Conferencia de M. Zúndel. París, 1964. Inédita.

Por favor, lea primero la nota del traductor al final del artículo.

Nos rebelamos cuando un niño se divierte arrancándole las alas a una mariposa o a una mosca, porque eso es algo indigno, indigno del hombre y de la creación. Tenemos que destruir ciertos animales, pero solo debemos hacerlo evitando la crueldad. La crueldad gratuita nos parece monstruosa, aunque se trate de un insecto nocivo; y si tenemos ese sentimiento ante la crueldad humana y la dignidad ignorada de la creación, es por un impulso que brota del Dios interior que llevamos dentro de nosotros, y no existe otro.

Si de él sacamos la compasión para con una criatura que sufre, si por inspiración suya nos rebelamos contra una crueldad gratuita, ¿cómo puede él sostener el orden del mundo tal como es? ¿Cómo puede soportar el juego de masacres que condiciona continuamente la vida por la muerte? ¿Cómo puede soportar la crueldad de los animales unos contra otros? ¿Y el suplicio de los niños inocentes? ¿Cómo puede aceptar que proliferen las células cancerosas? ¿Cómo puede aceptar que un virus destruya el cerebro de un genio? ¿Cómo puede aceptar la inmensa historia de lágrimas y sangre que es el universo? ¿Qué significa la evolución, tal como la descubre la paleontología, ante la mirada del Dios interior que es el único que pueda entrar en la experiencia humana?

Estamos evidentemente obligados de inmediato a reconocer que no es culpa suya. Porque sería monstruoso hacerlo cómplice de un universo que nos repugna y nos indigna.

Existen sin duda en el universo aspectos que legítimamente nos encantan y otros que nos indignan con igual legitimidad. ¿Cómo podría Dios ser el autor de semejante mundo? Quiero decir el verdadero Dios, el Dios Espíritu, el Dios verdad, el Dios pobreza, el Dios amor. No cabe duda: él no es su autor.

Por eso, conviene matizar la afirmación de que Dios es creador del cielo y de la tierra, reviviendo la experiencia personalista en el diálogo que nos pone en conversación amorosa con el Dios Espíritu y verdad.

Hemos constatado y sentimos todos los días la inadecuación evidente, el hiato formidable entre las exigencias de nuestra dignidad y nuestra conducta real. Hablamos mucho, sabemos predicar admirablemente un ideal, vemos inmediatamente cómo se sustraen los demás a las exigencias de la conciencia y jamás dejamos de estar por debajo de tales exigencias, jamás dejamos de ser indignos de nosotros mismos e indignos de Dios.

Es decir que verificamos en nosotros el estado de descreación que viene a menudo después de la creación, porque es raro que, cuando hemos tenido la gracia de elevarnos, de perdernos de vista, de universalizarnos y de ser por un momento total ofrenda y amor, es muy poco frecuente que no recaigamos en el valle de sombras aprovechando a veces inclusive de la iniciación a la cumbre para enorgullecernos sin razón y apropiarnos la hora de libertad que nos había permitido despegar de nosotros, y de esa manera, destruirla.

Es decir que, introducidos en una antropogénesis continua, es decir en un proceso de hacernos hombres, y fallando tan a menudo en esa realización, pasando por las fases en que el universo toma aspectos diferentes según que estemos afuera o dentro, no podemos extrañarnos de que el universo mismo esté en desorden.

Debemos hacernos hombre, sin cesar lo hemos afirmado y vuelto a descubrir. En el fondo, ese es el único problema: debemos hacernos hombre, emerger de la escoria animal, superar los determinismos, salir del yo biológico, hacernos fuente y origen, espacio y creador.

Es verdad, pero justamente, por lo difícil del itinerario, por ser tan raramente fieles a todas esas exigencias, porque nuestra vida no cesa de oscilar entre un impulso hacia el amor y un reflujo hacia nosotros mismos. Cuando nos descreamos, el universo mismo no pude no parecernos degradado, y se desarrolla a medida que nos creamos.

Evidentemente, hay solidaridad entre la cosmogénesis (el engendramiento del mundo), y la antropogénesis que es el engendramiento del hombre.

