Conferencia de M. Zúndel en la Universidad de Neuchâtel (Suiza) el 9/09/1918.

Señoras y señores,

Con inmensa alegría expreso mi más cordial reconocimiento a los miembros de Bellas Letras bajo las Armas y a los aquí presentes, al Señor Romy, su Presidente y al Señor Burger, mi amable presentador por la lealtad espontánea con que aceptaron patrocinar una conferencia que parece a primera vista extranjera a las preocupaciones de una sociedad de estudiantes no católicos.

En realidad, sin hablar del movimiento caballeroso que acaba de traducir el Señor Burger, ni del gran impulso generoso que debía determinar el Comité de Bellas Letras para prestar su tribuna a una causa a menudo maltratada por ser mal conocida, creo que otros motivos más literarios pudieron entrar en consideración, pues el catolicismo está íntimamente mezclado a la vida de nuestra lengua francesa.

Traten de entender el alma de un Bossuet, de entrar en el espíritu de sus sermones o de sus oraciones fúnebres o de seguirlo en sus elevaciones sobre los misterios, de vibrar con los gritos de amor que terminan sus meditaciones, sin saber nada de la religión que alimenta su genio.

Lean sin indignación ni sorpresa los Pensamientos en que Pascal afirma la necesidad de un Papa y la Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Deténganse igualmente en los misterios de Jesús. Hojeen sin extrañarse las cartas temblorosas de Madame de Sevigné y las epístolas líricas de Luis Veuillot. Sientan entusiasmo sin prejuicios por el Bourget del Demonio del Medio día, por el Barrès de la Colina Inspirada, si sus creencias siguen siendo para ustedes tema de escándalo.

Pero desde Villon hasta Verlaine, de Francisco de Sales a Coppée, de Corneille a Claudel, de Bourdaloue a Lacordaire, de Fénelon a Francis Jammes, el soplo católico nos cubre y nos penetra. Es pues importante saber de qué miasmas está cargado o de qué virtudes está saturado para que esas grandes mentes hayan podido sacar la respiración de sus almas sin asfixiarse.

Sí, hay que saber si las llamas de Reims consumiendo la iglesia real solo destruyeron el símbolo triunfante de una larga iniquidad, si miles de franceses y belgas heroicos, el Cardenal Mercier y el clerical Foch son corazones estrechos, incapaces de respetar las convicciones ajenas. Por eso las Bellas Letras no han roto con sus tradiciones al permitir a un católico exponer bajo su égida el pensamiento de la Iglesia sobre la cuestión fundamental de la salvación.

Poniéndome en el punto de vista estrictamente católico, admitiendo que la Iglesia es la auténtica depositaria de la Verdad revelada, precaución sin la cual no se puede concebir una Iglesia, he tratado, como era mi deber, de poner en esta conferencia todo el tato y la delicadeza posible. Por temor de herir, la sometí a la aprobación de un amigo protestante. Si a pesar de mis esfuerzos disgustare a alguien en sus sentimientos religiosos, le pido por adelantado sinceramente perdón.

En mayo de1832, un joven pastor inglés, doctor de la Universidad de Oxford, se detuvo en Leonforte, pequeña ciudad de Sicilia, víctima de una fiebre maligna que ponía en peligro su vida. Habiendo dictado sus últimas voluntades, medio delirando, dijo al criado que lo cuidaba unas palabras extraordinarias: “No voy a morir porque no he pecado contra la luz”. (*) No estaba equivocado. Pudo volver a ver su Inglaterra y sin quererlo llegó a ser jefe del movimiento admirable de retorno hacia la Iglesia primitiva llamado el Movimiento de Oxford… Quizás algún día pueda yo decir a precio de qué sufrimientos inauditos, de qué angustias íntimas, a través de qué agonía moral fue conducido poco a poco al Catolicismo romano. Básteme por hoy haberles recordado del gran Newman esta confesión reconfortante: “No he pecado contra la luz.” Cada uno de nosotros debería poder apropiarse estas palabras que debieran ser la base de todas nuestras convicciones científicas y religiosas e inspirar todos nuestros discursos.

