Conferencia de M. Zúndel en Ghazir, Líbano, en agosto de 1959. Publicada en “Je parlerai à ton cœur” (Yo te hablaré al corazón) p.156 (*). Revisada y corregida por Ch. Blin según la grabación).

El lenguaje cristiano, o que por lo menos se dice tal, confunde a menudo la Encarnación y la Trinidad, o por lo menos no las distingue lo suficiente.

Para muchos cristianos, el Hijo de Dios se confunde con Jesucristo, porque Jesucristo es precisamente el Verbo encarnado.

Pero en la divinidad, el Hijo eterno es uno de los polos del altruismo, uno de sus polos de comunicación, uno de los polos de luz en que circula sin cesar la vida divina.

Jesucristo es el nombre del Verbo encarnado. Antes del momento preciso en que el Verbo se encarna en el seno de María, no se puede hablar propiamente de Jesucristo, precisamente porque la filiación eterna no supone la Encarnación. Es la Encarnación la que supone la filiación eterna, y no al contrario.

La santa humanidad de nuestro Señor no hace parte de la divinidad, si no, Dios estaría eternamente encarnado. La humanidad (de Cristo) es una criatura suscitada en el seno de María, para ser el sacramento inseparablemente unido a la divinidad, en la unidad de una sola Persona. Y es muy importante clarificar las ideas al respecto, ya que en este país donde estamos coexistiendo con el islamismo debemos presentar el cristianismo en toda su pureza.

El Islam se equivocó, ciertamente por culpa de los cristianos, quiero decir por culpa de los informadores de Mahoma el cual debió escucharlos hablar y expresar su fe ciertamente de manera equívoca, pues el Corán protesta contra una filiación en Dios, contra una filiación que, con toda certeza, no entendió. Diciendo “La m’julid wa la m’yulad”, “No engendra ni es engendrado”, el Corán se representa evidentemente la filiación en Dios como una filiación humana. Piensa que los cristianos imaginan a Dios como alguien que necesita ayuda, tener sucesor, porque ya no logra responder a todos sus quehaceres, como un jeque que llega a viejo y pasa la mano a su hijo, y cuenta con su descendencia para continuar su empresa.

No entienden que Cristo revela la filiación divina como filiación espiritual, como engendramiento según el orden del conocimiento, lo mismo que nosotros cuando nos hacemos persona, cuando somos de verdad nosotros, cuando somos al menos por un instante fuente, origen, comienzo, espacio y libertad. En ese momento nacemos de verdad a nosotros mismos, en la luz y en la claridad del conocimiento. Pero es claro que este nacimiento no tiene nada que ver con un nacimiento carnal. Es un nacimiento consustancial, como dice el Concilio de Nicea, consustancial con la vida del espíritu, la cual, justamente, solo puede expresarse perfectamente en esa fecundidad.

Porque el espíritu no se puede conocer a sí mismo mirándose. Mirarse, justamente, no significa verse. Uno se hace otro solo en sí mismo, ya que transfiriendo todo su ser al otro, uno se libera de sí mismo, y aferrado a sí mismo, uno se hace sombra a sí mismo y no se ve.

Los antiguos habían creado la admirable leyenda de Narciso, un joven de mucha belleza, encantado de su propia belleza y que solo busca su propia belleza, y se mira en todos los bronces brillantes para mirar su rostro, se mira en todos los lagos admirando su hermosura, y precisamente un día, viéndose en un lago y encantado más que nunca con su rostro, quiere fusionar con él, se echa al agua y perece. Los antiguos habían visto maravillosamente que una mirada hacia sí no puede llevar al conocimiento de sí mismo, que la vida de la mente sólo puede realizarse en impulso hacia los demás y que el nacimiento en el otro es la verdadera expresión de sí mismo.

Y precisamente la Trinidad afirma que en Dios el conocimiento es fecundidad. No es mirada hacia sí mismo, no es admiración de sí mismo, no es retorno sobre sí mismo, sino impulso hacia el Otro. Y esta filiación es eterna. Es absolutamente independiente de la Encarnación. Por ella se constituye la divinidad, la cual precisamente solo puede existir bajo esa forma de comunicación.

La Encarnación nos ha revelado la Trinidad, depende de ella esencialmente, y no la Trinidad de la Encarnación. El Hijo de Dios es el Hijo eterno, y si se revela en la santa humanidad de nuestro Señor, la humanidad creada en el seno de María le debe todo, le debe todo, y el Hijo Eterno NADA le debe a ella.