Recordamos las afirmaciones asombrosas de san Pablo, tan raras y asombrosas en él, que la creación está naciendo, gimiendo, en dolores, y no es lo que el Espíritu quiere que sea, no corresponde al plan divino, está sometida a la vanidad por el hombre, está fuera de órbita, arrojada fuera de su vocación porque el hombre mismo fue infiel a la suya.

Esta afirmación es de importancia capital pues justamente nos permite comprender toda la creación en un solo movimiento, como un solo bloque, en que todos los planos, todos los niveles son solidarios unos de otros. En el fondo como el hijo, embrión de su madre, está lejos de llegar al pensamiento, pero ya en esa fase primitiva está orientado hacia el pensamiento. Es un embrión humano que, si madura normalmente, llegará a la vida de la mente.

Podemos decir que el universo entero es la matriz del pensamiento que debe alcanzar su coronamiento, su desarrollo en nuestra liberación o en la de seres semejantes a nosotros, situados en otros planetas del inmenso universo. Habría pues solidaridad, y san Pablo la afirma además, solidaridad entre el desarrollo del universo y el nuestro. Habría una evolución conjunta que reposa finalmente sobre el pensamiento, y un pensamiento que falla provoca la falla de todo el universo.

Si imaginamos, si concebimos todo el universo en lo intemporal, en lo intemporal del pensamiento, podemos concebir que Dios, el Dios interior, solo comunica con el universo a través del pensamiento.

En nosotros mismos podemos verificar que, para que el organismo esté en desorden, para que estemos abandonados al tumulto de las fuerzas oscuras que se agitan dentro, basta con no prestar atención al amor que nos fija en Dios. Cuando no estamos atentos, cuando dejamos de estar en contacto con el Dios interior, somos presa de fuerzas que, no estando controladas por la mente, nos llevan al azar a los desórdenes más conformes con nuestras inclinaciones particulares.

Eso sucede siempre porque dejamos de velar, nos separamos de la unión creadora, del diálogo liberador, y nos abandonamos al tumulto del organismo.

Si nuestro organismo se enraíza en el universo, si el universo prolonga nuestro cuerpo, si el universo es nuestro cuerpo, si las más lejanas nebulosas pueden alcanzarnos (nos alcanzan, si no, no sabríamos siquiera que existen) si su luz nos llega, es necesario que de cierto modo cada latido de nuestro corazón se repercuta igualmente en las nebulosas distantes miles de millones de años luz de nosotros.

Todo el universo tiembla cuando se toca un átomo y por tanto, todo lo que nos sucede debe tener resonancias inmensas. Y siendo pensamiento, o al menos capaces de pensar, siendo esa nuestra vocación suprema, todos y cada uno de nosotros somos en cierto modo órbitas del universo.

Cada pensamiento es un acto original. Por pensamiento entiendo el acto consciente y libre en que se nos ofrece disponer de nosotros mismos y de todo. Cada pensamiento es un acto original y toda falla de pensamiento es una especie de pecado original, es decir, un rechazo de ser origen.

Eso es el mal, rehusar ser origen, porque es condenar al hombre y al universo a ser exterior, a ser cosas, objetos, a permanecer extranjeros a la vida de la mente, a ser inaccesibles al amor.

Si el amor debe circular en el organismo y en ese organismo más vasto aún que el nuestro que es el universo, debe ser por la fidelidad del pensamiento, cada vez que realiza un acto original, un acto creador, un acto que une todos los planos del ser con la fuente y permite a la vida divina circular en todos los sectores.

Si Dios es interior, si es puro interior, si no tiene exterior, si es puramente no condicionado por ser el despojamiento eterno de un amor siempre y totalmente dado, no tiene contacto con lo que no es el amor, y solo puede actuar por amor y el amor solo puede actuar sobre el amor, suscitando amor.

Si su influjo, su Presencia debe pues irradiar en todo el universo, inclusive claro está el universo físico, si el universo físico no puede realizarse estando fuera del Reino, solo puede ser por mediación nuestra o de seres semejantes a nosotros.

