Extracto del libro Quel homme et Quel Dieu, de Mauricio Zúndel

Los místicos tienen pues razón de presentar el matrimonio espiritual con Dios como el fin normal de una vida cristiana totalmente fiel a su vocación bautismal. Ya lo sugería san Pablo a los corintios, en el pasaje al que nos hemos a menudo referido, en que expresa mejor su misión de apóstol: “Siento por vosotros un celo divino, porque os he desposado con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura” (2 Cor. 2:2). San Juan de la Cruz, el doctor místico por excelencia, retomó el tema en el Cántico Espiritual, orquestándolo con todos los recursos que la más alta poesía puede sacar de la más auténtica experiencia. Y da una fórmula particularmente percutiente en la estrofa 36 que comienza por estos dos versos:

Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura.

El comentario les añade la precisión siguiente (1): “…esto es, que de tal manera esté yo transformada en tu hermosura, que siendo semejante en hermosura, … así seré yo tú en tu hermosura y serás tú yo en tu hermosura”, donde encontramos el equivalente magnífico del “tú eres yo”, evocado hace un instante.

Así pues, en la más auténtica tradición cristiana, hay entre Dios y nosotros un intercambio interpersonal en que Dios vive nuestra vida y nosotros la suya, conforme a la exigencia fundamental de una relación nupcial, que solo puede mantener el don permanente de la persona.

Así encontramos una vez más el amor como vínculo último del ser. Primero en nosotros, desde luego, pero también a todos los niveles de la creación, mediante nuestro concurso indispensable. La imposibilidad en que estamos de acceder a nuestra propia intimidad y a la de los demás sin enraizarnos en Dios, nos deja entrever en efecto que el universo de que hacemos parte no puede alcanzar su verdadera unidad sin estar vinculado a la Fuente divina por nuestro intermedio. Todas sus articulaciones deben dislocarse si no están alimentadas por el amor que estamos encargados de comunicarle. Eso significa que el mal que cometemos tiene dimensiones Cósmicas, como el bien que le oponemos, y provoca estragos proporcionales a la elevación que resulta para el mundo entero de nuestra identificación con Dios. La Redención tiene pues consecuencias para todo el cosmos, como nos lo enseña san Pablo cuando afirma la primacía de Cristo sobre todas las cosas, tanto en la tierra como en el (Rm. 8:19-22; Ef. 1:10; Col. 1:15-20).

¿Y qué sentido darle a la palabra Redención, (apolutrosis), (Rm. 8:23; Ef. 1:7; Col. 1:14; Cf. lutron: Mc. 10:45; Mt. 20:28) que significa rescate, liberación de un cautivo mediante pago, siendo aquí la moneda la sangre derramada, la vida de Cristo (dada), en una palabra, por medio de su muerte? Varias interpretaciones, fundadas en el sentido literal de “rescate”, han vulgarizado la noción de deuda infinita e impagable con la justicia divina, contraída por el pecado original y que solo podía pagar un Hombre Dios. San Anselmo pasa por haber dado a este argumento la más rigurosa forma. Era presentado corrientemente en la enseñanza ordinaria, a partir del catecismo. Lo encontramos en una nota de la Biblia de Jerusalén en Mateo 20:28: “Los pecados de los hombres provocan una deuda hacia la justicia divina, la pena de muerte exigida por la ley […]. Para liberarlos de la esclavitud del pecado y la muerte […] Jesús va a pagar la deuda pagando el precio de su sangre […], es decir muriendo en lugar de los culpables”. (Ver en el mismo sentido la nota b, en Rm. 3;24 y 2 Co. 5:21).

Compensar una falta mediante reparación igual en cuanto posible a la violación del derecho es de seguro exigencia de la justicia. Sin embargo, si se trata de una ruptura unilateral de amor entre dos seres, ¿qué reparación podrá esperar el inocente si persiste en amar? La parábola del Hijo pródigo (Lc. 15:11-32) corresponde precisamente a esta situación y nos sugiere otra manera que presintió Gandhi en una experiencia humana en que encontramos ya un sentido muy conmovedor de la redención. Nos cuenta él mismo que cada vez que al regresar de un viaje le informaban sobre una falta grave cometida por un alumno de su ashram, él se ponía a ayunar antes de llamar al culpable, y a éste le conmovía tanto esa penitencia que el Mahatma se infligía por él, que se enmendaba espontáneamente.

