Homilía de Mauricio Zúndel, en Lausana, en 1955. Cf. "Ton Visage, ma lumière" p.491 (*)

 

El conocimiento de Dios está unido a la transformación del hombre, porque Dios es eminentemente personal. Es todo interior, no tiene exterior: él es el esplendor de una intimidad que es eterna comunión de amor.

Y por eso, Dios solo puede revelarse mediante la persona humana, a través de su misma luz, en un espacio de luz y de Amor, como sucede siempre en un universo de personas.

La intimidad de un hombre solo es aceptada en la intimidad de otro que se abre para acogerlo. Con mayor razón esto vale para Dios que, lo repito, es totalmente persona y pura intimidad: él no tiene exterior y por tanto solo puede ser accesible a nuestro conocimiento por la transformación de nosotros mismos, porque es el paso de afuera a dentro lo que hace de nosotros personas.

Todo el brillo nuestro con nuestra auténtica personalidad, todo lo que nos impide ser seres perfectamente liberados, se opone entonces a una plena revelación de Dios: es decir que en la medida en que es imperfecto, el hombre siempre limita a Dios. Esto vale para los mejores, para los profetas, en la medida en que no estaban liberados de todas las imperfecciones humanas. Por eso, si el Evangelio escapa a toda crítica, si la Revelación hecha por Jesucristo a la humanidad es una Revelación perfecta y definitiva, lo es en razón de la perfección única de la humanidad de nuestro Señor, es porque la humanidad de Jesús es totalmente absorbida en la Pobreza de Dios y subsiste únicamente en la personalidad del Verbo que es solo una relación eterna con el Padre, es porque la sustancia del Verbo es eterna pobreza que pudo formar en la humanidad un espacio ilimitado que hace nacer el segundo Adán y el comienzo de una Historia nueva, interior a cada uno de nosotros.

En virtud de la perfección única de la humanidad de nuestro Señor, la Revelación evangélica puede ser perfecta y definitiva. Pero si es así, si justamente el carácter ilimitado de la humanidad de nuestro Señor es lo que funda el carácter definitivo e indefinible de su Revelación, vemos en seguida que su Revelación es inseparable de él mismo.

El Evangelio escrito – el Evangelio hablado se transforma en escrito – no es todo el Evangelio, sigue siendo el Evangelio en espera. Nuestro Señor mismo reconoce los límites de su enseñanza, del carácter provisorio bajo ciertos aspectos, que solo podrá ser completo a la venida del Espíritu Santo, es decir con el bautismo de fuego de Pentecostés.

Nuestro Señor reconoce lo incompleto de su Evangelio, lo incompleto de su enseñanza, los límites condicionados precisamente por la incapacidad de sus discípulos para recibir la plena luz que él desea comunicarles.

No se trata de palabras, ni de fórmulas, no es una doctrina que pueda ser trasmitida independientemente de él, sino él mismo. Es la luz del Verbo eterno que brilla en el sacramento infalible e inseparable que es su humanidad.

Por eso, la Revelación cristiana podría extinguirse, desmoronarse en comentarios humanos, diluirse a través de glosas, de interpretaciones y de toda especie de posiciones humanas. O la Revelación cristiana permanece viva por los siglos de los siglos, es decir que Jesús permanece con nosotros hasta el fin del mundo.

El debe permanecer porque la Revelación es él mismo, es su Persona; él debe permanecer para que no volvamos a la esclavitud de la letra, a los límites del discurso. ¿Y cómo puede ser, si después de la Resurrección Jesús no prolonga su estadía de manera visible en la tierra?

Ahí viene justamente la institución del Ministerio apostólico. ¿Qué se trasmite a través del Ministerio apostólico? ¿Doctrinas? ¿La enseñanza de Jesús, es decir un conjunto de discursos dejados a la interpretación y a las deformaciones de cada uno? ¡No!....

Lo que se va a trasmitir es la Presencia misma de Jesucristo, la luz que es él. Lo que se va a comunicar es la intimidad de su Persona, y recibimos la luz bajo esta iluminación. Y Su Persona está siempre presente en el misterio de la Iglesia que hará estallar los límites del hombre, de los Hombres… que hará saltar los límites del discurso, consumir la paja de las palabras para darnos siempre en Verbo, la plenitud del Hijo del Padre mismo.

