Conferencia de M. Zúndel en El Cairo. (Tomada de p. 77-82 deVie, mort et résurrection).

Para un padre o una madre es absolutamente imposible olvidar su relación con sus hijos. Al crearse, el lazo de paternidad y maternidad se enraíza en el amor hasta el punto que un padre y una madre ya no pueden concebir su existencia fuera de la relación con sus hijos.

Sucede lo mismo evidentemente en las relaciones, con el lazo conyugal, anterior aun a la paternidad y la maternidad. Entre los esposos hay una referencia, una relación personal que es consustancial, que es tan interior a la vida que ésta no puede ya concebirse ni construirse sin ese intercambio.

Entonces, todos ustedes, comprometidos en los lazos admirables y sagrados del matrimonio, de la paternidad y la maternidad pueden comprender muy fácilmente que ciertas relaciones esenciales están tan profundamente enraizadas en nosotros que hacen parte de nosotros mismos y que ustedes no pueden existir sin vivir esas relaciones, sin, expresarlas, sin satisfacer a sus exigencias y sin tener a la vez los gozos y sufrimientos de las mismas.

Pues bien, la Eucaristía, el Memorial infinito que celebramos esta noche, y hacemos más que conmemorarlo pues lo vivimos en la realidad de la Presencia de Cristo, la Eucaristía afirma entre Jesús y la humanidad, entre Jesús y los hombres, entre Jesús y cada uno de nosotros, entre Jesús y todos los individuos humanos que hayan jamás podido existir o que puedan existir jamás hasta el fin de los siglos, la Eucaristía afirma lazos aún más personales, más profundos, más íntimos e indestructibles que los lazos que unen a los padres y los hijos y a los esposos con su cónyuge.

Jesús es el Segundo Adán, Jesús es el Hijo del Hombre, con una plenitud igual a su filiación divina. Desde el primer instante de su existencia terrestre, Jesús está abierto a toda la humanidad, asume toda la humanidad, es interior a cada uno de nosotros.

Es pues imposible abordar a Jesús, es imposible encontrarlo y conocerlo sin vivir en él esos lazos universales, ese ecumenismo consustancial, ese Amor sin fronteras y sin parcialidad.

Y eso es justamente lo que afirma el Señor en la noche del Jueves Santo, después de dar a sus discípulos la prescripción suprema que es su Testamento Nuevo: la prescrip­ción suprema de amarse unos a otros como él los amó; después de lavarles los pies para poner primero en práctica él mismo el mandamiento del Amor. Considerando todos los siglos, nuestro Señor indica a todo hombre, a toda conciencia, el único camino que puede conducirnos a él, es decir, asumir, tomar para sí, tomar a cargo toda la humanidad y todo el universo.

No se trata de otra cosa. Nuestro Señor nos advierte, con la conciencia trágica que conviene a esa hora suprema: “Os conviene que yo me vaya, pues si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá sobre vosotros.

¿A quién lo dice? ¡A sus apóstoles! A sus apóstoles que acaban de disputarse el primer puesto a la mesa de la Cena. A sus apóstoles que no han entendido nada, a sus apóstoles que le preguntarán después de la pascua, después de la Resurrección, el día mismo de la Ascensión: “¿Es en estos días, es decir en los días de Pentecostés, cuando vas a restablecer el reino en favor del pueblo elegido? (Ac. 1:6)

¡No han pues comprendido que el Señor no viene en beneficio de un solo pueblo! No han entendido que en el corazón de Dios no existe ningún límite, ninguna parcialidad, no entienden que Dios es la vida de nuestra vida, que es interior a cada uno de nosotros, que “el cielo es el alma del justo”, no entienden que para encontrar al verdadero Dios hay que salir de sí mismo, hay que superarse, romper nuestros límites, las barreras, los resentimientos y las parcialidades.

Y es por eso que nos da cita, que nos invita a la mesa eucarística, nos da cita para una comunión de Amor en que deben reunirse todos los hombres: “Vendrán a mí, pero no vendrán solos, no vendrán poniéndome a su medida, no vendrán para satisfacer sus gustos y deseos, no vendrán para obtener lo que les conviene solo a ustedes y a los poco numerosos que les son necesarios, vendrán a mí con el corazón inmensamente abierto, vendrán a mí asumiendo a cada uno como igual a ustedes, vendrán a mí considerando a los demás como si fuera yo mismo, pues en cada uno tengo hambre, tengo sed, sufro, soy pobre, estoy vestido de harapos, estoy preso y abandonado.

Eso es la Eucaristía, la cita enviada a cada uno de nosotros para hacerse universal.

En efecto, no se trata de mantener a Jesús al alcance de la mano, de encerrarlo en una casa de piedra. Es bien evidente que Jesús, por su mismo ser, por su desposesión radical, por su apertura infinita, ya está presente. Nos acompaña a todos y a cada uno en el camino de Emaús, aunque nuestros ojos no lo vean, aunque nuestro corazón esté cerrado, él nunca deja de ser el compañero de todo hombre en los caminos de la vida. Somos nosotros, repito, somos nosotros los ausentes, los que estamos cerrados, somos nosotros los que limitamos el brillo de su luz y de su Presencia.