Como nuestro organismo respira a Dios en la medida en que está totalmente informado por el pensamiento y el amor, como nuestro organismo respira a Dios si se interioriza en la contemplación, si devenimos totalmente persona, y nunca somos persona si no lo somos totalmente, si la luz llega hasta la raíz de nuestro ser y transforma nuestras tendencias todas liberándolas del peso para hacer de ellas una ofrenda de amor, debe suceder lo mismo a todas las potencias del universo.

Si el mundo está entregado al tumulto, a la destrucción, al odio, a la ruina, al combate, al desgarramiento, a la muerte, es necesario que haya fallado la mediación del ser inteligente, nosotros u otro; en este o en otro planeta, en fin, en el cosmos, en el universo en que vivimos y del que somos solidarios. Justamente, para que la luz del Dios interior, y no existe otro, es necesario que la luz del Dios interior pueda difundirse, ordenar todos los planos, reunir todos los seres y ser la vida de toda realidad.

¡El mal solo puede ser ante todo mal de Dios! Si nos ofende y nos hiere el niño que desgarra las alas de la mariposa o de la mosca, si nos rebelamos contra toda crueldad gratuita y malvada, es justamente porque el amor que está en nosotros y es la fuente de todo amor, ese amor es herido, negado, desfigurado y caricaturizado.

Si en el universo no existiera una vocación de dignidad, y una invitación al amor, si toda criatura [no fuera…? sino a la gloria, si] no debiera transformarse, ennoblecerse, interiorizarse, divinizarse, hacerse infinita por la difusión de la Presencia única, no habría otro mal.

El mal es repugnante en la medida justamente en que hiere un valor frágil, un valor supremo, un valor desarmado que es finalmente siempre Dios mismo.

Si el niño torturado por la enfermedad es escándalo para el Dr. Rieux en La Peste de Camus, si Camus mismo sufrió tanto por el sufrimiento de los inocentes, es evidente que en el ser más frágil aparece más claramente la grandeza divina que es una grandeza de amor.

El mal absoluto da testimonio del bien absoluto y mientras más repugnante sea, más nos introduce en las llagas del eterno amor.

Esa solidaridad está pues inscrita en el corazón de nuestra experiencia, como en las palabras admirables de san Pablo: “La creación entera está gimiendo con dolores de parto esperando la revelación de la gloria de los Hijos de Dios” (Rm. 8:22 y 19).

Somos solidarios con el universo, son solidarios el pensamiento y el mundo físico, hay solidaridad entre el hombre, la antropogénesis, la creación del hombre que se hace a sí mismo conquistando su autonomía, desarrollando su libertad e irradiando amor, solidaridad entre la antropogénesis y la cosmogénesis, el nacimiento del universo.

Es imposible no afirmar esta solidaridad si no reconocemos otro Dios que el Dios interior y si rehusamos atribuirle la responsabilidad de un universo, del cual ciertos aspectos nos repugnan y nos hieren más cuanto más unidos estemos al Dios Espíritu.

Si insisto, es porque es evidente que esa es la única manera de considerar el problema del mal, del mal del que afirmamos que Dios lo permite, lo cual es abominable pues si Dios lo permite es que finalmente puede impedirlo y es culpable. Siempre somos responsables de lo que podemos impedir.

Dios no permite nada: sufre y muere. Y está indefenso porque no tiene otro poder que el de amar y el poder del amor está siempre condicionado por la acogida que se le dé al amor. El más grande amor no puede nada cuando lo rehúsan.

Ese es precisamente el significado de la cruz. El más grande amor solo puede morir de amor cuando lo rehúsan. No puede intervenir materialmente en las cosas, eso no tiene sentido. Porque no es un objeto entre otros. Porque además, ninguna realidad es objeto en definitiva y la condición del mundo entero es respirar la luz y el amor. Y porque finalmente el estatuto normal del universo es ser el sacramento y el mostrador de la Presencia infinita.

Es precisamente lo que vemos en el esfuerzo de la ciencia, en el esfuerzo del arte, que es justamente una inmensa aspiración por interiorizar el universo, por humanizarlo, por darle rostro de luz y amor y permitirnos movernos así en un mundo en que jamás somos objeto.