Por otra parte, nuestra experiencia confirma la enseñanza del apóstol de la no violencia. En efecto, sabemos que la única manera de desarmar una enemistad, justificada asumiendo uno mismo toda la culpa, es hacer el primer paso, dominando el amor propio, para que el adversario pueda dominar el suyo sin tener la impresión de humillarse ante nosotros. Una relación conyugal gravemente comprometida es con mayor razón imposible de restablecer, de hacer nacer un amor que compromete toda la vida, sin vaciarse de sí mismo para ofrecer a la pareja un espacio interior en que ya no encuentre límite alguno. Un amor rechazado no tiene más recurso en efecto, si quiere mantener la fidelidad, sino, aunque tenga que morir, seguir amando más generosamente al amado que ya no ama para que pueda descubrir nuevas razones de amar, en un don absolutamente gratuito.

¿No es un reflejo de la generosidad divina, esa generosidad de que a veces es capaz el amor humano? ¿Sería ésta posible si no es suscitada por la intuición de un bien infinito comprometido en el amor, cuyo encuentro estaría comprometido por la menor apariencia de obligación? En efecto, solo puede ser reconocido en la liberación interior que solo él puede suscitar, y entonces, como libertad absoluta. Pero solo existe un bien infinito que es Dios mismo. Él es pues quien nos induce a eclipsarnos para hacer cesar los conflictos, haciendo contrapeso por la fidelidad de nuestro amor a todos los rechazos de amor que podamos sufrir. No imaginamos que su acción redentora no sea conforme con esa inspiración que viene de él. El lavatorio de los pies (Jn. 13) no autoriza la menor duda sobre este punto.

Entonces el mal, quiero decir el mal absoluto que es propiamente el pecado, es el rechazo o la ruptura del lazo nupcial que Dios quiere contraer con nosotros, y por nosotros, con todo el universo. Pone al hombre al exterior de sí mismo, de Dios y de todo. Apaga el Espíritu (Ver I Tes. 5;19). Nos hace objetos en un mundo de objetos cuyo peso sentimos dentro y fuera de nosotros. No nos permite sentir a Dios como libertad absoluta, puesto que la libertad no se actualiza en liberación de nosotros mismos. No entendemos el sentido de la creación por devenir incapaces de comunicar a toda realidad el Amor que rehusamos acoger en nosotros. Nuestra visión del mundo se disloca. Nuestro origen se pierde en la noche de las primeras síntesis de ácidos aminados, ya que renunciamos a hacernos origen, hoy, en la luz de un nuevo nacimiento vinculado con nuestro consentimiento, y nuestro fin se hunde en la incógnita de la muerte, por no identificarse con la Presencia oculta en nosotros que es el único camino hacia nosotros. Todos nuestros valores vacilan entre esas dos incertidumbres. Ya no sabemos sobre qué fundar nuestra inviolabilidad y dignidad, nuestra libertad y responsabilidad. No discernimos con más claridad el bien y el mal, por falta de referencia firme a un absoluto que ya solo se afirma – y por intermitencia – a través de subjetividades pasionales que lo deforman monopolizándolo.

Si esos son los estragos del pecado cuando se afirma su reino, se deduce que, desde el comienzo, consiste esencialmente en un rechazo de amor cuyos estragos solo puede sanarlos y repararlos en su fuente el amor – como en un matrimonio que se deshace–. En efecto, jamás será vencido si no despierta en el corazón humano el amor, gracias a la fidelidad de un amor que jamás se cansa de amarlos. Jesús nos presenta un modelo trasparente de ese amor re-creador en su diálogo con la samaritana que no cesamos de admirar. Recuerda a esa mujer carnal que también ella es espíritu, revelándole el Dios-Espíritu, que podrá adorar en espíritu cuando lo descubra en el fondo de su corazón como fuente que mana en vida eterna. Así la libera de una ley sentida como exterior, que ella violaba por sentirla probablemente como una obligación que la alienaba de sí misma, mientras él la conduce hacia el Bien infinito que permanece en ella, como el Amor, único que puede colmarla.

Aquí vemos recrearse realmente en cierto modo la situación nupcial que responde al designio creador. En efecto, Jesús le enseña a esta mujer la posibilidad de un vínculo interpersonal entre ella y Dios. El bien que la apremia a realizar es el don de su persona que nacerá precisamente de su encuentro con Dios, reconocido como el Amor que quiere establecer con ella relaciones de espíritu a espíritu, atrayéndola hacia él por la libertad que suscita en ella el Don que es él.

