Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo, en 1961. Inédita.

Primera parte: dos cantos de Nabila White Ibrahim; luego, presentación de M. Zúndel por Ramón Francis antes de la intervención del conferencista.

Nabila White Ibrahim canta, tocando en su acordeón.

 

Para escuchar los cantos, afiche en seguida el texto completo, haciendo clic en “lire la suite”.

 

 Negro Spiritual– “Cristo en mi corazón”.

1. Lord I want to be a Christian, in my Heart, in my Heart, (bis)

In my heart (ter)

Lord I want to be a Christian,

In my heart.

2. Lord I want to be,.......

3. Lord I want to be like Jesus,......

 

Spiritual “¿Por qué sufrir siempre?”

Canto en inglés, y luego en francés:

 

L'oiseau qui parcourt le ciel.

L'abeille qui fait son miel.

Le renard dans son trou ne savent rien.

Non rien du monde éternel.

Pourquoi souffrir toujours ? (bis)

 

Pourquoi Dieu nous a-t-il donné un cœur ?

Un cœur pour aimer. (bis)

 

Heureux sont ici-bas

Ceux qui ne savent pas

Que l'on survit dans le trépas.

Que l'on survit dans ses pas.

Pourquoi souffrir toujours ? (bis)

 

Pourquoi Dieu nous a-t-il donné un cœur ?

Un cœur pour aimer. (bis)

 

Acogida, por Ramón Francis

Padre, Usted siempre ha querido liberarnos de los hábitos y yo pienso que sería una ofensa recurrir a precauciones oratorias. No es un discurso, es simple confidencia. En mis cursos como en mis contactos con los jóvenes, me preocupa siempre la cuestión del criterio.

Es quizás una palabra que está de moda, pero con gusto me someto - ¡el criterio! ¿Cuál es el criterio de la amistad? ¿Cuál el de un texto hermoso? Les pregunto a menudo a mis alumnos. ¿Cómo reconocen ustedes que están en presencia de la belleza, de la belleza expresada en prosa o en verso?

Y le confieso que ante su silencio, y cuando yo mismo no logro encontrar una repuesta adecuada, pienso en Usted. Pienso en Usted desde 1941, cuando yo era joven y tenía 18 años, y sigo pensando ahora en 1961. Pienso en Ud. en ese momento y me refugio no tras fórmulas consagradas sino tras una de las realidades más profundas que Ud. nos ha hecho amar, “ponerse en lugar de otro, ponerse en lugar del otro para encontrarse a sí mismo”. Y les digo simplemente: “Pónganse en lugar del autor y traten de comprenderlo. Piérdanse de vista. No sean esclavos de fórmulas hechas. Sepan que la verdadera retórica se burla de la retórica, que las comparaciones, las metáforas, las metonimias, las catacresis y todo el resto, todo eso ya no sirve de nada ante un contacto directo con un hombre; detrás de todo texto hay un hombre.

Pues bien, Padre, lo que más nos impresionó, me parece que fue la serie de conferencias que Ud. tuvo la bondad de darnos ese año como en los años precedentes, y es un eufemismo hablar de texto cuando se trata de Ud., pues sabemos muy bien que Ud. traza tres palabras, sencillamente tres palabras mnemotécnicas en la primera hoja en el revés de Dios sabe qué cubierta vieja o de bloque de papel que le sirve como punto de apoyo – detrás de cada uno de sus textos, es decir detrás de cada una de sus conferencias, cada una de sus charlas, en el fondo, Ud. ha encontrado al hombre, al hombre que cree en el hombre porque en el fondo cree profundamente en Dios.

El hombre que cree en el hombre, como creía en él Pascal y para mí Ud. es inseparable del autor de los Pensamientos. Jamás olvidaré cuando comencé a hacer un pequeño trabajo sobre Pascal, un trabajo de tesis (1) – cuando se habla de tesis siempre hay que decir es un trabajo muy pequeño – le pregunté muy simplemente, Padre, “¿A Ud. le gusta Blas Pascal?” y Ud. me respondió: “Para mí, es un amigo.”

