2ª conferencia de Mauricio Zúndel en el Cenáculo de Ginebra, el domingo 4 de febrero de 1968. Inédita.

 

Comencemos con una parábola: un hombre construye una casa. Se va a casar y la construye porque desea justamente hacer de ella el hogar de su amor. Una casa tiene materiales visibles y todos pueden verla. Pero es evidente que los materiales no le dan el sentido a la casa. El sentido de la casa lo da el amor. Si la mujer amada y esperada y de quien creía ser amado renuncia, se retira, deja de amarlo… el sentido de la casa queda radicalmente destruido.

El sentido de la casa era solo ser hogar del amor. Los materiales se transfiguraban precisamente por el último significado y en efecto habrían constituido la casa en el sentido de valor, con todas las asociaciones afectivas de la palabra, justamente a condición de que hubiera reciprocidad del amor. Si no hay reciprocidad desaparece el sentido de la casa y ya no significa nada.

 

 

Dios creador

 

Esta parábola nos conduce a considerar el papel creador de Dios. Es evidente que la ambigüedad de que sufrimos y que causa en parte la crisis de la fe, que es quizás su origen mismo, es que por una parte concebimos a Dios tradicionalmente como autor del mundo, de toda la máquina material que los sabios estudian desde la perspectiva del determinismo, y por otra como un Dios interior, al que encontra­mos al final de un itinerario expresado de manera tan magnífica por san Agustín: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva. Tarde te amé. Tú estabas dentro y yo afuera; y sin belleza corría hacia las bellezas que sin ti no existirían. Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo.” (Confesiones – Libro 10 cap. 27)

Parece imposible conciliar estos dos aspectos: un Dios soberano, origen del mundo físico, que lo gobierna, lo somete a su destino, determina su historia desde el principio hasta el final, y el Dios interior que conocemos solo bajo el aspecto de liberación absoluta, ya que en él precisamente accedemos a nosotros mismos, somos arrojados al centro de nuestra intimidad y reconocemos nuestra dignidad justamente como fundada sobre su Presencia adorable cuyo santuario estamos llamados a ser.

Si continuamos la parábola, si nos aplicamos esa situación, comprenderemos en efecto que la creación está adelante de nosotros, que el Dios interior, el único verdadero Dios, no puede realizar, ejercer otra acción que la ejercida en lo más íntimo nuestro, es decir el amor en que él se da.

El jamás deja de estar ahí. Siempre está. Pero, como dice san Agustín, nosotros no estamos. Él está como el amor que se da y se ofrece. Y quiere justamente construir una casa que sea el hogar del amor, lo cual no es posible sino en la reciprocidad nupcial en que debemos comprometernos nosotros.

Sin nuestro compromiso, nos es imposible conocer el sentido mismo de la creación por parte de Dios el cual, repito, es el Dios interior cuya única acción es el amor, el don de sí mismo en la desapropiación absoluta de sí mismo. Entonces, de la infinitud del amor, a causa de los límites en que estamos hundidos, sacamos una imagen del creador y la proyectamos afuera, en un espacio imaginario, y le atribuimos una soberanía que somete el mundo a su imperio.

Debemos corregir esa imagen. No hay sino un solo Dios, el Dios interior, y vista de su lado, la creación sigue siendo lo que es en el fondo de nosotros cuando lo descubrimos en nuestra liberación: un don de amor basado en su desapropiación radical.

El universo tendría un significado totalmente diferente si estuviera coronado de un universo de valor, si toda realidad estuviera iluminada por nuestra liberación. El mundo físico, el mundo exterior, el mundo en que se basan todas nuestras asociaciones deterministas, es un mundo truncado, como nosotros. El mundo es tan embrionario como nosotros. Porque debemos tomar todo junto, el mundo y nosotros. Somos uno, nuestras raíces las tenemos en el mundo físico y el universo físico continúa en nosotros y debe terminar finalmente en el universo de valor, el cual no puede constituirse sin nosotros, sin compromiso nuestro.

Eso no quiere decir que no existe sin nosotros, en el sentido preciso de que, a partir del momento en que encontramos a Dios en lo más íntimo de nosotros, sabemos que ya está presente, que él fue quien dio el primer paso, sabemos que su amor se declaró en nuestra intimidad, suscitando el nuestro.

Ese valor no lo construimos nosotros en él, pero no podemos reconocerlo ni en él ni en nosotros sino por el compromiso en que, surgiendo de nosotros en un impulso de amor, establecemos con él la relación nupcial que hace de nuestra vida y de la suya una reciprocidad de amor.

Justamente, por hacer esa distinción, y es inevitable: ¿qué hace un sátiro que viola un niño? Saca del niño – y ese es el sacrilegio – elementos biológicos que le corres­ponden porque no conoce más que eso. Se construye un universo a su medida, que es él, y desconoce el resto que es esencial: la salud y la dignidad del niño.

Es pues verdad y san Pablo, cuando dice que la creación que “está gimiendo en espera de la revelación de la gloria de los hijos de Dios (Rm 8:23), tiene una intuición profunda y magnífica y percibe que este universo tal como es no es el mundo verdadero. Como decía Rimbaud: “No estamos en el mundo, la vida verdadera está ausente”. Es pues cierto que precisamente el sentido de la creación solo puede revelarse en el descubrimien­to del Dios interior en nosotros, en el momento en que alcanzamos a través de él nuestra liberación.

