Conferencia de Mauricio Zúndel. París 21 de enero de 1973. No publicada. Títulos añadidos.

El cristianismo, un despojamiento

“La Semana de la Unidad en que estamos nos lleva al problema del ecumenismo que es felizmente uno de los fermentos de la vida cristiana en la actualidad.

Y no hay duda de que en los últimos veinte años se ha realizado un acercamiento considerable, al menos en el plano afectivo, y existen a veces entre los diferentes grupos cristianos lazos de amistad y fraternidad que son muy sinceros.

¿Hemos considerado el problema hasta su raíz? ¿Nos habremos preocupado demasiado a veces por encontrar un común denominador, reduciendo más o menos las doctrinas diferentes para que no parezcan demasiado insuperables? En todo caso, el problema está planteado y nos invita a volver al fundamento del ecumenismo que es la Persona de Jesucristo.

El ecumenismo tiene evidentemente sus raíces en la universalidad de la humanidad de Jesús. Es porque su humanidad no tiene fronteras, porque está totalmente abierta a Dios y al hombre, porque en él el yo es totalmente comprometido, o mejor, porque es idéntico con el altruismo infinito que constituye la personalidad del Verbo, es por la desapropiación subsistente, infinita y eterna que la humanidad de Jesucristo puede estar presente en todas las humanidades y ser en cada uno de nosotros el fermento de una liberación cada vez más total.

Y justamente, el ecumenismo que tiene sus raíces en la persona de Jesucristo y es por eso una exigencia tanto más profunda, intimada a todos los cristianos a superar las barreras de sus diferencias, el ecumenismo fundado así en la estructura misma de la persona de Cristo, nos lleva igualmente a una visión central del Evangelio. ¿De qué se trata? ¿Qué quiere Jesús que sepamos? ¿En qué debemos ponernos de acuerdo? ¿Cuál es el centro de nuestra confesión de fe? ¿Cuál es finalmente la verdad a que todos debemos adherir y que debe ser la luz de nuestra mente, cimentar nuestra unidad y hacer de todos los cristianos un solo cuerpo en la presencia de Cristo?

Si la Trinidad es el Centro de todo, si Jesús es uno de la Trinidad, si la Pobreza súper-esencial es precisamente la cuna de todas nuestras libertades, ¿qué es lo que el cristianismo debe dar al mundo sino justamente ese mismo despojamiento en el estado de vida y de experiencia luminosa?

El cristianismo no se presenta y no puede presentarse como un cuerpo de doctrinas opuesto a otro, como una visión del mundo entre las demás. Para aquellos a quienes se ofrece, el cristianismo no puede ser signo de inferiorización: “¡Ustedes no sabían, y nosotros sabemos! ¡Ustedes no tenían, y nosotros tenemos! ¡Ustedes no estaban a nuestro nivel, ahora pueden acceder a él!”

Es evidente que nadie aceptará el cristianismo si se siente puesto en posición de inferioridad, si es humillado en su sensibilidad, si es humillado en su alma, o en sus ancestros, si es humillado en todas las tradiciones que constituyen las capas más profundas de su psiquismo y de su alma.

El cristianismo, una renuncia

El cristianismo no se presenta de esa manera, precisamente porque es la universalidad de la Presencia de Dios. No puede presentarse sino bajo el aspecto de renuncia, de espacio ilimitado, de liberación, primero a la obra en los que lo presentan, liberación tal que cada uno se sienta invitado, cada uno se sienta acogido, cada uno pueda descubrir que es verdad, que el rostro que tiene ante sí es el rostro que hace estallar todas las fronteras y que lo introduce de inmediato en el reino del corazón que es el reino de Dios.

Precisamente, el cristianismo debe ponerse de acuerdo, no sobre un cuerpo de doctrinas sino sobre la experiencia fundamental que es la experiencia de renuncia, de altruismo fundado precisamente sobre el altruismo de Dios en el misterio de las tres Personas. Y cuando digo que no se trata de un cuerpo de doctrinas, es porque justamente el dogma cristiano, contenido ya en el Nuevo Testamento, no es un sistema de doctrinas sino un sacramento, es la expresión de una confidencia en que la intimidad de Dios se entrega a la nuestra, a fin de que nuestra vida pueda enraizarse en la de Dios.