Creo que podemos comprender la misión del hombre respecto a toda la humanidad y todo el universo en una perspectiva análoga. Implica esencialmente el cargo de liberar toda la creación del reino del pecado – que es rechazo de amor – restableciéndola en el nivel nupcial donde podrá por fin realizarse. Eso equivale a un nuevo comienzo, “más admirable” que el primero, pero que solo puede realizar al precio de su vida.

¿Por qué a ese precio? Ya recibimos un comienzo de respuesta al comprobar al nivel del amor humano que es solo pagando por sí mismo que el amor fiel puede esperar volver a conquistar al amado infiel. Podemos precisar que en esa reconquista se trata de la suprema dimensión del ser, ya que es la persona misma del amado que es necesario volver a comprometer en la relación que él mismo había roto. Hay que llegar pues a lo más profundo de su ser, pero respetando su inviolabilidad renunciando totalmente a sí mismo. Así tocamos un misterio de la creación que se enraíza en la desapropiación en que se realiza eternamente la caridad divina.

Sin embargo, el amor humano no es la última instancia. Si fracasa en hacer revivir una relación comprometida, todo no está irremediablemente perdido. Encontrando después de su muerte el diario de Elisabeth Leseur, su marido descubrió el vínculo que ella deseaba crear con él. Y ese vínculo, que era Dios, se estableció en efecto por la conversión provocada por el encuentro póstumo. En su vida, ella ofreció sin duda por él sus sufrimientos, esperando ese acontecimiento que no se realizaría mientras ella viviera, pero cuya realización esperaba del amor de Cristo, muerto por él así como por ella. Ella tenía sin duda que jugar su papel en la conversión y lo jugó con heroísmo, pero el retorno a Dios tan ardientemente implorado no dependía solo de ella, y ella lo sabía pues solo aspiraba a ser el instrumento de una gracia que no tenía su origen en ella.

Al contrario, Cristo constituye el último recurso. Como su humanidad subsiste en el Verbo, todo el universo está llamado a subsistir en su humanidad, a hacer cuerpo con ella, para ser unido por su medio a la Divinidad por el lazo nupcial, único que responde al designio creador, ya que repito, la Caridad por la cual Dios se vacía y se desapropia de sí mismo en las relaciones intra-divinas es el principio y el fin de todo. Pero el universo que Cristo asume como Verbo encarnado, es un universo descompuesto por la herida del pecado. ¿Cómo podrá realizarlo, como diría Berulio, sin hacer de toda su persona un contrapeso de amor a todos los rechazos de amor que han contribuido a desfigurarlo despersonalizándolo? No es suficiente que “predique” invitando a la conversión este mundo que desposó en la relación misma que lo suspende de Dios: debe comprometer todo su ser vaciándose en cierto modo totalmente de sí mismo para volverlo a engendrar, dándose a él con todo el amor que es él. Y es lo que San Pablo nos deja entender cuando dice que “Cristo que no había conocido el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que por él nosotros seamos justicia de Dios” (2 Cor. 5:21)

No hay palabras que puedan expresar más profunda y brevemente el misterio de la Redención, aclarando al mismo tiempo (como vamos a ver) el misterio de la Encarnación y llevándonos finalmente al misterio de la Santa Trinidad, cuya eterna comunión de amor quiere comunicarse a toda la creación haciéndola capaz de disponer de sí misma mediante los seres dotados de inteligencia y libertad. Estos, en efecto cuando fueron capaces de elegir, rehusaron el estatuto nupcial que se les ofrecía e innumerables generaciones ratificaron el primer rechazo de ser origen, lo cual impidió a toda especie humana nacer del espíritu y hacer beneficiar al universo de la promoción que habría sido su consumación normal. La muerte que es la consecuencia del primer rechazo (Rm. 5:12) es primero muerte espiritual. Se puede decir que es la muerte de Dios en el hombre, de modo tan real como Dios es la Vida de nuestra vida en estado de gracia. Si el hombre mata tan fácilmente a otro hombre, ¿no es porque la solidaridad con Dios fue rota y porque por esa ruptura su rostro perdió aquello mismo que lo hacía sagrado?

La muerte de Dios en el hombre, apenas sí hay que decirlo, no afecta a Dios en su eternidad. Dios no puede perder nada pues siempre ha dado todo y su vida es precisamente el Don infinito que es él. Sin embargo, este fracaso que provoca el hombre con su ausencia voluntaria, a los ojos de su amor que persevera en su voluntad de comunicarse – por ser el principio mismo de la creación – es la más negra catástrofe, como nos lo dará él a conocer cuando intervendrá personalmente en nuestra historia en Jesucristo.

