Conferencia de M. Zúndel, el Cairo, abril de 1963. Inédita.

Esta meditación desea acompañarnos a principios de noviembre, a visitar la tumba de nuestros difuntos.

Alguien decía hace poco: “¡Qué inmenso misterio el de la muerte!” y yo respondí: “¡Qué inmenso misterio el de la vida!”, pues sabemos tan poquito de la una como de la otra, y precisamente, porque no conocemos la vida, la muerte nos parece un abismo. ¿Qué hacemos nosotros de la vida?

Buscamos, huimos y a veces encontramos, y jamás logramos definirnos a nosotros mismos, es decir, saber quién somos. Con mayor razón, tampoco conocemos a los demás, ni a los más íntimos. Los hijos, l esposa, el marido, ¿quiénes son los que están a su lado? ¿Qué saben ustedes de los pensamientos secretos del corazón de sus hijos? ¿Qué saben del misterio último de su esposa o de su marido?

 

No tenemos tiempo, la vida pasa tan rápido, estamos ocupados con los cuidados materiales o las diversiones… y para terminar, llega la muerte y ante la muerte tomamos conciencia que la vida habría podido ser algo inmenso, prodigioso y creador, pero es demasiado tarde, y la vida solo toma todo su sentido en el relieve de la inmensa nostalgia de algo no terminado. Y los que quedan, ahí llorando por los que ya no están, que no hicieron nada de su existencia y a cuya realización colaboraron tan poquito los sobrevivientes.

Entonces, justamente porque la vida no se ha realizado, la muerte aparece como un abismo, como un misterio insondable que hace renacer sin cesar la objeción: “¡Después de todo, los muertos nunca vuelven para dar testimonio del más allá!” Claro, ningún muerto ha vuelto a decir lo que habrá visto, y eso, además, no serviría de nada. Entonces no trataremos de postular o inventar cosas que suponemos que después de la muerte, sino de situar el problema de la muerte en el misterio mismo de nuestra personalidad y a partir de nuestra vocación de sujeto, de origen y creador.

Un fracaso revelador

Si la experiencia de la vida fracasa, es decir, si a menudo a vida de los seres más amados nos deja la nostalgia de algo no realizado que no hemos comprendido bastante y a la realización de lo cual no hemos colaborado lo suficiente, es justamente porque el conocimiento de un sujeto, de una intimidad, supone enraizar nuestra intimidad en la del otro, supone una comunidad de almas, un intercambio tan profundo que es necesario ajustarse continuamente al nivel y al secreto del otro, soltar continuamente lastre, superarse de seguido para ser un espacio lo bastante grande para acogerlo. Si no conocemos suficientemente a los demás, es porque no somos bastante abiertos a ellos, por estar encerrados en nosotros, por no saber superarnos.

Entonces el otro es banal, tiene la cara social que responde a su función, al personaje que se ha forjado, a la máscara que debe llevar continuamente. No vamos más allá, no descubrimos su unicidad, porque no somos dignos ni de conocerla ni de suscitarla.

Y todas las dificultades de conocer a los demás, todas las dificultades para conocer a su propio hijo, para comunicar con el fondo de su alma, todas las dificultades para que los esposos sepan quiénes son, y superar la carne e ir hasta el centro del alma, todas esas dificultades resurgen ante la muerte. Es el mismo problema.

Como la vida es impenetrable para quien no se hace fuente, creador, persona, origen y libertad, así la muerte es igualmente impenetrable.

Implantación de la supervivencia

En efecto, no se trata de saber a dónde iremos después de la muerte, no se trata de un después en el tiempo o el espacio, sino de un más allá que es interior. Esto quiere decir que se trata de vencer la muerte aquí abajo, desde hoy, de modo que el verdadero problema no está en saber si hay vida después de la muerte, sino si vivimos antes de morir.

En efecto, si vivimos antes de morir, si tenemos la grandeza y el poder de brillar en que se manifiesta un valor, si hubiera en nosotros una fuente viva, si nuestra vida llevara por todas partes la luz, si fuera diálogo con lo eterno, si nuestros actos no fueran limitados, si tuvieran toda la amplitud y toda la importancia que puede conferirles les amor, la muerte sería progresivamente vencida, el tiempo se haría eterno en nosotros y multiplicaríamos las horas estrelladas de que habla Zweig, horas en que toda la duración se concentra en una presencia que suscita un presente capaz de renacer sin agotarse jamás.

