Conferencia XIX de Maurice Zúndel en el Retiro del Vaticano, el 25 de febrero de 1972. Las conferencias, modificadas, constituyen el libro Quel homme et quel Dieu (¿Qué hombre y qué Dios?). Ed. St Augustin. (*)

Beatísimo Padre y Padres míos en el Señor,

No solo en la parábola del buen Samaritano nos invita nuestro Señor a ser presencia real para los demás, sino también con todo el dinamismo en todo el organismo sacramental. En efecto, si estuviéramos solos ante Dios, si nuestra religión fuera una religión solitaria, sin comunicación con los demás, no necesitaríamos sacramentos, o cada uno tendría los suyos. El dinamismo, o mejor dicho el organismo sacramental fue instituido precisamente para establecer una comunicación universal, para hacernos presentes a los demás: “ordinatio ad alterum”. De modo que, forzando un poco las cosas, se puede decir que recibimos los sacramentos para los demás, con ellos, pero también ante todo para ellos. Y eso es capital.

A la gente le digo a menudo: “Ustedes se aburren en la misa, pero eso no es nada. No van a misa por ustedes sino para los demás, para establecer la comunión, para ser testigos, con ellos, de la presencia del Señor en el mundo.” El bautismo de un infante es un acontecimiento que concierne el mundo entero: es bautizado, es decir insertado en la Comunión de los Santos, se hace templo del Espíritu Santo, su mera presencia es una catedral: le basta con existir en el estado de bautizado, insertado en el cuerpo místico del Señor, para irradiar sobre el mundo entero. Su bautismo no lo concierne a él solo, sino toda la humanidad y todo el universo.

Así mismo el confirmado, para el cual la confirmación es un Pentecostés, recibe la misión de ser testigo, de ser un evangelio viviente. Del modo más explícito, la confirmación lo orienta hacia los demás, le encarga de toda la humanidad y de todo el universo.

Igualmente el sacramento de la reparación. Cuando me confieso, mi confesión no concierne solo mi alma y la restitución del estado de gracia o en estado de gracia superior. Mi confesión concierne la humanidad. Si estuviera solo podría confesarme a Dios. Pero no estoy solo: he pecado contra los hermanos, contra la humanidad, contra toda la creación y es necesario recibir su absolución, tengo que declararme pecador ante toda la humanidad y el sacerdote que escucha mi confesión representa la humanidad pues no solo representa la divinidad de Nuestro Señor sino también su Humanidad. Me absuelve no solo en nombre de la Divinidad sino, a través de la santa Humanidad de Nuestro Señor, en nombre de la humanidad. Porque toda alma que se eleva, eleva el mundo y toda alma que se abaja, abaja el mundo. Mis infidelidades conllevan, por desgracia, la caída de la humanidad y de toda la creación, mis faltas entenebrecen el universo.

Cuando me cierro a Dios, cuando me cierro a los demás, cuando mi amor disminuye, soy testigo recusable de la Presencia de Dios. Debo pues ofrecer reparación a la humanidad, debo presentarme ante ella en estado de sinceridad para restablecer el equilibrio que he roto y estar en ecuación de luz con ella. Es por otra parte lo que constituye toda la hermosura, toda la importancia del sacramento de la penitencia.

Como el sacramento de los enfermos, la unción de los enfermos hace de mi enfermedad un acontecimiento fraterno, y de mi muerte, un acto de vida que concierne toda la humanidad. El que puede hacer buen uso de su enfermedad, como lo pedía Pascal, el que puede hacer de su sufrimiento una ofrenda y de su muerte una oblación, hace apostolado con su misma muerte, hace de su muerte una comunión que puede iluminar toda la humanidad.

Y el matrimonio mismo es sacramento precisamente en el designio de universalizarlo, de impedir que sea cerrarse a Dios, pues si dos seres logran darse a fondo el uno al otro, si logran comunicarse el infinito, si llegan a crear entre ellos un lazo eterno, son aptos para acoger el mundo entero. Su corazón es bastante grande como para estar abierto a todo, y su paternidad y maternidad, si están llamados a ello, conciernen finalmente toda la humanidad. Por eso su matrimonio puede y debe ser por vocación el símbolo que representa y realiza el matrimonio místico del Señor con la Iglesia.

Y desde luego, salta a los ojos que el orden está ordenado al cuerpo místico, ya que el sacerdote es ordenado para engendrar a Cristo en todas las almas, para comunicarlo, a Él en persona. El sacramento del orden comporta al máximo, con la Eucaristía claro está, la ordenación a los demás, el llamado a ser presencia real.