Es pues importante que demos especialmente a los niños, que deben vivir en un país musulmán, las nociones más puras y transparentes que remontan a la vida del espíritu en su foco primitivo y nos muestran lo que experimentamos a nuestra manera cuando nacemos a nosotros mismos en la luz de un conocimiento desinteresado, el cual nos revela en Dios justamente la plenitud de la vida del espíritu en un intercambio permanente en que la luz circula en un despojamiento infinito en que nada hace sombra pues justamente ya no hay apropiación, ya no hay posesión, ya no hay retorno sobre sí mismo. La verdad brilla en la claridad de la santa Pobreza, que es justamente la luz de la llama de Amor.

La santa humanidad de nuestro Señor, que es creada en el seno de María, que es limitada en cierto modo como toda criatura, tanto que nuestro Señor dirá formalmente, como lo repite el Credo de san Atanasio, llamado de san Atanasio, pero que no es de él: “El Hijo es menos grande que el Padre o mejor, el Padre es más grande que el Hijo” – “Si me aman se alegrarán porque me voy al P     adre, y el Padre es más grande que yo”, y como dirá a propósito del último día, que “nadie lo sabe, ni siquiera el Hijo, sino solo el Padre”.

En el misterio de Jesús hay pues una subordinación de la humanidad a la divinidad y, aunque subsista en Dios, la humanidad no es Dios. Es la humanidad de Dios, la humanidad unida personalmente a Dios, la humanidad que no tiene sino un yo que es Dios, la humanidad hostia, la humanidad sacramento, en fin, la humanidad, como dice el concilio de Calcedonia, que sigue siendo formal y esencialmente distinta de la divinidad.

Sin embargo, por ser una humanidad sacramento, es de calidad text-align: justify; text-indent: 36pt;particular, de calidad única, justamente porque no puede apropiarse nada. Y por ser incapaz de todo retorno sobre sí misma, por poder solo ser testigo de Dios y nunca de sí misma, por ser la revelación perfecta e insuperable, por dar a Dios la única trasparencia que pueda comunicar plenamente todo su misterio, la trasparencia de una pobreza absoluta.

Esa humanidad sacramento es también humanidad mediadora. Es sacramento respecto de la divinidad que nos comunica personalmente. Es mediadora respecto de nosotros, porque es la que nos representa y nos une, la que recapitula y le da nuevo comienzo a toda la creación y a todo el Universo.

Ahí es donde se sitúa la admirable noción paulina que le debemos al gran apóstol: “Jesús es el segundo Adán”. Es el segundo Adán y solo él puede serlo, precisamente porque su humanidad es absolutamente pobre.

¿Qué es lo que nos impide comunicar unos con otros? Nuestras fronteras. Cada uno de nosotros se encierra en las fronteras de su yo propietario, en su yo animal, en su yo instintivo, en su yo cero. Cada uno pone la barrera de su amor propio y así se hace extranjero para los demás, para los de su casa, para los de su pueblo, para los demás pueblos, las demás razas, las demás clases, las demás épocas. Esas fronteras son las que nos impiden comunicar unos con otros.

Pero justamente, Jesús no tiene fronteras porque no tiene yo propietario, porque no está centrado en su propia humanidad o mejor porque ésta no está centrada en sí misma. Justamente por ser incapaz de apropiarse nada, es igualmente incapaz de excluir nada. Su humanidad es abierta, infinitamente abierta al hombre, lo mismo que infinitamente abierta a Dios.

Y por eso hay que decir que Jesús es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre en el mismo nivel, es decir con plenitud infinita.

Yo soy particularmente sensible, particularmente sensible al título de Hijo del hombre. Es el nombre que Jesús mismo se da, nombre misterioso que él no define pues habla generalmente de él a la tercera persona, de suerte que en ciertos momentos, como cuando, en el evangelio de san Juan, sus auditores le preguntan de quién habla: “Cuando sea levantado sobre la tierra, yo atraeré a todos los hombres hacia mí. Significaba así de qué muerte moriría” (Jn 12,32-33). La multitud le replicó: “La Ley nos dice que Cristo vivirá para siempre. ¿Cómo puedes tú decir: el Hijo del hombre debe ser elevado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?” ¿Quién es ese Hijo del hombre? Sintamos bien con qué discreción habla Jesús de sí mismo. Se proclama tan poco, y se pone tan poco en valor que uno termina preguntándose si habla de sí mismo o de otro. ¿Quién es ese Hijo del hombre? Él se presenta como una pregunta viva, como interrogación a nuestra fe y nuestro amor. Pero en la medida en que nuestra fe vaya a su encuentro, en la medida en que nuestro amor se identifique con él aparecerá la respuesta dentro de nosotros…

