Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, el 3° domingo de Adviento

“La epístola a los filipenses de donde sacamos los textos de esta liturgia fue escrita por San Pablo hacia los años 57 – 58 probablemente en Éfeso, a la Iglesia de Filipos que él ama con un amor particular.

En la epístola, la palabra “alegría” o “alegraos” aparece unas doce veces. Toda la epístola es pues un himno a la Alegría, tanto más sorprendente que San Pablo está prisionero, destinado quizás al martirio pues evoca la posibilidad de su muerte, pero eso no es nada para él ya que toda su alegría estará en ir a Cristo. Pero en prisión lo siente con más intensidad: ante la contradicción, combatido por enemigos que aprovechan de su cautividad para predicar el Evangelio de manera seguramente ortodoxa pero oponiéndose a él, con la esperanza de desacreditarlo y suplantarlo. Y sin embargo, en medio de todas estas circunstancias es cuando el apóstol dirige a sus queridos filipenses este mensaje de alegría.

¿Cómo puede surgir la alegría en medio de la tribulación, y cómo podemos hoy nosotros, en este mundo desgarrado… escuchando el ruido de los tumultos, participando en todos los horrores de la guerra y de la tortura, cómo podemos entregarnos a la alegría que es – dice el apóstol – el homenaje más esencial de nuestra fe como respuesta a la ternura de Dios?

Para comprender cómo la alegría puede brotar en medio de la prueba, basta con recordar la extraordinaria serenidad de la mujer que, paralizada desde hacía 39 años y ciega desde hace 30, vivía sin murmurar ni quejarse, pues había conocido el más grande amor, ya que se había casado en ese estado con su novio que la había conocido antes de estar enferma, y que no retrocedió cuando ella sufrió un ataque de poliomielitis, y finalmente se casaron cuando ella quedó ciega.

Esta mujer, incapaz de todo movimiento, y que no podía ni llevar la mano a la boca, ni voltearse en la cama, ni hacer cualquier movimiento, y en la que sólo estaba vivo el pensamiento, la mente, pero que había tenido la felicidad suprema de vivir un amor que le estaba destinado a ella de verdad – un amor que no era sólo de carne y de deseo – un amor destinado verdaderamente a su persona, a su secreto, a su misterio, a lo que había en ella de único. Y con ese amor toda su vida era un paraíso. Se sentía colmada a pesar de su enfermedad porque había conocido la realización más perfecta del sueño que toda mujer lleva en el corazón y que tan rara vez se realiza.

El amor transfiguraba el sufrimiento dándole una resonancia armoniosa pues podía justamente hacer de todo ese sufrimiento una ofrenda, sabiendo que a la raíz de la vida estaba toda la luz de un gran amor.

Pues bien, ese es el motivo de la alegría del apóstol, y debe ser el de nuestra alegría: que detrás de la prueba está el amor.

La catedral de Lausana, como todas las catedrales del mundo de esta época, está puesta en la ciudad como un gran signo de cruz. ¿Y qué quiere decir el signo de la cruz sino que Dios muere, que Dios muere de amor, que muere de amor por los mismos que rehúsan amarlo, qué significa la catedral en la ciudad? ¿Qué significa la cruz inscrita en la catedral, sino justamente que, en el fondo de toda realidad, detrás de todas las catástrofes, está el amor, y más aún, que Dios sufre con el mal? ¡Dios sufre con el mal!

Esa es la respuesta cristiana a las interrogaciones de tantos filósofos, de los escritores rusos de la segunda mitad del siglo 19 en particular, planteadas con tanta angustia y a veces con tanta desesperación. Esa es la respuesta al problema que dominó toda la existencia y todo el pensamiento de Camus: “¿Por qué el mal? ¿Cómo es posible?” Y Camus no tenía otra salida que decir: “Es que la persona no existe, no hay nadie, (1) y entonces no hay respuesta al mal – todo lo que podemos hacer es hacerlo menos intolerable, remediarlo en la medida de nuestras posibilidades”. La respuesta cristiana va más lejos, la respuesta cristiana es precisamente mostrar primero que el mal es infinito, que puede ser infinito, y que, en efecto, la queja de Iván Karamazov en la gran novela de Dostoïevski es fundada, que el mal tiene a veces tales proporciones que es absolutamente intolerable y que para comprenderlo hay que darle dimensiones, dimensiones propiamente divinas.

Y eso significa la cruz: el mal puede tener proporciones divinas. El mal es finalmente el sufrimiento de Dios: en el mal, Dios es el que sufre y por eso el mal es tan terrible; pero si Dios es el que sufre, en medio del mal se encuentra entonces el amor que no cesará jamás de acompañarnos y de compartir nuestra suerte, y que será herido antes, dentro, y por nosotros.

¿Cómo es posible? Pues es posible, y lo vemos posible de inmediato cuando recordamos el amor de las madres. Una madre humana es capaz de identificarse; una made humana puede sufrir en su hijo y por su hijo. Una madre llena de salud puede vivir la enfermedad, puede vivir la agonía de su hijo con más sufrimiento que él mismo, a causa de la identificación amorosa, de que es capaz su amor.

¿Cómo quieren que el amor de Dios sea menos maternal que el amor de una madre? Todo amor de madres, inclusive el de la Santísima Virgen, no es sino una gota en el océano de la ternura maternal de Dios.

Por eso, ningún ser es herido sin que Dios lo sea, en él, antes que él, más que él y por él.

Pero si el mal tiene esa dimensión, existe entonces una herida divina que debemos curar, una herida divina que debemos sanar, una herida divina que no cesa de solicitar nuestra generosidad. Ustedes ven, cómo todo el cristianismo, toda la revelación desde el Génesis, es el grito de la inocencia de Dios. Dios no quiere el mal, Dios es su primera víctima. Y sufre, en la medida en que su amor no es aceptado, en la medida en que su amor es desconocido y rehusado, ya que el mundo en su armonía y su belleza no puede constituirse sino en el diálogo de amor en que Dios intercambia con nosotros y nosotros con Él. Cuando ya no hay amor ya no hay creación, o por lo menos la creación aborta y fracasa como sucede en un hogar donde la existencia se construye sobre el amor. Cuando se interrumpe el diálogo, cuando el amor se debilita, la casa se derrumba.

(1) Nota de GS. En francés “personne” significa “nadie” y también “persona”. Al decir “no hay nadie”, la expresión equivale también a “La persona no existe”.

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