Ahí comprendí yo de verdad, como en un destello, lo que a veces sucede, todos los lazos que lo unen a través de los siglos, a través de las experiencias de la humanidad durante dos siglos y medio, pronto tres, ya que el año entrante celebramos el tricentenario de su muerte (el 12 de agosto de 1622), comprendí hasta qué punto el tiempo no tiene sentido alguno y que todo hombre que se libera de los hábitos de pensamiento se libera de los dos pesos que lleva la humanidad, los dos pesos que uno de sus otros amigos creo, Baudelaire, mezcló con sollozos y sufrimiento, quiero decir el tiempo y el espacio.

Ahora bien, Padre, Ud. siempre ha dicho que el criterio de la Belleza era justamente hacernos perder el sentido del tiempo y la noción del espacio. Entonces, puedo afirmar, en nombre de todos los aquí presentes y de todos los ausentes – que son mucho más numerosos que la asistencia de esta noche – que cuando Ud. comienza a hablar, nosotros ya no estamos aquí. Ni en Egipto, ni en África, ni en Francia para los franceses, ni en Bélgica, para los belgas, ni en Suiza, para los suizos, ni estamos ya en 1961, sino que estamos sencillamente atentos a una palabra que trasciende el tiempo y que trasciende el espacio, y que nos introduce un poco sin quererlo a veces sobre lo esencial es decir, la dignidad, primero la dignidad del pensamiento, la dignidad de la persuasión en seguida porque la convicción no basta y Ud. jamás ha buscado solamente convencer nuestras mentes, porque Ud. cree en la virtud de la persuasión del corazón.

Ud. sabe muy bien que una mente puede estar convencida pero el corazón no sigue si no está persuadido de verdad. Al hablarnos de los sacramentos el otro día, gracias a Dios no lo hizo según las normas habituales, en términos habituales…

Trató de referirse a lo que pertenece a nuestra vida cotidiana, de dar una mirada personal y creo que el mejor testimonio que podemos dar, que podemos darle en primer lugar y dar al pensamiento que Ud. representa, es justamente despojarnos también nosotros de lo convencional, de lo aprendido, y tratar, en la medida de nuestras posibilidades, de dar no solamente sentido nuevo a las palabras de la tribu, a las palabras de la ciudad, a las palabras que se repiten y que un hombre como Mallarmé deploraba tanto, y dar igualmente sentido nuevo a los gestos, a los que hacemos nosotros y a los que los demás nos hacen. No quiero poner a prueba su paciencia por más tiempo, Reverendo Padre, ni su modestia.

El que hace posible lo que creíamos imposible

Le diré sencillamente, le recordaré unas palabras que Ud. conoce ciertamente mejor que yo, ya que Ud. tuvo la ocasión de nombrar a este autor – que yo no aprecio muy especialmente porque no entendió muy bien ciertos pasajes de la apología –: Valery. Valery definió en una fórmula luminosa al verdadero maestro, cuando escribió una vez que: “es el que hace posible lo que creíamos imposible.”

Pues bien, yo creo que Mauricio Zúndel está en esa fórmula, si nos atreviéramos a encerrarlo en una fórmula… Después de cada contacto que uno tiene con Ud., uno queda con la certeza que lo que creía imposible se ha hecho posible.

 

Conferencia de Mauricio Zúndel: la fragilidad de Dios

Yo sé bien que todo eso, va todo hacia Aquél que nos reúne: ya sea la música de Nabila o lo que Ud. acaba de decir tan magníficamente, o la presencia de todos ustedes. Entonces hablemos de Él si lo desean. Y les voy a contar una historia, o mejor, se la voy a recordar pues ya la conocen (2).

La historia de Raniero y de Francisca

Había en Florencia un joven que era un artista en su trabajo de tejedor. Se llamaba Raniero y estaba casado con Francisca, la hija de su patrón, Jácopo degli Uberti, el maestro tejedor. Francisca y Raniero se amaban con amor profundo y admirable. Pero había un obstáculo en ese amor y era la vanidad insondable de Raniero. Raniero tenía necesidad de hacer hablar de él. Necesitaba hacerse notar y jamás resistía a la pasión de la vanidad y aunque tenía por Francisca un amor muy tierno, no vaciló en matar un día su pájaro preferido entrenándose al tiro de ballesta. Francisca quedó profundamente herida pues Raniero no podía ignorar el apego que ella le tenía al pájaro.