Y la Eucaristía, que es el sacramento de los sacramentos, alrededor del cual están ordenados todos los sacramentos, pues, como dice santo Tomás, “en el bautismo hay ya un deseo de Eucaristía”, es como la presencia misma del Señor. Esa presencia es la que fecunda todo, vivifica todo, da a todos los signos su eficacia haciendo circular a través de ellos la luz y la gracia. La Eucaristía es el gran “vinculum communitatis” y significaba en la Iglesia primitiva precisamente la comunión entre las iglesias. Intercambiaban la eucaristía como símbolo de la comunión y la expresión “communio sanctorum”, del credo, del símbolo de los Apóstoles, como lo recuerda bien a propósito Ratzinger, la “communio sanctorum significaba ante todo comunión en las cosas sagradas y comunión en la Eucaristía que produce naturalmente y engendra la Comunión de los Santos. Se transfirió un nombre, sin razón pues lo uno no excluye lo otro, se transfirió el nombre de Comunión de los santos a la circulación de la vida divina a través de todas las almas que viven de Dios.

La Eucaristía es la máxima expresión y la fuente del altruismo divino que mira a hacer que todos los hombres sean “uno” y constituyan efectivamente el Cuerpo de Cristo. Además, Nuestro señor instituyó este sacramento en un contexto que lo aclara admirablemente, ya que la noche de la Cena tenemos la promulgación de la consigna suprema del supremo mandamiento: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15:22).

Y tenemos la lección concreta que pone de inmediato en práctica el supremo mandamiento, y es el lavatorio de los pies y tenemos la última Cena que va perpetuar para siempre, a través de la Presencia real del Señor, la realización del mandamiento supremo.

Al darnos la Eucaristía, Jesús nos pide hacer de nosotros mismos un solo pan y el pan y el Dios Vivo que atestigua por doquiera de Su Presencia y de su amor. Cuando les hablo a los niños, les cuento esta parábola:

Hacia 1900 había un ingeniero parisino que tenía una familia numerosa, una decena de hijos, y sus recursos le parecían insuficientes. Aunque quería mucho a sus hijos, aceptó una invitación para el Brasil, una oferta para construir un inmensa represa en el Amazonas. No sin desgarramiento, dejó su familia y se dedicó a construir la represa, y como en ese entonces no existían aún los aviones y los transportes eran muy costosos y muy largos, ese ingeniero permaneció lejos de sus hijos y de su esposa durante una decena de años o más. Entre tanto, tuvo el inmenso dolor de recibir la noticia de la muerte de su mujer, que provocó la dispersión de los hijos. Cuando regresó después de terminar su trabajo, los encontró separados unos de otros y en estado de enemistad de unos contra otros. Como había perdido el contacto con ellos desde hacía tiempo, a pesar de su dolor, no logró reunirlos, y finalmente murió. Naturalmente, los hijos se precipitaron, como es costumbre, sobre el testamento: todos estaban presentes para abrirlo.

Y leyeron etas palabras: “Encontrarán mi fortuna en un cofre. Pero no podrán abrirlo si no encuentran la clave. La cerradura solo responderá si encuentran la clave. » Se ingeniaron entonces para encontrar la clave recordando todos los nombres de la familia, inclusive de los abuelos y bisabuelos, los tíos y los tíos abuelos, pero la cerradura no respondía pues no habían encontrado la clave. Finalmente, volvieron a leer el testamento y vieron que el papá había subrayado “busquen juntos”, él había subrayado la palabra “juntos”. Ensayaron como clave la palabra “juntos” y el cofre se abrió. Comprendieron entonces el testamento del padre, que no habiendo podido hacerlo vivo, había querido reunirlos después de su muerte y ellos se reconciliaron en la luz de su memoria, trasmitida por la palabra “juntos”.

Pues bien, esa es la clave de la Eucaristía: “juntos. Nuestro Señor que está presente siempre, ya que está en su casa dentro de los demás, nuestro Señor que nos comunica su gracia por su humanidad, que está pues de cierto modo siempre presente ya, nos dio cita en la Eucaristía para que vengamos juntos, pues aunque él ya está siempre, nosotros no lo estamos. Volvemos a encontrar en la Eucaristía proporcionalmente lo que encontramos en la Encarnación: Dios ya está siempre ahí. No tiene que bajar para venir a nosotros, pues estaba esperando a toda la humanidad y a cada hombre en el fondo de su corazón. La humanidad debía ser asumida, como dice el Símbolo de san Atanasio, ser asumida para hacerse presente a Dios, como lo fue soberanamente en la santa humanidad de Nuestro Señor.