Esto es capital porque si Dios está y solo es cognoscible en su realidad esencial como valor supremo, es decir como el bien absoluto, como el amor sin límites, el sentido de la creación no puede ser de imponernos a un universo, sino de darnos, como él nos da a nosotros dándose a nosotros.

Nos da a nosotros de la más hermosa manera introduciéndonos en el diálogo en que nuestra relación con él es relación de desapropiación en que surge, en el vacío que hacemos en nosotros, el espacio que llena su Presencia.

Es pues imposible tomar el universo determinista que podemos lograr sin comprometernos, como un caminante puede mirar los muros de la casa que se edifican sin entender que se trata de un hogar de amor, sin sospechar que en el fondo el edificio se construye porque tiene como finalidad un hogar de amor.

No podemos pues mirar el mundo diciendo: “es el mundo que Dios hizo”. El mundo de catástrofes, el mundo donde reina la destrucción, el mundo en que la vida se nutre de la muerte, el mundo en que todas las especies se devoran, en que los hombres se entrematan, no es el mundo creado por Dios. Es un mundo truncado, del cual no solo Dios no es creador sino que es víctima, como nos lo va a enseñar Jesús.

La ambigüedad viene pues de que mezclamos de nuevo dos órdenes : tomamos las cosas por fuera, en un mundo objeto y queremos que Dios sea responsable; y por otra parte, ese Dios solo podemos descubrirlo en una experiencia efectiva y renovable sin fin, solo dentro de nosotros, en la liberación que se establece en reciprocidad de amor con él.

Dios es siempre el mismo, interior, desarmado, frágil, dado, ofrecido, siempre presente. Pero nosotros no estamos.

Todos estos datos los vamos a encontrar de nuevo al abordar el problema de Cristo. No se lo puede abordar sin temor y temblor (Ef. 6:15). Es por cierto uno de los temas más maltratados, no solo por quienes se han opuesto al cristianismo sino por los mismos cristianos. No hay tema más difícil que ése. ¿Quién es Jesús y cómo llegar a él?

 

El problema de Cristo – los documentos

 

Debemos observar en seguida que la historia se divide en dos, según sea antes o después del nacimiento de Jesucristo, que es un acontecimiento colosal que puede justificar el reparto de la historia, su división entre antes y después de Jesucristo.

Para aclararnos tenemos la experiencia cristiana actual y del pasado. Tenemos la experiencia apostólica, los documentos que constituyen el Nuevo Testamento. Los documentos fuera del cristianismo son muy escasos y no son sino el reflejo defor­mado de los documentos cristianos. Estamos pues limitados a los documen­tos cristianos, es decir a los testimonios de la fe cristiana sobre ella misma. No debemos abandonar esta posición: los documentos de que disponemos son testimonios de la fe.

No son escritos científicos, es decir escritos en que el autor no se compromete. Todos los escritores del Nuevo Testamento se comprometen a fondo en lo que escriben ya que solo escriben para dar testimonio de su fe, confirmarla y difundirla.

Será pues extremadamente difícil entenderlos sin la fe. Sin la fe se puede evidentemente fijar la fecha de los manuscritos, la filiación eventual de un texto a partir de un manuscrito primitivo encontrado o supuesto. Y como no hay documentos que daten de la época misma en que el Nuevo Testamento fue inscrito en pergamino o papiro, ni existen documentos de la época misma, digamos del siglo primero, es decir materialmente conservados, vamos a remontar por textos, de los Padres Apostólicos por ejemplo, mediante citas que hacen, vamos a remontar a los primeros testimonios. Pero de todos modos no saldremos de ahí: son testimonios de fe que, finalmente, solo pueden ser escuchados por la fe.

De todos modos es muy precioso tener recurso a la epigrafía, datar exactamente los manuscritos, clasificar los géneros literarios: las cartas no son relatos, los relatos pueden ser parábolas, quizás apocalipsis, midrash o midrashim. En el Nuevo Testamento se asocian diversos géneros literarios. Es importante distinguirlos.

Podemos imaginar que hubo tradición oral, que el Evangelio circuló así al comienzo, oralmente, como tradición que se fijó poco a poco en escritos probable­mente muy fragmentarios, que se agruparon y fueron por fin redactados por autores conocidos o desconocidos, los cuales tenían su teología, su manera de pensar y sus intenciones, y por tanto una concepción de la apologética.

Basta abrir san Mateo para ver que se preocupa continuamente por la verificación de las profecías. Por otra parte, los documentos se sitúan en épocas diferentes. Saben que san Marcos es mucho más primitivo comparado con san Juan. Y eso se siente, es decir que los documentos reflejan el estado de la fe en que fueron escritos.

Es bien evidente que el Evangelio de san Juan tiene tendencia a esquivar, a ocultar el carácter débil de Jesús. No narra la agonía de Cristo porque su Evangelio pertenece a una época en que la divinidad de Jesucristo parece ser incompatible con manifestaciones de debilidad, como aquellas que nos muestran los Evangelios Sinópticos sobre la agonía y la crucifixión.