Francisca fue aún más herida cuando Raniero descolgó un día el escudo votivo que su padre había hecho poner en la catedral de Florencia. Y más todavía cuando Raniero, que no quería a su suegro, ¡lo acusó de falsificar la trama de sus tejidos mezclándoles hijos de menor calidad para hacer mayores beneficios!

También la hirió mucho cuando, ante ella, Raniero se burló de un minusválido que la había cortejado. Además, ella había rechazado cortésmente su amor por estar ya enamorada de Raniero, pero había tenido bastante humanidad como para no soportar que se burlaran en su presencia de un minusválido.

Un año había pasado después de su matrimonio, cuando ella veía su amor como un inmenso tejido de oro que cubría toda la tierra. Y al cabo de ese año le parecía que ese tejido había disminuido de mitad y pensó aterrorizada: “Un año más y ya no quedará nada.” Y entonces se marchó.

Y como habían convenido ella y Raniero que ninguno de los dos retendría al otro si no se sentía plenamente feliz y colmado, Raniero comprendió que tenía que reconquistarla pero que no podía volverla al hogar por ninguna obligación. Buscó entonces cuál sería el modo de recuperar el amor de Francisca. Se fue a la guerra que hacía furor en el Sur de Italia, y todo fue en vano. No bastaba llevar a la catedral de Florencia todos los trofeos de sus victorias, Francisca permanecía insensible.

Y entonces tuvo lugar la primera Cruzada en que participó con tanta violencia y pasión todo el mundo cristiano. Se enroló entonces siguiendo a Godofredo de Bouillon y llegó a Jerusalén con todo el fervor de su fe para todos los combates que dejaron aquí tan amargo recuerdo justamente.

Y como se trata de una historia y una leyenda, continuaré sin buscar excusas a esa expedición, pues se trata solo de una parábola. Estamos pues en Jerusalén en la ficción inventada por Selma Lagerlöf y Raniero se bate de tal modo que es el primero en llegar al Santo Sepulcro. Entonces, en recompensa de su valentía, cubierto de sangre, lo arman caballero y le dan un cirio magnífico encendido en la llama del Santo Sepulcro. Y naturalmente, habiendo agotado toda su energía, y habiendo triunfado, después de meses y meses de luchas y sufrimientos, los cruzados banquetean como conviene: bailan, beben, se embriagan y por la noche han perdido todos un poco su equilibrio.

Y entonces un bufón va de tienda en tienda y llega a la tienda de Raniero y le lanza un reto. Y el reto es: “Raniero, tú eres ciertamente el más valiente de los soldados del ejército de los cruzados, pero hay una cosa que jamás podrás lograr. ¿Cuál es? Pues llevar a Florencia la llama de tu cirio.

Raniero, cogido por el vino, acepta el desafío ante sus compañeros y jura llevar a Florencia la llama de su cirio. Al día siguiente, magníficamente equipado, con el más hermoso caballo del ejército, un caballo blanco, cargado de todos sus tesoros, con una inmensa provisión ce cera para renovar la llama, sale de la ciudad y cae en seguida en manos de los sarracenos quienes, sabiendo este caballero solitario se encuentra indefenso pues los cruzados están ocupados festejando, lo atacan y como Raniero debe defender la llama del cirio no puede defenderse, entrega su hermoso caballo, su magnífico vestido, todos sus tesoros y le dan en cambio vestidos de mendigo y un viejo rocín, un viejo caballo sin aliento que lo llevará hasta Florencia. Y monta entonces en este caballo de recuperación.

Y se encuentra con un adversario imprevisto: el viento. Tiene entonces que voltear la espalda a su montura para proteger con su cuerpo la llama del cirio. Y va a encontrar enemigos aún más terribles: el hambre y el sueño. ¿Cómo resistirle al hambre? Y, más duro todavía, ¿cómo resistirle al sueño? Por fin, un día extenuado de fatiga cae al bordo del camino. Deja caer el cirio que se apaga, pero por fortuna, antes de apagarse, la llama enciende unas hierbas secas. Queda pues el fuego y logra encender el cirio y continuar su camino. Les ahorro todos los detalles de ese viaje que lo reduce a un estado de esqueleto tras días de hambruna de los que queda agotado de luchar contra el sueño.