En todo caso, no es posible vacilar: si la Trinidad divina es el corazón del cristianismo, si Jesús es la Encarnación, el despojamiento absoluto de una humanidad que comunica el despojamiento infinito de Dios en persona, es evidente que no puede presentarse a los hombres sino bajo la forma de acogida ilimitada, de entrega total, de desapropiación radical. Eso está además simbolizado de la manera más sencilla e irresistible en el arrodillamiento de Jesús en el lavatorio de los pies. En el fondo, todo queda dicho en esa escena: los apóstoles que no entienden ni saben, que comienzan por escandalizarse, de repente van a ser introducidos en el corazón mismo del Reino. Como deben tomar la releva, van a aprender que el centro de su apostolado es arrodillarse ante el Dios escondido en el corazón de los hombres, y en ese arrodillamiento mismo, revelarles el tesoro infinito que llevan dentro.

En el despojamiento y la renuncia, el lazo que reúne

El ecumenismo, creo que si lo vivimos en su raíz, en la estructura misma de la Persona de Jesús, si buscamos en la renuncia radical, en el despojamiento total de la Persona del Señor el único lazo que pueda reunir de verdad todos los hombres en una verdadera comunión de amor, creo que nos pondríamos de acuerdo más rápidamente sobre lo único necesario.

Por otra parte, a eso debemos llegar. Cada uno debe vivir el ecumenismo despojándose personalmente, y no existe otra posibilidad de reunir todos los cristianos, de reunirlos en un solo cuerpo y de dar en el mundo entero un testimonio unánime, no hay otra posibilidad que la autenticidad del ecumenismo personal. Cada uno debe hacerse universal. Nada es más importante que darse cuenta de que lo universal es idéntico a lo personal en el sentido más profundo. Lo universal puede significar el conjunto de los hombres, toda la especie zoológica que constituye el género humano. Se puede decir que existe una Unión Postal Universal que abraza todos los pueblos que aceptan nuestra técnica y entran en la corriente de esta civilización. Se puede decir que todos los matrimonios humanos inter-raciales son fecundos, que la fecundidad es universal entre todas las razas y que, por ese motivo el sexo representa en la especie una realidad universal.

Lo universal, una cualidad del espíritu

Y si no, eso no es lo que interesa la vida del espíritu. Lo que interesa la vida del espíritu es esa riqueza en un solo ser, ¡toda la luz de la verdad, recibida, amada, vivida e irradiante! Si digo Miguel-Ángel es un genio universal porque es a la vez arquitecto, escultor, pintor y poeta, la palabra universal concentra en una sola persona riquezas que, precisamente por ser personificadas, por ser vividas, pueden ser para cada persona humana un fermento de liberación y grandeza.

¡Oh! La palabra “universal” tiene sentido profundamente diferente si le hago designar el conjunto de los hombres, lo que existe en todas partes porque hay representantes o especímenes de la especie humana, y “lo universal” que es toda la riqueza acumulada en la mente y el corazón de un hombre, riqueza que, precisamente por haber sido personificada, por haber brotado de una fuente viva, por ser don de amor, se va a difundir y va a provocar un contagio de luz y amor.

Es pues evidente que el ecumenismo crístico es un ecumenismo que debe vivir en el corazón de cada uno y que la universalidad del cristianismo es una universalidad que pasa por el corazón de cada uno, y que la Iglesia es católica precisamente en sentido de universal, en la medida en que cada uno de nosotros se hace universal.

Existe pues en el ecumenismo una reivindicación, quiero decir, una exigencia para cada uno de nosotros. Jamás llegaremos a un ecumenismo auténtico, a un ecumenismo que no sea una especie de compromiso diplomático en que se trate de ocultar las distinciones y diferencias, no superaremos las diferencias sino volviendo a lo esencial que es precisamente el despojamiento infinito de la Persona de Jesucristo que nos trae una Verdad que es Alguien. Y la Verdad es siempre Alguien, la Verdad es la luz que surge en la mente cuando estamos en comunión con una realidad que llega hasta su raíz divina.

La Verdad no se deja formular en frases o fórmulas definitivas. No hay fórmula definitiva en el plano del discurso. Justamente, lo definitivo es el despojamiento absoluto en que el espíritu es todo mirada de amor para acoger la Presencia que se le ofrece. La verdad del cristianismo es pues la Presencia de la Eterna Pobreza que, comunicándose a nosotros, siendo acogida por nosotros, puede difundirse como invitación al despojamiento, es decir como invitación a la libertad.

Lo universal de que se trata en el ecumenismo, lo universal fundado en la Persona de Jesús y más profundamente fundando en la vida de las tres Personas Divinas, no puede tener eficacia sino en la medida justamente en que cada uno de nosotros lo vive. Cada uno está llamado a ser toda la Iglesia, como está llamado a ser Cristo.