Que al menos esta noche sean el guía de esta charla para que tengamos el valor de acoger la verdad – no crean que estoy utilizando una figura retórica al hablar de valor: se necesita valor para aceptar cosas que no estamos acostumbrados a escuchar. Y yo creo que muchos de mis oyentes ignoran totalmente el verdadero sentido de la máxima que voy a tratar de explicar: “Fuera de la Iglesia no hay salvación.” A ellos quisiera dirigirme particularmente, pidiéndoles creer que voy a presentar solamente la doctrina católica, sin sumarle ni restarle. Es suficientemente hermosa como para proclamarla toda sin temor.

Yo sé que eso no aparece a la primera mirada. Cuando un extranjero llega un día tormentoso a una ciudad desconocida, ¿puede decir en seguida lo que representa la masa gigantesca que ensombrece aún la sombra de la noche? ¿Es una fortaleza, un campanario o una prisión? Y si avanza y poco a poco las torres precisan sus aristas imperiosas, los grandes huecos indican las inmensas ventanas. Bajo las rosetas que adivinamos, montan guardia una serie de personajes rígidos y en el portal gótico los santos de piedra con manos juntas parecen maldecir al hombre de pensamientos frívolos que viene a tales horas a perturbar su oración de siglos. ¡Oh! ¡Qué severa es ahora la vieja catedral y qué terrible parece! Se diría que quiere amedrentar al paseante temerario que la examina con curiosidad, sin amor y sin confianza.

Malestar ante la Iglesia

Sabía sin embargo desde cuántas generaciones extiende sus brazos sobre la ciudad para protegerla, si conociera todos los gozos que ha albergado y todas las miserias que ha consolado, y si pudiera contar los artistas que ha suscitado entre los niños que jugaban a sus pies, no tendría ahora ese sentimiento de frialdad que lo desconcierta y con las pobres ancianas se deslizaría bajo las místicas arcadas hasta el altar sagrado donde bajo las apariencias de pan se da Cristo cada día a los pequeños que lo necesitan. Pero no sabe nada de todo eso y siente ante la vieja iglesia un malestar inexplicable. ¿No es verdad, Señoras y Señores, que ustedes sienten a veces ese malestar ante la Iglesia católica? ¿No es verdad que les parece a menudo hundida en la oscuridad de la Edad Media, erizada de puntas de hierro de intolerancia y siniestra­mente transfigurada por los reflejos macabros de las hogueras de la Inquisición?

Y si esta impresión fuera cierta, si este primer juicio fuera sin apelación, créanme que no permaneceríamos dos horas en ella. El solo hecho de haber sido criado en medio de ustedes y de contar con sus muy queridos maestros y amigos entre ustedes bastaría como garantía contra todos sus errores.

Sí, Señoras y Señores, con ustedes lamentamos los abusos de la Inquisición, la San Bartolomé, las dragonadas y los robos políticos cometidos en nombre de la religión. Como ustedes, sufrimos cuando encontramos mentes que hacen de la religión una actitud de partido y que no saben inclinarse ante la hermosura de un alma extranjera a su comunión. Y la Iglesia aprueba esta actitud que da lugar a sus oraciones de Semana Santa a todos los que están fuera de su seno, y se inclina ante todas las miserias físicas y morales, y que mucho antes de la Declaración de los derechos humanos, dando a los pobres y a los pequeños instrucción primaria gratuita, y que jamás ha aceptado la Inquisición sino como medio de preservación social en una época en que el catolicismo era la base de la constitución civil.

Lean un poco sobre este tema en los teólogos medievales, en las actas de los Concilios generales y en las declaraciones papales, y verán que sus conceptos no difieren mucho de los de ustedes. En efecto, ¿se indignan ustedes actualmente cuando castigan a los que promueven la anarquía, a los traidores de la patria, a los que predican el derrotismo y tratan de aplicar doctrinas peligrosas? Eso mismo buscaba la Edad Media y si hubo excesos, fue que las pasiones humanas, lo mismo que ahora, perturbaban a veces la mirada de los jueces y hacían errar las manos de los verdugos.