Entonces, cada vez que logramos una nueva cumbre, cada vez que una obra maestra nos hunde en el corazón del silencio, cada vez que encontramos el sentido de la admiración, todas esas horas creadoras se suman, se hacen más densas, forman una luz cada vez más saturada y penetrante. Y así justamente, realiza su unidad nuestro ser.

De verdad hay en nosotros horas que no mueren, horas que perfilan la identidad de nuestro ser profundo, horas en que presentamos ya lo que puede significar la inmortalidad. En efecto, hemos de hacernos eternos en el tiempo, que es solo la distancia de nosotros a nosotros mismos. Es decir que el tiempo se debe interiorizar en una duración que no pasa y todo nuestro ser debe recuperarse poco a poco de la biología cuya espontaneidad instintiva constituye nuestro primer capital energético.

En efecto, al comienzo de la vida, desde la concepción en el seno materno, recibimos gratuitamente, es decir sin intervención alguna nuestra, cierto cuanto de energía cósmica que se nos da una vez por todas. Y ese cuanto de energía es lo que nos permite integrarnos en el mundo, jugar nuestro papel e ir más allá.

Pero este préstamo no renovable constituye un potencial. Hay cierta altura o poder de caída. Y luego, como toda realidad natural sometida a la entropía, sufre cierta nivelación: las energías se agotan con la edad y terminan inertes, y mueren, es la muerte física.

La muerte física no puede representar todo el acontecimiento de la muerte si es verdad que estamos llamados a ser sujeto, fuente y origen de nuestro ser auténtico, es decir à hacer trabajar esas energías, transformarlas, elevarlas a otro nivel, inmortalizarlas y, en fin, crear cuerpo y espíritu en su dimensión humana. Y a propósito, podemos ya notar que la visión extremamente primitiva y sumaria de una muerte que es retorno al polvo no responde en absoluto a la experiencia profunda de la muerte.

El cadáver no es el cuerpo sino un aglomerado físico-químico de elementos heterogéneos sin relación alguna con el cuerpo. Y vamos también a ver que el cuerpo, el verdadero cuerpo, puede sobrevivir a la muerte. Pero hay que descubrirlo, dándonos la pena de crearlo.

La adaptación indefinida

De todos modos, para conservar un dato irrecusable, estamos integrados en el universo. El universo nos presta cierto cuanto de energía. Debemos administrarla. Podemos administrarla con sabiduría, o al contrario, acelerar su destrucción, y también prolongar su duración manejándola con prudencia.

En esta perspectiva, el cuerpo aparece primero como una forma de cordón umbilical que nos conecta con el universo, con el universo bien determinado en que hemos de movernos naturalmente. Por eso el cuerpo está ante todo en relación con el hábitat terrestre. Si estuviéramos en la luna, no podríamos vivir fácilmente con el cuerpo que tenemos. En la luna, el cuerpo sería demasiado liviano pues el poder de atracción lunar es menos fuerte que el terrestre, ya que la masa de la luna es inferior a la de la tierra. Y si viviéramos en el sol, suponiendo que fuera posible, seríamos demasiado pesados, dada la inmensa fuerza de gravedad del sol, por su masa enorme comparada con la masa de la tierra. El cuerpo es función del hábitat y de las acciones útiles que debemos ejercer en él.

Solo percibimos una gama muy estrecha de radiaciones, que van del violeta al rojo. Pero hay radiaciones ultravioletas e infrarrojas, hay rayos X, rayos gamma, rayos cósmicos y una muchedumbre de otras radiaciones que no podemos percibir pero que no son menos reales, como los ultrasonidos que escapan igualmente a nuestra percepción natural porque no tenemos un papel útil que jugar en relación con ellos.

Entonces, siendo el cuerpo relativo al hábitat, debería ser diferente para existir en otro planeta. Lo sabemos además, ya que las naves cósmicas deben llevar las condiciones terrestres para que el animal o el hombre que las tripula puedan subsistir. Hay que restablecer continuamente o adaptar las condiciones terrestres para que la vida no sea perturbada y puesta en peligro al salir de la gravedad y de la atmósfera propia de nuestro planeta.

