15/01/30-31 – El sentido del milagro.

Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana en 1966. Inédita.

Evangelio: La multiplicación de los panes

Siempre hay algo desconcertante en el milagro y muy especialmente en un milagro como el del evangelio de hoy que concierne la materia. En la curación de un enfermo uno puede pensar siempre que él colaboró en su curación. Pero un milagro realizado sobre la materia parece mucho más difícil de comprender. Uno tiende a ponerlo en un contexto espiritual… un obstáculo si no hay un movimiento de caridad, una especie de respiración de amor, de desinterés, de don de sí mismo, que nos introduce de inmediato evidentemente en un mundo interior y espiritual, y podemos entrever que el milagro se realiza por otros mecanismos que de energías puramente físicas, que sobre todo no es un golpe de varita mágica, que el amor lo condiciona necesariamente y lo porta.

Podemos quizás ir un poco más lejos en esta dirección haciendo experiencias o reviviendo la experiencia de la unidad humana: es evidente que los hombres no son uno por pertenecer a la misma especie biológica. Los animales se combaten unos a otros y los hombres no cesan de hacerse la guerra, e inclusive son los salvajes más típicos de la Creación.

Sin embargo existe entre los hombres una solidaridad que se siente en ciertos momentos, cuando salimos de las zonas superficiales y pasionales y entramos en el terreno de la persona que se revela particularmente en ciertas desesperaciones: alguien que ya no cree en el sentido de la vida, que está dispuesto a suicidarse, no puede contentarse con palabras, necesita encontrar respuesta a la medida de su soledad y de su angustia; y cuando se encuentra ante esa persona y siente el vacío de las palabras y la impotencia del lenguaje, uno vuelve a lo esencial: comprende, descubre que hay en el hombre una especie de centro que es común a todos. Uno se siente absolutamente solidario aunque no desesperado, se identifica tanto con la angustia de la impotencia, y vuelve a lo esencial. Comprende que si hay respuesta, está en la Presencia silenciosa, secreta, inagotable e infinita que nos es totalmente común y que es al mismo tiempo, y eso es lo maravilloso, lo más secreto y personal de cada uno.

Así es que somos verdadera y literalmente interiores unos a otros; esa es una experiencia que no es muy frecuente, pero cuando lo sea… despierta la luz que es absolutamente imposible no realizar, no tomar conciencia de esa identificación: uno puede absolutamente ser uno con alguien, cuando es interior a él mismo, cuando se tiene un solo y mismo destino con él, cuando acude en cuanto posible a su ayuda, haciendo el vacío justamente de todo lo que no es el centro eterno para que pueda descubrirlo en él mismo por encontrarlo en nosotros.

Aquí tenemos pues una experiencia que nos permite sentir perfectamente la contracción del espacio-tiempo como en un solo punto: solo hay un punto, único, donde ya no hay distancias, pues ese ser desesperado que acaba de entrar en el cuarto de uno y que esperamos que va a salir reconfortado y consolado, puede alejarse, puede estar a kilómetros de nosotros, pero sigue tan cercano, tan interior dentro de nosotros como lo era cuando estaba en nuestro cuarto porque estamos unificados, identificados por ese punto único que es la Presencia infinita.

Porque ya no hay tiempo, el tiempo no puede nada, estamos en un eterno presente, tampoco la muerte puede perturbarnos pues la relación es tan esencialmente interior, coincidimos siempre, vivos o muertos, si amamos con un amor en que circula Dios, coincidimos en el mismo centro, en el centro único que está más allá del tiempo y del espacio.

Yo creo que esto ilumina admirablemente el misterio de la multiplicación de los panes. Si las energías cósmicas se concentran en las manos de Cristo, es porque Cristo, precisamente por el vacío infinito que se realizó desde el primer momento de su existencia terrestre en su Humanidad Sacramento, porque en ese vacío absoluto, en ese espacio ilimitado que es él, capaz de contener y de llevar el Universo entero, todas las energías del Universo están concentradas en un solo punto más allá del espacio y del tiempo.