Había que hacer estas observaciones, externas y extranjeras de por sí a nuestro tema, para poder examinar sin prejuicios las pretensiones de la gran sociedad de almas que nos place designar como “Nuestra madre, la santa Iglesia”, imagen conmovedora que sugiere en seguida una magnífica analogía bien apta para hacer comprender por qué afirmamos la necesidad de la Iglesia y por qué decimos “Fuera de la Iglesia no hay salvación.

Como los niños que no entienden los razonamientos abstractos, los adultos no tienen aptitud positiva para la gracia santificante que nos hace hijos de Dios.

Seguramente han observado que los niños son filósofos en miniatura. Primero, observan… y cada día viene a sumarse una nueva imagen del mundo sensible al cuadro mágico bosquejado en su imaginación. Luego, sin darse mucha cuenta, buscan el alma de las cosas, el lazo invisible que une a todos los seres, la causa misteriosa que produce los fenómenos que observan con admiración. Y preguntan por qué, porqué nacieron, por qué deben ir a la escuela, por qué murió el compañerito, por qué hay hombres malos. Y siempre tienen alguna pregunta en los labios, y aunque su mente está siempre buscando alguna explicación, ellos se mueven difícilmente a través de ideas generales y no entienden nada en razonamientos abstractos. Si les hablan de justicia, de ciencia, de respeto, ellos los miran con sus grandes ojos transparentes y sus madres sonríen a menudo porque saben que no pueden entender ese lenguaje desencarnado. Ellas han sido testigo del despertar de su inteligencia, expiaron cada hora sus minúsculos progresos y pueden decirles con precisión dónde están ellos. Por eso solo ellas pueden instruirlos con éxito, solo ellas pueden dar vida a las palabras y conducir su débil razón sin chocarla desde lo conocido a lo desconocido. También son suficientemente pacientes como para escuchar cien veces las mismas preguntas y satisfacer esa curiosidad infatigable. Y su amor es tan ingenioso, sabe hacerse tan pequeño que a menos de hacerse insensible, uno no puede dejar de admirar esas institutrices ideales que la Providencia ha colocado cerca de las cunas.

Pues bien, piensan los católicos, si Dios puso al servicio del comienzo de la vida humana tan admirable dedicación, qué no debió hacer en un orden superior para que surjan en las almas las fuentes de la vida sobrenatural, infinitamente más preciosa y delicada, ¡tanto más cuanto que nuestra indigencia en esta área es absoluta!

En efecto, aunque existe en el alma del pequeñito una fuerza íntima que produce necesariamente el crecimiento corporal, aunque existe en su inteligencia una capacidad fecunda que, secundada por los órganos de los sentidos, engendra infaliblemente el pensamiento, no existe en el ser humano ninguna aptitud positiva hacia la gracia santificante que nos hace hijos de Dios.

La igualdad es perfecta en este punto: ninguno de nosotros tiene el menor derecho a la adopción divina. Ante Dios, somos nada, todos somos pobres e indigentes, todos somos niños pequeños. Y Dios nos ha tratado como tales, con una bondad y sabiduría que la eternidad no bastará para profundizarla.

Era suficiente instruir al primer hombre… ¿Pero quién traería un poco de luz?

Es evidente ante todo que, aunque nada nos dispone naturalmente al destino glorioso que Dios nos prepara, si no tenemos la menor idea de la visión bienaven­turada que nos hará entrar en la intimidad de la divinidad, no podremos jamás orientar nuestra existencia hacia la vida eterna que debe sin embargo ser el centro de todas nuestras preocupaciones. Es decir que la sabiduría de Dios debía revelarnos la grandeza incomparable de nuestro destino. Bastaba para ello que instruyera al primer hombre y le confiara la misión de trasmitir a su posteridad el conocimiento que había recibido de lo alto.

Pero la historia comparada de las religiones desiguales y contradictorias nos muestra abundantemente qué poco seguro mensajero de la Palabra divina es el hombre. La palabra escrita presentaba garantías mucho mejores. Dios tuvo piedad de la humanidad errante y, bajo su inspiración, la Biblia fue elaborada lentamente por hombres que él había escogido.