El escándalo de Camus es también el nuestro. En este caso, sería sufrir un mundo que se nos impone del exterior como si nosotros fuéramos cosas y objetos. Y la creación no será finalmente ella misma, del punto de vista del Dios Espíritu, sino cundo ya no suframos nada y todo esté interiorizado, decantado, transfigurado y que en cada realidad se pueda leer la huella del rostro de Dios.

Esta perspectiva sitúa inmediatamente la mística cristiana en un realismo infinitamente riguroso. El cristiano no puede retirarse en su tienda abandonando el universo a su suerte. No se puede alejar del mundo y desinteresarse de él, pues justamente el cristiano siente necesariamente vocación cósmica y sabe que está encargado del universo, que el universo está en desorden y el amor de Dios herido.

Y sabe también que si sus hermanos humanos son víctimas del universo, víctimas de las necesidades que los atan al universo, no pueden alcanzar la libertad de los hijos de Dios. Que los que no pueden sacar la subsistencia de este universo, que están en una tierra ingrata, que proliferan en un espacio demasiado estrecho, que son víctimas de una organización económica que aprovecha a unos pocos en detrimento de todos los demás, el cristiano sabe que esta situación es intolerable, un escándalo pues justamente constituye una piedra de escándalo al impedir al hombre descubrir su vocación de creador y si no descubrirla, al menos realizarla.

Es pues imposible vivir en equilibrio en terreno evangélico sin comprender que tenemos a cargo el universo, el mundo físico, la organización y el reparto de las energías terrestres, celestes y acuáticas, y que se trata precisamente de llegar a un equilibrio que permita a cada uno respirar a Dios y a Dios mismo, imprimir en toda criatura la luz de su rostro.

O Dios permanece extranjero en este universo y entonces el hombre llegará finalmente a la terrible dicotomía de un mundo físico que no es nada, un mundo físico despreciable, un mundo físico que es necesario ignorar bajo pretexto de entrar a la vida del espíritu.

Pero esta concepción no tiene ninguna relación con el Hijo del Hombre, ninguna relación con el carpintero de Nazaret, ni con el trabajo del apóstol san Pablo, que pone su orgullo en ganar su vida con el trabajo de sus manos como todo el mundo, y que quiere presentar el Evangelio en toda la gratuidad del amor.

El cristianismo que es la religión de la Encarnación, religión de la Encarnación expresada en las palabras magníficas de san Ambrosio: “El Verbo se hizo carne para que la carne se hiciera Dios”, el cristianismo no se puede realizar sin realizar la glorificación del mundo, la transfiguración de toda criatura.

Es pues lo contrario de todo lo que podemos imaginar cuando nos quedamos en la superficie de las palabras. El desapego cristiano es un amor apasionado, apasionado del mundo. La palabra desapego vale solo para el despegue del yo respecto del yo propietario, del yo límite, del yo objeto, del yo biológico, del yo prisión. No se aplica a los demás.

Se trata de desapegarse de sí mismo para ser don infinito para toda criatura, y toda criatura quiere ser evangelizada, recibir la Buena Nueva y entrar en el circuito del eterno amor.

El arreglo material del mundo, la terminación del mundo por el conocimiento y el amor, el arreglo del mundo por una técnica al servicio del espíritu, el arreglo de las relaciones económicas entre los hombres por un justo reparto de los bienes terrestres, revisado sin cesar además como lo exigen las diversas necesidades de los hombres, todo eso se integra esencialmente en la mística cristiana.

Es imposible adherir a Jesús sin asumir esta tarea en el mundo, sin tomar a cargo la creación, sin terminar la antropogénesis que está inscrita como primera vocación nuestra por la cosmogénesis que terminará el universo en la línea del espíritu y nos permitirá considerar el Dios interior (y no existe otro) como el creador del cielo y la tierra, pero será otra tierra, otro cielo, cuya presencia y realización están confiadas a nuestro amor.

Es absolutamente imposible realizar la unidad de nuestro ser y de nuestro pensamiento sin buscar la realización de la tarea inmensa que da a nuestra vida una dimensión cósmica, como debe ser, ya que también nosotros somos fruto, producto del universo, estamos enraizados en él, respiramos su atmósfera, nos alimentamos de sus productos, somos sostenidos por su suelo.