A pesar de estos límites, tenemos una capacidad de superación que nos permite justamente compensar la ausencia de las condiciones terrestres, es decir, de realizarlas en condiciones que son naturalmente imposibles.

Por otra parte, ya hemos realizado una superación análoga desde que la ciencia existe, ya que para conocer el mundo hemos elaborado instrumentos que se han hecho indispensables, al punto que la ciencia actual se define justamente por esas condiciones instrumentales. El sabio ya no observa con sus sentidos, sino con instrumentos que son resultado de cálculos y, a cada instante, el mundo cambia de escala, aunque la biología nuestra sigue idéntica. Por eso podemos poner el cuerpo cada vez más en condiciones naturalmente imposibles, mediante el juego de compensaciones que nos permiten restablecer las condiciones vitales terrestres, en situaciones extraterrestres.

El cuerpo, interface del espíritu

Pero, cosa mucho más notable todavía, no solo podemos salir de la gravedad y vivir fuera de la atmósfera, no solo podemos descubrir todas las radiaciones que están fuera de nuestra percepción sensorial, sino que el cuerpo mismo es una encrucijada de símbolos, un nudo de significados en que pueden manifestarse las más altas realidades.

Eso es algo que nos interesa sobremanera y que Merleau Ponty entre otros, ha escrutado profundamente.

Ustedes recuerdan la admirable danzarina Isidora Duncan, amiga de los Sakaroff que danzó en su presencia una danza, improvisada para sus amigos. Y los Sakaroff, llenos de admiración, la aplaudían con toda su amistad y entusiasmo cuando ella de pronto les grito: “¡No soy yo, es la idea!” Era perfectamente consciente de que en ese momento su cuerpo expresaba algo interior y sagrado, como lo deseaban los mismos Sakaroff en sus danzas pues tenían el sentido de lo sagrado a un nivel tan profundo que solo podían considerar la danza como manifestación de una realidad infinita.

El cuerpo es una encrucijada de símbolos y un nudo de significados que pueden servir de interface del espíritu mientras que lo que llamamos “la idea” puede ser simplemente el vehículo de una pasión brutal.

En esta época de lavado de cerebros en que se hace tanto consumo de pseudo-ideas martilladas en la sensibilidad para hacer de ellas instrumentos de ceguera y esclavitud, constatamos en efecto que a menudo el mundo de las ideas es en realidad un mundo pasional y que, pretendiendo formar el pensamiento se puede instalar la más horrorosa esclavitud cuando, al contrario, en la palabra, en la música, en los colores, el cuerpo puede llegar a expresar lo más íntimo de nosotros, hasta poder decir que, como ya Platón lo había presentido, la más eficaz educación se hace a base de música que ordena y armoniza la fisiología y hasta los ritmos físico-químicos, haciendo de todo nuestro ser una música.

Así se establece en nosotros una forma de silencio profundo y admirable que nos dispone a la contemplación y los encuentros privilegiados en que la vida del espíritu alcanza su cumbre. Ahora bien, la palabra, la música y los colores son vibraciones materiales, materialmente registrables, que pasan por el cuerpo como ellas que son cuerpo y sin embargo pueden liberarnos del peso de la carne y la sangre, de los impulsos animales y las servidumbres de la tribu.

¿No es, en efecto, la música la que despierta en nosotros el sentido más delicado de libertad, de admiración y ternura? ¿No existen pianistas con manos de luz mientras que las pseudo-ideas de un Rosenberg o de un Hitler no son más que martillos masas de una tiranía demencial?

El cuerpo es pues abierto, como lo es la biología, es un cuerpo transformable, educable, un cuerpo que puede hacerse música, un cuerpo que puede liberarse, expresar lo más íntimo de nosotros. Es decir que el cuerpo puede revestir una dimensión humana y está llamado a hacerlo: debemos crear el cuerpo bajo este aspecto, así como debemos crear nuestra personalidad. Y en el fondo, así lo sentimos cuando rehusamos ser objeto.