Sin embargo, a pesar de la incontestable superioridad de sus libros sagrados, según testimonio de Isaías, los israelitas iban al Líbano a cortar madera para calentarse y para fabricar sus dioses. Además no todos los hombres saben leer. Dios quiere salvar a todos los hombres y los libros del Antiguo y Nuevo Testamento están lejos de ser claros. ¿Quién nos dará la solución indispensable? ¿Quién dará una explicación sencilla e irrebatible? Entre cien mil hombres habrá quizás diez que sean capaces de aclarar estos problemas y aun esos diez divergen en los puntos más esenciales.

Someterse al magisterio de los Apóstoles y de la Iglesia…

¿Deberá la multitud de los que no pueden formarse una opinión personal esperar que los especialistas se pongan de acuerdo? Si recordamos el signo que Cristo da de su misión a los enviados de san Juan Bautista: “Los pobres son evangelizados”, (Lc. 7:22), si pensamos en la vida de Jesús obrero en el taller de Nazaret, si leemos las conmovedoras palabras del maestro: “Padre, os doy gracias por haber revelado estas cosas a los pequeños” (Mt. 11:25), ¿no estamos autorizados a suponer de antemano que su doctrina debería difundirse de otra manera que por la letra muerta de un libro? “Id a anunciar la Buena Nueva a toda criatura, haced discípulos de todas las naciones bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, enseñándoles a observar todo lo que os he ordenado” (Mt. 28:20). Tal es la orden de marcha de los Apóstoles: “Difundan mis palabras a través de todos los pueblos y los siglos, pongan mi sello en la frente de los que crean y cuando me pertenezcan, velen por que observen las reglas que les he trazado… Por lo demás, que su corazón no se perturbe, no los dejaré huérfanos: el Espíritu santo vendrá sobre ustedes y serán mis testigos en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra (Cf. Jn 14). El que crea y sea bautizado será salvo, el que no crea será condenado” (Mc. 16,16; Jn. 3,18)

Ahí está, según creemos, el camino de la salvación claramente trazado: adherir a la predicación de los enviados de Jesús, entrar por medio del bautismo en comunión permanente y visible con ellos y recibir sin cesar de su boca direcciones conformes con la enseñanza del maestro.

En otras palabras, someterse al magisterio de los Apóstoles, unirse a la sociedad que encabezan, a la Iglesia cuyos pastores son, obedecer a todas las leyes que puedan establecer para el bien común de los fieles: esa es, para nosotros, la conducta que prescribe Jesús a quienes deseen participar en los frutos de su muerte redentora.

…para no impedir la propagación de la fe.

Y en adelante, ninguna falla de la criatura, ninguna debilidad de la mente humana, ninguna ignorancia de la ciencia puede impedir la propagación de la fe. Para llegar con certeza a Dios basta escuchar la invitación que dirige la Iglesia a todos los pueblos, basta abandonarse con confianza a la mano que ella tiende con generosa insistencia desde hace 20 siglos a la humanidad caída. En efecto, ¿acaso no heredó de la caridad del Salvador, y no la asiste el Espíritu santo para que dé siempre una repuesta tranquilizadora y definitiva a las cuestiones que nos atormentan?

Nuestra íntima experiencia es suficiente testigo de su bondad maternal. ¿Qué hicimos, nosotros los católicos, para saber que Dios es nuestro Padre, para aprender el misterio de la Santa Trinidad que constituye su vida íntima, para conocer el plan redentor y la encarnación del Verbo, para descubrir los principios luminosos de la vida moral?

¿No viene de la Iglesia nuestro auxilio?

¿No fue la Iglesia la que deletreó a nuestros oídos y engendró las sublimes verdades que nos son tan familiares que ya dejaron de asombrarnos? ¿No es ella la que las repite sin cesar para que no las ahogue el espíritu del mundo? ¿Y no es ella la que nos dio en los sacramentos la fuerza de afirmarlas contra nuestras pasiones crecientes?