En todo caso, Hijo del hombre significa que él es el Hombre, el Hombre en sentido absolutamente único y Pilato sin saberlo no se equivoca cuando dice: “He aquí el Hombre”, porque Jesús no es solo un hombre, un hombre como nosotros que somos todos seres humanos, Jesús es El Hombre. Y me siento conmovido pensando que se dio ese nombre que no era desconocido claro está, ni en el profeta Daniel ni en los libros apócrifos, en especial el libro de Enoc, del cual acaban de descubrir nuevas afirmaciones en los manuscritos del Mar Muerto.

Sea como fuere, y cualquiera que sea el sentido de la expresión en el libro de Daniel o en el libro de Enoc, es seguro que nuestro Señor se atribuyó ese nombre en que me gusta pensar que se designó como El Hombre, El HOMBRE.

Nosotros somos hombres, pero no El Hombre. Somos uno entre miles de millares que existen ahora o que vinieron desde que apareció la primera pareja. Y en esta inmensa multitud, desaparecemos como cero. Él no es un hombre, Él es El Hombre. Ser “Hombre”, para él es nombre propio. Por eso se designa por ese título: “Hijo del Hombre”. Es nombre propio justamente porque lo es de manera única. No lo es como uno entre millares, como eslabón en una cadena innumerable. No es un momento de la especie humana. No es alguien por quien pasa la vida, como de generación en generación. Él es el segundo Adán, aquél en quien toda la vida se recoge, se concentra y encuentra su unidad.

Esto no va sin consecuencias, porque es uno de los problemas más cruciales que podamos plantearnos ante la historia y ante la humanidad presente. La humanidad aumenta, aumenta, aumenta. Pronto serán 3 mil millones, lego, 4, pronto 5 mil millones. Aumenta sin fin… ¡sin fin! Y si sumamos todas las generaciones que se han sucedido, y no sabemos hasta dónde remontan, es imposible hacer la cuenta.

¿Cómo entonces establecer un lazo entre todos esos hombres? ¿Cómo descubrir una vocación común, cómo imaginar que todos esos ceros tengan importancia?

Estamos en Ghazir, un pueblito de 2000 habitantes. ¿A quién conocen en Ghazir, ustedes que viven aquí desde hace 20 o más años? ¿A quién conocen? No conocen todo Ghazir. No conocen todos los habitantes de Ghazir. Con mayor razón, no saben lo que pasa en Beirut. ¿Son capaces de nombrar la población de Beirut y de conocer el rostro de todos los habitantes de Beirut? Y en el mundo, ¿qué es Beirut? ¿y qué es el mundo de hoy comparado con toda la historia anterior a nuestra época? ¿Cómo imaginar que todos esos granitos de polvo perdidos en tal inmensidad puedan tener valor? ¿Cómo podemos pavonearnos por amar esa humanidad que no conocemos y que nos es cada vez más extranjera? ¡Los medios de comunicación no nos ayudan! Jamás han estado más cercanos los hombres por las técnicas de comunicación que hacen que una onda electromagnética nos una en un segundo a todos los puntos de la tierra. Pero jamás han estado más separados pues aunque hacen parte de la misma especie, no hacen parte de la misma comunión.

Y justamente, ahí tenemos un inmenso equívoco: cuando hablamos de la humanidad, como lo hace Marx, la humanidad que deseamos crear, la humanidad futura, ¿qué entendemos por humanidad? ¿Entendemos por humanidad la especie que se multiplica como animal? ¿Es ése el único lazo que existe entre los hombres, la generación carnal? Si ese es el único lazo, nosotros somos una especie animal como las demás y no hay razón para estimar más preciosa la generación carnal de los hombres que la de los animales, si todo se limita a eso.

Pero es claro que lo distintivo de los hombres, lo que los pone del todo aparte, es que en cada uno es posible otra cosa. En cada uno de nosotros hay una calidad humana que podemos desarrollar, una libertad humana que podemos expresar, una creación humana que podemos realizar, un valor humano que podemos atesorar, que podemos acumular en lo más profundo de nosotros y hacerlo bien común.

