Conferencia de Mauricio Zúndel, a las hermanas del Carmelo, reunidas en el locutorio el 8 de mayo de 1969, para presentarle sus votos en sus Bodas de Oro sacerdotales que iba a celebrar el 20 de julio de ese año, cuando regresara a Suiza. No publicada.

Yo nací en Neuchâtel, pequeño cantón suizo, el 21 de enero de 1897. Mi abuela materna era protestante (la mitad de la ciudad lo era) y fue ella, creo yo, quien me influenció toda la vida. En virtud del contrato realizado en el momento del matrimonio, tuvo que educar sus hijos en el catolicismo. Ella no se cansaba de repetir: “¡Matrimonios mixtos, jamás!, tan dolorosa había sido su experiencia. Sin embargo, ella siguió siendo profundamente protestante y le dolía mucho educar a los hijos en la religión de su marido en la que ella no creía. Era muy generosa con los pobres y vivía continuamente en presencia de Dios. De todos mis padres, ella era la más cristiana y me amaba mucho.

Mi papá prefirió ponerme en la escuela pública – la distancia de la escuela de los Hermanos era grande. Pero la distancia no fue la razón de la decisión. Mi papá había observado que los alumnos de los Hermanos, una vez terminada la escuela, dejaban de ser practicantes. Era el caso de dos de mis tíos.

Aunque yo no era su alumno, yo estaba siempre metido entre los Hermanos, uno de los cuales era mi tío. Mi tío amaba mucho a la Santísima Virgen y fue él probablemente quien me infundió una gran devoción hacia ella.

Desde la primera comunión, me levantaba todos los días a las 5 para ir a la misa de 6 y desayunaba donde mi tío. Él me quería mucho y no le gustaba que yo no frecuentara su colegio.

En las escuelas públicas donde estuve hasta mis 15 años, todos mis profesores eran protestantes. Todos eran buenos, amables y no hablaban casi nunca del catolicismo. Había entre ellos uno que me quería mucho y a veces salíamos juntos. Entonces él denunciaba el catolicismo y hablaba fácilmente de todo lo que no le gustaba. Este profesor siguió siendo mi amigo y asistió a mi primera misa.

Mis camaradas eran en mayoría protestantes. Eran igualmente encantadores. Los profesores y mis compañeros sabían que yo pensaba en el sacerdocio y todos respetaban mi decisión.

En ese tiempo yo leía muchos libros sabios para responder a las preguntas que me hacían. Yo era capaz de dar respuesta a todo, pero mis conocimientos eran solo intelectuales. Pero entonces me impresionó profundamente la lectura de las Bienaventuranzas que me leyó un amigo protestante. Las leyó con un acento tan personal y convincente que me conmovió hasta el fondo del alma. Supe que ese muchacho se suicidó más tarde.

Les pobres marcaron mucho mis tiernos años. Siendo niño yo veía cuánto los amaba mi abuela. La historia que me contó mi joven amigo protestante, de un bandido, contada por Víctor Hugo, me impresionó mucho. Los pobres fueron para mí una gracia muy grande de Dios.

Hay una tercera gracia que Dios me concedió durante mi juventud, hacia los 15 años. Un día de la fiesta de la Inmaculada Concepción estaba orando en la iglesia ante una estatua de Nuestra Señora y sentí algo intraducible. Era una gracia misteriosa, una presencia, sucedió algo que no puedo definir. Todavía sigo viviendo esa presencia, que fue aumentando con los años.

Después de los estudios en la escuela pública debía ir a un colegio católico si quería ser sacerdote. Dejé entonces mi ciudad natal para entrar al seminario de Friburgo donde estuve un año haciendo la filosofía. Los profesores eran buena gente pero de corazón mediocre y seguían el curso los que querían, entre los cuales me contaba yo. Por suerte, al final de ese año, preferí estudiar en alemán.

Entonces entre donde los Benedictinos. Fue durante la guerra y los monjes eran desde luego favorables a Alemania. Pensaban que estaba bien que los alemanes cristianos luchen contra los franceses ateos. Pero no hablaban mucho de política y yo por mi parte estaba sumergido, perdido en mis estudios y las cuestiones políticas no me concernían.

Los estudiantes nos vestíamos de sotana como los monjes, y asistíamos todos los días a la misa solemne, a las Vísperas y las Completas, seguidas de la Salve solemne. Cantábamos el Salve Regina en una capilla dedicada a la Virgen donde había una estatua de Nuestra Señora que se había salvado milagrosamente del fuego. La llamaban la Virgen Negra y la veneran numerosos peregrinos que venían y vienen todavía muy numerosos.

El abad del convento era un santo y en la abadía se observaba el mayor silencio y el más perfecto recogimiento. La liturgia se celebraba con perfección. Desde entonces, jamás he asistido a una misa pontifical en que todos los ministros mantenían los ojos cerrados. Se hablaba poco de la liturgia pero se la vivía intensamente.