Se omiten palabras. Las palabras famosas de san Marcos, “¿Por qué me llamas bueno?” que dirige Jesús al joven que viene a preguntarle sobre el sentido de la vida eterna. “¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es bueno” (Mc 10:18). Estas palabras no las repiten los demás evangelios que las suavizan, las transforman, precisamente porque fueron escritos en una época en que esas palabras tenían algo de chocante respecto de lo que reconocía la fe en Jesucristo.

Ahí estamos ante una fe que se desplaza, se precisa, se explicita, se propaga, se defiende y crece, ciertamente según las ocasiones. Los adversarios supuestos en el Evangelio de san Juan o en las cartas de san Juan, sean de él o de otro, poco importa, en fin, en los documentos que llevan su nombre, suponen otros adversarios que san Mateo, cuyo horizonte es más judío y supone una polémica en el interior de la sinagoga.

Los documentos son pues muy compuestos. Son hechos de amalgamas, remontan a épocas diferentes. Constituyen niveles diferentes de la fe. Pero de todos modos son testimonios de la fe y ¿a qué se refiere esa fe?

Ahí nos encontramos ante una paradoja, y es que todo el Nuevo Testamento y en especial los Evangelios, son ambiguos. Pues por una parte reflejan la fe del momento en que fueron escritos y por otra, reflejan la vida de Jesús que pretenden contar y presentarnos correctamente, a través de la fe del momento.

Es bien natural, ya que Jesús es Alguien de que se vive en el presente. No es alguien que se busca en el pasado como si solo existiera en el pasado. Como es natural que viviendo en el presente de Su presencia, pues está en el centro del culto y de la vida cristiana, es normal que lo vean a través de la fe del momento.

 

La situación histórica

 

Pero si podemos tratar de captar lo que pertenece a la capa más primitiva, la ambigüedad no hace sino crecer y ustedes lo entenderán en seguida si recuerdan la situación en que se encuentra la carrera pública de Jesús. Sucede en un país ocupado. El yugo romano se hace sentir. Es particularmente odioso porque es yugo de paganos, de incircuncisos, de impuros cuya sola presencia es una contaminación.

Ustedes recuerdan cómo se comportan las autoridades en el pretorio en el momento del proceso de Jesús, según el evangelio de san Juan. No quieren entrar en el lugar donde está el gobernador y éste se ve obligado a salir del tribunal para discutir con ellos, porque tienen un sentimiento muy agudo y doloroso de impureza. La suprema decadencia para ellos es estar sometidos a un pueblo pagano e impuro. ¿Qué autonomía les queda? La autonomía que les queda es la fe religiosa, sus tradiciones, sus costumbres, el Templo, los sacrificios del Templo, las predicaciones de las sinagogas, las escuelas sinagogales, todo lo que gravita en torno de la religión. ¡Y ésa es su única defensa!

Cuando quieren provocar algo con Roma toman inmediatamente un pretexto religioso. Se rebelan cuando Pilato haga entrar las águilas romanas en la región santa en que está el Templo (Josefo, La guerra de los judíos, II; 9, 3), y al fin, el poder romano las retira.

Roma sabe muy bien que lo que más último puede excitar en un pueblo sometido es el fanatismo religioso. Los romanos son pues prudentes, se guardan de entrar en esos asuntos, de provocar el sentimiento religioso que constituye para los judíos bajo ocupación el único modo de afirmar aún cierta autonomía.

Es evidente que en la situación de país resistente hay guerrilla, hay revolucionarios, hay gente que se presenta como Mesías llamado a liberar el pueblo, hay una espera, se va a realizar un milagro. En fin, la omnipotencia divina se debe manifestar un día en favor de su pueblo elegido. No lo rechazará para siempre. Intervendrá para liquidar a los pecadores judíos y echar a los romanos fuera del territorio. Entonces comenzará una era de pureza en que Sion, una Jerusalén restaurada y hecha fiel a su Dios, el cual coronará a su pueblo, y hará de él el primer pueblo del mundo. “Todas las naciones acudirán a Jerusalén » (Jer. 3:17) para buscar la Sabiduría, sabiendo que allá fluye en abundancia la Palabra de Dios.

 

La misión: inscribir en la historia el fracaso de Dios

 

En ese contexto, ¿cómo podrá Cristo introducir su misión, pues cuál es su misión? Su misión es algo absolutamente paradójico, loco a priori, según las concepciones humanas. Él va a inscribir en la historia el fracaso de Dios. Esa es precisamente su misión: inscribir en la historia el fracaso de Dios.

Es pues imposible que hable del fracaso de Dios sin hacerse linchar en seguida, sin que pueda hacer ni un discípulo. Se verá pues continuamente obligado a sacar el cuerpo, a apoyarse en las esperanzas para suscitar un movimiento que tome el relevo un día y supere al mismo tiempo las esperanzas, las invalide eventualmente, y no lo hará sino con extremada prudencia ante sus discípulos, los cuales además protestarán, rechazarán inclusive la perspectiva de la cruz cuando Jesús la enuncie.