Es imposible que, siendo cósmicos por todas las raíces físicas no lo seamos por las intenciones de la mente y por la generosidad de nuestro amor. El universo nos porta primero hasta que nosotros lo portemos.

El hombre tiene en el universo sus raíces físicas, pero el universo tiene en nosotros sus raíces espirituales. Nosotros con él somos un solo ser y tenemos que realizarlo plenamente, y cada vez más y cada vez mejor, a medida que crezcan nuestros poderes técnicos y nos permitan emigrar más allá de nuestro planeta, tenemos que llevar cada vez más la solicitud de todo el universo.

Eso significa ante todo una toma de conciencia del orden que debemos establecer en nosotros, desde el punto de vista orgánico disciplinando, es decir transformando en dones las necesidades que nos atan al mundo físico. “Sea que comamos, sea que bebamos, al Señor le pertenecemos”, como dice admirablemente san Pablo (I Co. 10:31), es decir que, si tratamos toda realidad como don del amor, como símbolo y como sacramento de la Presencia única, como capaz por lo menos de serlo, y llamado a serlo con nosotros, no podemos abordar ya el universo sino con un sentimiento de respeto por lo que debe ser y de compasión por lo que es.

Y esa compasión es compasión por el Dios desarmado y frágil que es la primera víctima del mal, ya que su rostro es herido en toda criatura supliciada y condenada a la desventura.

Debemos pues liberar a Dios del "De profundis " que resuena en las últimas vísperas de Navidad, liberarlo de la cautividad e introducirlo en el universo, pero haciendo primero el universo digno de Él y de nosotros.

Es pues absolutamente imposible imaginar una mística cristiana solo como huida, como huida del mundo, de renuncia al mundo, y no solamente como asunción del mundo: asumir, tomar a cargo, vivir la descreación como catástrofe para ponerle el remedio de una creación en que a través de nosotros brille el primer amor, y ante todo, naturalmente, organizar las condiciones humanas de modo que sean vivibles para el hombre.

Porque ese papel creador lo deben jugar todos los hombres. Todos ellos tienen que asumir el universo, todos están llamados a la obra de transfiguración que es radicalmente imposible si ellos mismos están oprimidos por las necesidades físicas y se sienten objeto ante un universo objeto.

El movimiento de la mística cristiana es liberar toda la creación de la condición de objeto y ése es el papel admirable y magnífico del organismo sacramental: tomar todas las realidades que llamamos materiales, digamos las realidades del mundo físico para que sean símbolo y signo portadores de vida divina.

Eso además no debe extrañarnos ya que finalmente todos los artistas y pensadores, todos los que han visto en el universo algo diferente de una veta que explotar o una miseria que evitar, todos ellos han percibido ya en el universo una resonancia divina que han expresado en sus obras y condensado en sus pensamientos, haciendo del universo un camino hacia la interioridad y han podido justamente hacer brotar de todas esas realidades un canto infinito que resuena en toda música.

No cabe pues duda de que el cristianismo nos asigna una tarea en la tierra, ya que la tierra, el universo físico, es el Reino de Dios. Estando el cielo aquí, no siendo localizable, y debiendo hacerse eterno el tiempo, lo visible debe inmortalizarse, la carne debe dejar pasar y resonar el Verbo de Dios.

Si Dios debe ser realidad para el hombre, lo será en la medida en que toda realidad lleve el rostro de Dios. Y en el inmenso taller del universo donde estamos enraizados, en que hemos crecido y del cual no cesamos de depender como él depende de nosotros, debemos pues confiar a nuestra obra, (que es terminar, completar, realizar, transfigurar, divinizar toda realidad) el fruto que damos, la flor que ofrecemos, el atardecer que nos emociona, la penumbra de la floresta que nos da el sentimiento de una Presencia mística.

No hay ningún camino de la existencia que no pueda llevarnos a la Presencia única, si prestamos atención y tomamos conciencia de la espera infinita del Dios escondido en nosotros.

