Artículo de Mauricio Zúndel en La revue des Carmes de Bruxelles, « Foi Vivante », en 1962. Retomado en el libro Dans le silence de Dieu, tomo 2, p. 221 (*)

Un teólogo, el Padre Schwalm, dijo estas palabras admirables: "La humanidad de Nuestro Señor es un sacramento, el sacramento de los sacramentos." No se puede expresar de una manera más perfecta la fe cristiana tal como se define en el Concilio de Calcedonia dónde se afirma precisamente la plena realidad de la naturaleza humana en Jesús."

Jesús es plenamente humano pero su humanidad es diáfana. Es transparente, es un puro sacramento. Es el humanidad-hostia, una humanidad que no da testimonio de sí misma, no puede dar testimonio de sí misma, sino siempre de Dios, humanidad donde Dios personalmente se revela y se comunica, de modo que todo lo que esta humanidad vive, sufre, siente, expresa, revela, es Dios. Como garantía infinita de toda esta vida humana de Jesús, está la eternidad de Dios.

Se pudo decir que Jesús está eternamente naciendo, es eternamente niño, eternamente adolescente, está eternamente enseñando, es eternamente obrero, está eternamente muriendo, eternamente crucificado, en el sentido que las disposiciones que lo animaban a cada una de las fases de su vida mortal perduran eternamente.

Pero hay que ir más allá. A través de la humanidad de Nuestro Señor, es necesario percibir la divinidad. Pero hay en ella algo esencial y eterno que corresponde al dolor humano que Jesús conoció. Hay en Dios eternamente una realidad que es la causa de la muerte de Jesús. Y de cierta manera podemos decir que es Dios quien muere, que es Dios quien sufre. Y no solamente se lo puede decir: justamente para darle a la Pasión sus dimensiones, hay que decir que Dios sufre y que Dios muere.

¿Cómo es eso posible? ¿Cómo puede Dios sufrir? Es fácil concebirlo si nos colocamos en el mundo del diálogo, en el mundo personal, en el mundo del amor. El amor posee precisamente un poder de identificación que es único y maravilloso. El amor puede vivir los estados del ser amado; una madre puede vivir la vida de su hijo, mejor que él, en él y por él. 

He conocido a una madre, una madre perfecta que estaba embebida en la oración, una madre sumamente desinteresada que no esperaba ya nada de nadie y a quien le habían arrancado su hijo. Su marido, que era una bestia, le había prohibido bautizarlo, le había prohibido comunicarle sus convicciones religiosas, la había confinado en el papel de madre nutricia. Y esta mujer, durante más de treinta años, había llevado la vida de su hijo depravado, de su hijo miserable, de su hijo desacreditado, de su hijo culpable, no porque resintiese por nada del mundo la deshonra para sí misma. Era tan ausente de sí misma, tan entregada, tan abierta, tan generosa, tan entregada a su hijo que vivía realmente para él, en él, con él, más profundamente que él ,ya que, precisamente, en su inocencia extraordinaria, en su pureza intacta, ella valoraba mejor, ella vivía de una manera más desgarradora, la decadencia de su hijo y lo esperaba. Lo volvió a ver, devorado por la tuberculosis, esperando que la muerte lo consumiese. Y allí estaba ella, lo velaba día y noche, sin murmurar, sin mencionar la proximidad de la muerte, ni las responsabilidades en que puede incurrir un ser humano, allí estaba ella, entregada, silenciosa, arrodillada; como Jesús en el lavado de los pies. Y este hijo, en un instante, repasando toda su vida, quiso "tener la religión" de su madre. De repente, quiso darse a ese amor que se le había revelado desde hacía mucho tiempo sin que entendiera este mensaje. Y es a través de ese evangelio vivo, único evangelio que él nunca pudo conocer, a través del evangelio vivo de su madre, que él había encontrado la cara infinitamente más maternal de Dios.

Y a través de esta mujer yo comprendí que la alegría de Dios, no era la alegría del que posee todo y que guarda todo, sino la alegría del que ya no puede perder nada porque ya lo ha perdido todo, porque se vació continuamente de sí-mismo, porque se comunicó eternamente en la pobreza misteriosa de la Trinidad adorable donde “yo” es otro.