Habrá pues un balanceo continuo, una tentativa de abrir una brecha en la espera mesiánica, que deberá compensar con promesas, sacadas además de la Tradición, en que el “Hijo del Hombre” aparecerá triunfante, aunque no se sepa bien quién es ese “Hijo del Hombre”. Todo eso queda muy ambiguo, y vemos en la muchedumbre en el momento que los Sinópticos llaman « los ramos en san Juan, la gente dice: “¿Y quién es ese Hijo del Hombre? ¿Quién es? No sabemos bien quién es. Jesús habla del Hijo del Hombre, ¿es él, o habrá que esperar a otro?” (Jn 12:34)

Todo eso queda en suspenso y ustedes saben que el Bautista mismo está en la ansiedad más profunda en el fondo de la prisión. Él se pregunta finalmente si era él a quien esperaban. Porque él, el Bautista, había anunciado precisamente el juicio fulgurante que iba a manifestar la omnipotencia de Dios, destruir al mismo tiempo a los pecadores y a los ocupantes, restaurando su realeza sobre un país purificado.

Pero Jesús no hace nada. Tarda. No sucede nada de lo que esperaban. ¿Es él de verdad al que esperaban? Y ustedes recuerdan la respuesta de Jesús que cita a Isaías con ironía llena de amor y dolor y después hace el elogio del Bautista en términos increíbles, para concluir del modo más abrupto: “Sí, el mayor, el más grande de los profetas, pero el más pequeño en el Reino es más grande que él” (Mt. 11:11).

Hay pues ruptura. La Nueva Alianza es tan diferente de la Antigua, supera tanto la Antigua que está orientada hacia ella además como el pedagogo hacia la edad adulta, tanto que el mayor de los profetas que toca la realización de las promesas es más pequeño, dado el orden al que pertenece, que el más pequeño de la Nueva Alianza porque ésta va a revelar un rostro de Dios totalmente desconocido.

La misión de Jesús no puede pues progresar sino con ambigüedades con las cuales nada es más difícil que encontrar en los textos el progreso de la revelación increíble de la cual dice san Pablo con razón que es escándalo para los judíos y locura para los paganos (1 Cor. 1:23).

En Jesús mismo, ¿cómo se articula todo eso? Viendo el relato de la pasión, es claro que aunque en una zona intemporal de su mente Jesús tenía conocimiento seguro de la catástrofe final – lo que dio a entender varias veces – cuando sucede la vive con toda la novedad de un acontecimiento atroz, tan atroz además que pidió ser liberado de ella.

Pero justamente, su misión era revelar el fracaso de Dios. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que revela un rostro totalmente nuevo de Dios que podemos entender en seguida en el monoteísmo trinitario.

 

Revelación del monoteísmo trinitario

 

Se dice fácilmente que el monoteísmo del islam, el del judaísmo y del cristianismo constituyen un fondo común. Massignon mi amigo, decía con gusto, y lo siguen repitiendo después y el Cardenal König lo dijo en el Cairo. ¿Es verdad?

Es cierto que hay una distancia enorme entre un monoteísmo solitario en que un Dios se mira y se admira y se establece como el soberano y un monoteísmo trinitario en que Dios no se mira jamás y en quien toda la vida [divina] es pura desapropiación, puro impulso del Uno hacia el Otro en la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Y el plano de fondo del Evangelio eterno es que Jesucristo nos trae una revelación de Dios profundamente nueva. El Dios que él nos revela, el Dios que él vive en lo más profundo de su ser – hablo de su humanidad – es un Dios trinitario, es un Dios que es comunión de amor, es un Dios que solo tiene contacto consigo mismo virginalmente en la desapropiación total. Es un Dios que es Dios porque es el valor supremo de amor en que todo es radicalmente dado. Y es un Dios interior a nosotros, del que habla a la samaritana como fuente que mana hasta la vida eterna y es un Dios cuyo santuario es nuestra alma ante la cual Jesús mismo se arrodilla en el lavatorio de los pies.

Ahí llegamos a la cumbre de la Revelación, en este brusco desarrollo fulgurante porque ahora todo está perdido, ya no hay de qué preocuparse. Estamos en vísperas de la pasión, en vísperas de la catástrofe. Los discípulos que están ilusionados imaginando sentarse sobre tronos, juzgar a las tribus de Israel y compartir la gloria del Maestro, hay que ponerlos ante la evidencia: todo va a terminar en catástrofe. Entonces Jesús se arrodilla ante ellos para que sepan que, justamente, el verdadero Dios no está arriba en el cielo espacial, lejos de nosotros, sino dentro de nosotros, susceptible de ser descubierto solo cuando pasemos del yo posesivo al yo oblativo, cuando seamos por fin nosotros mismos y cesemos de sufrir la existencia al darla al que se da en lo más íntimo nuestro.

[Palabras eliminadas: No se trata de] hacer un escándalo con que el fracaso de Dios esté en el centro del Evangelio, pues justamente, el Dios al que llegamos en nuestra liberación es un Dios totalmente dado, un Dios que no se impone, un Dios que está ya presente sin ejercer presiones, un Dios que se revela solo cuando somos liberados de toda presión, de todo límite, de toda frontera y cuando ya no somos sino impulso de amor hacia él.