Es muy notable que el mayor de los santos cristianos, san Francisco de Asís, haya dedicado la mayor parte de su vida a llorar por la pasión de Dios, a penetrar en la compasión infinita, a llevar el luto de Dios en el universo y en el hombre hasta perder la vista y que al final, llegado al término de la contemplación del sufrimiento divino, habiendo recibido en sus manos y pies y en su costado las llagas del amor crucificado, para terminar haya cantado el Cántico del Sol.

Que a sus ojos se haya transfigurado el universo, que lo haya percibido solo bajo el aspecto de belleza y que torrentes de gozo hayan brotado de su corazón y él haya podido acoger la muerte saludándola como a una reina, que haciendo cantar el Cántico del Sol, justamente porque la muerte estaba vencida, porque ya no había muerte, porque en él había triunfado la vida, porque su carne exultaba ante el encuentro del Dios vivo, porque ya no tenía que separarse de nada, porque había superado todos los exilios, porque el mundo estaba enraizado en su amor y transfigurado por él, ya no había nada que estuviera fuera del Reino y en el rostro de toda criatura domesticada por su ternura encontraba el rostro de su amor.

Eso es lo que mejor representa la síntesis de la vocación cristiana, del realismo cristiano fiel a la realidad y que vuela hacia el hombre para ir hacia Dios, ya que en fin esa es la última palabra del Evangelio: “Amaos los unos a los otros… No me digáis Señor, Señor, sino decidme qué hicisteis por el hombre que tenía hambre, por el que moría de sed, por el hombre prisionero, por el harapiento, por el enfermo abandonado, entonces yo sabré que me habréis amado pues al fin podéis tomarme, si no en la simbiosis, en la comunidad de vida con el universo donde estoy.

No hay más cielo que la comunión de amor en que os abrís a mí que siempre estoy presente, invitándoos en el fondo de vuestro corazón hasta que por fin, escuchándome, deis la respuesta que cierra el anillo de oro de las bodas eternas.

La última palabra del Evangelio es el hombre ya que no existe otro santuario de la divinidad.

Entonces finalmente nuestra oración debe ser sobre la vida, en la medida en que seamos respetuosos de la vida, en todos los sectores, en todos los aspectos, en la medida en que miremos la vida con la mirada del Dios interior, del Dios Espíritu, del Dios inocente, del Dios víctima, del Dios inmolado, en esa medida realizaremos la buena nueva y evangelizaremos toda criatura, como se nos ha ordenado.

Si nos aterran y nos chocan las catástrofes naturales, que sea en nombre del Dios interior mismo, el cual es el primero en sufrirlas, la primera víctima en nosotros y por nosotros, pues todo eso es esencialmente contrario a las aspiraciones de su amor.

El testamento de Jesús es el testamento de la alegría y la primera palabra de la liturgia. Lo que Dios quiere es la integridad, la armonía, la música, la alegría, la eterna juventud de la vida. Y eso es lo que debemos realizar, más allá de todos nuestros humores, de todas nuestras fatigas y de todo nuestro lastre.

Debemos suscitar la vida en su novedad, en su eterna juventud, en su luz inagotable, en su maravillosa hermosura, pero todo eso es solo un universo posible, así como en cada uno de nosotros hay un hombre posible, y más allá de todo eso, finalmente hay un creador posible, pues no podremos decir a Dios que él es el creador del cielo y de la tierra sino cuando hayamos suscitado tierra nueva y cielo nuevo.

Es pues algo inmenso ser hombres y no se trata de refugiarnos detrás de nuestra pequeñez. Somos inmensos; en la inmensidad del mundo, nosotros somos sus constructores y si podemos contar los diez mil millones de años [luz] que nos separan de las más lejanas nebulosas, ese cálculo es nuestro.

En su remanso, el pato no se preocupa de esos diez mil millones de años luz. No sabe nada de ellos porque vive a su nivel, como nosotros debemos vivir al nuestro.

El hombre es inmenso, infinito como el Dios que lo llama a la vida, al menos tiene que hacerse infinito, pero como vimos, vaciándose de sí mismo, ya que solo el infinito corresponde a la vida de la Mente, es un infinito de generosidad, un infinito de amor.