Dos años después evacuaron a todos los alumnos no alemanes, si no, ahí me habría quedado. Esa abadía es la patria de mi espíritu y allí fui profundamente feliz. He sido siempre oblato de san Benito.

Volví a Friburgo para hacer los estudios de teología. Nos enseñaban el tomismo, pero los cursos no eran brillantes. Yo aventajaba a mis profesores por haber leído la Suma pues me levantaba a las 2:30 para hacerlo. La guerra continuaba y la disciplina del colegio sufría de eso. A veces los estudiantes salían del internado y regresaban sin que el prefecto se diera cuenta. A veces se encontraba con ellos en la calle y no los reconocía porque era miope.

Yo tenía prisa de terminar los estudios y de ordenarme. Nada nos decían del sacerdocio ni del celibato. Nos hacían estudiar y pasar exámenes, y lo demás pasaba de cualquier modo. Por fin salí sacerdote, muy joven, a los 22 años y medio, el 20 de julio de 1919.

Me nombraron coadjutor en la ciudad de Ginebra y me dieron una tarea después de otra. Fui capellán de un pensionado de niñas y de un hospital, debía dar el catecismo a los niños, dar lecciones de doctrina cristiana a los colegiales, dar cursos en la Universidad y auxiliar a los pobres. En fin, tenía mucho trabajo y estaba recargado hasta más no poder. A menudo decía mi breviario entre media noche y dos de la mañana, y a veces a las cuatro de la mañana preparaba mis cursos. Dormía poco, demasiado poco, dos horas apenas.

Después me licenció el internado. Y por fortuna, después de 6 años de ministerio me denunciaron en la Arquidiócesis a causa de mi doctrina.

Como el Obispo no quería tener problemas con Roma, como era más literario que teólogo le dio temor y prefirió soltarme. Por casualidad supe, sin quererlo, ciertas faltas de mi confesor. No mucho después, supe que era él quien me había denunciado, por miedo de que yo no guardara silencio. Mucho tiempo después me encontré con él, pero nunca le dije nada. Tampoco traté de defenderme. Todavía iba donde mi confesor y le hablaba de mis dificultades con el obispo y él me daba palabras de consuelo. En la curia mi colega era bien visto y él había pasado varios años en Ginebra. Por eso le creyeron todo lo que dijo.

La prueba fue bien amarga para mí. Pero también me hizo provecho y esa denunciación fue el mayor acto de caridad que mi confesor me pudo hacer, pues si hubiera continuado a vivir así, quizás hubiera fracasado pues por la fatiga nerviosa y el surmenaje extremo, habría tenido desvíos afectivos.

En realidad, esa prueba le dio la dirección al resto de mi vida. Me hizo volver a los estudios, me dio tiempo para pensar, me hizo encontrar mi vocación de escritor, me hizo emprender tantos viajes a tantos países y me permitió conocer a los anglicanos y los musulmanes.

Le pedí al obispo la autorización para ir a la Escuela Bíblica pero me la negó. La Escuela de Jerusalén era entonces sospechosa. Me mandó a Roma a estudiar el tomismo en el Angélico.

Me volví a encontrar en los bancos de la escuela, estudiando, después de todos esos años del ministerio más apasionante y confieso que me amargó mucho. Pero me puse a trabajar, entré en el juego y trabajé duro.

Mis profesores eran dominicanos, convencidos todos de la infalibilidad del tomismo que enseñaban metódica y rigurosamente, con exámenes y todo lo demás.

Esa época tuvo valor sobre todo por la disciplina. Además, estudié a santo Tomás bajo todos los aspectos y asimilé el tomismo más puro y profundo. No era inútil: era la doctrina tradicional de la Iglesia y un fundamento indispensable de todo pensamiento renovado eventual. Volví a aprender les argumentos clásicos sobre Dios, Dios es el primer motor que pone todo en movimiento, la causa primera de donde todo procede, etc.

Terminados los estudios en Roma, dos años después, pedí al obispo la autorización de volver a la diócesis, pero no fui digno. Me mandó a París donde no había nada preparado para mí. Era una orden rigurosa: exilio de mi patria, soledad, separación definitiva de mi ministerio.

Caí en el suburbio de París donde me confiaron un ministerio: cuidar la sacristía y cobrar las tarifas. Al cabo de 6 meses ya no podía más y por fortuna las Benedictinas necesitaban capellán y llegué donde ellas en la Calle Monsieur donde volví a la vida. Cada día cantaba la misa solemne en gregoriano. Toda la liturgia se celebraba allí perfectamente cada día. Era solo la liturgia, sin sermones, excepto en las grandes ocasiones (profesiones, toma de hábito, etc.). Allí reinaban el silencio, el recogimiento y la observancia.

