Texto del Padre Paul Debains, autor de antologías sobre Mauricio Zúndel y fundador de este sitio. No publicado.

Padre Paul Debains

El Hijo de Dios nace de una criatura: misterio inmenso

Ahora nace de la Virgen María el Hijo eterno de Dios que eternamente nace del Padre.

Siempre nace del Padre, pero ahora el nacimiento eterno, siempre del Padre, se hace de la virgen María, “en el tiempo”.

No es que el Padre delegue en cierto modo su poder de paternidad que hace nacer eternamente el Hijo. Al hacerse hombre, Jesús sigue naciendo del Padre.

Tampoco es que la Virgen María usurpe el poder de paternidad y maternidad del Padre sino que es algo totalmente diferente, es un misterio inmenso: el Hijo de Dios nace de Dios y del hombre.

Eternamente el Increado, nace del Increado. En el tiempo de los hombres, el Increado se hace creado (es decir el Verbo se hace carne) al nacer de lo creado, al nacer de la criatura que es la Virgen María. El Dios Amor recorre una distancia infinita.

Pero mejor que decir que el Increado se hace creado (la Humanidad de Jesucristo es creada), con más justeza debemos decir: Dios asume perfectamente lo creado, pues se debe preferir decir: Dios es el Verbo, más bien que el Verbo es Dios.

Dios es eternamente Padre y también Madre; María es ahora Madre en el tiempo humano, y también padre, pues José es solo padre putativo de Jesús.

Es un inmenso misterio que sea posible que el que nace eternamente del Padre pueda nacer también de una madre, pues el Padre es tanto madre como Padre, y María deviene Madre de Dios mismo, al mismo tiempo que padre.

Dios es este pequeñito

Lo que vemos del pequeño Jesucristo nacido en el pesebre no es Dios, pues solo vemos la Humanidad de Jesús, en estado naciente.

Pero se dirá que Dios es esta pequeña Humanidad, que Él la asume perfectamen­te, revelándonos en ella la misteriosa fragilidad eterna de nuestro Dios.

Fragilidad justamente porque eternamente el Dios único es Padre, Hijo y Espíritu y como tal, muy difícilmente accesible a la inteligencia del hombre, sea cual fuere su edad y el poder de su “intelecto”.

Para comenzar a acercarnos a la verdad trinitaria de Dios se necesitará un largo camino, una duración de la historia de la Iglesia y de la humanidad y para cada uno la duración eterna de la vida… eterna.

Nada nuevo en Dios...

En Dios no hay ningún cambio en el momento del SÍ de María. En la eternidad divina no hay un instante en que el hombre, y principalmente el hombre-Dios no esté presente y en acción.

El nacimiento de Jesús y su paso entre nosotros se realiza en un tiempo y un lugar determinados solo respecto de nosotros y para nosotros, y ese tiempo y lugar se hacen eternos para cubrir todo el espacio de la tierra y del Universo.

Esto es muy importante: a Dios en su misma eternidad, le importa el hombre. Lo afecta todo lo que le sucede al hombre y principalmente al hombre-Dios afectado en Su Humanidad misma por todo lo que le sucede al hombre.

Dios es realmente afectado eternamente por todo lo que toca al hombre, por todo lo que hace y lo que vive cada hombre.

Hasta podemos decir que la felicidad de Dios es eternamente turbada o al menos perturbada, o al menos puede serlo, por todo lo que hace el hombre, principalmente el hombre-Dios. Añadiendo que el final de la historia de la humanidad está ya presente en el único instante de la eternidad divina, ya que ese final es el perfecto asumir en Dios de todo el Cuerpo Místico de Cristo, compuesto de todos los miembros de la humanidad salvada.

Y esto confiere a nuestro Dios una amabilidad infinita, ahora que sabemos que él es el primer afectado por la totalidad de nuestra historia. La de cada uno y la de todos.

Es pues totalmente falsa la imagen de Dios que imaginan lleno de felicidad infinita durante toda la eternidad antes de la creación del hombre: el único Dios verdadero, el Dios de Jesucristo, es eterna e infinitamente afectado por la historia, infinitamente dolorosa e infinitamente resucitante de la humanidad entera.

Misterio de la venida de los pastores y la de los reyes magos.

Los humildes de Israel que son los pastores, en nombre de los numerosos humildes de su pueblo, son atraídos por el Espíritu y llegan a la gruta de Belén inmediatamente después del nacimiento de Jesús: El Espíritu no soporta esperas, tiene que brotar de ellos desde el nacimiento de Jesús, y el niño recién nacido al mismo tiempo que del padre que Lo hace nacer y de la Virgen María, verdadera Madre de Dios, para que sea vivido el misterio de la Trinidad.

Los pastores se convierten en seguida. Los humildes son más rápidos. Los Reyes Magos vienen después, representando a todos los grandes de la tierra que saben inclinarse ante el Niño-Dios y ofrecerle, en el don de toda su persona, lo más precioso que tienen. Puede que sean más lentos en convertirse.

Cada uno da lo más precioso que tiene. Solo la mayor generosidad permite acercarse a Dios para que surja el Espíritu en ellos y en otros numerosos. Porque el Espíritu solo puede ser recibido para ser dado. Eso se puede ver cada día en la luz que emana sin cesar de las personas llenas todas de bondad.

No hay cambio alguno en Dios

Se ha dicho y repetido que la encarnación del Hijo no provoca ningún cambio en la divinidad eterna, y eso se acepta fácilmente.

Hay que precisar de inmediato que la encarnación es cosa de la eternidad de Dios pues es el Dios eterno el que se encarna.

La eternidad divina no tiene sino un instante. No hay pues momento en la eternidad divina en que la encarnación del Hijo no esté presente y en acción de todo lo que va a actuar en el tiempo de los hombres en el momento histórico del paso de Jesucristo entre nosotros.

Dios no puede poner entre paréntesis su eternidad en el momento del Paso de Jesucristo.

Dios es encarnable eternamente, y eternamente se encarna, aunque en el tiempo de los hombres Su encarnación perfecta se realice en lugar y época precisos.

Y ese momento preciso se hace eterno, y ese lugar preciso se universaliza, desbordando infinitamente uno y otro su punto de inserción en la historia de los hombres.

Esa eternización y universalización infinitas son como un signo de que es verdaderamente Dios el que se encarna.

Paul Debains

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