A propósito del nacimiento de san Juan Bautista, san Ambrosio hace notar admirablemente que la alegría que suscita el nacimiento de san Juan Bautista, como la de todos los santos, supone que un santo es un bien común. Palabras admirables: un santo es un bien común, es un tesoro para todos los hombres, y por eso su nacimiento es acogido con alegría general.

¡Pero ahí está justamente todo el problema! Para que haya una humanidad distinta de la especie animal sobre la cual los zoólogos, los naturalistas ponen la etiqueta de “homo sapiens, “hombre sabio, para que haya otra cosa que esa especie animal cada uno debe desarrollar en sí sus posibilidades creadoras, cada uno debe hacerse bien común.

Más aún: cada uno debe llevar a todos los demás, cada uno debe estar unido a todos los demás. ¿Y quién hará esa unidad? ¿Quién tomará a cargo toda la historia y toda la humanidad para reunirnos realmente en el plano de la persona, para reunirnos a partir del secreto que constituye la personalidad de cada uno?

Para conectarse con nuestra unicidad, debería amarnos a todos y a cada uno como la madre que yo evocaba el otro día, la madre que amó a su hijo y se identificó con él, y por más de 35 años lo llevó en la fuerza de su amor, hasta hacerse realmente una sola vida con él.

En fin, ¿cuál es el hombre que puede desplegar tal poder de amor para hacerse interior a cada uno, para vivir por dentro la vida de cada uno como su propia vida? Ahí está justamente el misterio y la vocación del segundo Adán. Y por eso la apelación paulina es tan preciosa, tan sugestiva y clarificadora, porque nos introduce a la vocación del Hijo del Hombre.

Él es el Hombre, no solo un hombre, es el que lleva toda la especie, el que reúne todas las generaciones, el que está dentro de cada uno para orientarlo hacia los demás. Y si podemos hablar de una humanidad una, una humanidad que forma una sola historia a través de los siglos, a través del espacio, es en la medida en que hay Alguien que la totaliza en sí mismo, que la vive en todos sus puntos focales, que es interior a cada uno de sus miembros y que permite a cada uno ser todos los demás, superándose, llevando justamente a la Comunidad el bien común en que se ha convertido, haciendo fructificar en sí mismo la gracia de la Presencia de Dios.

Algo hay ahí que nos toca en nuestras fibras más humanas. Justamente, por ser una humanidad infinitamente real pero de calidad única, una humanidad despojada de toda frontera, una humanidad absolutamente trasparente, una humanidad infinitamente abierta a cada uno de nosotros, por estar en casa dentro de los demás como lo han dicho magníficamente, nuestro Señor es el único que puede reunirnos.

Y si podemos hablar de una humanidad, de una historia humana, de una vocación humana que va de la primera pareja hasta el fin de la historia, es en la medida justamente en que Cristo está en el centro, en que la historia comienza de nuevo en él, en que él es un nuevo comienzo, en que todo el universo tiene con él un nuevo nacimiento, y en la medida en que él es verdaderamente el segundo Adán.

Vemos bien que tal plenitud y tal apertura suponen que Jesús es infinitamente abierto hacia Dios, porque es lo mismo [que hacia el hombre]. Cuando nos cerramos a Dios, nos cerramos a los demás. Cuando nos abrimos a Dios, nos abrimos a los demás y cuando nos abrimos a los demás nos abrimos a Dios, es lo mismo.

Pues justamente, cuando poco a poco nos hacemos persona y emergemos del yo animal y propietario, nos hacemos a la vez impulso hacia Dios e impulso hacia la humanidad. Y si nuestro Señor es el Hijo del Hombre con esa apertura infinita, es porque él es el Hijo de Dios en un grado infinito, único e incomparable.

Retenemos pues que en su humanidad nuestro Señor es a la vez el sacramento vivo e inseparable del Verbo de Dios en el cual subsiste, el sacramento vivo que nos comunica la divinidad, y al mismo tiempo el mediador entre los hombres, el que los representa, el que los une, el que los vive a todos y a cada uno como madre, como la madre más perfecta, y mejor aún, como la madre más perfecta puede vivir a su hijo único con el cual se ha identificado.

En la historia y en la carrera de nuestro Señor, eso supone una tragedia que es absolutamente imposible representarse, pues en una vida tan corta de máximo 33 años, en una vida tan corta y en un punto del tiempo y del espacio, en ese rinconcito de Galilea y de Judea, debió asumir verdaderamente toda la Historia.