Porque Cristo es Alguien, Cristo es una Persona, Cristo es Presencia, Cristo es Acontecimiento que solo puede ser acogido siendo fermento de transfiguración en la vida.

Y por otra parte, de manera general, eso es lo que me parece tan importante: muy grandes errores proceden de la confusión entre lo universal genérico que corresponde simplemente a la extensión espacial de la especie humana, y lo universal cualidad de la mente, lo universal de un ser susceptible de ser fuente de vida para toda conciencia atenta a su llamado y capaz de acoger su luz.

La justicia: ayudar a cada uno a ser universal

Un libro digno de consideración, titulado Sociología de la Revolución, de Julio Monnerot, libro monumental que trata del marxismo y de sus fundaciones espiri­tuales y muestra que el poder del marxismo es finalmente el de una religión fundada sobre una dogmática rigurosa que se conecta con el inconsciente y suscita un impulso extraordinario como de mística materialista (si estas dos palabras pueden ir juntas). Ahí tenemos ciertamente toda una corriente, toda una corriente que olvida – quiero decir que pierde de vista – lo que me parece esencial, lo que se debe asegurar: que no hay justicia, a menos que se asegure a todos el poder de ser universal.

¿Qué significa la justicia? Si estamos en un mundo material, si el mundo no es a base de espíritu, si no tiene vocación espiritual, ¿qué significa la justicia? ¿Qué fundamento darle? ¿Por qué no estaría este mundo bajo la ley de la jungla? ¿Por qué no aprovecharían los más dotados? ¿Por qué se preocuparían por los demás aquellos que tienen mejor suerte y que además tienen los medios de hacer triunfar sus proyectos?

Es evidente que la preocupación por los demás, el cuidado de la justicia, solo puede provenir de esa intención, de la toma de conciencia de que hay en cada uno un universal personal. De que lo que constituye la humanidad no es reunirla en una sola ideología y en un solo sistema, bajo una dictadura férrea que impida desviar todo pensamiento, sino lo que se debe lograr es dar a cada uno la posibilidad de ser creador, de ser universal, de ser el foco y la fuente de un bien que sea reconocido por los demás como suyo, como lo indicaba ya ayer.

Creo que cometemos una inmensa injusticia al desconocer esta exigencia fundamental. Yo sé que es necesario ir a lo más urgente. Yo sé que es naturalmente necesario alimentar al que muere de hambre, y dar habitación al que no tiene techo, claro está. Pero jamás se debe perder de vista que se debe encaminar toda la humanidad hacia su dimensión humana y reivindicar la justicia con tanto más ardor y pasión pero también con equilibrio y respeto de todos, por estar centrados en la voluntad de ayudar a cada uno a hacerse universal.

Hay pues que desapasionar la exigencia de la justicia. No debe ser justicia contra o justicia para. Es necesario que vuelva a sus fundamentos esenciales en que el hombre pueda reconocer al hombre en una dimensión propiamente humana.

El ecumenismo: encontrar el sentido de algo universal

Nada es más necesario que vivir el ecumenismo no solo al nivel del cristianismo sino al de toda la humanidad. Al nivel de todos los problemas humanos, nada es más necesario que encontrar el sentido de algo universal oculto en el fondo de cada conciencia humana.

Que todos los seres que están en condiciones sub-humanas reciban lo que les es debido, pero justamente lo que les es debido en razón de su humanidad, en razón de las posibilidades creadoras que hay en ellos, en razón del valor infinito que representa cada uno para los demás.

El gran infortunio del marxismo, o del mismo Marx que fue quizá muy sensible al carácter ignominioso de cierta miseria de que fue testigo, el infortunio del marxismo es precisamente no haber visto que lo que se desfiguraba en el hombre por esas condiciones escandalosas era el Rostro, el Rostro Infinito que está oculto en el corazón de cada uno. Si Marx hubiera podido difundir su doctrina tomando conciencia del ser universal que es el hogar de nuestra humanidad, habría revolucio­nado el mundo en un sentido totalmente diferente.