En la Eucaristía hay un movimiento semejante. La Eucaristía que nos va a dar la presencia real del Señor, tiene también como fin y puede ser ante todo hacernos presentes al Señor, abrirnos a todos los tesoros de gracia y amor de que está lleno su corazón para nosotros. Porque siempre tenemos tentación de limitar a Dios, de reducirlo a nuestra medida y hacer de él un ídolo. Y fue lo que Jesús quiso impedir. Nos dio cita a su mesa, juntos, porque él es el segundo Adán, porque él es el ecumenismo vivo, porque él es el gran unificador, porque ninguna criatura está excluida de su amor. No podemos unirnos con él sino tratando de hacernos semejantes a lo que él es. Nos invita entonces a encontrarlo tomando a cargo toda la humanidad y todo el universo.

En esta perspectiva, la Eucaristía supone la reunión de todo el Cuerpo Místico en cada uno de sus miembros y la santa liturgia implica la invitación a toda la Iglesia que comprende virtualmente toda la humanidad y todo el universo, implica la invitación de toda la Iglesia a su jefe. Y su cabeza es Jesús. Porque todo el Cuerpo Místico es el único que está en contacto eficaz con el Jefe y cabeza, único habilitado para invocarlo tal como es como liberador de todo el género humano y de todo el universo. Esta universalidad en el amor debía constituir la condición sine qua non de la parusía eucarística, de la venida de Jesús bajo las especies de pan y vino.

Dicho de otro modo, la presencia eucarística es presencia comunitaria, presencia para la Iglesia, presencia por la Iglesia y con la Iglesia. La suscita invenciblemente su amor y el nuestro y quizás podríamos decir que toda consagración sería inválida si ya no hubiera en la Iglesia universal al menos un alma que lleve el mundo en su amor. Además, tampoco habría Iglesia si ha no hubiera un alma en estado de caridad, un alma que llevara el mundo en su amor. Esa es la condición del intercambio pues la Eucaristía no es un rito mágico. Es un acontecimiento, una relación interpersonal entre el Señor y nosotros.

Cuando en la película El renegado, tan admirablemente jugado por Pierre Fresnay además, el renegado quiere consagrar un baldado de champaña, la consagración es evidentemente inválida, ya que la consagración no puede ni concebirse ni realizarse sin la presencia de la Iglesia.

No existe, como decía san Ignacio de Antioquía, Eucaristía válida fuera de la presencia del Obispo, es decir que la Eucaristía, en el centro de la vida eclesial, comporta la invitación del cuerpo místico a su jefe el cual responde precisamente a ese llamado por las palabras que él mismo instituyó, responde a la invitación porque la universalidad que es él se realiza virtualmente en su cuerpo místico y en cada uno de sus miembros que lleva la humanidad en su corazón y se encarga de todo el universo.

En virtud de la universalidad que ella supone y mantiene, la Eucaristía n puede ser jamás una devoción privada, a la medida de cada uno. Es siempre un acto público, un acto universal, y la presencia real y durable en el Santo Sacramento supone siempre la presencia de la Iglesia unida a la de Cristo. Solo podemos vivir la Eucaristía y entrar en contacto con ella haciéndonos Iglesia. Hay que hacerse Iglesia, hay que comulgar también con todo el universo y para todo el universo, pues por la transustanciación, por las especies que vehiculan la presencia del Señor, se consagra todo el universo, se consagra todo el universo...

La personalización de los elementos es la vocación última del universo, pues Dios es espíritu y verdad, esa verdad debe penetrar hasta los últimos átomos, esa verdad debe iluminar hasta el último grano de la materia. Comulgar bajo las especies eucarísticas es también comulgar con el universo, es participar en la consagración de la materia, es concurrir a la personalización de toda la creación. Juntos, juntos: esta palabra debe resonar a través de todo el misterio eucarístico actualizando el acto redentor en el acto perfecto, en la caridad que es, en boca de san Ignacio de Antioquía, la definición misma de la Iglesia.

Jesús tiene primacía cósmica, nos recuerda la Epístola a los Colosenses (Col. 1:15-20). Todo fue creado por él y para él. Él está antes de todo y en él todo subsiste. No hay pues duda alguna de que él también, y él en primer lugar, quiere ya que en él todo subsiste, extender al universo entero la bendición que difunde en nosotros y que no es sino el don inefable de su presencia personal. Una transfiguración del mundo se realiza entonces a través de nuestra comunión. Hay pues una presencia que se extiende a través de toda la humanidad y a todo el universo.

