Esta conferencia fue publicada ya en el sitio www.elanentrinité.net en agosto 2003 y en abril 2009. (Publicada en Emerveillement et pauvreté (*)).

A propósito del mal en el mundo, del sufrimiento bajo todas sus formas y de la degradación, hemos observado que Dios es "el compasivo". Si nos conmueven todas las desgracias del mundo, la crueldad que se manifiesta en la biología salvaje – que es con frecuencia la nuestra – es precisamente porque llevamos dentro al Dios compasivo, porque Él es todo amor y, pura generosidad. Él es quien nos inspira el sentimiento de angustia ante el océano de desgracias y de sufrimientos que jamás podremos agotar.

No basta decir que Dios es el compasivo de quien sacamos todos los sentimientos de misericordia y de fraternidad. Hay que decir también que Él es su víctima. El mal tiene un rostro aterrador, sobre todo el mal gratuito. El mal que viene del hombre y que podría no existir, tiene cara aterradora en la tortura de los inocentes, en la masacre de seres sin defensa, en todas las manifestaciones de la brutalidad que desconcertaba a Iván Karamazov, uno de los héroes de Dostoievski, y a Albert Camus en "La Peste", el cual no cesó de plantearse con tanta angustia el problema del mal.

¿Dónde está Dios en todo eso? Justamente, Él es víctima de todo eso, y si no lo fuera no existiría el mal: si una felicidad absoluta e infinita, no fuera degradada, amenazada, desfigurada, saqueada por todas las empresas de barbarie, no existiría el mal. Si fuéramos insectos, el problema del mal perdería todo significado porque desaparecer sería un bien para nosotros y para todo el mundo.

No hay que olvidar jamás que es imposible oponer el Dios de la conciencia al espectáculo del mal porque el Dios interior – y no hay otro –, el Dios interior que es todo amor, el Dios que es el espacio en que respira nuestra libertad, el Dios que es el único camino hacia nosotros mismos, el Dios silencioso, el Dios que está esperando eternamente, el Dios que nunca se impone, el Dios que muere de amor por quienes rehúsan eternamente amarlo, ese Dios es herido por todos los golpes que recibe la criatura humana, animal, e inclusive vegetal, por todos los golpes que degradan el universo, y Él es totalmente inocente de ello. Él sólo puede recibir golpes, morir, porque su acción es su amor, porque su ser todo entero no es sino su amor y que el amor queda sin efecto si no surge la respuesta de amor que cierra el circuito de donde brota la luz. Es además una razón para evitar todo mal gratuito, para controlarnos con firmeza para no añadir sufrimientos al mundo e impedirlos en cuanto sea posible, porque se trata de Dios.

Como una madre identificada con sus hijos recibe antes que ellos, por ellos, más que ellos, todos los golpes que puedan herirlos, si es madre verdaderamente digna de ese nombre, Dios que es infinitamente más madre que todas las madres, infinita­mente más madre que la Santísima Virgen misma, se encuentra en esta situación.

Mientras el mundo esté en dolores de parto, mientras esté sometido por nosotros a la vanidad, el mundo no existe todavía, no es el verdadero mundo que no puede surgir sino de nuestra respuesta de amor al Amor de Dios, cuando cerremos el anillo de oro de las bodas eternas. Hay que concluir que la Presencia de Dios es la que da dimensión infinita al mal. El horror que nos causa es sólo testimonio, por ausencia, de la presencia divina vilipendiada en él.

Justamente por eso el cristiano no puede sino partir en guerra contra toda forma de mal, para llegar al universo sacramento, al universo transparente, al universo en que cada realidad debe convertirse en símbolo de la ternura y la bondad divinas.

“Señor, dice el Salmo 25, ¡amo la belleza de tu casa!” ¡Y la casa de Dios es todo el universo! Es pues necesario que amemos la belleza de esta casa, que concurramos a su aderezo, que dispongamos todas las cosas de modo que la belleza divina pueda respirar y comunicarse en la Creación, porque el fin último de todo es la alegría y la juventud, la integridad perfecta del ser, el valor infinito finalmente realizado, el valor infinito de toda criatura.