Eso nos permite comprender que en un mundo que no existe todavía, no un mundo físico-químico de laboratorio, sino en un mundo personal, personalista, en un mundo constituido todo por la Presencia de Dios asimilada por el que es instrumento del milagro precisamente porque tiene acceso a ese punto único en que toda realidad está concentrada, a todas las energías del Universo.

En cuanto al sentido del milagro, recuerdo el relato de Ana de Tourville que escribió la novela que recibió el premio Fémina (1). En mi presencia ella contó que durante la guerra, encontrándose con su madre en situación de pobreza absoluta, no tenían sino un restito de carbón en reserva para el día en que el frío alcanzara una intensidad desesperante, economizaron con cuidado, aceptando cada día el frío que Dios hacía, hasta que un día la temperatura bajara tanto… les quedaba carbón para calentarse un día más. Al día siguiente, sabiendo que la provisión estaba agotada, fueron a la cava, rasparon el suelo y obtuvieron justo lo que necesitaban para calentarse ese día. Al día siguiente volvieron a escarbar, y encontraron justo el carbón necesario para el día, y así sucesivamente, todo el invierno. Su madre le tenía una devoción particular a san Juan Bosco, pero sea cual fuere el intercesor, lo maravilloso es la discreción perfecta del acontecimiento casi natural, una fina capa de carbón cada día, pero justamente lo necesario para remediar el frío.

Pienso que la multiplicación de los panes se realizó de la misma manera infinitamente discreta. Los que estaban cerca de Jesús pudieron ver que al sacar del cesto, quedaba siempre en el fondo lo necesario para alimentar al que llegaba.

Si todo sucedió así, ese acontecimiento se nos hace más cercano, precisamente porque es a la vez admirablemente discreto y toca el fondo de nuestra misión humana que es precisamente de crear un mundo más allá del espacio y el tiempo en que formamos un solo cuerpo en una circumincesión de Dios, en una circulación de Dios que es el único lazo verdadero de una humanidad espiritual.

Pero no es menos verdad que es a partir de una necesidad material que se realiza el prodigio, y eso nos lleva a subrayar el realismo de Cristo que sabía bien que todo lo que pudiera decir a la muchedumbre no le llegaría si estaba con hambre. La vida espiritual está en cierto modo condicionada por la liberación de las necesidades físicas. Es evidente y lo sabemos bien, y cuando la mujer pobre decía: “¿Cómo quiere que yo medite y ore delante de mis marmitas vacías, teniendo cinco hijos?” Todos entendemos, nos da compasión y le damos la razón.

Entonces, justamente, ante una madre que no tiene nada qué meter en sus marmitas, y ante otras personas amenazadas de morir de hambre. Es perfectamente inútil hacer comentarios, solo tenemos que mirar nuestra más elemental experiencia: es imposible vivir la vida espiritual estando oprimido y aplastado por necesidades o por un sufrimiento agudo e intolerable del organismo.

El Papa se ha hecho la voz de los pueblos con hambre, los obispos han repercutido su llamado, y nos piden a todos que nuestra acción de cuaresma se centre en una asistencia fraternal que es además obra de pura justicia, de pura justicia y al mismo tiempo de puro cristianismo, ya que es absolutamente imposible creer en la Presencia divina como para satisfacer a su vocación de hombres y aprender también que el cristiano no tiene fronteras, que Cristo no es monopolio de nadie, y que su rostro de amor está vuelto hacia ellos mucho más, sí, mucho más y sepan que, por la generosidad de nuestro corazón, Cristo es una Presencia que los está esperando sin cesar en lo más profundo de nosotros.

Nota:

(1) Jabadao. Novela de Ana de Tourville publicada en 1951 en la editorial Delamain y Boutelleau y que recibió ese mismo año el premio Fémina.

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