Creo que fue en esa época cuando comencé a desarrollar mi propio pensamiento. Estaba solo, sin obligación de predicar, y entonces podía experimentar en mí mismo todos los cuestionamientos que aparecían.

Como podía leer los libros del Índice, estaba al corriente de todo. Leía mucho, pensaba más todavía y sobre todo, trataba de escuchar la Verdad tal como se me presentaba. Luego me alejé del tomismo. Durante ese tiempo escribí El Poema de la Santa Liturgia. Mi pensamiento era entonces teórico y yo estaba lejos de ponerlo en práctica. Año y medio después, tuve que separarme de las benedictinas pues habían tomado otras disposiciones.

Las Asuncionistas tuvieron la gran bondad de invitarme a Londres como segundo capellán. Tenían un capellán anciano que no se ilusionaba con su cargo. Un día me dijo: “Nosotros somos simples ruedas para el buen funcionamiento de la gran máquina”. Aquí el padre Zúndel suelta una franca risotada). Añadió que me hablaría en inglés solo cuando yo lo hubiera aprendido. Él sabía francés y en francés hablábamos. Cogí entonces la Apología de Newman y un diccionario, y así aprendí inglés. Cuando terminé la lectura de Newman yo sabía inglés y practicaba con mi colega.

Durante mi época de Londres seguí cursos en King’s Ion. También conocí mucha gente, especialmente de la Iglesia anglicana. Un ministro, Finas Finton, me dio su tarjeta con la cual podía ir a todas partes a las ceremonias y reuniones anglicanas. Ese hombre fue realmente fraternal conmigo. Donde él me encontré con obispos anglicanos de renombre y con el fundador de la semana de la Unidad. Yo iba a casi todos los oficios donde él y asistía a menudo a la Westminster Abbey y a la Catedral de Saint Paul.

Tuve la ocasión de estar en un congreso de Anglo-católicos donde llegaban de lejos y estaban vestidos de gran pompa, hasta con solideos y medias violetas. Asistí a ordenaciones de ministros de diferentes confesiones en que cada ordenando expresaba sus creencias personales ante el obispo, unos hacían genuflexión ante el santísimo sacramento y signos de cruz, otros no, y un tercero que se decía modernista guardaba sus opiniones para reuniones íntimas. Fue una experiencia muy fecunda para mí y aprendí mucho sobre los anglicanos y adquirí una gran apertura hacia el anglicanismo.

Una vez terminados mis estudios volví a Suiza, y tres años después regresé a Francia donde pasé años y años. En 1937 fui a Jerusalén, a la Escuela Bíblica, durante un año. Había tanto que aprender en tan poco tiempo, el griego, el hebreo, el árabe, etc. Me dediqué totalmente y dormía solo 37 minutos.

(¿Fue de esa época y en qué contexto que el Padre dijo: “Todavía no había aprendido la locura de la Cruz”?)

Mi estadía en Tierra Santa me dio la ocasión de conocer a los judíos. Me dio mala impresión ver a las mujeres judías vestidas como los hombres, mientras los árabes conservaban su vestido tradicional.

El resto de mi vida errante lo pasé entre París, Suiza, Asís y Oriente.

En París, en el verano de 1939 me encontré con Louis Massignon y Mary Kahil quienes me sugirieron ir a Egipto. Entonces me fui para Egipto en un barco italiano: la guerra había comenzado y los italianos eran considerados como amigos por los dos bandos los cuales esperaban su ayuda. Yo debía permanecer donde los dominicanos, pero en su misión había solo dos padres, y les era imposible acogerme en condiciones de guerra. Mary Kahil tuvo la feliz idea de llevarme al Carmelo. (Llegada la víspera de Navidad de 1939).

Hace de eso 30 años. Es mucho en una vida: 30 años de gracias y 30 de responsabilidades, 30 años en que la Santísima Virgen ha velado sobre mí, siempre e inclusive desde el comienzo de mi vida hasta ahora. Ella veló sobre mi salud y me salvó de todos los peligros. Cuando pienso en la vida que llevaba en Ginebra, vida sobrecargada, el activismo, era una locura. ¡Eso no era vida! Con la falta de sueño, el surmenaje y el agotamiento nervioso casi total, habría podido perder el equilibrio correr el riesgo de hacer tonterías, caer quizás en desvíos afectivos.

Pero la Santísima Virgen me protegió. Yo quiero mucho a la Santísima Virgen. Cuando la ofenden, me ofenden y por eso, cuando ponen en duda el dogma de la Inmaculada Concepción, creo que daría la vida por defenderla.

Yo no hago nada sin ella, nada de valor, y si permanecí fiel es gracias a ella. Si amo a su Hijo, es gracias a ella. A ella le debo todo lo que soy.