Por no percibir ese universal en el corazón de cada uno acabó por diluir la revolución en una especie de colectividad en que las corrientes del inconsciente suscitan constantemente movimientos oscuros y en que es demasiado fácil para los que detienen las palancas de dirección de disponer de toda vida en nombre de un proletariado del que se creen encarnados. Y todo eso para decir que el ecumenismo que se nos revela en Cristo, la universalidad humana no se disuelve en la colectividad, tiene su centro en el corazón de cada uno. Cada uno está llamado a ser el centro del mundo, cada uno es indispensable para la nueva creación. No hay neutralidad pues el que no está presente en la nueva creación es necesariamente obstáculo a su eclosión.

Me parece urgente en todo caso, no digo hablar sino vivir intensamente lo universal en lo más íntimo de nosotros para colaborar primero en el ecumenismo de esta semana de la unidad, y más profundamente, precisamente para abrazar todos los problemas humanos bajo el ángulo de la humanidad personal.

Gandhi

Cierta imagen puede hacernos sentir la diferencia. Ustedes saben que a los 37 años Gandhi hizo voto de castidad. Lo hizo porque con tres hijos, si no me equivoco, pensaba haber colaborado lo suficiente a la perpetuación de la raza humana. Y como no quería tener más hijos y sabía que estaba llamado a dedicarse la inmensa tarea de liberar a su pueblo, escogió la solución rigurosamente personal del voto de castidad, triunfando en sí mismo sobre la especie al elegir una libertad personal.

Estaba pues libre de la especie, y a partir de ese momento, toda su vida quedó tranquila ante todos esos problemas, pues había tomado una vez por todas una decisión que comprometía toda su persona y que constituía en él precisamente un universal personal capaz de hacer contrapeso a todas las solicitaciones de la especie.

Actualmente hay en India una propaganda encarnizada para difundir los contraceptivos. Espectáculo absolutamente delirante, en que vemos mensajeros del gobierno, enfermeros, médicos, doctoras, marionetistas, difusores de eslóganes, en fin todo un equipo técnico dedicado a la difusión de la contracepción y de la esterilización.

Vemos pues la India que parecía ser madre espiritual de la humanidad, la vemos aferrada a los medios más materiales, a los métodos de propaganda más americanos si se puede decir, para llevar la masa de la gente a aceptar la esterilización, probable­mente sin darse mucha cuenta, en vez de invitarlos, como se habría esperado de la India, a una disciplina espiritual capaz precisamente de hacer contrapeso a las inclinaciones de la especie.

Dos situaciones en la misma India donde Gandhi aparece como encarnando en sí mismo un universal personal, mientras que la otra solución es solución al uso de una muchedumbre tratada como muchedumbre, que se reproduce de manera inconscien­te y cuya fecundidad es necesario frenar por métodos externos y materiales.

Hay que escoger entre esos dos tipos de humanidad, y es cierto que honramos más a los hombres si apelamos a su dignidad, a su grandeza y libertad, si les proponemos constituir en su interior un bien que concierne todo el universo.

Cristo es la humanidad universal justamente por el interior, por el poder ilimitado de acogida que le permite vivir la vida de cada uno como la suya propia y aunque estemos desde luego, infinitamente lejos de esa generosidad siempre presente y que va hasta el don de la vida por cada uno, entrevemos sin embargo la dirección de una humanidad que asciende, de una humanidad en que la justicia se funda justamente sobre el respeto de lo que constituye al hombre en su diferencia específica. ¡Qué más maravilloso que concebir que un ser en su soledad, por el respeto de su soledad, sin hacer más que vivir auténticamente pueda devenir la luz del mundo!

Y es verdad. En el mundo no hay otras luces, otras luces espirituales, otras luces que sean para nosotros fermento de liberación sin las que emanan de esas vidas que han concentrado en sí toda la luz y todo el amor accesibles al espíritu. Los comunican porque los viven. En efecto, los bienes del espíritu son justamente bienes de despojamiento, de desapropiación y de amor.

Teresa de Lisieux

Y este año (de 1973) que es el centenario de Santa Teresa de Lisieux, nos confirma de manera sobreabundante esta visión.

¿Quién es Teresa? Una niña. ¿Qué hizo? Nada, tres veces nada. Murió a los 24 años, estuvo 9 años en el Carmelo, hizo flores de papel, poemas que no son necesariamente obras maestras. Pero lo maravilloso que hizo fue justamente realizar el don silencioso y total de sí misma, abrazar toda la humanidad en su sufrimiento, aceptar participar en la redención pagando con su persona, siendo desconocida en todas partes, estando en un convento oscuro del que nadie hablaba. ¿Cómo fue que de repente conquistó el universo, cómo se hizo presencia universal, como fue que miles de miles de almas encontraron en su presencia un camino hacia Dios? Justamente porque ella fue un universal auténtico en lo secreto de su oración y de su inmolación.