Ese Dios que es la base fundamental de todo valor, que es el valor supremo, que es pues el amor que es solo amor, es normal que fracase si su acción solo puede realizarse mediante una reciprocidad de amor. ¿Dónde puede reposar el amor sino en el amor? ¿A quién puede revelarse una intimidad sino a otra intimidad que la acoja?

 

Dios puro interior

 

Y Dios, como dice Agustín, es “intus”, puro dentro. Es pues dentro, solo dentro que puede revelarse. Y como nosotros no estamos dentro, él fracasa. Fracasa todos los días de nuestra vida, a cada momento del día fracasa.

Siempre está ahí, y nosotros no lo expresamos. Él está, y nosotros hacemos como si no estuviera. Él esta, y lo que nosotros vemos en los demás es la superficie de su ser. Los contactamos por fuera, hiriéndolos, o haciéndoles violencia, o manteniéndolos en la superficie de sí mismos. Fracasa todo el tiempo en la medida misma en que no somos todavía auténticamente nosotros mismos.

Ahí vemos pues, y es lo que manifiestan mal los manuscritos del Nuevo Testamento, porque fueron escritos por hombres educados en el monoteísmo unitario del Antiguo Testamento.

Aún lo seguimos viendo en las oraciones litúrgicas de la Iglesia, “vamos al Padre por Jesucristo”, ¡como si el Hijo no fuera Dios frente al Padre, como si la divinidad pudiera ser dividida, como si el Padre fuera más creador que el Hijo y el Hijo más redentor que el Espíritu Santo y el Espíritu Santo más santificador que el Hijo o el Padre! Todas esas divisiones son apropiaciones que dependen de nosotros. Es claro que Dios es Trinidad, o no es nada.

Nosotros somos personalidades incoativas, que comienzan, e intermitentes. Nos aferramos a la vida porque somos arrastrados por fuerzas cósmicas. Es raro que nos llevemos nosotros mismos. Nuestra personalidad trasparenta de vez en cuando. Pero la columna vertebral de nuestra existencia nos es dada casi siempre por el universo; en Dios, si se puede decir, la columna vertebral está en la desapropiación radical.

Dios solo subsiste en el vacío infinito que hace que él es enteramente libre de sí porque solo tiene contacto consigo mismo virginalmente, a través del don que es el Padre para el Hijo, el Hijo para el Padre en la unidad del Espíritu Santo que respira el uno y el otro. Ése es el Dios de Jesucristo y el error cometido aquí una vez más es superponer dos órdenes incompatibles. Partiendo del Dios exterior, puesto como creador del universo material, nos preguntamos cómo vino a la tierra, como se hizo hombre y creamos una cantidad de problemas inexistentes que perturban la mente.

Que justamente, lo que Jesús nos revela, el Dios que él nos revela siempre está presente. Pero nosotros no estamos. Él está dentro, y nosotros estamos fuera, como dice Agustín. No necesitaba venir al hombre, pero el hombre necesitaba ir a él. ¿Y cómo podrá el hombre ir a él? Lo vemos bien: vamos a él cuando nos desapropiamos de nosotros mismos, cuando ya no somos más que mirada de amor hacia él. Y luego refluimos, recaemos en nuestro yo y todo se apaga. Para que el hombre fuera perfectamente hacia Dios, debía desapropiarse radicalmente de sí mismo, y ése es el significado de la Encarnación.

Se ha hablado tanto de la divinidad de Jesucristo. La divinidad de Jesucristo es la misma que está en él y en nosotros, pero nosotros no estamos en ella.

Entonces la eterna divinidad, siempre presente, siempre ahí, la encontraremos siempre en el fondo de nosotros mismos en la humanidad de Jesucristo. Se reveló perfecta y soberanamente porque su humanidad fue constituida en una desposesión radical, precisamente por no estar ya ligada a sí mismo más que por la pobreza infinita que es Dios, ya que justamente, desde el punto de vista del dogma cristiano, es decir de la experiencia cristiana expresada en el dogma, la divinidad de Jesucristo es concebida como unión de la humanidad de Jesús con la personalidad del Verbo, sin confusión de la naturaleza divina y la humana, como dice el Concilio de Calcedonia.

¿Qué es la personalidad del Verbo? Es la ofrenda eterna en que el Verbo se desapropia dándose al Padre y ese don constituye la personalidad del Verbo. La desapropiación infinita es la columna vertebral, si puedo decirlo, de la humanidad de Cristo.

Solo subsiste y permanece en el ser, no tiene relación consigo mismo – digo la humanidad solo tiene relación consigo misma – a través de la pobreza radical, infinita y absoluta que hace que solo puede decir “yo”, dice “Yo” en el Otro, como lo presintió Rimbaud: “Yo es otro” (Rimbaud, carta a Paul Demeny, 15-05-1871)

 

A través de la pobreza absoluta aparece el rostro de Jesús

 

El rostro de Jesús aparece pues a través de la pobreza absoluta. Dios trasparenta en él, el Dios interior, el Dios Espíritu, el Dios verdad, el Dios amor, el Dios que nos está esperando, el Dios que está en el horizonte de todas nuestras aspiraciones, el Dios en quien tenemos el verdadero yo pero por intermitencia, mientras que Dios no tiene otro. Y por eso Jesucristo es la Revelación perfecta en el universo interpersonal en que el conocimiento responde al compromiso.