Si nos hieren profundamente cuando nos tratan como cosas y subrayan con malignidad nuestras deficiencias corporales, es justamente porque sentimos que no somos simplemente “una cosa en medio del mundo”, como dice Sartre hablando del cuerpo objeto. Y en realidad no somos solo “una cosa en medio del mundo”: en efecto, estamos llamados a salir del entorno cósmico y a transformarlo hasta no tener nada que aceptar sin primero pesarlo, escrutar su valor y decidir sobre el pro y el contra, como dice Camus: “el hombre es la única criatura que se niega a aceptar ser lo que es”.

No debemos pues aceptar el cuerpo o la mente tales cuales. Debemos recrear uno y otra, liberándonos finalmente del yo posesivo, del yo cósmico que nos impide realizarnos imponiéndonos ideas u opciones prefabricadas.

Porque en la medida que salimos del embrujo del yo propietario y posesivo devenimos de verdad nosotros mismos. Y no solo nosotros mismos en pensamiento sino también en el cuerpo.

Además, la dicotomía, la oposición tajante entre el cuerpo y la mente es absurda, asesina y peligrosa. Nada la garantiza. Tenemos siempre un movimiento de afuera a dentro y de dentro hacia afuera. El cuerpo no da toda su alegría, toda su belleza y su luz y no alcanza la unidad ni toma expresión humana si no lo atraviesa la corriente de la vida interior y la vida interior misma es imposible si no se expresa a través del cuerpo, si no brilla a través de una sonrisa.

En realidad, el verdadero itinerario no va solo del cuerpo al alma, para evadirse del cuerpo, sino del yo biológico, del yo esclavitud, del yo prefabricado, del yo que me cayó encima como un paquete arrojado sobre un muelle de estación, en una palabra, del yo que no soy yo, al yo auténtico, al yo espiritual, al yo origen, al yo creador, al yo que es fuente y valor, al yo que es universal, al yo que es don infinito y que percibimos en la luz y la trasparencia del amor.

Ese paso, ese cambio de nivel, esa liberación se anuncia y resuena necesariamente en todo nuestro ser. Todo nuestro ser, cuerpo y alma, se hace persona, origen, fuente y valor. Eso supone, claro está, que cumplamos el deber de hombres y aceptemos de verdad hacernos, crearnos, rehusando sufrir lo que somos, según fórmula de Camus.

Ruta de la inmortalidad

Por desgracia, la mayoría de las vidas son cadáveres de humanidad, remolcadas por energías físicas dadas al nacimiento, es decir que la mayoría de los seres humanos son llevados por la biología en vez de llevarla. Mueren sin haber vivido y esa es la verdadera muerte, la que está antes de la muerte en la identificación pasiva con la biología.

Esa es la impresión que tenemos tan a menudo ante esas vidas anónimas, superficiales y hechas que obedecen a un esquema prefabricado, ante esas vidas copia conforme, ante esos rostros “tipo Hollywood” que encontramos por doquier. No se reconoce en ellos el hombre con todo su poder de superación. No se encuentra la creación cuya vocación está en el centro de nuestro ser.

Por eso, repito, el verdadero problema no consiste en saber si estaremos vivos después de la muerte, sino si estaremos vivos antes de morir. Porque no hay razón de reclamar la inmortalidad para la biología tomada como tal, la cual no vale más que la de los insectos o los chacales. La inmortalidad no es una prolongación de la vida biológica con el temor de perecer. ¡No es eso! La inmortalidad es un valor, una dignidad, una vocación, una exigencia, lo mismo que la personalidad y la libertad.

Por eso somos candidatos a la inmortalidad. No se nos puede dar hecha, así como tampoco la personalidad o la libertad. Es primero una invitación a la transformación creadora en que el hombre alcanza cierta aseidad al hacerse fuente de su vida en el diálogo silencioso en que se realiza su personalidad, intercambiando con la Presencia infinita que es, como decía san Agustín, la vida de nuestra vida.

Está claro que si no podemos seguir siendo objeto, tenemos que hacernos sujeto. Hechos sujeto, ya no podemos ser solo grumos cósmicos, accidentes, dependencia del universo físico-químico. En efecto, es imposible que el valor al que debemos dedicarnos o mejor, que debemos ser y que depende de nosotros, subsista una vez separado de nosotros.

El genio de un hombre, la luz que es él, la virtud que irradia, la bondad cuyo sol difunde, todo eso no es separable de él. Si perece todo, todo valor perece con él y toda su vida se reduce finalmente a un objeto. El hombre no es entonces sujeto, no es creador de verdad, no tiene realmente dignidad inviolable. Pasa como todo lo demás y todos sus pretendidos valores no son sino polvo.