Cuando vemos en Biblos, en un jarrón roto, un esqueleto replegado en la posición de feto en el seno materno y pensamos que ese esqueleto fue puesto ahí hacia 3500 antes de Jesucristo, cuando hacemos la cuenta de las generaciones que nos separan del hombre del que es vestigio este esqueleto, eso representa ya una distancia tal que si no lo hubiéramos visto, jamás habríamos pensado en él.

Que nuestro Señor haya debido pensar en todos y cada uno, y eso hasta el comienzo, que se pierde en la noche de la prehistoria, que remonta quizás a 500 mil o a millones de años, que haya debido vivir toda esa historia en 33 años, es absolutamente inimaginable.

El Evangelio solo nos da unas pocas luces que nos permiten adivinar algo el alma de nuestro Señor, que nos permiten vibrar con su sensibilidad, que nos permiten entrar en su soledad y de cierto modo participar en su sufrimiento.

Pues no olvidemos que en nuestro Señor hay sin duda una humanidad con todo el desarrollo de una conciencia humana que aprende, que aprende poco a poco a qué está destinada su vida. Y retomando las palabras del P. Mac Nabb, pronto veremos que hay sin duda en nuestro Señor claridades eternas, certezas inmutables que se imponen a su conciencia desde el primer despertar de su existencia en el seno de María, pero también hay una parte de él que aprende, que descubre y en particular, que recorre las etapas del tiempo.

De eso sabemos muy poca cosa, pero podemos observar el encuentro en el Templo. En el encuentro en el templo hay una luz fugitiva que nos permite entrever que Jesús niño, en apariencia un niño como todos los demás, Jesús niño se sentía llamado. En Nazaret había quizás subido a la cima de la colina donde los salesianos construyeron su basílica y de donde se puede divisar el Mediterráneo. Y quizá ante el Mediterráneo había soñado de niño que ese sería el camino a través del cual circularía el Evangelio.

Ya de niño había tenido esa mirada sobre el mundo que conquistaría el Evangelio. Y de repente, a los doce años, sabemos que es consciente de ello y que en el Templo de Jerusalén se siente comprometido en la misión confiada por su Padre. Y la afirmación de una toma de conciencia tan clara deja estupefacta a su madre María misma, la cual no entiende, nos dice el Evangelio, no entiende la respuesta y ella se limita a guardarla en su corazón.

Y después, todo entra en el gran silencio de la vida oculta y encontramos de nuevo a nuestro Señor en el bautismo de Juan. El bautismo de Juan que es la señal que le han dado, la señal de que ahora es el momento de comenzar su carrera pública, pues según palabras de san Marcos, o mejor, que san Marcos nos reporta, es a nuestro Señor mismo que se dirige la visión del bautismo: “Tú eres mi Hijo amado” mientras que la visión de la transfiguración y las palabras que la acompañan parecen dirigirse a los apóstoles: “Este es mi Hijo amado.

Es posible, es probable que los evangelistas hicieron pasar las palabras de una situación a la otra, y creo mejor retener la formulación de san Marcos, que es a Nuestro Señor mismo que se dirigen las palabas pronunciadas en el bautismo: “Tu eres mi Hijo amado”. Es como la orden de partida: ahora es el momento de entrar en la vida pública.

Y ustedes saben que la vida pública estará precedida por la estadía en el desierto, por el desarrollo de las tentaciones cuyo relato hizo nuestro Señor a sus apóstoles, en el sentido que las reunió bajo tres capítulos que se resumen todos en esto: la tentación es precisamente el esfuerzo del Príncipe de este mundo para desviar de la cruz a nuestro Señor, para comprometerlo en un mesianismo fácil, a golpe de milagros, un mesianismo sin pena y sufrimiento, un mesianismo con éxito prometido, un mesianismo que le atraiga muchedumbres, un mesianismo justamente en las antípodas de su verdadera vocación.

Y no hay que pensar que las tentaciones fueron simplemente una especie de película, en la superficie de la imaginación de Jesús. Al contrario, hay que ver en ellas el preludio de la agonía.

Porque en fin, rechazar la tentación significaba para nuestro Señor tomar el camino del fracaso, hasta que todo esté consumado. Y no hay duda de que en la fase de las tentaciones nuestro Señor probó por avance todo lo que lo esperaba y que debía vivir hasta las heces en la agonía y la crucifixión.