En él el compromiso es total, infinito, absoluto, insuperable ya que no tiene otra relación consigo mismo que el yo divino – sigo hablando de la humanidad. Nosotros estamos unidos con nosotros por la complicidad, casi siempre y no hay relación más oscura, más tiránica y más alejada de nuestra liberación.

Cuando somos liberados, es que Dios deviene el lazo con nosotros mismos. Esporádicamente, por intermitencia, pero deviene el lazo con nosotros mismos: “Yo me vuelvo otro” por un momento, en Jesucristo. No hay otra expresión de la personalidad que esa desapropiación que resulta de la subsistencia en la personalidad, es decir en la eterna pobreza que constituye el Verbo de Dios.

Vemos pues que en Jesús estamos al límite de nuestras aspiraciones. Todos aspiramos finalmente a ser liberados de nosotros mismos. Quisiéramos estar en la liberación total y vemos bien que es necesario conquistarla sin cesar en Jesús. Es absoluta, y de golpe eso quiere decir que Jesús está cargado de todos los demás.

Toda gracia es una misión y los bienes del Espíritu solo subsisten siendo dados. Jesús, la humanidad de Jesucristo, que recibió esa plenitud, está también comprometido a fondo en la historia, en el universo, en la creación. Él es su respuesta. Es su garantía, el responsable en cierto modo, y lo va a pagar al precio de la pasión inimaginable en que todas las faltas de la historia se acumulan y caen sobre sus hombros hasta la noche oscura y absoluta de la ignominia espantosa y sin nombre, que termina con el grito: “¿Porqué me has abandonado?” (Mt. 27:46)

Vemos pues claramente que Jesucristo no puede confundirse espiritualmente, no puede contactarse por dentro y no se presenta a la fe – a la fe, es decir al conocimiento de la fe – sino bajo esa forma de fracaso, de desapropiación, de pobreza absoluta, y como dice Pascal: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. No debemos dormir durante ese tiempo » (Pensamientos, El Misterio de Jesús), es decir que vemos claramente ahora que Dios no puede estar sino del lado de las víctimas, que el mal no es la desobediencia a una orden, como lo daba a entender el relato del Génesis al comienzo de la película pedagógica, que el mal es una herida infligida a un amor, una herida hecha a un amor indefenso y que, en el momento en que es matado por el rechazo de amor, ofrece su vida por aquél que lo mata.

Es decir que en la historia de Jesucristo, en la carrera de su humanidad, la divinidad aparece justamente como aparece en lo más íntimo de nosotros: frágil, desarmado, siempre susceptible de ser rechazado, sin poder hacer más que seguir ofreciéndose por quienes lo rechazan… hasta la muerte… [aquí faltan unas frases no grabadas], y yo sé muy bien que en la fe apostólica Jesús es vencedor de la muerte. Es el vencedor de la muerte, pero queda una gran ambigüedad: habría que definir lo que es la muerte.

Hay que vivir toda una experiencia de la muerte, y de la muerte de Cristo en particular, que es un acontecimiento espiritual, pues Jesús no muere de heridas visibles sino que murió de la noche interior que, como dice san Pablo en una intuición fulgurante, “Jesús se hizo pecado” (2 Cor. 5:21). Se hizo pecado, se sintió idéntico con el mal del que era totalmente inocente, pero era el contrapeso de amor que debía neutralizarlo, repararlo y hacernos cambiar hacia el amor, revelándonos el verdadero rostro de Dios.

Como la muerte está en el fondo en contradicción, la muerte es la mejor contradicción con su subsistencia [?...]. Como, por la misma razón de la unión tan profunda, en razón de la pureza absoluta que hay en él, como, según la expresión de san Pedro, él es “el Príncipe de Vida” (Act. 3:15), no debía morir. Pero murió por nosotros, murió de nuestra muerte, murió de una muerte de substitución y vuelve a la vida, vuelve además bajo una forma imposible de definir en términos objetivos.

Repito: ¿qué es la vida? ¿Qué es el amor? ¿Cómo se revela una intimidad a través de un rostro? ¿Qué significa la supervivencia en un mundo en que ya no tenemos necesidades materiales? Quedan cantidad de aspectos que ni siquiera son evocados en el Nuevo Testamento, pero que se sugieren naturalmente al alma atenta, cuando está en Jesús, la suprema revelación de un Dios enteramente interior a nosotros, y que es el rostro de la eterna pobreza.

 

Jesús segundo Adán

 

Además, de esa pobreza absoluta, surge la estatura de segundo Adán. Es algo prodigioso, justamente que Jesucristo sea el Hijo del Hombre, entendiéndolo aquí en el sentido más fuerte, es decir el Hombre, no solo un hombre sino el Hombre, el Hombre que contiene toda la humanidad. Y en efecto, Jesús contiene toda la humanidad, en la medida en que está totalmente desapropiado de sí mismo. El universo nuestro es pequeñísimo. Se reduce exactamente a los seres que necesitamos para vivir. A los pocos seres que necesitamos para vivir. Los demás hacen parte del decoro, y en el fondo no existen.