Por fin se encuentra con una vieja mujer y un niño, y la anciana tirita porque ya están en invierno. Le ruega que le dé su fuego, pues encender un fuego en ese momento era una aventura extremadamente difícil. Él protesta diciendo que el fuego sagrado no puede servir sino para iluminar las iglesias, y la mujer le recuerda que un niño es un santuario tan sagrado como todas las catedrales y más sagrado aún y que ciertamente Cristo no habría vacilado a dar el fuego necesario para calentar a un pequeñito.

Se deja entonces convencer y da de su fuego. Sigue su camino y está en tal estado de miseria que un joven paisano viéndolo tan flaco y demacrado, coge su abrigo y se lo echa en la espalda, pero el abrigo al desplazarse, provoca una corriente de aire que apaga la llama del cirio. ¡Desastre, desolación y desesperación! Pero justamente Raniero recuerda que ha dado de su fuego a la anciana. Vuelve atrás, encuentra la llama y enciende su cirio y por fin, tras meses de sufrimiento y de aventuras inimaginables, llega a Florencia.

Está en tal estado que suscita naturalmente la burla de todos los paseantes y de todos los niños que lo persiguen tirándole guijarros y trozos de barro y le dan ¡inmediatamente el nombre que pasará a su posteridad: “Il Pazzo ¡el Loco!” Sintiéndose asediado por todo lado, Raniero se levanta sobre su montura. Levanta el cirio tan alto como puede para protegerlo de los ataques de los paseantes y al pasar bajo una ventana, siente que alguien le arrebata el cirio de las manos. Entonces cae, se derrumba en el suelo, la muchedumbre se dispersa para no asumir la responsabilidad de su muerte eventual. Pero el choque mismo lo reanima, se levanta y cuando se pone de pie, siente que hay alguien a su lado, con el cirio encendido.

Comprende que es Francisca. Le toma el cirio de las manos sin mirarla. Es el Sábado Santo y prosigue su carrera hacia la catedral. Es el Sábado Santo y ya van a bendecir el fuego sagrado, la procesión se forma y Raniero va a encontrar al obispo, le explica que trae el Fuego de Jerusalén, que entonces es perfectamente inútil proceder a la bendición del fuego, pues no hay fuego más sagrado que el que llega del Santo Sepulcro reconquistado. Naturalmente, el obispo se deja persuadir fácilmente. La procesión se organiza alrededor del cirio de Raniero, entran en la catedral pero no habían previsto un obstáculo: el suegro de Raniero que recuerda con resentimiento todos los ataques sufridos de parte de su yerno se opone inmediatamente al cortejo: “Pero, este hombre no ha cesado de mentir, ni cubrir de vergüenza y maldiciones. ¡Que pruebe que no está utilizando una nueva superchería para alcanzar una falsa gloria inmerecida! ¡Y que dé entonces la prueba de que viene de Jerusalén y de que ese fuego es el fuego del Santo Sepulcro!

La discusión prolonga naturalmente el proceso litúrgico y mientras discuten, un pájaro encerrado en la catedral atraviesa la llama del cirio y lo apaga. El juicio de Dios parece entonces contra Raniero el cual seguía con su mirada el pájaro y ve que como el pájaro había atravesado la Llama del cirio y el fuego seguía vivo aún. Se precipita, enciende de nuevo su cirio en las alas encendidas del pájaro y eso indica que el juicio de Dios está en su favor. Encienden todas las lámparas de la catedral en el fuego sagrado de Jerusalén, y no les digo el gozo popular por tener el fuego sagrado en la catedral. Pero la punta de la historia, ustedes la adivinan… Es que Francisca vuelve a Raniero. Y ¿por qué? Porque ha entendido que si Raniero pudo cuidar lo más frágil que existe en el mundo, en adelante puede comprender los matices más delicados de la ternura y del amor.

Y naturalmente, volviendo a Raniero, ella vuelve a su hogar. Es un hogar extremadamente feliz y no les digo las alegrías de sus paternidades y maternidades. Tienen hijos que ven hasta la cuarta generación y uno de ellos se llama santa María Magdalena de Pazzi, en memoria de la injuria que le habían lanzado a Raniero a su entrada en Florencia: “¡Il Pazzo, el Loco!

Me parece que esta historieta resume bastante bien nuestro itinerario.