Tenía que elegir. Ya lo había hecho, pero tiene que volverlo a hacer en cada punto decisivo de la historia cuya tragedia es cada vez más profunda e inexpresable. Habrá que volver a tomar la decisión que llenará de terror al apóstol san Pedro cuando trate de desviar al Maestro de la perspectiva terrible.

Otro episodio que arroja una luz extraordinaria e inesperada sobre el alma y la sensibilidad de nuestro Señor, es el que nos reporta el tercer capítulo de san Marcos donde nos cuenta que sus hermanos decían de él: “Perdió el sentido, está loco, perdió la cabeza!” Sus “hermanos” son sus primos, sus familiares, son Santiago, José, Judas y Simón, personajes además difíciles de identificar, de los que no sabemos si los debemos acercar o identificar con los apóstoles del mismo nombre.

Pero en todo caso, es cierto que en la vida de ellos hay un período en que fueron incrédulos y vieron en ese primo alguien que perdía la cabeza y al que debían volverlo a la razón. Y justamente en ese episodio en que lo buscan en la multitud, cuando dicen a nuestro Señor que su madre y sus hermanos lo están buscando (su madre, claro está, se encuentra ahí para protegerlo y no porque dude un instante de su misión) y nuestro Señor pronuncia estas palabras revolucionarias: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Quien escuche la Palabra de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3:35).

Poco después lo encontramos en Nazaret, y ahí lo vemos chocar con la incredulidad, ya que en Nazaret justamente se parecía tanto a los demás. Nadie imaginó durante toda su infancia que él era diferente. Nadie vio en él otro que el hijo de José y María, y se apresuran a decírselo cuando abre el Libro en la sinagoga de Cafarnaúm.

Y él mismo se asombra de su incredulidad y san Marcos nota que no pudo hacer ningún milagro en ese lugar, excepto curar algunos enfermos imponiéndoles las manos. Además, ya chocó con los fariseos que lo acusan nada menos que de arrojar los espíritus por Belcebú, Príncipe de los demonios.

El conflicto no hará sino agravarse y pronto va a chocar con los mismos apóstoles que se van a oponer justamente al mesianismo de la Cruz que nunca entenderán, que los desconcertará, que los escandalizará, que les hará perder el equilibrio y los hará dudar, como vemos en el relato de los discípulos de Emaús: “Si era él a quien esperábamos… si era él el que debía venir…” Porque todo eso era bien extraño para ellos.

Durante cada uno de estos episodios, nuestro Señor se dará cuenta de manera cada vez más trágica que la partida está perdida y que pronto “todo estará consumado”. Estos cuantos episodios tan sobrios y tan raros nos permiten adivinar algo y a través de esta intuición muy fragmentaria podemos imaginar la toma de conciencia que va desde el primer instante de la existencia humana de Jesús hasta su consumación, pues a cada paso debió realizar que el totalizaba toda la Historia e iba a responder y ser el responsable de cada uno, como el cordero inmolado desde el comienzo del mundo. Eso representa una Pasión, una Pasión infinita situada mucho antes de la Pasión de la Semana Santa. Eso supone un martirio de cada instante, sin excluir la alegría por otra parte, ya que en la santa humanidad de nuestro Señor Jesús, como en la divinidad, solo podía haber una alegría, la alegría del don.

Pero todo eso lo vamos a vivir mejor justamente si recurrimos a la profunda teología del P. Mac Nabb, y que no he encontrado en ninguna otra parte. En ninguna Vida de Jesús, en ningún comentario de los evangelios he encontrado esta teología que sin embargo es tradicional y que el P. Mac Nabb desarrolló con ocasión de una controversia suscitada por los anglicanos, como ya tuve la ocasión de decirlo.

Además ustedes conocen más o menos la situación muy compleja de Inglaterra, donde hay una religión oficial que es, en Inglaterra el anglicanismo y en Escocia el presbiterianismo. Saben que al lado del anglicanismo hay casi el mismo número de sectas protestantes, muy numerosas, sobre todo el metodismo y el presbiterianismo que es como acabo de decir, la religión oficial de Escocia, unida a Inglaterra, bajo la misma corona y la misma realeza.

