Homilía de Mauricio Zúndel en Dar El Salam, el Cairo, en 1949. Inédita.

La Redención es el contrapeso de Amor que mantiene en nuestro universo la totalidad de la Presencia divina que expulsan nuestras faltas, y el avance de libertad o el crédito de gracia que compensan nuestros rechazos, por el hecho de que Cristo deja recaer sobre sí todo su peso, acepta voluntariamente vivirlo y morir de él, toda la ausencia.” (Mauricio Zúndel, en 1949. Citado por Marc Donzé, "L’humble présence", Sarment Editions du Jubilé, 2008)

Una noción que no es familiar, pero que no por eso deja de ser verdad es que el amor necesita distancia y misterio. Muchas parejas se desmejoran porque no tienen sentido de la distancia. Un cónyuge se ha familiarizado rápidamente con el otro. El amor solo puede vivir si tiene ante sí el infinito y por eso el amor debe mantener distancias si quiere permanecer vivo.

El trato cortés reconoce la distancia. Se utiliza un modo imperativo que mata el amor. Se dan órdenes, haz esto o aquello… Dejamos de estar en el arrodillamiento del amor. Se debe establecer la liturgia del respeto de la distancia.

Nada está más alejado del amor que la familiaridad. Donde hay amor hay respeto y veneración. Por eso Cristo que es el Evangelio del eterno Amor, estableció las distancias del silencio de la Eucaristía. Él es Presencia de misterio que no se puede tocar y a la que solo podemos llegar por la fe.

No me toques,” dijo Jesús a Magdalena después de la Resurrección. Eso significa que la gente no comprendió nada de su misterio, si siquiera los Apóstoles.

Lo amaron sin el sentido de la distancia, lo amaron en su humanidad, no traspasaron esa humanidad, no vieron el segundo Adán, el que revela el Amor, el que está despojado de sí mismo, que es Pobreza original. Se apegaron a él con todas las ambiciones que tenían, y por eso esas palabras: “No me toques”.

Dios es alguien que no puede nada fuera del Amor, queda sin poder ante nosotros, porque es Pobre. Su riqueza es el don, la renuncia, la pobreza. Dios nos solicita siempre en el sentido del Amor, del don, esa es su firma, su sello imborrable en nuestra alma. Fuera del Amor nada puede. El Amor solo puede actuar en la libertad.

Por eso cada uno puede matar a Dios. Pobreza del que muere en la Cruz, esperando con el corazón abierto que los hombres vengan a esconderse en él para recibir la paz y la vida.

El que ha entendido esto, comprende por qué Cristo quiso reunirnos alrededor de una mesa y verlo circular alrededor de nosotros por su Presencia. Un signo solamente, el pan y el vino.

El que hace la experiencia de un Dios silencioso, interior, que es pobreza, que es esencialmente dado, no puede extrañarse de que nos pida superarnos en el crédito que le damos a su Amor, creyendo que él está realmente presente. Es el último estado de su Pobreza.

Aquí la humanidad misma está velada”, dice Tomás de Aquino. La experiencia de la Eucaristía es el silencio que es Alguien, vida, torrente de vida que brota sobre el mundo, que nos penetra hasta el fondo del ser y nos libera de nuestros límites y pasiones. ¡Qué meta de pensamiento es la Eucaristía! “No sé”, no tengo nada que decir, solo tengo que escuchar.

Toda la vida de la Iglesia está condensada en la Eucaristía. Los hombres de Iglesia nos habrían quitado el gusto de Dios si no hubiera la Eucaristía que es Palabra de Dios en el silencio. Ella crea la distancia, el espacio que solo Dios puede llenar.

Se ha hablado tanto del evangelio y de Dios, de lo que él es o no es, y no hemos entendido nada de Dios. Mejor decir “No sé”. Él me rebasa, yo creo en él, respiro en su inmensidad. La Iglesia está suspendida a esa Presencia silenciosa.

Todas las almas han hallado su refugio en la Eucaristía, porque el único Dios verdadero está en el silencio. Pero el Cielo verdadero es distancia, un rayo de esa luz, de esa Presencia. Es necesario tener confianza en Dios, perderse en él.

La vida eterna es el sentido de la superación, de una vida nueva. Renovación continua, inagotable. Volvamos a la teología del silencio. Es intimidad con Dios silencioso, como la novia con su amado; ella no quiere descripciones de su amado, sino lo ama. El amor necesita tanto pudor y renovación.

¡Quítate de mis ojos porque me ocultas a Leila! (1). Esto tiene quizás un sentido único de la distancia. Entonces podemos comunicar el infinito en la distancia. La fe no es algo que se pone en un cajón. El amor no es: “Así es”, el amor es “Yo no sé”.

No hay pues que preocuparse por lo que dicen los teólogos. La fe es una identificación de amor, una Presencia. En la Eucaristía, que es exigencia de libertad dentro de nosotros, hay pues una enseñanza maravillosa del pudor del amor. Es necesario que nuestra oración guarde sus distancias.

El misterio de la fe no tiene límite con que choque la inteligencia pues la inteligencia viene a perderse en la luz del espíritu, en la luz que es Alguien, Presencia y eterno Amor. El hombre puede perderse en él, adherir y amar.

Si hay un hombre, hay Dios; son dos encuentros simultáneos. Entonces solo de rodillas podemos encontrar al hombre. Una madre ama siempre a su hijo aunque esté condenado, como esa madre que decía un día: “Si yo no lo amara, ¿quién lo amaría?” Ella invitaba a su alma a que por ella conociera el silencio del Amor.

Como Dios, el hombre solo puede hallarse en el silencio de sí mismo. Los verdaderos gozos son los del silencio. Eso es el Paraíso para mí, una alegría sin éxtasis, sin temblores, un gozo ofrecido que solo quiere ser adhesión al Otro.

La Iglesia es el silencio, la catedral del Amor donde Jesús nos enseña, no con palabras sino con su Presencia. No conocemos la grandeza del hombre porque no sabemos hacer silencio ante él. Estropeamos a los demás porque los juzgamos. Nos hace falta silencio de la mirada, silencio arrodillado ante la persona que amamos y en que esperamos que surja la luz.

Decir a Jesús en la Eucaristía: “Yo no sé quién eres, Dios mío, tú me rebasas siempre indefinidamente; solo sé que eres infinito y quiero perderme en ti. Solo sé que todo es infinito en el amor.

Nota:

(1) Esta historia la contó de manera más amplia Zúndel en Lausana, en la fiesta de todos los Santos, en 1959. “Un poeta árabe decía a su novia, llamada Leila que venía a verlo con aderezos extravagantes y muy perfumada: “¡Retírate de mis ojos porque no me dejas ver a Leila!” Es decir que eres… que has hecho de ti un personaje trucado. No es eso lo que yo busco en ti. Lo que busco en ti es la verdadera Leila, la auténtica Leila, que es para mí fuente, origen, comienzo y misterio inagotable.

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