Pero si admitimos su exigencia, la calidad de sujeto solo puede afirmarse y revelarse por una ascensión, una continua subida. Si no hacemos la ascensión, si no nos liberamos de las adherencias posesivas, si nos dejamos llevar de la corriente, si nos hundimos en la biología, ya estamos muertos pues nos entregamos a la muerte al sumergirnos en las energías físicas, limitadas desde el comienzo, que se igualan sin cesar hasta el nivel inerte de la muerte.

Hay pues que realizar una promoción humana. El nivel de la vida debe elevarse continuamente. Las energías físico-químicas deben transformarse. La biología debe hacerse eterna. Todas las fibras de nuestro ser deben liberarse para expresar nuestro poder creador, dejando adivinar y comunicar la fuente que cada uno está llamado a ser.

Por eso, el más allá no está después de la muerte, sino ante todo después de la biología y es en realidad interior. En efecto, rigurosamente hablando, no podemos hablar de después de la muerte porque el disco del tiempo voltea alrededor de un centro inmóvil, porque la vida hecha valor es intemporal, es una vida supra-temporal como decía Mounier, es “supervivencia”, no en el sentido de “después sino en el sentido de vida que se supera desde ahora, vida que se transforma y se transfigura, vida que se eterniza y se universaliza haciendo de cada uno un bien común, es decir un ser único que toda la humanidad tiene interés de defender porque es fermento irremplazable de liberación para todos.

Refundición del yo

Es claro que esa transformación es inconcebible si no alcanza todo nuestro ser. En efecto, no podemos imaginar un ser en estado de generosidad, un ser que se hace de verdad él mismo, que alcanza su yo valor, sin que toda su carne se transfigure, se alivie del peso y salga de la codicia que la subordinaría a las energías cósmicas. Al contrario, es normal que irradie en el universo la paz interior que euritmiza todas las cosas, que difunde su armonía a su derredor y puede, como san Francisco, difundirse hasta conversar con los animales, realizando la unidad de toda la creación en el corazón del primer amor.

En este sentido podemos entender las palabras de Valéry cuando dice en chiste si duda y quizá para parecer más cínico de lo que era en verdad: “Lo más profundo que tengo es mi piel.

Sí, en un sentido, la piel es algo infinitamente precioso. La piel respira y morimos si la piel cesa de respirar. La piel percibe y conoce, es admirable todo lo que puede discernir en el universo. Por la piel pasa la sonrisa y toda la luz de la ternura. Sí, la piel… a condición de que la piel esté revestida de su dimensión humana y promovida a la dignidad de sujeto, la piel debe ser rostro y sacramento del yo que proviene del nuevo nacimiento que consume el yo posesivo y prefabricado el cual no cesamos de estar embarazados.

A partir de ahí es evidente que el problema de la muerte se plantea y se resuelve al mismo tiempo. Pero nada es más sorprendente que el hecho de que la inmensa mayoría de los hombres no ponen en cuestión su yo. Toman su yo como evidente, dicen Yo desde los dos o tres años antes de hacer ninguna elección y se trata siempre de ese Yo prefabricado que ponen a la base de su vida. Siempre se construyen las reivindicaciones alrededor de ese YO infantil y defienden a uñas y dientes ese Yo que les cayó encima, que no es obra suya y que es al contrario el límite de su crecimiento y el obstáculo esencial para la constitución de su personalidad. Precisamente, a partir de una refundición radical el yo objeto es como se deben realizar la transformación y la transmutación que nos arrancan a la muerte y preludian nuestra resurrección.