Esta mujer, ya no esperaba nada, ya no podía perder nada porque lo había dado todo y había perdido todo, y amaba a ese hijo con un amor tan grande que no podía amarlo aún más. Ella lo amaba tanto por él mismo que su amor tomaba el color de los estados de su hijo. Su amor era doloroso y crucificado cuando su hijo era desdichado y depravado y cuando el hijo tuvo una conversión radical, se dio finalmente a ese amor que había tanto tiempo esperado, no pudo amarlo aún más ya que lo amaba perfectamente. Pero su amor tomo los colores de los nuevos estados de su hijo y ya que él estaba en el gozo, ya que él estaba en la luz, ya que él estaba en paz, su amor dejó pasar, como por un hermoso vitral el sol de la alegría y la resurrección.

Por allí comprendí yo que Dios sufre, que sufre para nosotros, en nosotros, antes que nosotros, más que nosotros, como una madre interior a nosotros mismos. No sufre de un sufrimiento que puede afectarlo destruyéndolo, como un dolor apasionado en un ser que aún no se ha purificado integralmente. No, Dios sufre del amor de identificación que es el puro amor, el amor sin reserva, el amor sin retorno, el amor que es puro don y que es precisamente la cuna eterna de nuestra vida.

Por esta razón, más allá y a través de la humanidad crucificada de Nuestro Señor, es necesario que nuestra alegría descubra el dolor misterioso, el dolor infinito, el dolor maternal de la eterna divinidad, y que eso ilumine con luz única el sacrificio de la Cruz. ¿A quién se ofrece este sacrificio si no finalmente al amor, al amor herido en nosotros, al amor infinito, herido en nosotros, por nosotros y para nosotros?

Cuando las conversaciones giran sobre política, sobre las razas, sobre las oposiciones de opiniones o culturas, de civilizaciones o de religiones, se siente a veces que se vuelven apasionadas. Se siente que la mala fe se va instalando en el debate, porque es un debate orientado no a la búsqueda de la verdad sino a la afirmación de sí mismo y de sus propias ideas. Y se siente entonces que hay que proteger la verdad, que es necesario aportar la respiración del silencio, que hay que aligerar la atmósfera, y desapasionar el debate aportándole la luz discreta de una generosidad arrodillada ante la Verdad y que no sufre el hecho de que la Verdad sea confiscada, monopolizada, desfigurada y poseída, y entonces se siente que efectivamente para proteger la Verdad, es necesario desposeerse uno de sí mismo, renunciar a afirmarse de una manera pasional, y dejar que la Verdad despierte en el silencio del respeto y el amor.

Es eso lo que quiere realizar la Cruz. Es eso lo que resplandece en la humanidad crucificada de Nuestro Señor: la espera eterna del Amor, del Amor que quiere comunicarnos todo lo que es, del Amor que es, como dice San Agustín, la vida de nuestra vida, la espera del amor al cual le oponemos nuestra indiferencia. Ese amor que tan a menudo hemos rechazado, en las pequeñas cosas más que en las grandes, pero que al fin hemos rechazado, eso es lo que quiere lograr; quiere salvar, salvar la llama dentro de nosotros, quiere salvar el Amor herido en nosotros, por nosotros y para nosotros.

Con el fin de crear en nosotros ese espacio de generosidad - como ese hijo que reconoció finalmente el rostro de su madre y, a través de ese rostro, la eterna maternidad de Dios - a través de las llagas, las llagas consagradas de Nuestro Señor impresas en los estigmas de San Francisco de Asís, a través del dolor, debemos mirar y adorar el rostro de Dios - Madre, que es aún más madre que María, infinitamente: Él es eternamente Padre, pero es madre también eternamente y todo lo que hay de ternura, de grandeza y generosidad en el amor de las madres no es más que el reflejo lejano, o el eco ensordecido de su Amor.

Debemos entonces mirar en el fondo de nuestros corazones, donde él nos espera, ese amor herido en nosotros y para nosotros, ese amor que da al mal ese rostro desgarrador cuando el mal se convierte en alguien. Ese amor se convierte entonces en la madre que espera, la madre crucificada, la madre que nunca se cansa de amar y que hoy solicita nuestro corazón para que comprenda que el bien no es algo para hacer sino alguien a quien amar.

Si hay que evitar el mal, es porque desgarra, desgarra un corazón infinitamente maternal. A través del corazón de María que estuvo erguida al pie de la Cruz, a través de todos los milagros del amor maternal, a través de todo el heroísmo humano que da prueba de la ternura divina, tenemos que adorar en nosotros el rostro del Dios-madre y ofrecernos a su amor con todo el impulso discreto y silencioso de nuestro amor.

(*) Libro Dans le silence de Dieu (En el silencio de Dios). Ediciones Anne Sigier, Sillery, enero de 2002, 320 págs. ISBN: 2-89129-395-9. Este volumen segundo de tres, contiene los artículos publicados entre 1948 y 1964.

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