Por eso podemos pasar al tema de la alegría, la alegría que es el testamento de Jesús en sus últimas conversaciones tales como nos las narra el 4º Evangelio. Jesús está al bordo de la agonía y sin embargo dice: “Os he dicho todo eso para que mi gozo esté en vosotros y para que vuestro gozo sea perfecto” (Juan 15,11).

Importa esencialmente a la realización de nuestra misión el hacer de ella una misión de gozo, primero para los demás claro está, pero en primer lugar de gozo para Dios, y también para nosotros. Ya que el testamento de Jesús es un testamento de gozo, sus intenciones se realizarán solamente si nuestra vida alcanza el gozo.

Aquí podemos abordar el famoso tema de la devoción sensible y del desapego cristiano de que nos han hablado tanto. Es claro que la oración comunitaria, la oración litúrgica, por ser oración por los demás, no debe implicar la devoción sensible. Justamente, porque estamos ahí para los demás, como testigos de Jesús, para estrechar los lazos que constituyen la comunión de los santos, no es necesario que estemos sensiblemente atraídos hacia un proceso que concierne a nuestros hermanos.

No hay nada sorprendente en las palabras de un Cartujo, modelo de perfección por otra parte, un viejo cartujo que decía a un joven benedictino encantado por los esplendores del Oficio: “Para mí, ¡todo eso es arena en la boca!” y a pesar de eso, no dedicaba menos de seis horas diarias a esa oración, que era para él arena en la boca. Creo que tenía otras alegrías si no, le habría sido difícil vivir.

Al lado de la vida comunitaria está la vida personal, y están todas las experiencias de cada uno que deben llevarnos al gozo. Es seguro que ciertas almas conocen noches oscuras, analizadas por Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Hay desde luego períodos de agonía, como los vivió Nuestro Señor y, cuando llega la agonía, hay que vivirla pero ¡no hay que fabricar un dolorismo que haría de la fe cristiana un rechazo sistemático de la alegría! Eso sería tan falso como malsano. Basta además con leer San Juan de la Cruz para ver que las noches se terminan en un gozo increíble, en una alegría indecible, una alegría que suscita el lirismo más perfecto que lengua humana haya jamás alcanzado: “¡Gocémonos, Amado, y vámonos a ver en tu belleza!”

Cuando San Juan de la Cruz escribe esta estrofa diáfana y jubilosa, es claro que la ha alcanzado y afirma que podemos llegar a un gozo que supera toda otra experiencia en cualquier dominio accesible al hombre.

Y luego, veamos los hechos. Miremos a San Juan de la Cruz, doctor de las noches míticas, en su prisión de Toledo. Ahí está, prisionero de sus hermanos que rehúsan la reforma que quiere introducir, que la consideran como un ultraje, una infidelidad, una traición de su profesión religiosa. Lo tratan como malhechor. Le dan a medio día y por la tarde un cuarto de hora para respirar y lo encierran en su celda, con el mínimo de alimento. En ese terrible ostracismo lo mantienen, en la sospecha que lo desgarra, en una ausencia total de humanidad que se le hace insoportable.

Y vean la continuación, vean a San Juan de la Cruz fraguando la huida, reuniendo sus harapos para hacerse una cuerda, desatornillando prudentemente la cerradura de la cela, al acecho para poder evadirse sin ruido dejándose caer a lo largo de la muralla de la ciudad. ¿No les parece sublime esa imagen de un Doctor de la Iglesia suspendido a la muralla de Toledo, huyendo de la prisión que le imponen sus hermanos, y refugiándose donde las carmelitas que lo van a ocultar para protegerlo de sus perseguidores? Hablemos del amor del sufrimiento. Sí, claro, pero hay límites que el mismo San Juan de la Cruz no toleró, como Nuestro Señor en el Huerto de la Agonía buscó en vano la presencia y la ayuda de sus amigos.

No hay pues que dejarse llevar por el automatismo de las palabras, hablar de desapego cuando uno mismo no tiene ocasión de desapegarse, hablar de mortificación cuando uno mismo está saciado y teniendo un seguro contra todo riesgo. Vemos que la humanidad de los santos no corresponde a ese canon y no está organizada con esa mecánica. El más mortificado de los hombres, san Juan de la Cruz, tiene necesidad de libertad, como todo el mundo, necesita como todo el mundo no ser sospechoso, necesita amistad como todo el mundo. Y ahí lo vemos fugitivo, temiendo por su vida, pidiendo asilo a sus hermanas carmelitas.

Tenemos otro ejemplo particularmente conmovedor en las cartas de Santa Catalina de Siena, cartas que son una obra maestra de la lengua italiana, que respiran una adorable frescura, cartas de una santa entre las más simpáticas de la historia cristiana, hija de un tintorero iletrado, jovencita genial de quien habla toda Europa, que hizo regresar al Papa de Aviñón a Roma, y que murió a los 33 años.

Catalina supo que un joven florentino, Nicolás Tolentino tuvo la desgracia de hacer un pequeño viaje a Siena y de haberse dejado ir, bajo efecto de la bebida, a palabras malsonantes a propósito de la Señoría de Siena. Sus palabras fueron divulgadas y simplemente lo condenaron a ser decapitado. Juzguen la furia de ese muchacho de 20 años que, por un exceso de lenguaje va a perder la vida bajo el hacha del verdugo; está en una indignación indescriptible. No quiere oír hablar de los sacramentos que le proponen, en los cuales no ve sino irrisión. Catalina se conmueve por esa situación. Va a verlo en la prisión. Le habla de la vida, como puede hablar ella que está desbordante de la vida de Cristo, “del dulce Cristo”, el Cristo que ella lleva dentro con una pasión tan luminosa. Le dice que va a verlo, que va a contemplar ese “Rostro Adorable que está impreso en su corazón”, que el suplicio es un instante, pero que el gozo será infinito. Pone, en fin, tanto ardor que Nicolás se deja persuadir. No sólo está persuadido, sino entusiasmado, acepta morir, hacer de su muerte un acto libre y una ofrenda de amor, lleno del deseo de contemplar el Rostro del Señor, a condición de que Catalina lo acompañe al lugar del suplicio, que ella reciba su cabeza cuando caiga bajo el hacha del verdugo. Naturalmente, Catalina acepta la cita. Precede inclusive a Nicolás al lugar del suplicio. Ella prueba su cabeza sobre el tajo. Lo dispone para el aseo fúnebre. Le repite constantemente los nombres de Jesús y de María y todas las promesas de que son sinónimos. Finalmente, se coloca ante él, y efectivamente, cuando cae su cabeza, la recibe en sus manos.

¿Conocen ustedes muchas escenas de la Historia que tengan esa talante? Teniendo en cuenta que se trata de una mujer muy joven, era necesario que tuviera un crédito incomparable para permitirse semejante audacia.

Como Jesús al recibir a la pecadora, Catalina sólo ve las cosas desde el interior y, en su inocencia admirable y su sorprendente madurez, comprende que ante la muerte el amor es necesariamente virginal. Ese amor es el que rodea a Nicolás Tolentino y le permite hacer de su muerte una asunción. Ustedes ven que la sensibilidad puede jugar un papel, y más aún, que el papel de la sensibilidad es indispensable. Un hombre insensible es un guijarro y un animal.

Hablemos ahora de Santa Clara. Santa Clara, ¡Dios sabe qué despojada estaba, Dios sabe cuánto amaba la pobreza! Toda su vida se defiende contra toda derogación de la santa pobreza. Sabe que Dios es la eterna pobreza, y como es natural en la mujer, lleva al extremo la doctrina de su Padre Francisco.

Los papas se empecinan en ofrecerle posesiones y propiedades, para ponerla a ella y a sus hermanas al abrigo de las necesidades, ella las rehúsa con obstinación porque no quiere traicionar la herencia de su Padre. Y sin embargo, ¿qué pide cuando él muere? Que el cortejo dé un rodeo para poder contemplar por última vez el rostro de Francisco. ¿Se imaginan esa procesión? Ven el rodeo, simplemente para satisfacer un deseo sensible fuerte y admirable, que nos muestra que los santos son tanto más santos cuanto más humanos. Es normal conmoverse más con los rasgos de debilidad y fragilidad que con los milagros deslumbrantes.

¿No cantó San Francisco mismo el Cántico del Sol? Observen la noche del 3 de octubre de 1226, ¿no es una apoteosis, esa muerte? Miren a todos esos hermanos reunidos y – otro rasgo de sensibilidad – al Hermano Jaquelín, venido de Roma, a traerle el hábito con que será revestido cuando haya exhalado el último suspiro. Observen toda esa asamblea de almas fieles, conmovidas, maravilladas también porque todo el mundo siente que no es una partida, que no es una muerte, que es una glorificación, que todo Francisco es sólo un impulso hacia Dios, tanto en su carne como en su espíritu. Nada en él resiste a la imantación de amor. La fina cutícula que lo separa todavía de la visión se va a romper y él está jubiloso esperando el encuentro único con Aquél al que jamás ha dejado de llevar en su corazón, ¿y qué pide? ¡Que canten el Cántico del Sol! No está como esos santos extasiados que vemos en las imágenes ordinarias, flotando en las nubes, con los ojos en blanco. ¡No! No abandona la tierra, la ama, la ama infinitamente, y porque la ama infinitamente jamás ha querido poseerla. Uno no se echa al bolsillo lo que ama, lo pone en el corazón. Y porque ama la tierra, porque ama toda la Creación, quiere estrecharla contra su corazón una vez más y cubrirla con sus bendiciones.

Quiere oír cantar el cántico de las criaturas en que cada una es una nota de luz en la ofrenda de su alegría. No quiere salir del mundo, no quiere rechazarlo o huir de él, sino amarlo, amarlo infinitamente, amarlo como Dios lo ama, para que llegue a ser el verdadero mundo, para que se haga belleza, custodia de la ternura infinita. Ya no hay dualidad entre la carne y el espíritu, ni entre la tierra y el cielo, ni entre el tiempo y la eternidad, ni entre lo visible y lo invisible, todo eso es uno, uno en la Presencia única que es la Vida de nuestra vida. Ahí tienen a los santos, los santos auténticos.

Recuerdo a ese capuchino que hablaba un lenguaje increíblemente verde pero eficaz. Decía sin ambages en sus retiros todo lo que tenía que decir, y escuchaba las confesiones diciendo a los jóvenes que eran discípulos suyos: “¡Bueno, ya dijo suficiente! Tres ave Marías, Tres padrenuestros, y ¡que viva Dios!” Creo que tenía el espíritu de San Francisco y quería justamente que, como decía san Francisco, un servidor de Dios sea una especie de malabarista que eleva el corazón de los hombres a la alegría espiritual.

Tenemos pues que dar alegría, en cuanto sea posible, sólo alegría, evitar todo sufrimiento, calmar todo dolor, pero tenemos también que tener nuestra parte de alegría. Por eso no me gusta mucho cierta manera de hablar de desapego ni hacer un plato con la devoción sensible o con las “amistades particulares” ¡como si una amistad se divulgara en las plazas públicas! Me parece que es necesario ser humano, totalmente humano, y que es inhumano vivir sin alegría y sin amistad. Por eso yo diré: vamos a la alegría para dar mejor. Cuando visiten los hospitales, a los enfermos les gusta ver un rostro sonriente, iluminado de amistad y bondad, que los reconforte y anime su esperanza.

Es pues necesario que hagamos cada día provisiones de alegría, bajo la forma que constituye la alegría más alta y más pura, bajo la forma de la admiración. Ustedes conocen las palabras de Einstein: “El hombre que ha perdido la capacidad de admirar y de sentir respeto es como si estuviera muerto”. Es verdad. ¡La admiración es lo que nos une a Dios, lo que hace brotar en nosotros el agua viva! La admiración es la que nos descubre cada día horizontes nuevos, la admiración es lo que inmediatamente nos hace despegar de nosotros mismos y nos suspende al Otro en quien se aquieta la admiración.

Es inútil repetirnos sin cesar la obligación de ser humildes. La humildad cristiana no consiste en rebajarse delante de Dios o de los hombres. ¿Cómo podría gustarle a Dios nuestra degradación, siendo todo Amor? Lo que Él desea es lo contrario, el “arrodillarse erguido” de que hablaba Péguy. Quiere la alegría, y hasta el orgullo de la dignidad humana, el orgullo de pertenecer a un mundo sagrado y de poder revelar y comunicar un valor infinito. La humildad cristiana es simplemente la mirada de amor dirigida a los demás.

Cuando miramos a los demás, cuando no somos sino mirada hacia los demás, ya no nos miramos a nosotros, es evidente. Toda otra humildad es una caricatura. Admiro a ese buen obispo que había escrito un libro sobre la humildad ¡y que no podía impedirse de decir que era el mejor libro sobre el tema! La vanidad nos agarra siempre si no estamos continuamente en la relación mística que es simplemente la autenticidad de nuestras relaciones con Dios, pero para estar ante Dios, para ya no estar delante de nosotros, es necesario que la Presencia de Dios se actualice, que La encontremos en toda su realidad, que La encontremos en nuestra intimidad, que La encontremos como el espacio en que respira la libertad, que La encontremos como la belleza cuyo esplendor está impreso en nuestros corazones.

¿Y porqué no ayudarnos a ello – lo contrario sería artificial – porqué no ayudarnos con todos los gozos de la naturaleza? Si nuestra mirada es sencilla, si consentimos con la armonía que Dios quiere establecer en toda criatura, ¿porqué no acoger todas esas alegrías, las alegrías de las flores, de las nubes y de su prodigiosa arquitectura, las alegrías de la transparencia del cielo durante el día y de su solidez por la noche? ¿Porqué no captar los murmullos de las fuentes, el poder o la calma del océano?

¿Porqué no escuchar un disco hermoso que actualice una obra maestra? ¿Porqué no hojear un álbum en que las obras de arte se ponen a nuestro alcance? ¿Porqué no alimentarse con un libro de ciencia que nos llene de admiración? ¿Porqué no dejarnos encantar por un pensamiento que abre horizontes infinitos? ¿Porqué no emocionarnos con la sonrisa discreta de un bebé que duerme, o simplemente con la alegría de una hermosa fruta cuyo perfume respira toda la salud de la tierra?

Mary Web, cuenta en una de sus novelas este rasgo tan conmovedor de la pequeña Prue que tiene labios leporinos, cosa que en esa época, en el País de Gales campesino, naturalmente no podía ser tratada. Siendo de sexo femenino, sentía cierta vergüenza de mostrarse con ese defecto. Vivía tan oculta como posible, no iba sino de vez en cuando, por obligación además, al Templo, donde por otra parte se aburría prodigiosamente, como todo el mundo. Nada la había tocado en esos deberes rituales, pero había un sitio donde se sentía en casa: el granero.

Su padre había muerto, asesinado brutalmente por su hermano. Su madre era una mujer débil, incapaz de tomar decisiones. Su hermano, un animal completo. La propiedad reposaba pues sobre sus hombros, pero ella comprendía la tierra, comprendía el lenguaje de los animales, estaba toda enamorada del esplendor de las flores y de los árboles. Recogía con amor el trigo y el heno, y pastoreaba con ternura su rebaño. Y la propiedad producía, producía, producía mil por ciento porque ella trabajaba como diez hombres, y porque comunicaba a la tierra todo el entusiasmo de su admiración.

Y su recompensa suprema, al terminar todos los trabajos, era refugiarse en su granero donde las frutas, manzanas y peras, terminaban su maduración en los escaparates. Ella respiraba el olor delicioso de las frutas que maduraban. Observaba la propiedad que se extendía a sus pies. Hilaba la lana de sus ovejas y, en el silencio infinito, escuchaba… y un día tuvo la impresión de que una criatura toda de luz había venido de muy lejos a albergarse en su corazón. Reconoció inmediatamente esa presencia, se guardó muy bien de darle nombre por temor de hacerle daño, pero era ella, indiscutiblemente. Prue retenía el aliento. Estaba colmada. Sabía que nunca estaba sola y, en adelante, cada vez que regresaba a su granero, experimentaba la misma visitación. Entonces sintió tanta felicidad que se decía a sí misma: bendigo mi defecto, mi precioso destierro, porque sin este defecto, no hubiera jamás conocido esta voz que viene de más allá del silencio.

Comprendemos fácilmente que, por medio de esa voz, que se nos ofrece bajo mil apariencias, a través de las circunstancias de la vida diaria, podemos unirnos a cada instante con un Dios nuevamente descubierto.

Jamás pues debemos dudar en enregarnos a esos gozos, a acogerlos como mensajeros de Dios, en atesorarlos en nosotros, en dejarlos madurar en el silencio del amor para mejor comunicarlos. Una vez más: ¿cómo podemos darnos a un ausente? Dios tiene que ser una Presencia que agarre todo nuestro ser porque no es con puro pensamiento – lo cual no existe en la humanidad además – no es con pensamiento abstracto y sistemático, no es con silogismos – a menos que la metafísica sea verdaderamente una respiración – no es formulando razonamientos mecánicos como podemos obligarnos a hacer de todo nuestro ser una oblación.

Hay que entrar verdaderamente en el matrimonio de amor por la puerta del amor. Nuestra sensibilidad, que hace parte de nosotros, que es imposible separar de nuestra persona, que está igualmente prometida a la eternidad como todo nuestro ser a la resurrección, nuestra sensibilidad debe normalmente acompañar la oración. Además, toda la liturgia lo pide, ya que los perfumes, los colores y los sonidos se agrupan en derredor del altar de manera como espontánea, y que los más grandes músicos se ilustraron en obras religiosas e hicieron la más hermosa obra maestra componiendo una misa.

Está perfectamente claro que Cristo, como dice el Ofertorio, restauró la naturaleza humana más maravillosamente de lo que había sido creada, Cristo puede reunir en un inmenso rayo de luz toda la Creación para que ninguna criatura escape al gozo divino, para que ninguna criatura permanezca fuera del mundo sagrado, para que toda criatura tenga la vida eterna, a su manera.

Justamente, cuando acogemos la alegría eternizamos las criaturas como San Francisco las hace entrar en el Cántico del Sol. Por eso pienso que es necesario que nos habituemos a darnos cada día la posibilidad de tiempo libre para acoger las alegrías del universo y de la humanidad, los gozos del alma y del pensamiento y los de la ternura y la amistad. Hay que darse ese tiempo libre para descubrir en él una fuente que renueve todos los horizontes y, normalmente, lo alcanzaremos estableciéndonos en un estado de silencio.

Entrando en ese silencio abismal, ese silencio profundo en que dejamos de hacer ruido con nosotros mismos, ese silencio en que escuchamos la música divina, único silencio que puede permitirnos escuchar la vocecita que Gandhi no cesaba de consultar. Si nos damos cada día ese momento de recogimiento, es casi imposible que el paisaje interior no vuelva a florecer. Por eso es necesario buscar el silencio, obtener el recogimiento profundo, cada uno a su manera: el físico lo encontrará en su laboratorio porque ese es el lugar de sus admiraciones. El músico, lo tendrá con su instrumento y todo lo que puede traducir de las músicas que los siglos han dejado como herencia. El pintor, poniendo su obra sobre el lienzo. La mamá, maravillándose ante el esplendor del bebito tan bien hecho y cuya armonía sola puede confundirla, pues no hizo nada ella para lograrla. Para los enamorados, será el descubrimiento mutuo: “Tú eres yo”, ese sentimiento de que en adelante cada uno no podrá más ser él mismo sino en el otro. Para el alpinista, conquistar las cumbres. Para cada uno de nosotros, podrá ser simplemente un disco que suscita de repente la correspondencia con la música porque algo en nosotros se encuentra al diapasón. O simplemente, pasando ante un florista en la calle les llega de repente un rayo de luz de un manojo de flores. No se necesita más para abrir la puerta del infinito.

Es pues indispensable que cada uno de nosotros, conociendo sus gustos, sus inclinaciones, sus necesidades, adapte su silencio a lo que es y lo realice por los medios disponibles, precisamente en las circunstancias del día presente. Entonces, acogiendo todas esas alegrías, llegamos finalmente al gozo supremo, la admiración en que, como la pequeña Prue, reconoceremos la presencia toda de luz que viene a alojarse en nuestro corazón.

Creo que así es como llegaremos a la paz, a la serenidad que no está en contradicción con la sensibilidad a las desgracias de este mundo, porque la admiración del sabio, del artista, de la madre, del enamorado, del alpinista, del pensador, es una ofrenda, y la más hermosa, porque cuando admiramos no pretendemos apropiarnos el rostro que volvemos a descubrir, ¡estamos pendientes de él! Y la alegría suprema que sentimos es una alegría tranquila, un gozo puro, una alegría dada con el propio ser.

Cuando somos alimentados, purificados y renovados por esa alegría pura y tranquila, cuando hemos recargado los acumuladores podemos hacer frente a los demás, con sus límites, con sus quejas, su hostilidad, porque permanecemos en contacto con la fuente y podemos, inclusive a través de un medio hostil, no perder de vista que en cada uno está Dios, que en cada uno hay una espera eterna, que en cada uno tenemos que hacer nacer a Cristo.

El testamento de alegría de Jesús nos incumbe. El más hermoso testimonio que podamos darle es el de la alegría. La liturgia de los moribundos expresa la proximidad del Señor con estas palabras sorprendentes y admirables: “¡Que se le manifieste la dulzura del Rostro de fiesta de Cristo Jesús!” Sí, eso es. Es necesario que el rostro cristiano sea un rostro de fiesta porque toda la vida cristiana es fiesta, una especie de tiempo libre dedicado a amar a Dios.

Si toda nuestra ocupación consiste, como dice San Juan de la Cruz en practicar el amor, ese amor que acompaña a la esposa en todos sus trabajos, que es el único motivo de su empeño, si nuestra vida consiste en el ejercicio de amor que transfigura el trabajo, que hace de él una obra mística, un verdadero sacramento que difunde la luz de Cristo en el mundo entero, no hay razón para que la vida sea triste y se reduzca a un dolorismo que apaga la alegría de los demás.

La vida y la alegría son sinónimos, como la alegría y el amor. Si Dios es el Dios interior, el Dios que nos indica la confesión de San Agustín sobre su conversión, “Belleza siempre antigua y siempre nueva” que no cesa jamás de esperarnos en lo más íntimo nuestro, ¿cómo presentar el Evangelio sino siendo nosotros Evangelio, siendo la Buena Nueva que sosiega, que ilumina, que libera, que universaliza?

¡Que la alegría sea nuestro pan cotidiano, nuestro alimento! Y que nuestra religión personal, donde somos libres de expresarnos, donde tenemos que hacer a Dios la ofrenda de lo que somos en nuestra unicidad irremplazable y no intercambiable, que nuestra religión personal sea precisamente donde florece todo nuestro ser.

Detrás de todas las desdichas, a pesar de todo, está el amor. Aunque Dios no puede impedir lo que nuestra ausencia hace inevitable ni tampoco impedir nuestra ausencia, no es menos cierto que la única manera de afirmar su Presencia es mostrar en plenitud sensible, a todos los que nos rodean, que verdaderamente Dios es para nosotros la Vida de nuestra vida, como puede serlo para ellos.

La misa del Rosario, de un lirismo tan puro, tan sorprendente, dan continuo, como el Rosario mismo, hace alusión a la Rosa mística que la liturgia nos representa como floreciendo al bordo de las aguas. En la gracia incomparable de la Virgen, en la juventud de la Rosa mística que nos invita a su jardín, la liturgia nos invita a hacer florecer flores, o mejor, a ser flores que florecen en el jardín de la Rosa mística: “¡Flores, floreced como el lirio y dad vuestro perfume! Ofreced la gracia de vuestro follaje y la alabanza del cántico, y bendecid al Señor en sus obras.” ((Sir.39,14-15).

¡Qué bello programa ése, y qué felicidad encontrarlo inscrito como joya pura en el contexto de la divina liturgia! ¿El estado de gracia, que es el brillo en nosotros de la belleza de Dios, cómo no daría a nuestra vida el aspecto de esa belleza? ¿Cómo no transparentaría en nosotros, si es verdaderamente el secreto más profundo de nuestra vida?

No hay que hablar de envejecer, porque nuestra juventud está delante de nosotros.Con la mera presencia podemos suscitar la vida, hacer caer los muros de separación, ser evangelio vivo, que es el más persuasivo. Más aún: la única acción verdaderamente humana, irremplazable, que ninguna máquina podrá jamás hacer en lugar nuestro, es esa: una presencia totalmente recogida en su amor y que lo deje trasparentar, y que suscite, creando una especie de respeto, como Jesús en el lavatorio de los pies, que suscite en los demás el sentimiento de que hay en ellos algo que todavía no han descubierto y que van a descubrir ahora porque, en cercanía de ustedes, a través de su rostro, han visto brillar el Rostro impreso ya en sus corazones.

Que sea ese el sentido de nuestra Oblación y la conclusión del retiro. “Florete flores quasi lilium et date odorem”. ¡Flores, floreced como el lirio y dad vuestro perfume! ¿No dice San Pablo que nosotros somos el buen olor de Jesucristo? Ustedes ven que todas sus preocupaciones de elegancia, pasadas, presentes y futuras, encuentran aquí el punto de aplicación más precioso: ¡Sí! ¡Ser bellas y jóvenes, difundir el perfume de una vida armoniosa porque están en estado de gracia! ¡Eso debe hacernos elegantes de los pies a la cabeza!

Pero comencemos por el comienzo que será, desde hoy, reservarnos el espacio de recogimiento, conforme a nuestras aspiraciones, siguiendo la inclinación de nuestros gustos más profundos, para darlo al Dios más único que tenemos, para escuchar su voz en el silencio creador en que la divina pobreza revela su Rostro.

¡Y ahora no me falta sino agradecerles por haberme invitado a estos días de gracia y por haber escuchado estas largas charlas que no terminaban! Les agradezco y presento mis excusas, pero mi excusa es que sigo buscando, que esto es siempre nuevo para mí y que jamás termino de maravillarme porque Dios es nuevo cada mañana.

(*) Emerveillement et pauvreté (Admiración y Pobreza). Retiro a Oblatas Benedictinas. Ed. Saint Augustin, abril 2009, 260 págs.ISBN: 2-88011-458-6

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