Nada nos hace sentir mejor esa transformación que la muerte de san Francisco. En efecto, en la muerte del Pobrecillo, sentimos el acorde maravilloso de una carne tendida hacia el encuentro con la Presencia de que vive. Porque es una carne consagrada, una carne estigmatizada, una carne ya casi glorificada. Sentimos, digo, el maravilloso acorde entre el impulso de una carne transfigurada con la mirada interior que va a colmar el cara a cara con la luz divina. ¿Qué es lo que va a morir en él? Sí, ¿qué puede morir aún en Francisco? ¿Las últimas huellas de una biología que no está todavía totalmente purificada? Porque solo muere la muerte. Solo puede morir, en efecto, lo que ya está muerto. Entonces, repito, solo puede morir la muerte, lo que ya ha cesado o es incapaz de vivir. ¿Habrá en él aún algún vestigio de una inclinación no hecha suficientemente eterna? O será más bien el último lazo que lo une a este mundo y que para vivir en él va a romperse porque se ha hecho plenamente fuente y origen y que ya no tiene nada que prestar del mundo y que ya no necesita ni siquiera una rampa de lanzamiento para su impulso.

Hacia la resurrección

Entonces, si el cuerpo es ante todo el cordón umbilical que nos enraíza en el mundo físico para vivir en él, es más que eso y nada prueba, si está realmente humanizado, que no pueda subsistir bajo un aspecto imposible de imaginar además, para vivir ya no en la dependencia, sino en una total liberación respecto del mundo.

Repito que el cadáver ya no es el cuerpo, en absoluto, sino un aglomerado de elementos sin lazo orgánico, en vía de disolución. Eso nos permite plantear la pregunta: si el cuerpo en cuanto condicionado por el hábitat terrestre tiene forma en relación con él, ¿qué forma puede tomar cuando haya dejado de depender de él? En el seno materno, ¿no tiene el embrión todas las promesas de la vida, como los nucleones, es decir los elementos ínfimos del núcleo atómico que son, en la materia, el reservorio de todas las energías? Desde este punto de vista, ¿no se puede concebir analógicamente que reducido a su esencia, a su largo de onda característico, el cuerpo permanece a pesar del cadáver como germen de resurrección? ¿No podemos pensar que más allá de la muerte, de cierto modo el ser humano es capaz de subsistir todo bajo una forma que escapa a toda manifestación sensible? Yo me inclino a creerlo. Cuando leemos en el Evangelio las apariciones de Jesús después de la Resurrección, nos llama irremediablemente la atención una especie de ambigüedad. Su cuerpo se puede manifestar en el mundo sensible, pero ya no depende de él. Y por eso ha tomado un modo de existencia que desconcierta a los apóstoles y los llena al mismo tiempo de susto y admiración.

En esta dirección buscamos la imagen de una supervivencia integral del hombre, considerándola por hipótesis posible, preguntándonos una vez más: ¿no se puede creer como san Francisco que se transformó todo en luz y amor, que se liberó de su biología y cuyas fibras viven todas de Dios, ya no tiene nada que la muerte pueda purificar todavía, porque ya no tiene nada qué podar?

Ahora todo es claro, todo es trasparente. El despojo que va a dejar en la tierra como una placenta en adelante inútil, son los elementos del mundo que ya no pueden vivir. Pero sus discípulos perciben en él la transfiguración de su biología hecha eterna.

¿No se puede pensar que algo queda de él, como el núcleo atómico o la partícula más ínfima del núcleo, como el embrión en su primer comienzo para dar una imagen inteligible en nuestro mundo, que constituye justamente el germen de la resurrección? Y si eso es verdad proporcionalmente para cada uno, ¿podemos ir más lejos y aceptar que la resurrección, el pleno desarrollo del cuerpo de gloria puede realizarse para todos tan pronto como se realiza lo que Hegel llamaba en un contexto totalmente diferente, “la perfecta adecuación del exterior y el interior”, cuando se hace definitivamente fuente y origen, pero reconociendo que tal resurrección solo se manifestará a todos en la consumación de la historia?

Vocación exaltante

Si la biología ha sido de verdad superada, si ha sido personificada, si ha sido valorizada y universalizada, si admitimos además que el cadáver no es el cuerpo, parece difícil creer que no subsista algo como germen de la resurrección. Para darle al cuerpo todo su valor humano e inculcarnos la vocación de creador que tenemos, de nada serviría, en efecto, ponernos a vencer la muerte si no pudiéramos transformar nuestra biología, si no pudiéramos recoger y eternizar el tiempo, si no pudiéramos salir poco a poco de las dependencias cósmicas como para poder vivir integralmente sin prestar nada del universo lo cual nos pondría bajo su dependencia y nos encerraría en sus límites.