En cada minuto, en todas las partes del mundo, cada vez que se celebra una misa sube de la tierra la oración dominical: “Padre nuestro que estás en los cielos (Mt. 6:9; Lc. 11:2), a fin de que las almas que sufren sepan que no están abandonadas y, cuando después de una vida de miseria, el corazón manchado y dolorido, el hombre desespera de sí mismo y ya no se atreve a creer en la misericordia invisible, escucha cerca una voz humana que puede percibir claramente y que le dice en nombre de Cristo: “Levántate, ánimo, tus pecados te son perdonados” (Mt. 9:2). Y cuando el duelo cruel desgarra sus afectos, cuando no puede resolverse a vivir solo, cuando el dolor paraliza sus energías y estérilmente lo repliega sobre sí mismo, la Iglesia le sugiere motivos de esperanza y alegría, le repite que el amor es más fuerte que la muerte, le enseña que no debe llorar por los que mueren abrazando la Cruz porque sus almas están en las manos de Dios y jamás los alcanzarán las asechanzas de la perfidia humana. Le recuerda que una comunión verdadera subsiste entre los muertos y los vivos y que un intercambio misterioso de oraciones los reúne sin cesar ante el trono de Dios. Y el alma torturada comprende que no está sola.

Rodeada de todos los que viven en el resplandor de la gloria divina, de todos los que terminan de expiar las faltas de que no pudieron purificarse totalmente en la tierra y de todos los que luchan todavía en el mundo contra los poderes del mal, se impulsa hacia Dios y cobijada bajo el ala de su misericordia, le suplica que llene el vacío de su ser.

Este grito es escuchado desde hace 20 siglos. Bajo el velo del Pan, Cristo viene a ella y con la más absoluta confianza, en la intimidad más estrecha, ella puede decirle todo su dolor y gozar de la inefable certeza de su Presencia, certeza que no conocen ya tantos contemporáneos en la anarquía universal de las ideas y las convicciones, en la angustia lamentable de los credos, en la trágica impotencia de las reconstrucciones efímeras.

Cuántos jóvenes de élite, cuántos fervorosos investigadores adeptos de lógica y solidez sufren ahora, dudando y desconcertados por no haber encontrado razón de vivir. Y varios, ¡ay!, sintiendo que el terreno cede bajo sus pies y desesperando de encontrar un refugio, han caído en el ateísmo glacial, realización dolorosa 16 siglos después de que el gran obispo de Cartago, San Cipriano, afirmara: “Nadie puede tener a Dios como Padre si no tiene la Iglesia como Madre.

Y esto no es difícil de entender. Si, en medio de una metrópolis, un niñito de familia noble pierde su mamá, ¿no arriesga ir de un lado para otro como desecho hasta morir de hambre? Pero puede que gente pobre, conmovida por su llanto le dé el pedazo de pan que necesita para vivir y le permita crecer a su manera como planta silvestre. Entonces, quizá, el recuerdo de las palabras y ejemplos de su madre vendrá a su mente. Las semillas de las virtudes de una raza noble dejadas en su sangre darán frutos desconocidos en el medio en que vive y sus ancestros revivirán en sus actos. Sería digno finalmente de continuar su descendencia si encontrara de nuevo su familia.

Otro bautismo, el del Espíritu santo, el de la caridad o del deseo,
y que podríamos llamar también “bautismo de sinceridad”

En el orden sobrenatural también, y esto muestra hasta dónde es a nuestros ojos necesaria la Iglesia, en qué sentido decimos: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, puede suceder que algunos que no han sido criados en la atmósfera familiar de la Santa Iglesia, encontrando en su medio algunas parcelas de la Revelación primitiva, algunos vestigios de la doctrina de Jesús, adhieren con todas sus fuerzas a las verdades entrevistas y tratan de conformar a ellas su vida. Habiendo respondido a las invitaciones que Dios dirige a toda criatura, se han hecho dignos de la adopción divina, en cuanto es posible al hombre. A condición de creer que Dios se ha manifestado a los hombres y que él es la recompensa de los que lo buscan (como lo exige la Epístola a los Hebreos), a condición de que estén decididos a aceptar toda verdad que quiera revelarles y a recurrir a todos los medios de salvación que podrá proponerles, así sea el ingreso en la Iglesia católica. Si se arrepienten sinceramente de todas sus faltas, el Padre los atraerá a sí y los revestirá de la túnica nupcial, la gracia santificante, que los introducirá en la intimidad de la Santísima Trinidad.