En efecto, en el Verbo encarnado el Amor eterno podrá tomar forma visible y la muerte de Dios en nosotros podrá expresarse en una muerte real en que se manifestarán de manera sensible las “profundidades de Dios”.

Lo que nos revela en seguida la muerte humana del Creador es que el Bien es Alguien que se afirma como el Amor siempre ofrecido a nuestro amor y que se inmola por amor por nosotros, a fin de que nosotros seamos finalmente amor en su Amor. Lo habíamos entendido como ley impuesta del exterior que amenazaba nuestra autonomía y limitaba nuestra libertad, y para afirmar nuestra independencia nos entregamos a todas las esclavitudes y depravaciones de un narcisismo estrecho, en un extraño resentimiento, y cuyo error y crueldad se evidencian ahora en las heridas de Amor del Señor agonizante y crucificado, en que el mal aparece como la muerte de Dios, en un rechazo inextricablemente implicado en el rechazo de amar.

Jesús, Verbo encarnado, infinitamente solidario de Dios, del hombre y de todo el universo, es herido de plano por todos los rechazos que la humanidad no cesa de oponer a Dios desarmado por su amor ante una libertad que persiste en destruirlo, ignorando radicalmente la oblatividad que sería su realización, y muere de nuestra muerte, siendo el “Príncipe de Vida”; muere de la muerte sórdida que no cesan de mezclarle a nuestra vida los automatismos pasionales a los cuales nos abandonamos; muere de esa muerte para liberarnos de ella, poniéndonos en la condición nupcial en que se espera nuestro sí para sellar en nosotros el sí eterno de Dios; habiendo sido “hecho pecado”, en su inocencia absoluta, para abolir el reino del pecado en nosotros y en toda la creación que hace cuerpo con nosotros.

Así se inscribe en el centro de la historia la ecuación sangrienta que revela y resucita nuestra grandeza, en el sacrificio en que Jesús es a la vez ofrecido y oferente, sacerdote y víctima, el Dios que perdona y el Dios inmolado, no por una sentencia judiciaria que habría subordinado el perdón a esa expiación atroz, sino porque el Verbo encarnado que es él, subsiste en la eterna desapropiación que solo aspira a comunicarse y que nos asume tales como somos, comprometiendo su libertad soberana para liberarnos de nuestras esclavitudes voluntarias.

Los místicos que se ofrecen como víctimas para participar en cuanto posible a la Pasión del Señor encuentran espontáneamente esa doble identificación, con Dios por el cual lloran porque es el Amor que no es amado (Giacopone de Todi) y con los hombres que se descrean al rehusar amar, descubriendo también ellos que un don de sí mismo enteramente libre es el único capaz de desbloquear por dentro un endurecimiento voluntario cuyas resistencias solo pueden ser vencidas por la generosidad de un amor que los asume, como de niña lo había ya entendido Teresa de Lisieux, implorando con toda su alma por la salvación de Pranzini.

En efecto, la remisión de los pecados no es un simple perdón de una deuda mediante un castigo, sino el resurgir de la vida divina en un ser liberado de sí mismo y listo para acogerlo. Por eso una oración litúrgica decía magníficamente del Espíritu Santo: “ipse est remissio omnium peccatorum” (él mismo es la remisión de todos los pecados).

Este texto se aplica con la misma plenitud a Cristo Salvador, dándole el mismo relieve a la interioridad de su acción redentora, que busca hacer renacer en el hombre la libertad nupcial, que lo hará de nuevo creador en un universo que él está llamado a sacralizar mediante su amor.

Diciendo “en el hombre”, en singular, no podemos olvidar que la acción redentora de Jesús se aplica a cada hombre en particular y debe multiplicarse por los miles de millones de individuos, sin dejar de ser personal para cada uno, desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pues la universalidad del amor pasa por el corazón de cada uno y no puede alcanzarlo efectivamente sino asumiendo su unicidad. Si pensamos que cada ser humano fue asumido de esa manera en su más secreta intimidad, en el breve tiempo de una carrera interrumpida al comienzo de su madurez Humanamente hablando, no podemos imaginar qué peso debió soportar el “pesador de almas”, pues las estimó cada una al precio de su vida.