Ese es un ejemplo incontestable que irradia sobre el mundo no cristiano. Todo el mundo pudo ver en Santa Teresa de Chubra, en el Cairo, las mujeres musulmanas muy humildes, que no saben leer, que no conocen las lenguas europeas, venir al santuario de Santa Teresa porque ahí se sentían bien, porque ahí encontraban, sin poderlo expresar, una presencia acogedora y amistosa.

Esa es una contraprueba incontestable: hay un universal que está oculto en el fondo del corazón y que es el único que pueda reunir todos los hombres, en la grandeza, en una igualdad que no es nivelación, en una igualdad de vocación, en una igualdad que es para cada uno invitación al don total de sí mismo.

Existir en forma de don

¡Y cuánto más maravilloso sería reunir los hombres no en una reivindicación que concierne su bienestar, sino en una reivindicación que concierne su dignidad, su grandeza y su irradiación espiritual! Y en eso, Cristo es el gran Maestro de humanidad porque está de rodillas ante cada uno, porque tomó, pesó a cada uno en la balanza de su amor, porque dio su vida por cada uno, porque trató a cada uno como su Dios.

En el inmenso respeto del otro percibido como portador del Infinito es como superaremos los obstáculos, comenzando justamente por los más cercanos, respetando en nosotros – como lo hizo Teresa en su celda – respetando dentro de nosotros la Presencia adorable que está confiada a nuestro amor. Si no hacemos trampa en la intimidad, si tratamos de ser sinceros con nosotros mismos, si damos testimonio de nuestra adhesión al Dios que solo a través de nosotros puede ser acontecimiento de la Historia, cumpliremos lo esencial de nuestra tarea.

¡Basta con existir, en forma de don! Pero eso sería tan magnífico que apenas sí podemos formular ese deseo. Y sin embargo, esa es nuestra vocación: ser cristiano es ser universal; ser cristiano es hacerse corazón sin fronteras; ser cristiano es estar a la escucha del corazón de Cristo que late en el nuestro y que nos envía a dar testimonio de un amor infinito dirigido personalmente a cada uno.

Qué hacer sino volvernos hacia él esta noche, hacia Cristo que nos reúne, hacia Cristo nuestro amigo, hacia Cristo que es nuestro hermano y nuestro Dios, hacia Cristo que no conoce fronteras ni parcialidades y en quien todos los hombres podrán encontrar la respuesta al deseo de encontrarlo solo. “Solo” nos lleva finalmente al silencio. Pues ¿qué pueden las palabras, en el silencio? Él nos lo dirá, será obra suya, Él nos eclipsará con su luz. Le vamos a pedir que nos oculte en su luz para que seamos alegremente espacio donde se respira Su Presencia.

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Padre nuestro…

Florilegio de frases escogidas:

“Nadie aceptará el cristianismo si se siente puesto en posición de inferioridad, si es humillado en su sensibilidad, si es humillado en su alma, o en sus ancestros, si es humillado en todas las tradiciones que constituyen las capas más profundas de su psiquismo y de su alma.”

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“El cristianismo no se presenta de esa manera, precisamente porque es la universalidad de la Presencia de Dios.”

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“Cada uno debe hacerse universal. Nada es más importante que darse cuenta de que lo universal es idéntico a lo personal en el sentido más profundo.”

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“La universalidad del cristianismo pasa por el corazón de cada uno. La Iglesia es católica en la medida en que cada uno se hace universal.”

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“Grandes errores provienen de la confusión entre lo universal genérico que corresponde a la extensión espacial de la especie humana y lo universal que es cualidad del espíritu, que hace un ser capaz de ser fuente de vida.”

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“Lo que se debe realizar es dar a cada uno la posibilidad de ser creador, de ser universal, de ser centro y fuente de un bien que sea reconocido por los demás como suyo.”

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“Cada uno está llamado a ser centro del mundo, cada uno es indispensable a la nueva creación… Es urgente de vivir intensamente ese universal en lo más íntimo de nosotros para colaborar primero al ecumenismo, y más profundamente, para abrazar todos los problemas humanos.”»

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“Cristo es el gran Maestro de humanidad porque está de rodillas ante cada uno… porque dio por cada uno su vida, porque trató a cada uno como su Dios”

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¡Basta con existir, en forma de don!... “Esa es nuestra vocación: ser cristiano es ser universal.”

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