Recuerdo que en Ginebra, dando una lección de apologética sobre Dios, causa primera y primer motor, etc., me sentí tan incómodo al hablar así de Dios que sentí real vergüenza. Hablaba de Dios, escribía sobre él sin vivirlo: era un intelectual de religión, un fariseo, un hipócrita. Perdón, perdón…

¡Cuánto luché por vivir la pobreza de Dios! La noción de Dios pobre, la tenía en la mente desde que escribí El Poema de la Santa Liturgia, pero fue mucho más tarde cuando hice el encuentro con el Dios pobre. ¡Cómo trabajé para aprender la pobreza de Dios, es decir para meter la pobreza de Dios en mi vida y para conocer al Dios Pobre! ¡Cómo pené para no entrar en discusiones y para no discutir! ¡Cuánto pené para coger el último puesto! La pobreza de Dios es más clara para mí cada día y más exigente: tengo que volver a comenzar y convertirme de nuevo cada día y cada mañana.

Cada día es nuevo para mí y cuando digo la Misa, cada día encuentro mi fervor de los 20 años y aún más. La Misa es siempre nueva para mí y cada vez más maravillosa. Todo eso es un don, y en eso no estoy por nada.

Anoche fui a un encuentro de sacerdotes. Éramos 36. Todo pasó bien y yo les dije el fondo mi corazón. La unión de todos esos sacerdotes de países y ritos diferentes as algo magnífico. De eso no hay en todas partes. Después de todos esos años, era bueno poder decir libre y simplemente lo que pienso. En efecto, habitualmente tengo grandes dificultades para obtener el imprimatur para mis libros. Eso me da la seguridad de que mi pensamiento, presentado cuidadosamente no está en contradicción con la fe vivida ni la Iglesia y, finalmente lo que digo es aceptado porque lleva la verdad de la experiencia.

He trabajado mucho toda mi vida, pero quizá no es suficiente. Y seguiré trabajando mientras Dios me lo permita. Para dar respuesta válida a todas las cuestiones que se plantean, hay que estar al corriente de todo. También es necesario asumir personalmente todos los problemas. Hay que estudiar continuamente pues todo cambia tanta rápido. Hay que conocer los últimos inventos electrónicos, los últimos métodos matemáticos, los últimos descubrimientos de la psicología, del psicoanálisis, de biología, de sociología, de química, de medicina, de ciencia, de filosofías modernas, de la técnica, etc. Todo eso pide mucho tiempo, disciplina y método. Pero todo eso también alimenta mi pensamiento, lo conserva joven y me da inspiración para mucho libro espiritual. Tengo doce conferencias escritas sobre los temas actuales más discutidos y podrían constituir un libro. Entonces, cuento con Ustedes para que me ayuden en mi trabajo.

Estos 20 años han pasado tan rápido y me han dado su amistad y su fidelidad que me son infinitamente preciosas y por las que les agradezco de todo corazón. Amistades tales solo pueden ser hechas por la Santísima Virgen y creo que ella fue quien me hizo encontrar personas que invitan a estas confidencias. Treinta años en que debería haber sido total transparencia a Dios y no lo he sido. Gracias… Perdón.

Todos estos años he seguido muy de cerca el Carmelo, he compartido sus sufrimientos y vivido con ustedes las horas difíciles. He sido testigo de su resurgimiento y ahora están en completa serenidad: ¡Gracias, Señor!

Ahora florece la caridad, es lo principal, y ustedes están rodeando de atenciones y bondad a la querida enferma. Es un alma buena y esa muerte lenta es como una larga agonía. Gracias por su caridad para con ella: ella la necesita.

Yo tengo necesidad de ustedes, de sus oraciones, de su silencio y la Iglesia tiene necesidad de ustedes más que nunca en esta hora crítica de su historia. Qué necesarios e indispensables son su recogimiento, su amor, su despojamiento y su pobreza en estos días: el Santo Padre, los sacerdotes y los religiosos las necesitan.

Piensen en los sacerdotes jóvenes. No se imaginan lo que es para un sacerdote estar rodeado de mujeres. ¡Cuántos necesitan su vida oculta de generosidad, su presencia, su presencia a Dios y al mundo. Necesitan sentir que pueden contar con ustedes.

Yo no creo en la acción pero creo en la presencia.

Pidamos pues a la Santísima Virgen la gracia de permanecer fieles hasta el final. La Santísima Virgen es todo para mí. Ella es mi vida, mi dulzura, mi esperanza. Yo le debo todo, ella es la vida de mi vida. Ella ha hecho todo para mí y lo seguirá haciendo. Ella nos protegerá a mí y a ustedes, siempre, así lo espero.

Una vez más, gracias y perdón.

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