Homilía de Mauricio Zundel en Le Bon Rivage, la Tour de Peilz, Suiza, diciembre de 1930.

La luz del Señor viene de lejos y llena toda la tierra. Es la antífona del Magníficat de las primeras vísperas del primer domingo de adviento.

El adviento es espera, suspiro de Amor, exultación de gozo ante la luz que viene.

La noche, la sombra de la muerte es el reino del yo, el triunfo del egoísmo del cual procede todo desorden: toda su tristeza del mundo, su desesperación y toda su vejez.

Pero el Amor puede salvar todo. Y ya surge al horizonte como un alba maravillosa el que se va a revelar como Sol de Justicia.

Mirando a lo lejos veo venir el poder de Dios como una nube que cubre toda la tierra. Avanzad ante ella diciendo: Dinos si eres tú quien va a reinar sobre el Pueblo de Israel. (Ver Lc 21:27)

Un débil resplandor, y ya no existe la noche horrible en que desespera el enfermo esperando un alba que no llega.

¡Estrella de la mañana, ruega por nosotros!

¡Levanten la cabeza porque el Redentor se acerca! La naturaleza humana, creada en admirable dignidad va a ser redimida de manera más maravillosa todavía.

El reino de Dios se acerca, reino de Amor, Emanuel: Dios con nosotros. ¡Dios va a vivir nuestra vida!

Sólo Dios nos toma en serio, con nuestra vida y todo lo que hay en ella: trabajo, pobreza, sufrimiento, soledad, agonía y muerte. Él va a vivir todo eso con lealtad perfecta y profundidad infinita: semejante a nosotros en todo, menos en el pecado.

En adelante, donde pongamos los pies encontramos sus huellas: un Dios marcha delante de nosotros. Pero hace mucho más que marchar delante, porque él es verdadero Dios y verdadero hombre, y no solo nos ilumina con el ejemplo incom­parable de su vida terrestre sino que estando íntimamente presente en lo más secreto de nuestro ser, comparte realmente la vida que nos da, vive la vida con nosotros para que nosotros la vivamos en él, dándole a todo lo que hagamos un valor infinito.

Hacer lo pequeño como lo grande, a causa de la majestad de Jesucristo que lo hace en nosotros y que vive nuestra vida, lo grande como fácil y sencillo a causa de su omnipotencia. (Pascal Pensamientos 19 T recto, Lafuma 919, Sellier 751 ; cf. Lc 16:10)

Por más pobres que estemos, por más abandonados, solitarios e incomprendidos que estemos, por más desgarrados por las pruebas, exiliados y miserables que podamos sentirnos, siempre encontraremos alguien más pobre, más abandonado, solitario, incomprendido y humillado que nosotros: Jesús que se hizo pobre por nosotros, en su nacimiento, en su vida terrestre y en su muerte, y más aún quizá en la inmolación misteriosa, en la espera de 20 siglos en el Santísimo Sacramento donde se presenta como una cosa.

Entonces, sea cual fuere nuestra condición, podemos volvernos hacia él, tenerle compasión y rodearlo de amor, y regocijarnos de serle semejantes.

No hay pues vida que no pueda hacerse ofrenda de Amor para Dios, anonadado en su santa humanidad.

Entonces, ¡que maravillosa riqueza la de cada día, con todo lo que llena las horas, desde el alba hasta el ocaso! ¡Tierra nueva, cielo nuevo, mirada dilatada por la fe!

¡En tu luz veremos la luz!, como dice el salmista (35:10) o como decía san Pablo: Nuestra patria es el cielo (Fp 3:20).

Toda nuestra vida parte de Cristo, transcurre en él y termina en él. Y lo imposible se hace posible. La humildad para con todos, y la caridad para todos.

¿Cómo rebajarse ante un igual? Y en cuanto tal, todo hombre nos es igual. Es injusto y absurdo, pero se trata de algo muy distinto.

Prosternar todo lo que viene de nosotros ante lo que viene de Dios en los demás, dice santo Tomás, es decir, ceder el paso, ceder el puesto a Dios cuya Presencia, superando todas las apariencias, ha descubierto fe aún en el más vil de los seres, al que una sola mirada del Amor puede transformar en santo.

¿Cómo amar un ser antipático, injusto, duro y cruel, sin hacerse ciego y cómplice del mal? Pero se trata de algo muy diferente.

Nada más clarividente que la caridad que sabe que lo mejor de los hombres está lleno de límites y sufrimientos y que, aún en lo mejor, busca al único que es digno de un Amor infinito e indefectible: Dios cuya luz misericordiosa cubre lo peor con majestad inefable.

Así el hombre ya no tiene delante iguales que confundir o rivales que vencer, sino almas inmortales que deben ser para él como hijos que engendra, aunque sean opuestos a la vida eterna, y a los que mira con la mansedumbre y la indulgencia con que una madre mira al hijito que resiste a los cuidados que le quieren dar y que se defiende porque no comprende que lo que quieren es hacerle bien.

Es evidente que todo esto no podemos vivirlo sino mediante un contacto incesante con Cristo anonadado en la hostia.

Si tratáramos a los demás como él nos trata en el Santísimo Sacramento, si les aplicáramos la medida de que estamos tan felices de beneficiar de parte suya, si nos hiciéramos hostias por ellos, como él se hace Hostia por nosotros, ¡qué cambio, qué luz, qué vida nueva y qué cosecha de almas!

Propongámonos al menos en este adviento sonreír a todos y prestarnos alegremente a todo lo que nos puedan pedir.

Eso será un comienzo, en espera de que los montes destilen la ternura y las colinas dejen manar leche y miel (Joel 4:18).

Hermano Benedicto

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