Eso puede hacernos comprender la institución del Ministerio apostólico: los apóstoles son enviados, no a predicar una doctrina sino ante todo a comunicar una Presencia infinita. ¿Y cómo hacerlo, siendo ellos mismos limitados?

Ahí está en definitiva todo el misterio del sacerdocio: son ordenados por la Palabra del Señor. Son ordenados por su envío, por la misión que él les ha confiado, son ordenados por un despojamiento total de ellos mismos a título de sacramento.

Se hacen sacramentos. Por esa distinción quedan silenciosamente desapropiados de ellos mismos, ya solo tienen valor de signo, que representa y comunica la Presencia del Señor.

Eso significa que su ministerio conlleva un eclipse total, un despojamiento radical, una pobreza infinita. Toda su autoridad es autoridad de renuncia. Los que quieran hacer su negocios, estar presentes a través de la misión de Cristo, imponer su religión personal o realizar sus propias ambiciones, pierden inmediatamente todo poder de Cristo, dejan de ser apóstoles, dejan de ser Iglesia, ya no son sino ellos, hombres que traicionaron al Maestro y que eclipsan su luz.

Para el sacerdocio pues, donde se continúa el Ministerio apostólico, hay exigencias radicales de despojamiento y de desapropiación: el sacerdote no es sino un signo de Jesucristo. No hay otro poder que el de eclipsarse en Jesucristo para comunicar integralmente la Presencia de Jesucristo.

Sobre eso se debe insistir. Lo que necesitamos es la Presencia integral de Jesucristo. Y el Ministerio apostólico nos la comunica precisamente porque eclipsa total y radicalmente al hombre en la Persona de Jesucristo.

Por consiguiente, la fe cristiana no debe someterse a los límites del hombre. Al confesarme, puedo reconocer los límites del hombre que es sacerdote, pero lo hago porque es sacerdote, porque no es él por cuanto que no depende de él, sus límites no tienen poder sobre mi fe, en cuanto que yo solo pienso recibir y dar a Jesucristo.

Esa es la diferencia entre la Fe cristiana y el Sacerdocio, según entendió san Pablo sus límites: la Fe cristiana es aún un discurso cuyos límites humanos podemos sentir; el sacerdocio ya no es un sacramento en que ya no vemos el signo de Jesucristo, donde tenemos que hacer continuamente abstracción de los límites humanos para no adherir sino a la Presencia y la Persona de nuestro Señor.

Esa es la misión del sacerdote, y es eterna: es dar a Jesucristo integralmente, pues no tiene otro poder que el de eclipsarse, entregarse totalmente. Ahí nos indica el camino de su propia santificación; si es sacerdote de verdad, cualesquiera que sean sus debilidades y sus límites, sigue debiendo calificarse continuamente mediante la imitación sincera y auténtica de Jesucristo.

Y justamente, el carácter sacerdotal de la misión apostólica que le está confiada, le indica el camino de la realización evangélica, por su propia cuenta, que es justamente ir hasta el final del eclipse, de la renuncia, del despojamiento, de la pobreza que es declarada bienaventurada en la primera Bienaventuranza:

¡Bienaventurados los pobres de Espíritu! ¡Bienaventurados los que tienen alma de pobre!” (Mt. 5:3)

Así, hoy y siempre, el sacerdocio consiste en realizar la plenitud de su misión la cual es siempre y será eternamente trasmitir la totalidad de Jesucristo, la plenitud de su Presencia, de su luz y de su Amor, en el eclipse total del hombre mismo, el cual no es más que signo de Jesucristo.

El sacerdote mismo solo puede dar gracias al llamado que hace de él solamente signo de Jesucristo y que lo invita a la renuncia total de sí mismo para identificarse con el Señor que habla y se expresa por medio de él diciendo:

Esto es Mi Cuerpo, esto es Mi Sangre.

Oremos por los sacerdotes, oremos por los apóstoles, oremos por los Ministerios apostólicos que realizan en la trasparencia del sacramento que es él, y pidamos al Señor por todos los sacerdotes y por nosotros mismos, la visión total sin la cual la misión no se puede realizar, ya que la misión se identifica totalmente con la renuncia, y que a la mirada de la fe, en la Iglesia solo vemos la Persona, la Presencia, el rostro, el corazón y el Amor de Jesucristo.

(*) TRCUSLibeo « Ton visage, ma lumière, 90 sermons inédits »

Ed. Les éditions Mame, Paris, 2011. 510 pgs

ISBN : 978-2-7289-1506-4

http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

 

 

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