El hombre no solo está loco: ¡no existe!

Sartre dijo: “¡El infiero son los otros! ” Y tiene razón: el infierno son los otros. Si pensamos que el viaje a la luna representa no un descubrimiento maravilloso sino una competencia entre rusos y americanos para saber cuál podrá bombardear al otro desde más lejos, si pensamos que todos los recursos, o casi, de la humanidad se monopolizan para la guerra, si pensamos que pesa sobre los continentes una amenaza por esta rivalidad que arrastra a la pelea todos los pueblos nuevos, no podemos dejar de pensar que el hombre no solamente está loco, sino simplemente ¡no existe!

El hombre no ha nacido todavía. ¡El hombre aún no ha nacido! Los hombres se cuentan en los dedos de una mano. Hay momentos de humanidad, hay instantes de humanidad, pero la mayor parte del tiempo, la mayoría de los seres en la mayoría de las familias, en la mayoría de países, ¡no son hombres! Son biologías; son impulsos pasionales, son resentimientos, son ambiciones, son corrientes salidas de las glándulas o de los nervios… ¡No hay nadie! ¡No hay personas!

Y es el gran sufrimiento, el gran dolor que se siente a menudo en medio del tumulto de conversaciones inútiles: no hay nadie… ¡no hay nadie! Y detrás de los rostros hay sin embargo posibilidades infinitas. Y ahí es donde se deben encontrar las palabras de “Una temporada en el infierno” de Rimbaud: “Yo es otro… Yo es otro”. Eso hace equilibrio con “el infierno son los otros”. Eso hace el equilibrio, es decir, nos permite superar la desesperación: Yo es otro”. Hay justamente un Yo universal, un Yo escondido en el fondo de toda alma humana, un Yo que nos reúne, un Yo que nos establece en comunicación, un Yo frágil, secreto, silencioso como la llama del cirio.

A través del alma que nace, es Navidad

Y eso es el verdadero Dios, no hay otros… Frágil, frágil, infinitamente frágil, tanto que lo olvidamos pues, en cierto modo, la menor distracción basta para anularlo, destruir su existencia a los ojos de nuestra conciencia burda que permanece presa en lo sensorial y de vez en cuando, cuando hay de nuevo un profundo silencio como el evocado ahora por la melodía cantada por Nabila, como el aludido tan profundamente por Ramón Francis, cuando hay un momento de silencio profundo y total, entonces el fondo del ser aparece de repente, el verdadero rostro se revela, la vida comienza, el alma nace y a través del alma que nace es Navidad. También Dios manifiesta su rostro, pues no puede manifestarse de otra manera.

Todo lo que podemos saber de Dios lo sabemos por el hombre. Porque Dios no es un objeto que podamos analizar entre las piezas de un laboratorio o en los documentos de un museo. Dios es una Persona. Es una intimidad. Él es Alguien. ¡Es un Corazón!

Y un corazón solo puede revelarse a un corazón. Y una persona no puede manifestar su secreto sino a una persona. Y una Presencia real solo puede demostrarse por el impulso del corazón que responde a su invitación. Y justamente Dios, el verdadero Dios, el Dios único, el Dios espíritu, el Dios de quien habla Jesús a la samaritana, el Dios que busca Jesús en sus discípulos en el Lavatorio de los pies, es ese Dios infinitamente frágil que no se puede defender, que está amenazado, que es víctima, al que cualquiera puede matar porque está siempre desarmado.

Un Dios que nos está confiado, un Dios oculto en nosotros como un sol invisible, un Dios que es a pesar de todo la respiración de nuestra vida, un Dios a través del cual únicamente podemos comunicar, pues cuando no respiramos la Presencia, cuando, no estamos en armonía con ese Yo que es Otro en lo más íntimo de nosotros, cuando no estamos perdidos en él, cuando no somos cogidos por ese movimiento de fondo que es la admiración, ¡no hay nadie!

Todo se deshace: el mundo, el mundo de los hombres, el mundo de las ideas, ¡el mundo religioso que se reduce a una espantosa biología colectiva! Todo se deshace. Se requiere el soplo que sentía pasar el Profeta Isaías en su rostro en su desesperante soledad en el monte Horeb. Se requiere el soplo imperceptible e impalpable que es el Dios Vivo. Se comprende entonces que el hombre no se dé cuenta de él. Hace tan poquito ruido. Viene, como dice Nietzsche, con pasos de paloma. Tan poco ruido hace que es tan fácil no darse cuenta de su presencia.