Jamás quizás pertenecerán al cuerpo de la Iglesia, a su organización visible, pero la Iglesia los reconocerá como suyos, como una madre que no puede olvidar a sus hijos desaparecidos. Ella sabe que están unidos a su alma con lazos profundos aunque insospechados, sabe que viven de la vida divina que es su propia vida, que es toda su alma y, aunque deplora su alejamiento, nos permite esperar su salvación.

Esa es, en esencia, la interpretación sublime que los teólogos le han dado a esta fórmula de apariencia tan rígida y exclusiva: “Fuera de la Iglesia no hay salvación.

Y no es una concepción de doctores modernos al espíritu de tolerancia tan caro a nuestro mundo contemporáneo. En el siglo 5°, san Agustín ponía como axioma que Dios no rehúsa su gracia al que hace lo que puede.

Y en una época gloriosa entre todas, cuando la Iglesia católica, reina de la cristiandad, no debía temer las conquistas de confesiones rivales, santo Tomás, su más autorizado heraldo, a propósito de la fe, entre las cuestiones disputadas, se planteaba esta objeción: “no se debe poner un principio de donde puede resultar un inconveniente pero, si se pone un principio de que se debe creer explícitamente algo, reconocer ciertos artículos determinados, si de ello resulta un inconveniente. Es posible en efecto que alguien criado en la selva en medio de lobos no pueda reconocer nada explícito sobre la fe y haya así un ser humano necesariamente condenado, y eso repugna. Luego, no parece necesario creer algo explícitamente.” Y he aquí como respondía: “no hay ningún inconveniente para afirmar que todos deben tener una fe explícita en algún punto. En efecto, corresponde a la Providencia divina proveer a cada uno los medios necesarios para la salvación, a condición de que no haya algún obstáculo de parte suya. Entonces, si alguien ha sido criado en dichas condiciones y sigue la dirección de la razón natural, buscando el bien y evitando el mal, debemos tener total certeza de que Dios, por una inspiración superior, le revela lo que es necesario creer o le envía algún predicador de la fe como envió Pedro a Cornelio.

Y en otro lugar, el santo doctor escribió, a propósito del bautismo que es la puerta de la Iglesia: “Un hombre puede recibir por virtud del Espíritu Santo los frutos del bautismo no solo por el bautismo de agua sino también por el bautismo de sangre (martirio), a condición de que su corazón esté inclinado por el Espíritu santo a creer y amar a Dios y a arrepentirse de sus pecados. Fuera de la absolución sacramental, fuera del martirio sangriento, para las almas rectas que están fuera de la Iglesia, hay otro bautismo, el del Espíritu santo, el bautismo de la caridad que se llama también bautismo de deseo, y que se podría también llamar bautismo de sinceridad.”

Pío IX no enseñaba pues nada nuevo cuando el 9 de diciembre de 1854, dijo en una alocución: “La fe nos obliga en verdad a creer que fuera de la Iglesia católica, apostólica y romana nadie puede ser salvo, que esta Iglesia es la única arca de salvación, fuera de la cual el que no entre en ella perecerá. Pero hay que considerar como igualmente cierto que los que ignoran invenciblemente la verdadera religión no son culpables de falta alguna a los ojos del Señor. ¿Quién puede ser tan audaz como para determinar los límites de esa ignorancia según la diversidad de pueblos, de genios y de tantas otras circunstancias? Cuando, desligados de los lazos corporales, veamos a Dios tal como es, comprenderemos sin duda por qué lazos estrechos y sublimes se armonizan la justicia y la misericordia divinas. Por lo demás, el brazo del Señor no es corto y los dones de la gracia divina jamás faltarán a los que quieren y piden ser iluminados por su luz.