Tengo a menudo el sentimiento, cuando estoy en el corazón de la misa, que toda la Historia viene al centro de la mesa, que todos los personajes de la Historia, Platón, Aristóteles, Alejandro Magno, todos los sabios de la antigüedad, Arquímedes, Galiano, todos los artistas, todos los poetas están reunidos y que algunos esperaban solo este momento para entrar en la plenitud de la vida. Todos son contemporáneos, todos están ahí, todos constituyen el Cuerpo de Cristo, o al menos están llamados a ello y van precisamente a entrar durante esta misa que celebramos hoy.

“Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando,
con su sola figura,
vestidos los dejó de su hermosura”.

San Juan de la Cruz, « Cántico Espiritual", estrofa V.

Sí, eso es: Jesús quiere transfigurar el universo y restituir al rostro humano toda su hermosura, al amor toda su grandeza y al universo toda su transparencia.

¿Cómo se realiza todo eso? ¿Qué significa la transustanciación? Lo que hemos sugerido de la materia, quizá los datos más actuales de la materia, que no son la última palabra, ¡lejos de eso!, pues hasta el fin del mundo estaremos buscando el secreto de la materia, sino quizá la más sutil que podamos concebir actualmente la materia nos ayudará a pensar de nuevo la transustanciación afirmando desde luego con toda nuestra fe y con todo nuestro amor, pero quizás hay en esta visión de la materia una materia interiorizada y partiendo del cuerpo transfigurado, o al menos glorioso de Nuestro Señor; quizás las relaciones entre la materia y el cuerpo glorioso que están simbolizadas, sugeridas ya por el milagro, como lo evocaba yo al instante, quizá todo eso será más flexible si puedo decir y más interior. Lo esencial, además, es desde luego vivir el misterio que reúne toda la Iglesia t que es el germen esencial de nuestra liberación.

Cuando nos arrodillamos en San Pedro ante el Santísimo Sacramento, no podemos no pensar que esta inmensa basílica tiene precisamente como origen esa miga de pan. Esa miga de pan fue finalmente la que suscitó todas las catedrales. Ella mantuvo la vida divina a través de la Historia. Esa miga de pan es la que nos reúne, ella es la que nos revela la inmensidad del silencio. Esa miga de pan es finalmente la que mejor nos revela la Gloria de Dios. Esta es la gloria de Dios, este don prodigioso, este don que nos invita a través de la fe que es la luz de la llama de amor, como dice Conventry Patmore, “the light of the flame of love”, a través de la fe que es la luz de la llama de amor. Esta miga de pan es la que nos hace de repente sentir la verdadera grandeza. Pero es el don total y absoluto que hace que nuestro Dios es disponible. Nos está esperando, y no estamos presentes.

¿Cuántas veces solitario y por cuánto tiempo? Pero ahí está y nos está esperando, esperándonos con el don mismo que Dios hace de sí mismo, entregándose a nosotros por su espíritu y su voluntad como si nos trajera su corazón, como dice santo Tomás: “Nos trae su corazón y nos invita por ese medio a la verdadera humildad que no es humillación.” No hay que rebajarse ante Dios, ni empequeñecerse para que él nos mire. Se trata de entrar en el ritmo de su vida, en el despojamiento trinitario. De ser como él simple mirada de amor hacia el otro, el Otro con mayúscula, que es él mismo en lo más íntimo de nosotros.

Es pues cierto que el organismo sacramental del cual es centro y fuente la Eucaristía, nos invita a ser presencia cada vez más total a los demás y que toda la riqueza del dinamismo sacramental que escande todas las etapas de la vida, nos pide a cada etapa, nos invita a abrirnos a los demás, a acogerlos en nuestra amistad y a hacerles sentir la presencia que es el único regalo que necesitan.

No puedo darle mi ternura a un muro”, me decía una mujer que nunca había tenido familia. Para dar el corazón es necesario encontrar un corazón y eso es precisamente lo que Nuestro Señor nos pide ser para toda la humanidad. Nos pide que seamos su corazón. Y eso es lo maravilloso. Nuestra vocación es de ser en el mundo heraldos del amor, llevar la sonrisa de Dios y hacer entrar cada criatura en el Cántico del Sol.

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir