos datos que ustedes conocen bien, es para insistir en el realismo de esta reunión. No estamos aquí para realizar una ceremonia, para repetir palabras huecas y vacías, para repetir oraciones preparadas de antemano. Estamos aquí solamente con el deseo y la misión de reunir todo el universo, todos los hombres, de releer toda la historia y darle su realización.

Si la misa no fuera justamente el banquete de la fraternidad universal alrededor del Señor, el cual dio su vida por cada uno de nosotros, sería una mascarada atroz. Sólo puede interesarnos y apasionarnos y ser para nosotros un acto real en la medida en que la vivamos en esa perspectiva universal. Y así vemos inmediatamente que no estamos aquí para nosotros. Jamás participamos en la Cena del Señor, en el sacramento, para nosotros mismos sino para los demás. Estamos aquí para los demás, e igualmente con los demás. Y simbólicamente asumimos todo el universo y lo tomamos a cargo.

Sólo bajo esta condición podemos estar unidos con Cristo, porque si no tuviéramos esa abertura universal reduciríamos a Cristo a dimensiones limitadas, es decir que nos haríamos un Cristo a nuestra medida y sería un ídolo. Y justamente para que no podamos hacernos de él un ídolo, para eso estableció la distancia infinita, nos puso a cargo todo el universo.

Así quedamos introducidos en el corazón de la vocación cristiana. Somos cristianos para los demás, somos cristianos para el universo; no somos cristianos para salvarnos nosotros mismos. Entonces podemos hablar de salvación, se trata de la salvación en que uno es liberado de sí mismo justamente, liberado de sus límites, para ser un yo universal en que pueda ser acogido el mundo entero.

Está pues bien claro que nuestra reunión nos pone en seguida en presencia de nuestra historia, una historia aún desconocida en mucha parte, que puede remontar a 500.000 años o más. Es pues toda esa historia, toda esa ascendencia humana, todas esas generaciones, todos esos rostros, todos esos corazones todos esos pensamientos y dolores, todas esas esperanzas, todo eso viene a nosotros esta mañana para que nosotros lo terminemos.

La historia de la humanidad desconocida, la historia de los hombres que no dejaron huellas en ningún documento, la historia del génesis del universo, la historia de todos los mundos con los que estamos ligados, de todos los seres vivos que puedan encontrarse en otros planetas, todo eso debemos ofrecerlo, y tenemos que identificarnos con ello para hacer de nuestra ofrenda una ofrenda digna de Cristo.

Esta reunión de todos los hombres con nosotros, en nosotros y por nosotros alrededor de la mesa del Señor, es pues una ^primera victoria sobre la muerte, una primera victoria sobre el tiempo. Y naturalmente, con mayor razón, estén donde estuvieren nuestros contemporáneos, en este o en otro planeta, están muy estrechamente unidos a esta liturgia, ya que nosotros hemos realizado la unidad en el espacio y en el tiempo, como también tenemos que mantener el futuro que está en germen en nosotros.

Si entramos a fondo en el espíritu de esa comunión tan amplia como la comunión de los Santos y más todavía, si entramos más a fondo en el espíritu de esa comunión, pasará algo, sucederá algo decisivo que permanecerá oculto para nosotros, algo decisivo: ciertas vidas se acabarán, ciertos sufrimientos serán consolados, ciertas soledades serán visitadas, ciertas cautividades terminarán, ciertas desesperanzas serán superadas, ciertas debilidades serán compensadas y ciertas faltas, purificadas. Vendrá un acontecimiento a escala del universo, un acontecimiento cósmico, un acontecimiento histórico, un acontecimiento humano.

Sólo eso puede interesarnos. Y además lo sentimos muy bien en la liturgia de la Candelaria en que se encienden todos los cirios en todas las iglesias del mundo. Se trata, una vez más, no de un ceremonial que resucita las liturgias del Templo, sino del incendio interior que vino a encender Cristo, se trata de la luz en el fondo de los corazones cuando se dejan atravesar por la divina Presencia y dejan trasparentar la vida de Cristo.

Y precisamente, en la fiesta de la Candelaria, vemos a Simeón, o mejor, lo escuchamos anunciar a María que una espada de dolor atravesará su corazón. Ahí vemos finalmente de dónde proceden todas esas luces. Se encienden en el martirio de la Virgen al pie de la cruz, y, claro está, en el martirio que es la fuente del suyo, el martirio de Jesús.

Finalmente, la vida penetra sólo del parto crucificado pues para promover el espíritu, para desembarazarnos de nosotros mismos, se necesita invertir fondos, se necesita un avance de amor que Dios nos hace, claro está, al cual se une la Virgen, pero que debemos hacer nosotros, a nuestro turno, al mundo entero.

El cirio que recibimos no es sino el símbolo del cirio en que debemos convertirnos, el cirio que alimenta, o mejor el cirio que alimenta su llama consumiéndose él mismo. Debemos alimentar la luz en que debemos convertirnos, mediante el don que estamos llamados a ser.

Vamos pues a ponernos en el eje de este realismo soberano, pues ya no tenemos el gusto del ceremonial, así lo espero. Vamos a establecernos en este realismo soberano "encendiendo" todas nuestras intenciones, primero con todos los rostros que quisiéramos poder reunir alrededor del altar, todos los que se han ido, todos los que ya no pueden ser visibles hoy para nosotros. Y a través de ellos, remontaremos el curso de todas las generaciones, asumiremos a todos los sin nombre, o que no han dejado al menos huellas. Pensemos en todos nuestros contemporáneos, en el estado del mundo tal como lo presentan los periódicos, la radio y la televisión. Pensemos en todos aquellos que tenemos a cargo, visitemos las prisiones, los hospitales, asumamos todas las agonías y todos los sufrimientos. Suframos en todos los desesperados, en todos los perversos que podríamos ser tan fácilmente.

Y eso será suficiente ya para limpiarnos de nosotros mismos y poner el corazón a descubierto en presencia de Jesús, para ofrecernos en el vacío de nosotros mismos que le permita difundir su vida en la nuestra, a fin de que nuestra vida sea el resplandor de la suya.

Continuemos la liturgia en este sentido y a entremos en la ofrenda propiamente dicha, reuniendo todo el universo para hacer de él un manojo inmenso de luz y de amor y hacerlo subir hacia la santísima Trinidad por las manos de la Virgen inmaculada.

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