Tenemos una invitación urgente en perfecto acuerdo con el sentido mismo de la Encarnación, en que precisamente Dios se hace carne, se manifiesta en el mundo visible. Estamos imperiosamente llamados a glorificar el cuerpo, es decir, a hacer de él realmente la expresión de una vida creadora y el sacramento de la Presencia divina. Si no somos totalmente dignidad, persona, fuente y origen, recaemos en una especie de maniqueísmo extremadamente peligroso y arriesgamos entrar en una guerra absurda y destructora del cuerpo con el espíritu o del espíritu contra el cuerpo.

Al contrario, me parece que la armonía de la Nueva Alianza y el esplendor de la Encarnación está en llamarnos a la unidad perfecta en que el mundo visible es el sacramento del invisible, en que el tiempo se convierte en eternidad, en que la tierra se hace Reino de Dios y en que el Evangelio eterno se expresa en la luz de la bondad humana.

Eso es lo único que puede constituir para nosotros un horizonte suficientemente grande como para suscitar el entusiasmo y ponernos en ascensión perseverante. En efecto, ¿qué más exaltante que tener que recrearnos sin cesar totalmente para recrear al mismo tiempo el universo que nos dio un avance de energía, devolviéndole las energías pero transfiguradas en la irradiación del amor, como lo hace san Francisco cuando canta el Cántico del sol?

Muerte, ¿dónde está tu victoria?

Por esta vía, pienso yo, haremos la experiencia no de una muerte sufrida sino de una muerte poco a poco vencida, de una muerte sobre la cual triunfaremos a medida que progresemos en el universo personal que coincide con nuestra liberación y que transparenta a veces en el sueño feliz de un pequeñito ante el cual tenemos tentación de arrodillarnos pues adivinamos en su emocionante gravedad todos los posibles aún intactos, que pueden ser la manifestación en él de la grandeza creadora del hombre.

¿Es temerario, como conclusión de estas reflexiones, preguntarnos si no es mal plantear el problema pensar en lo que viene después de la muerte, y si el verdadero problema no es lo que va a pasar antes de la muerte, lo que decidiremos hacer para vencerla?

Surge en nosotros cierta luz cuando perdemos de vista la admiración en que todo transparenta la Presencia única, siempre reconocida porque la experimentamos como don que suscita nuestro don. No tratamos de definirla. Ella se afirma por su propia claridad. En ella pasamos de las tinieblas a la luz, de la esclavitud de los instintos a la libertad de las virtudes, de la dispersión en que nos arrojan la inquietud y el aburrimiento a la unidad del yo oblativo, en que llegaremos por fin a nosotros mismos.

Descubrimos entonces que no hay otro camino hacia una existencia cuya plenitud se revela indivisiblemente como fin y como origen sino este paso, bajo su imantación, de afuera a dentro, en que emergemos de nuestra noche. ¡No vemos nada! Y de repente, todo se ilumina en el conocimiento en que nacemos a nosotros mismos en Otro. Aquí, de verdad, conocer es nacer o al menos, ser más en una vida hecha eterna.

Entendemos mal qué suplemento de verdad podría darnos aquí una manifestación sensible de los difuntos. Los signos que podrían darnos se inscribirían inevitablemente en los límites de que tenemos precisamente que liberarnos y nos alejarían de un más allá que es interior. La experiencia no puede venir del exterior. Tenemos que devenir “supervivencia para percibir su realidad y descubrir la vida de nuestra vida. La verdadera muerte es no alcanzarlo y no la muerte física de la cual podemos hacer un acto de vida mediante una liberación progresiva que alcanza en ella su madurez suprema.

Tal liberación implica necesariamente todo nuestro ser, alienado de sí mientras no sea fuente y origen identificándose con la generosidad misteriosa que nos hace pasar de afuera a dentro. La vida mental más aún que la vida carnal necesita esa interiorización radical. Pero tanto la carne como el espíritu encuentran en ella su gozo y su luz en la transparencia en que respira al recogerse en la “música callada”, que es otro nombre de Dios.

Por eso san Pablo que se movía con perfecta libertad en un cuerpo liberado de toda codicia, nos dio la consigna que sella nuestra unidad en la dimensión divina en que la carne y el espíritu comunican y se identifican en una ofrenda indisoluble: “Llevad y glorificad a Dios en vuestro cuerpo.

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