Ahora bien, la iglesia anglicana misma, para tomarla sola, es igualmente un simposio, es decir, una reunión de todos los matices, de todas las opiniones posibles. Se puede decir que van desde la incredulidad, el rechazo formal de la divinidad de nuestro Señor, y desde afirmar que los sacramentos son algo mágico, hasta afirmar la fe católica pura y simple, incluso la infalibilidad del papa

En el anglicanismo encontramos todo absolutamente, todos los matices, todo tipo de afirmación, reunidos en la misma iglesia, bajo los mismos obispos que además no tienen ninguna autoridad, con el mismo libro de oraciones, el “Prayer Book, con las mismas fórmulas, con las mismas ceremonias. Tenemos todas las opiniones, de modo que en una ordenación anglicana se puede ver a los ordenandos, a los jóvenes que son ordenados, mostrar claramente en su actitud a qué escuela de pensamiento adhieren, como dicen ellos, si tienen tendencia católica o protestante.

Y en esa iglesia anglicana que tolera todas las expresiones y que se llama a sí misma “The Bridge Church”, “la iglesia puente”: la iglesia que quiere ser el puente entre todas las demás iglesias, como una especie de lazo que tiene enganches de todo lado; en la iglesia anglicana, los teólogos y precisamente los teólogos modernistas, es decir los que son los menos creyentes, los que admiten menos lo sobrenatural, los teólogos modernistas se planteaban la pregunta: “Had Jesus-Christ the consciousness of his divinity?” – “¿Era Jesucristo consciente de su divinidad?” ¿Tenía Jesucristo conciencia de su divinidad? Y la encuesta terminó con esta afirmación: “No es seguro, según los textos del Nuevo Testamento comparados unos con otros, no es seguro que Jesucristo tuviera conciencia de su divinidad”.

Entonces el P. Mac Nabb, dominicano de santa memoria, un dominicano que vivía verdaderamente en unión muy profunda con Dios, que era un alma luminosa, un alma trasparente, un alma llena de caridad, el P. Mac Nabb entró en el debate.

¡Qué difícil era para un católico entrar en esa controversia sin la menor acrimonia, sin parecer refutar ni dar lecciones y teniendo en cuenta al máximo la respuesta que habían dado, “Parece, no es seguro que nuestro Señor tuviera conciencia de su divinidad”.

Entonces el P. Mac Nabb recordó (yo no sé de dónde sacó esas nociones, pero las dio como tradicionales) recordó la doctrina de una teología antigua, que la cuestión planteada por los teólogos anglicanos cubría cuatro cuestiones.

Cuatro cuestiones: en efecto, indudablemente, en su Persona divina nuestro Señor conocía su divinidad. La divinidad en nuestro Señor, la Persona eterna del Hijo, conocía incontestablemente su divinidad.

Pero ahora, considerando la humanidad de nuestro Señor, como en el alma humana de nuestro Señor había un diálogo perpetuo con el Padre, es decir en términos teológicos, como el alma humana de nuestro Señor gozaba de la visión beatífica, y que en la visión beatífica resplandece la unión de la humanidad con la divinidad, en esta ciencia beatífica, nuestro Señor conocía incontestablemente la divinidad en que subsistía su humanidad y que era su único yo.

Pero en nuestro Señor había otro conocimiento: la ciencia profética, pues nuestro Señor debía justamente enseñar a los hombres el don prodigioso de Dios que es el don de la Encarnación, y puesto que debía comunicar al mundo esa Buena Nueva que el mundo no osaba ni esperar, no hay duda de que a ese título, el Doctor del género humano, en la ciencia profética que debía traducir en lenguaje humano las claridades de la ciencia beatífica que no pueden caber en palabras humanas, ante esa ciencia profética que hace de Jesús el Doctor del género humano, no hay duda que nuestro Señor conociera su divinidad.

Pero en nuestro Señor había otra ciencia, una ciencia experimental: el conocimiento que retiraba como nosotros del espectáculo del mundo sensible con sus manos y sus ojos y con toda la respiración de su ser sensible. Como nadie, con la delicadeza infinita de su humanidad virginal, nuestro Señor está unido con la naturaleza, con la ternura de los pequeñines, con el ardor del joven que busca la vida eterna, con la amistad apasionada de Pedro y todos sus límites, con la entrega de Marta y María y de su hermano Lázaro, con el apego único del discípulo amado.