De ese don recibe nuestra vida una luz ssorprendente sobre su propia grandeza, que sin embargo no corresponde al uso que hacemos de ella en nuestra existencia cotidiana, cuya mediocridad, como diría un personaje de Proust, fue “elevada a la altura de institución”. Es verdad que el heroísmo es raro, pero recibe generalmente el homenaje merecido. El gesto del P. Kolbe en Auschwitz sigue siendo objeto de admiración universal. Cierto sentido de Himalaya humano sigue vivo en el corazón de la mayoría de los hombres y crea una especie de unanimidad en el reconocimiento de una grandeza auténtica. Por otra parte, ésta es quizá más frecuente de lo que se cree. Selma Lagerlöf y Mary Webb observaron en gente humilde rasgos de nobleza tanto más notables por cuanto todo lo deben a la persona y no a la situación. El interés suscitado por el arte, en especial por la música, es igualmente testimonio frecuente de una nostalgia de la trascendencia que implica justamente un repudio de la mediocridad a la que está condenada la vida diaria. Es sin embargo verdad que la Cruz, que abraza toda la humanidad en un abrazo divino, generalmente no ha sido comprendida como invitación a la grandeza, a pesar del mirabilius reformasti de la liturgia.

En efecto, si Jesús restauró la dignidad de la naturaleza humana de modo más admirable todavía del que había sido creada, fue seguramente para que pudiera encontrar una “vida desbordante” en la intimidad divina (Juan 10:10).

Si muchos cristianos no han experimentado esa plenitud, es sin duda porque no han descubierto la relación nupcial que está al comienzo de la creación y que Cristo tuvo misión de restaurar. A sus ojos, el pecado fue simplemente una transgresión de la ley divina que mereció un castigo eterno que Cristo nos ahorró pagando por nosotros mediante su sacrificio la deuda impagable que habíamos contraído, a condición claro está de que recorramos a su mediación por los medios de salvación que instituyó él, y que observemos en adelante todos los mandamientos de Dios. Reducida a este esquema, la Redención no podrá suscitar el grito de amor que resuena en cada verso del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz. En esta perspectiva, nuestras relaciones con Dios se parecen a las de una pareja que, poniendo entre paréntesis el amor, se apoyara sobre las obligaciones de los cónyuges tales como las promulga el código civil.

El amor implica seguramente exigencias más rigurosas que las que ninguna ley podrá nunca formular, pues compromete toda la persona, pero por el interior, por el impulso de una libertad que se realiza en el don de sí mismo. El Cántico espiritual solo pudo brotar de un alma que había hecho el vacío en sí misma para acoger la Presencia infinita que era la única que podía colmarla, pero, justamente, arde con la plenitud que nos hace sentir en esas palabras “llenas de vida”.

Conviene pues no insistir en una interpretación jurídica de la Redención. El Bien es Alguien a amar, que puede morir y que en efecto murió de todos los rechazos de amor. “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo, no debemos dormir durante ese tiempo”. Ya hemos escuchado esta invitación de Pascal y añadimos siguiendo su inspiración: “Jesús está en agonía desde el comienzo del mundo”, para abrazar toda la historia en el abrazo de la Cruz, para descubrir el sentido de toda la aventura humana en la ecuación sangrienta que nos iguala a Dios.

Nuestro Señor añadió a nuestras relaciones de intimidad con él una dimensión nueva, en las palabras que nos lo muestran comprometido personalmente en nuestra vida bajo el aspecto que más puede tocarnos: “El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc. 3:35). Siempre me impresionan estas últimas palabras “y mi madre” en el sentido de una maternidad divina ofrecida a toda alma, según la interpretación de Beda el Venerable (en otro contexto además): “Concebir espiritualmente el Verbo por la escucha de la fe y la práctica del bien, darlo a luz y alimentarlo por decirlo así en el propio corazón y en el del prójimo”. La imagen de la madre es aún más impresionante que la imagen nupcial, sin excluirla, claro esté, en ese amor que contiene eminentemente todos los amores. Nos invita a la más atenta solicitud por la Vida divina que quiere en cierto modo nacer de nosotros para ser el último secreto de nuestra intimidad y como el corazón de nuestro corazón.

Es imposible expresar de manera más conmovedora cómo nuestro consentimiento es indispensable para la venida de Dios a nuestra historia y a la del universo, si ha de manifestarse en ella bajo su verdadero rostro: como el Espíritu que interpela nuestro espíritu en la interioridad virginal de un intercambio en que se realiza nuestra libertad.

Volvemos así al diálogo inefable de la Anunciación en que el sí de maría hace de ella, en el don único e incomparable de toda su persona, la Madre del Señor y nuestra, a la cual vamos a confiar filialmente el sí que debemos ser para hacer nacer a Cristo en la humanidad de hoy.

  1. Nota del traductor: textos tomados de la obra del Santo.

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