Por eso vivimos más o menos todos – bajo la etiqueta cristiana, musulmana o judía o brahmánica – más o menos todos, vivimos como bárbaros. Todos vivimos en el corazón de una biología que no ha sido conquistada y desde la mañana hasta la noche respondemos a los impulsos pasionales que nos oponen unos a otros y que justifican las palabras de Sartre: “El infierno son los otros”.

¡Pero afortunadamente hay “Yo es Otro”, la imagen adorable de la llama del cirio, la aventura increíble de un Dios a salvar! ¡Eso es! ¡No tenemos que salvarnos! ¿Qué significaría eso? ¿Salvarnos de quién? ¿Y contra quién? Por suerte, la Cruz, la Cruz que significa el martirio de Dios, la Cruz que significa la Pasión de Dios, la loca pasión de amor que es la única justicia posible de un corazón que es infinitamente más maternal que el corazón de todas las madres. Afortunadamente, en la fragilidad de Dios, la naturaleza humana puede comenzar porque lo que debemos salvar es esa llama, ese soplo, esa respiración, esa Presencia, esa luz interior que transfigura toda la realidad y que le da por fin su verdadera dimensión. El mundo aún no existe. ¡El hombre aún no existe y Dios no tiene aún en el hombre todo lo que él podría ser!

Pero es como si no fuera porque no tenemos otro modo de conocerlo que dejándolo vivir en nosotros. Y eso es lo que hemos descubierto juntos. Eso es lo que nos reúne. Eso es lo que amamos. Eso es lo que justifica la reunión de esta noche, hecha en él, por él a su derredor, pues justamente todos tenemos nostalgia de su Presencia; porque todos buscamos la respiración profunda que nos libera de nosotros mismos, porque todos estamos asfixiados por el yo biológico, ya no podemos más, queremos ver otra cosa y sabemos finalmente bien que no hay otra cosa sino Alguien más que nos está esperando en lo más secreto de nosotros mismos y que quiere nacer en nosotros, pues nosotros estamos llamados a nacer en él para que sea Navidad en este día y todos los días de nuestra vida.

Deseamos desde luego conservar esta imagen, y trataremos de continuar este descubrimiento que es siempre nuevo y de todos los días, de cada instante y de cada hora. De todas las horas. Hace un instante recordaban ustedes los 20 años y más que me unen a este país a donde vuelvo con tanta alegría, y diría que este año con más alegría todavía, y al que volveré si Dios quiere, mientras viva.

Recordaban estos 20 años, pero esos 20 años, para ustedes y para mí, no han cesado de ser un descubrimiento. Y cada vez que hablo es lo mismo: hay que volver a comenzar, volver a comenzar todo. Y si nunca puedo apoyarme en papeles, es porque justamente no se trata de papeles sino de Alguien a quien debemos descubrir, a quien debemos escuchar en el más profundo silencio de nosotros mismos.

Y por eso, si quieren, entremos en el silencio para escucharlo. Solo él puede expresarse. Sólo él puede expresarse sin limitarse y justamente en él descubriremos el sentido de nuestra libertad y si él nos trae la liberación, en él aprenderemos a reconocer el rostro del hombre, la hermosura del hombre, la grandeza del hombre, el esplendor del mundo cuando es transfigurado por la Presencia que es la vida de nuestra vida. Y entonces, en él, para él, por él decimos siempre simplemente ¡gracias, gracias, gracias! Es todo lo que podemos decir delante de él: ¡gracias! Porque es demasiado hermoso, siempre demasiado nuevo, porque es inagotable, porque es eterno, porque en él es donde encontramos el hombre, el mundo, la alegría, la música, la verdad, el amor, ¡porque en él por fin tenemos el movimiento, el ser y la vida!

Notes:

(1) Tesis publicada en 1953: Los pensamientos de Pascal en Francia de 1842 a 1942.

(2) Selma Lagerlöf: "Leyendas de Cristo" La llama. pp. 207-257 (Ed. Librería académica Perrin)

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