Por eso, mientras no se toque a los que nos son necesarios, o a nosotros mismos, todo va bien, el mundo está hecho maravillosamente bien. Pero precisamente por no tener fronteras, por ser un vacío infinito, Jesucristo puede totalizar toda la historia en su persona, toda la humanidad en su amor, hacer contemporáneas todas las generaciones e introducir en el mundo otro espacio, un espacio de amor, que se resume en un solo punto y que está fuera del tiempo.

Si se encuentran con un ser desesperado y entran en su sufrimiento físico o moral, pueden percibir la identidad del valor que está en juego en él y en ustedes. El peligro mayor de un desesperado es justamente de quitarse la vida, de poner fin a la experiencia que impide que se manifieste en él el valor que cada uno está llamado a revelar.

Y sienten que el valor es el mismo, en él y en ustedes: ustedes no están fuera, quiero decir fuera de él ni fuera de ustedes, coinciden en un mismo punto, en una sola Presencia, en un solo tesoro que se nos confía al uno y al otro, y a todos.

Justamente, Jesús puede realizar el espacio que se resume en un punto concentrando el tiempo en el mismo punto, porque es interior a todas nuestras dispersiones, que proviene [?] de la expansión material. La interiorización viene de la desapropiación que es la cumbre del amor. Jesús, segundo Adán, es lo mismo que decir Jesús Hijo de Dios, y son dos aspectos de la pobreza radical, absoluta, infinita e insuperable, que va hasta la raíz de su humanidad y lo hace presente a toda la humanidad, a todas las generaciones, a todas las criaturas, a todo el universo, a todos los mundos.

Es por eso quizás que puede, como vimos esta mañana, ser el que reúne. Sólo él puede ser el que reúne, en razón misma de la ausencia de límites, en razón misma de la inmensidad de amor que lo hace interior a todos y cada uno. En esa medida es que Jesús nos concierne en la actualidad más candente, nos concierne precisa­mente como fermento de una liberación que solo tiene sentido en el amor.

He dicho mil veces que el lavatorio de los pies constituía la más elevada transmutación de valores, ya que nos mostraba un Dios de rodillas – a través de la humanidad de Jesucristo – arrodillado ante la humanidad y nos invitaba a una grandeza semejante, es decir en la misma dirección, una grandeza de amor en el despojamiento que es simplemente el espacio donde respira el amor.

Es algo infinitamente importante, si debemos ser creadores de nosotros mismos, es decir, establecer el sistema de relaciones en que se realiza nuestra libertad en una liberación total de nosotros mismos.

No es en competencia con un Dios que es dueño y soberano del universo, porque no lo es. Él es quien da el universo, dándosele. Y nos invita a ser lo que es él. Nos llama a ser lo que es él: Sed perfectos como vuestro Padre celestial” (Mt: 5:48). A ser lo que es él, justamente, haciendo el vacío en nosotros.

No es pues una pretensión absurda y desequilibrante aspirar a ser creador de sí mismo y del universo, a totalizar en nosotros la historia y darle acabado, ya que eso lo debemos realizar mediante una desapropiación radical. Tenemos sed de grandeza. ¿Y dónde está la grandeza sino en un espacio infinito? ¿Y cómo suscitar un espacio infinito sin hacer el vacío dentro de nosotros? ¿Y qué es hacer el vacío infinito sino darnos hasta la raíz del ser a la Presencia que nos habita y nos espera?

Veamos pues claramente que finalmente el Evangelio no son los libros, aunque sean muy preciosos. No son las palabras dichas y puestas en los libros muchas tiene horizonte contingente, muchas son ambiguas, muchas tiene cuidado con la época, orientan hacia una superación y permanecen voluntariamente veladas.

 

El Evangelio es el encuentro con Jesucristo

 

El Evangelio es [?... una invitación a encontrarnos con] Jesucristo mismo, en su persona, su humanidad transparente, su Presencia en lo más íntimo de nosotros. Y jamás el mundo disperso como está hoy, que viaja mucho más fácilmente a la luna que a sí mismo – pues es fácil ir hasta los astros, no es nada: basta con encadenar determinismos –, pero llegar hasta nosotros mismos… es la aventura infinitamente difícil, pues hay que superarse sin tregua, comenzar siempre de nuevo, molestar el yo cómplice y transformarlo en yo ofrecido, en yo oblativo.

Pero justamente, Jesucristo está con nosotros, dentro de nosotros, para ser el fermento de nuestra desapropiación; y nosotros podemos decir precisamente que en la perspectiva de la fe, en la perspectiva de la luz interior, a través de la Presencia divina en lo más íntimo nuestro, a través de la liberación que consagra nuestra dignidad, se puede decir que es Jesús – en la experiencia que es él y en el testimonio que rinde por su misma Presencia a lo que es él –, que nos hace posible la solución misma del problema humano.