¿No reconocen ahí, Señoras y Señores, el espíritu de Jesucristo, el espíritu del Verbo de Dios que ilumina a todo hombre que viene a este mundo? En cuanto a mí, me gusta ver ahí una prueba de la divinidad de la Iglesia católica pues, para mí, si la Iglesia no fuera divina habría deducido con implacable lógica de espíritu sectario la consecuencia de sus principios y habría dicho: “Yo soy la única que tiene la verdad, yo soy la única infalible gracias a la asistencia del Espíritu Santo, y por tanto todos los que están fuera de mi recinto, culpables o no, no entrarán en el Reino de los Cielos.

Pero, siendo la única esposa del Redentor, como lo declara san Pablo a los Efesios, ella conoce los sentimientos de su corazón adorable y afirmando la necesidad de su magisterio, de sus sacramentos y de sus leyes para todos los que la reconocen como embajadora de Cristo, ella repite a la humanidad entera las palabras benditas que saludaron la entrada del Mesías en el mundo: “Paz a los hombres de buena voluntad.

La ley natural y la conciencia

Con un mínimo de creencias explícitas, sin las cuales la vida religiosa sería imposible, las almas leales, las almas que están decididas a hacer todo lo que les pida Dios, adquieren infaliblemente la semejanza divina, son vivificadas por la gracia santificante que es el alma de la Iglesia. Y aunque por desgracia ciertos hombres están puestos por un tiempo en condiciones tan desfavorables que ninguna luz de revelación pueda llegarles, aunque hay niños desheredados por no haber jamás aprendido a vibrar al nombre de Dios, hay que seguir esperando. Tales minusválidos del mundo sobrenatural pueden recuperar la salud si observan la ley natural, si son fieles a la voz de su consciencia, si son dóciles a los buenos pensamientos y movimientos que Dios no faltará de inculcarles, llegarán un día al conocimiento de la verdad suficiente para la justificación, aunque eso le cueste milagros.

En una noche memorable, Jesús lo dijo a Nicodemo: “El que hace la verdad viene a la luz” (Jn 3:21). ¡Eso es bien consolador! Pero si basta con pertenecer al alma de la Iglesia para salvarse, sin adherir actualmente a su cuerpo, si la vida divina que hay en ella cubre todos los hombres de buena voluntad que no están exteriormente reunidos alrededor de su jefe, si el catolicismo tiene concepciones tan magníficamente amplias, ¿por qué cubrirlas con fórmulas estrechas que repelen las almas generosas?

La Iglesia testigo de la vida y obras de Jesucristo

¿Por qué dijo Cristo: “El que creyere será salvo y el que no creyere será condenado(Mc 16:16; Jn. 3:18) “Nadie viene al Padre sino por mí(Jn. 14:6)? ¿Pensaba así excluir del Reino de los Cielos al salvaje que no tuvo la buena suerte de escuchar un misionero o el niño de una gran ciudad que ha crecido al azar sin conocer nada del cristianismo?

¿No quería más bien condenar a los que, siendo testigos de su vida y de sus obras, se obstinaban en su incredulidad?

La Iglesia que pretende continuar su misión no quiere hacer otra cosa. Lejos de condenar a los que están fuera de su girón, reivindica como suyas todas las almas sinceras, todas las que, buscan infatigables el resplandor de luz entrevisto en el horizonte, todas las que cada día repiten a su manera la admirable oración de Newman: “Condúceme, o luz bienhechora. En las sombras que me rodean, ¡oh, condúceme! la noche es oscura y estoy lejos del hogar, ¡condúceme! No pido ver horizontes lejanos, un paso a la vez es suficiente. No he sido siempre así. No siempre he orado para que me conduzcas. Me gustaba ver y decidir mi vida. Ahora te suplico, condúceme. Me gustaba la claridad del día. A pesar de mis temores, el orgullo conducía mi voluntad. No recuerdes los años pasados. ¡Tanto tiempo me has preservado de los abismos! Ahora serás mi guía para ir adelante, por montañas y valles, rocas y torrentes, hasta la hora en que termine la noche, en que sonrientes como la aurora volverán a aparecer los ángeles del cielo que tanto me gustaban hace tanto tiempo, y que había perdido.

SCA 20-11-03.

(*) Newman: “I shall not die, for I have not sinned against light, I have not sinned against light! I have never been able to make out at all what I meant.

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