Todo eso lo vivía nuestro Señor en su sensibilidad, todo eso lo vivía como nosotros, a otro nivel, en otro clima, en una pureza única claro está, pero aprendía de la vida, aprendía, vivía en el tiempo y el tiempo le enseñaba. Por eso, todas esas edades que acabamos de resumir brevemente se inscriben en él como espadas. Cada fracaso, cada rechazo, cada anuncio de la Cruz y de la consumación entra en él con las puntas aceradas del acontecimiento cuyas tinieblas comienzan ya a invadirlo.

Y esa ciencia, concluirá el P. Mac Nabb, pero, ay, yo debo concluir aquí porque es hora, por esa ciencia, dice el P. Mac Nabb podemos hablar de una ciencia natural en nuestro Señor. Hay en nuestro Señor una ciencia natural, una ciencia que enseña, que instruye, una ciencia que progresa, ciencia que la Sma. Virgen podía orientar, enriquecer, elevar de cierto modo; así pudo él aprender a leer, etc. Hay todo un conocimiento humano que le llega a Jesús por la naturaleza y lo hace justamente infinitamente sensible a toda la novedad del acontecimiento.

Ahora bien, este conocimiento natural no está de por sí a la altura de los misterios sobrenaturales, y por tanto no está de por sí al nivel del conocimiento de la unión personal de la divinidad con la humanidad. Considerando esta ciencia experimental, puede que Nuestro Señor haya tenido dudas en ciertos momentos y haya estado en la oscuridad. Y lo estuvo en efecto en el huerto de la agonía, lo estuvo en la Cruz, pudo conocer las tinieblas, la soledad, puro necesitar ayuda, ¡pidió socorro, rogó a sus amigos que le hicieran compañía! Pues justamente, en su conocimiento experimental, el acontecimiento que estaba previsto desde siempre era vivido ahora en todo su horror.

Vamos a detenernos aquí esta noche y de la caridad del P. Mac Nabb Nabb, vamos a conservar esto: primero, que pudo conservar, pudo suscribir a la proposición, a la conclusión de los anglicanos, pudo retomar su conclusión diciendo: “Sí, del punto de vista de la ciencia experimental, no es seguro que nuestro Señor haya tenido, o en todo caso, no es seguro que haya tenido siempre conciencia de su divinidad. Pero la tenía, claro está, desde el punto de vista de la ciencia divina y de la ciencia beatífica y no cabe duda tampoco bajo el punto de vista de la ciencia profética.

Pero retendremos que en nuestro Señor hubo aprendizaje del sufrimiento. Hubo la subida progresiva hacia la Cruz que él debió elegir a cada curva de su existencia, pues el peso del universo, el peso de la Historia era cada vez más pesado para él. Tenía realmente que recapitular toda la Creación, a darle nuevo comienzo a todo el Universo.

Él era justamente el Hijo de Dios, pero justamente por eso, era el Hijo del Hombre, era el segundo Adán, y por eso podía identificarse con la Cruz que iba a ser plantada en el centro de la Historia para reunirnos, para hacer de nosotros un solo pueblo, una sola persona en su Persona.

Vamos a pedirle a la Santísima Virgen que educó a Jesús, que lo llevó a sus primeras lecturas, que le recitó los textos sagrados, que admiró su admiración, que lo vio justamente en comunicación con toda la naturaleza, que lo vio sensible a todos los sufrimientos, que asistió un día a la tentativa de raptarlo como si “hubiera perdido el seso” y que lo acompaña al pie de la Cruz, sola con el discípulo amado, vamos a pedirle a la Santísima Virgen que nos haga entrar en todas las riquezas de la humanidad de nuestro Señor que estaba en el tiempo, a fin de que esté más cerca todavía de nuestra humanidad y que nosotros no tengamos nunca la tentación de pensar: “¡Pero nuestro Señor era Dios, y entonces para él era mucho más fácil!”. ¡Pues no! Porque él tenía que vivir en una vida de hombre todo el peso infinito de la divinidad que debía expresar y todo el peso de una humanidad pecadora a la que debía llevarle Dios.

Por eso, jamás sabremos hasta qué punto nos amó. Y el P. Mac Nabb nos dio justamente una clave para entrar en las profundidades de esa humanidad que conoció a veces una noche tan trágica a fin de que brille en nosotros la luz del eterno amor.

(*) TRCUSLibeo « Je parlerai à ton cœur » (Hablaré a tu corazón)

Ed. Anne Sigier, Sillery, septiembre de 2001, 327 pgs

ISBN : 2-89129-147-6

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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