Sin él jamás habríamos sabido cómo equilibrar al mismo tiempo nuestras dependencias, nuestro apetito de grandeza, nuestro apetito de dignidad, nuestra necesidad de estima y respeto, nuestra voluntad absoluta de escapar a toda presión y el equilibrio de la humildad total que no puede enorgullecerse pues justamente la grandeza nace y crece a la vez en proporción misma de nuestro abandono. ¿Pero cómo consentir en abandonar si Dios no fuera el primero en abandonarse?

Es algo intolerable, imaginar un Dios que nos presione, que nos daría inteligencia simplemente para que constatemos que somos esclavos. Por suerte, Jesucristo inscribe en la historia el fracaso que verificamos desafortunadamente todos los días en nuestra propia existencia, Jesús nos libera por fin del dualismo horrible de un Dios exterior que no puede acomodarse con el Dios interior. El Dios dueño soberano es un Dios agonizante y crucificado. Solo existe un Dios, el Dios amor interior, silencioso y desarmado que se ha entregado en nuestras manos, Jesucristo.

Bajo este aspecto no podemos sino descubrirlo en una experiencia que devenimos. Y los textos que nos orientan al menos en la apoteosis imprevista y escandalosa de la agonía y la crucifixión, aunque nos orientan, son a menudo obstáculos, pues justamente pertenecen a la pedagogía más estrecha y trágica que haya habido nunca, pues era necesario integrarse a la vez en un mundo superado, hacer estallar todas las instituciones, hacer caduco el Templo, quitar el sello a la creencia en un pueblo elegido que jamás estuvo en el pensamiento de Dios, y es una muestra de una nueva realidad en el infinito.

Y puesto que había una religión de grupo, el grupo podía naturalmente creerse elegido e interpretar la Presencia de Dios en él como elección particular, mientras que el sacrificio de Abrahán nos advertía al contrario de que no es la posteridad de la carne y la sangre la que cuenta sino la de la fe que implica justamente una invitación hecha a la persona y no al grupo.

Y aunque Jesús esté precisamente en esa época y en esas circunstancias, con todas las tradiciones anteriores que él respeta, evitando sobre todo escandalizar a seres indefensos, nuestro Señor no podía lograrlo sino mediante infinitas precauciones, de las cuales dan testimonio justamente los Evangelios como escritos de cartas apostólicas.

No hay historia más desgarrada que la de Jesucristo, ninguna es más actual para nosotros, ya que nos lleva a lo esencial: hacernos hombre es liberarnos de nosotros mismos. Quiero decir, es nacer de nuevo como lo dice Jesús explícitamente a Nicodemo, es nacer de nuevo en la luz de una Presencia que nos invita espontáneamente a darnos pues no es sino un don infinito y eterno.

En Jesucristo, por fin, Dios deja de ser límite y amenaza. La creación deja de ser coacción, está en espera, en suspenso, está en los “gemidos de dolores de parto” (Rm 8:22). El mundo aún no existe, jamás existirá mientras no estemos nosotros. A nosotros nos toca hacerlo, terminarlo y darle raíces espirituales en nosotros, como tenemos nosotros en él nuestras raíces carnales.

 

Una basílica del silencio

 

Todo eso es, desde luego incomprensible a quien no haya empezado a percibir el peso aplastante del yo cómplice. Una vez que lo hemos percibido al menos un poco, cuando hemos sentido todo el artificio, cuando hemos entendido que el yo cómplice es un gran obstáculo al ser personal, a la dignidad y a la liberación, a la grandeza, a la creación humana, entonces Jesucristo comienza a hacerse Presencia infinitamente luminosa, porque se sitúa precisamente en esta línea. Está en el centro de nuestro problema. Nos lo revela, nos hace tomar conciencia de él y luego, sin palabras, la humanidad de Jesucristo es ella misma el contrapeso de amor infinito que hace tambalear nuestras posesiones y nos invita a hacer de nuestra vida una ofrenda de amor.

Evidentemente, todo eso no puede dar pie a un proselitismo que trataría de imponerse en lo más mínimo. Solo existe una manera de difundir este Evangelio, y es deviniéndolo. No hay nada más. Jesucristo no trae una doctrina. No trae una visión filosófica del mundo. Trae su testimonio, o mejor, es el testimonio de una vida humana que ha alcanzado por fin su plenitud en una unión única con la divinidad que se revela a través de ella en la simbiosis increíble de la pobreza divina y de la pobreza humana.

Entonces, esto solo tendrá sentido en la medida en que lo vivamos, entrado cada vez más profundamente en el silencio, en el silencio infinito que es Cristo, el cual atraviesa precisamente los siglos en el misterio eucarístico, en ese espacio reducido a un solo punto, ese espacio de amor y luz.

En ese espacio de eternidad reducido a un solo punto, Jesús atraviesa todos los siglos, en silencio, porque solo en el silencio puede resonar la Palabra divina de la cual decía san Ignacio [de Antioquía]: “Misterio de clamor en el silencio de Dios.” (Ef. 19:1)

Toda la inmensidad del Evangelio resuena en el silencio en que debemos convertirnos construyendo en nosotros la basílica del silencio con la cual sueño yo y que aún no he construido, pero que finalmente solo puede ser construida en lo más íntimo de nosotros mismos.

 

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