Somos pues creadores. Debemos serlo para que Dios lo sea, y no puede serlo frente a este mundo. Está esperando, él también, esperando un mundo, así como está esperando al hombre. Es uno con el mundo, ya que el mundo, repito, es nuestro cuerpo y nosotros no podemos desolidarizarnos de él porque debemos transmitirle el influjo divino, comunicarle el gozo de la Presencia única.

Esa es pues la grandeza de nuestra misión: debemos levantarnos y no consentir en ir hacia la muerte, no hacia la muerte sino hacia la vida en la Resurrección. Tenemos que vencer la muerte en nosotros y en todo el universo, e instaurar la armonía en nosotros mediante la fidelidad al amor. Podemos prolongar la armonía en todo el universo, mirándolo con la mirada del Señor, mirada con la que mirando todas las cosas, las dejó revestidas de Su hermosura.

Nosotros somos pues finalmente los árbitros del mundo. El pensamiento es de verdad origen y cuando falla, el mundo sigue su curso material, sometido a fuerzas tenebrosas que la Mente, fiel a su vocación, puede disciplinar, ordenar, iluminar, transfigurar y realizar. Pero felizmente, cuando el pensamiento es fiel, es portador de luz, eleva el mundo, lo termina, como lo iluminan todas las humanidades.

Ese es el campo inmenso que nos ha confiado el Señor. Esa es la cosecha que Cristo nos pone en las manos, y es la honra de Dios que el mundo se transfigure y que los hombres sean felices.

No olvidemos que no es una opción gratuita que asumamos el cargo del mundo y las necesidades humanas que nos implican, porque es imposible, imposible que Dios no sea reconocido en esa creación. Entonces, para nosotros, arreglar el mundo según la mente de Dios es lo mismo que amar a Dios y dejarlo vivir en nosotros.

Por eso la oración no se puede limitar a la oración cultual sin compromiso. La oración cultual no puede ser sino el encuentro de todos los hombres formando un solo cuerpo místico, siendo una sola persona en Jesús, precisamente para superar todo lo que en el mundo se opone a la luz, a la juventud, al gozo, a la hermosura y al amor.

Entonces, en la medida en que cada uno de nosotros es fuente de alegría, de libertad y hermosura, en esa medida respira Dios, vive en el mundo y es realmente su creador.

En este espíritu vamos a entrar en el credo como en un taller inmenso donde todo está comenzando hoy, en que todo comienza en virtud de un nuevo origen que tiene su secreto en la decisión que tomamos nosotros mismos, que tiene su secreto en el pensamiento en que toda realidad tiene el peso de la luz del Verbo y en que cada uno de nosotros está llamado a ser el creador de todo.

Antropogénesis, cosmogénesis y finalmente teogénesis, ya que solo en ese mundo puede Dios encontrarse, nacer, expresarse, ser reconocido, el mundo donde toda realidad justamente se pone a cantar y se convierte en mostrador del eterno amor.

Nota del traductor: a) Es importante recordarle al lector que la lengua francesa no distingue la Mente y el Espíritu. Las dos nociones se expresan con una sola palabra: Esprit. La Mente humana y la Mente divina, son lo mismo: Esprit…

b) Mi amigo Cristián Blin, que revisa toda conferencia siguiendo la grabación original, a menudo muy defectuosa, me envió el comentario siguiente como introducción de esta conferencia de Mauricio Zúndel:

“Después de escuchar esta conferencia, hojeaba yo un libro, El credo de Teilhard. Encuentro muchos puntos comunes entre los dos….

En ambos, el Reino no se construye sin el hombre: “Uno de los grandes testimonios del amor de Dios es que quiso tener necesidad del trabajo y los esfuerzos humanos”. “En el espíritu se resumen y consuman todos los progresos de la Humanidad”.

Pero Zúndel está más cerca de la persona y Teilhard es supra-personal y en el tiempo del cosmos. A veces nos preguntamos si la espiritualización del hombre no está en una evolución a imagen y continuación de la evolución de las especies del pasado. Para Teilhard, el mundo debe terminar en una armonía perfecta, y entonces vendrá Cristo en la Parusía, su punto Omega. Para Zúndel, la espiritualización está más en manos del hombre, desde hoy, y no solo en un futuro ideal.”

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