Por eso, no queriendo crear otra ambigüedad, no queriendo que lo tomemos por el exterior como los apóstoles antes de Pentecostés, no queriendo que nos equivoquemos sobre la universalidad de su Amor, puso esta condición tan fundamentalmente humana, tan universalmente humana: “Solo pueden venir a mí juntos, solo pueden venir a mí formando el Cuerpo Místico que abarca toda la humanidad, solo pueden venir a mí llevando la carga los unos de los otros, solo pueden venir a mí amando como amo yo, respetando en mí las relaciones consustanciales, las relaciones sin las cuales no puedo existir, las relaciones que, si me las rechazan, me mutilan y hacen de mí un ídolo y un falso dios, como si les quitaran a ustedes la paternidad y la maternidad. Vendrán pues a mí con TODA la humanidad, con toda la historia y todo el universo.

Eso es pues la Eucaristía: las bodas de Cristo con la humanidad, el matrimonio perfecto, la reciprocidad de amor vivida y ejercida efectivamente, que los pone frente al verdadero Cristo que es el Segundo Adán, que nos hace entrar en el circuito de Amor de la santísima Trinidad, que nos universaliza en un ecumenismo auténtico y que hace de nosotros una presencia ubicua, una presencia que se realiza por doquiera, a través del centro eterno en que fusionan y se encuentran todas las intimidades humanas.

¡Ah! Ahí, en el intercambio eucarístico, se realiza el sueño de una humanidad unida: los hombres no son UNO biológicamente, no los unen realmente sus instintos; para unirse, para que sean una humanidad digna de sí misma, una humanidad libre y creadora, se necesita ese lazo místico, se necesita que Dios sea la respiración común de todos! Se necesita que el mismo corazón divino pase a todos los corazones y que cada hombre reconozca en los demás la inmensidad de la Presencia y la grandeza inefable de la Pobreza divina.

¡Ah! Se entiende que nuestro Señor, prediciendo la ruina del Templo, haya querido precisamente erigir en cada uno de nosotros la Iglesia eterna. Es seguramente más fácil construir catedrales, encender luces, organizar liturgias y cantar verdadera música, cosas todas además perfectamente legítimas en sí e indispensables, pero que no son sino un camino, un medio más, pero hay que levantar en nosotros el santuario eterno, el santuario de la libertad, de la dignidad, de la justicia y del amor (1).

En este país quizá más que en otro (2), tenemos la tentación de decirnos: “¡Soy cristiano! ¡Somos cristianos! ¡No somos como los demás!” como si el cristianismo pudiera ser propiedad, ¡como si el cristianismo pudiera ser un monopolio! Como si el cristianismo no fuera universal por esencia, como si no hubiéramos recibido la misión de ser Cristo para todos los hombres nuestros hermanos, sin distinción de raza, de clase o de condición (social).

Y justamente, esta noche el Señor nos invita a su mesa, el Señor al que vamos a invocar juntos, a llamarlo como Cuerpo Místico suyo, en que ningún ser humano puede ser olvidado, en que ningún ser humano puede ser excluido, esta noche queremos tomar de nuevo conciencia de la catolicidad, quiero decir, de la universalidad del Evangelio. ¡Nadie está afuera, nadie es extranjero, no hay nadie que no esté habitado por la gracia, nadie que no sea hermano de Jesucristo, nadie a quien Jesús no acompañe en todos los caminos de la vida!

Por eso nuestra comunión esta noche no puede ser sino apertura al corazón divino que no la tiene (3); nuestra comunión esta noche no puede ser sino comunión en nombre de todos los hombres, por todos los hermanos cercanos o lejanos, pues Cristo no tiene pueblo, Cristo no tiene parcialidad, Cristo es el Hombre universal, Cristo está dentro de cada uno y está en casa en lo más íntimo de los demás.

Escuchemos pues esta noche... escuchemos la invitación desgarradora a la catolicidad, restituyamos a Jesús su universalidad dentro de nosotros, tratémoslo como tratamos a un hombre y una mujer, un padre y una madre a quien respetamos, tratémoslo como a aquél cuyos lazos con toda la humanidad son indisolubles y eternos y llevémosle esta noche dentro de nosotros el amor, la gratitud, la alegría de toda la humanidad que encuentra en él el centro de una fraternidad universal, recordando que la comunión es la exigencia de una Presencia total en que asumimos con Jesús toda la historia, toda la humanidad y todo el universo, y que en la Eucaristía precisamente se resume de manera incomparable todo el Evangelio, toda la novedad, toda la Presencia, toda la alegría, toda la humanidad, toda la divinidad de Jesucristo, según lo traduce magníficamente en su sencillez un himno de la Iglesia: “Allí donde está el Amor, allí está Dios!” ¿Es posible decir más sencillamente lo esencial?

¿Es posible decir más sencillamente quién es Dios y quién es el hombre? ¿Se puede proponer de manera más sencilla y más universal una religión que abraza todos los hombres que la pequeña frase tan límpida, tan profunda y gozosa: “¡Allí donde está la Caridad, donde están la Bondad y el Amor, ahí es donde está Dios!

Notas

(1) Este pasaje no figura en el libro Vie, mort et résurrection.

(2) En Egipto donde dijo esta homilía, los cristianos representan menos del 10% de la población.

(3) El corazón divino no tiene límites.

(*) Libro Vie, mort et Résurrection Vida, muerte y resurrección). Ed. Anne Sigierv – Sillery. 2001, 164p.  ISBN : 2-89129-244-8

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