Homilía de Mauricio Zúndel, en El Cairo, en 1940. Inédita.

Sin amor del Bien, el hombre sigue virtualmente en el plano animal. Todo acto virtuoso es un fermento de paz, una causa de elevación del universo.

A menudo guardamos en el corazón el principio mismo que reprobamos en los demás.

Hay mucha gente que no siente inclinación hacia los sentidos ni interés por los demás pecados y se erigen, como los fariseos, en jueces de los hombres. Y eso no prueba que son virtuosos: es una inocencia negativa, porque no tienen deseos ni tentaciones. A veces los devoran los celos y la maledicencia: ante Dios son infinitamente menos virtuosos que los grandes apasionados que cometen faltas que enceguecen su mente y debilitan su voluntad. Porque las faltas contra la caridad que no provienen de pasiones ciegas separan más profundamente el alma de Dios.

La caridad es el lazo que une las virtudes, simplifica la visión del universo moral, nos pone en la escuela de la caridad divina. Estoy ante una decisión: o bien Dios es todo yo, el centro de mi vida, o estoy todo centrado en mí mismo y yo estoy fuera de Dios. Por consiguiente, todos mis actos están cubiertos por la servidumbre del propio yo. El primero de todos los sufrimientos es el sufrimiento interior (faltas, crímenes comunes contra Dios) y de los que Dios es el primero en sufrir. Recordemos eso.

Para conducir nuestra vida debemos guardar presente la conexión de las virtudes. Toda nuestra vida, el temperamento seguirá siendo el mismo. No podemos impedir las reacciones que provienen de la naturaleza orgánica. Lo esencial es que conservemos la mirada centrada en Dios, a pesar de las tentaciones y entonces no nos alejaremos de Dios.

No se trata de no hacer el mal, sino de hacer el bien, de amarlo, de despojarnos de nosotros mismos y de llegar a Dios que es la esencia del Amor.

Toda la educación humana debería inspirarse de esta doctrina. Un educador que ve en los demás una tendencia malsana debería ponerse ante ellos como un médico prudente ante un enfermo con fiebre, antes de pronunciar un diagnóstico y de prescribir un tratamiento. Ante todo, hay que evitar de eliminar en seguida la fiebre porque hay que sanar la fuente del mal y no el síntoma. Hay que remediar al centro del mal, es decir, hacer aparecer el bien que tiene rostro de amor. Una educadora tenía como alumna una joven de buena familia que tenía el hábito de hurtar. Decidió curar a la niña, poniendo a la mamá al corriente del vicio de su hija y tomaron como decisión no apabullar a la niña, evitar que sus compañeros lo supieran, corregirla mediante la confianza que le tenían. La madre, en vez de abstenerse de dejar dinero a su alcance, le confiaba sumas para que le hiciera mandados y cuando se daba cuenta de que la cuenta no era correcta, no le gritaba sino que simplemente le decía: “Haz bien la cuenta y lo que encuentres de más, ponlo en mi escritorio.” Y conquistada por la confianza y la bondad, la joven se curó.

Todos los defectos vienen de la falta interior de amor. En el fondo, la doctrina de la conexión de las virtudes, que es la condición del teocentrismo, resume el problema en dos términos: ¿es Dios el que se afirma, o yo? En este último caso, es la muerte. Y entonces podemos sacar un examen de conciencia preguntándonos si no estamos llenos de farisaísmo.

De ahí debemos sacar una lección de humildad. Tomamos en general las facilidades del temperamento como conquistas. Debemos renunciar a juzgar lo que pasa en el alma de los demás, a juzgar el principio de sus acciones. Dejémoslos y en la medida en que son responsables, pensemos que Dios es el que sufre, no nos paremos en lo que hacen y hagamos reparación.

Pidamos a Cristo aceptar todo lo que no controlamos, todos los movimientos espontáneos de nuestra vida orgánica, y aceptando nuestra pobreza nos acercamos a la pobreza superior que nos lleva a perdernos en él. Eso es todo. Que tengamos esta única angustia: ¡Qué sea él!

Los únicos activos son los que renuncian a sí mismos. La vida es dura, violenta, y estamos tentados de dudar de la vida espiritual. Pero el que se olvida solo busca a Dios. Solo existe una victoria, la del espíritu, y solo hay pobreza auténtica en el don de sí mismo; y qué importa si el bombardeo reduce a polvo nuestro cuerpo si ya hemos muerto a nosotros mismos. La libertad inviolable la llevamos dentro.

Dios creó criaturas porque el bien es la creación de un alma que tiene su yo en Dios. Pidamos al Espíritu Santo la liberación que solo él puede realizar en nosotros. El bien no es barrera para la libertad. No somos santos, no crucifiquemos a Cristo.

Tratemos de guardar el equilibrio en nuestros juicios, de no juzgar a los demás, de tener la conexión de las virtudes, la caridad, a fin de que el mundo sea como un mostrador de su Amor.

Es imposible tener una virtud sin tenerlas todas, pues todas las virtudes tienen su lazo en la caridad. Ella marca el lazo con la fe y la moldea entre el pensamiento y la acción, entre el ser y el bien.

El cristianismo no es una filosofía que procede de la unión con Dios. El cristianismo alcanza y colma los más profundos pensamientos y los más altos deseos humanos.

Nos interesa el ser. Nos horroriza la mentira porque es un desvío del ser, el orgullo porque es opacidad al ser. La humildad es transparencia al ser.

El peligro de las tentaciones es que no se nos presentan como mal sino como la mejor manera de ser. Pero las tentaciones serán menos difíciles de vencer cuando estemos convencidos que las exigencias de la conciencia están del lado del ser. Se trata de ser más plena y divinamente y de tener una fuente de vida infinita sintiendo dentro de nosotros un sentimiento de libertad. Ser espíritu es ser autónomo e independiente. No soportamos tener dueños y señores. No tener opción es repugnante a la dignidad de nuestra mente. Lo que hace odioso el farisaísmo es que nos presenta a Dios bajo aspecto de ley cuando en realidad Dios se nos presenta bajo un aspecto de libertad. “La verdad os hará libres” (Jn. 8:32).

En la naturaleza hay una aspiración inmensa hacia el espíritu, la libertad y el amor. En la humanidad tan miserable, hay un impulso pues sabemos que la verdad está más allá.

Con sus colores, el artista transcribe sobre el lienzo su sueño, su impulso. El sabio sabe también que la verdad está más allá y, a través de la apariencia divina se realiza el encuentro con la presencia divina, fuente de lo que existe.

El lado luminoso de la humanidad consiste en la dignidad del hombre en tensión hacia más allá de sí mismo. El hombre ha presentido su vocación creadora que es una asociación con la libertad de Dios.

Todo ese impulso lo consagra Dios y quiere desarrollarlo al infinito. “Sed perfectos como Dios (Mt. 5:48), es decir, sed Dios, el cual es solo don.

Deben ser relación viva con Dios y tener su yo en Dios. Eso es ser santo, no herirse con sus propias heridas sino por las de Dios, desear solo la gloria de Dios.

El motivo de toda virtud es esencialmente teologal, toda virtud no puede ser sino expresión del reino de Dios: que la faz de Cristo se imprima en todo su poder en nuestra vida.

Se trata de no ser otra cosa, y en la medida en que nos negamos a las exisgencias interiores, rehusamos el ser a Dios, el ser que además quiere tener en nosotros y que tiene su libertad, su altruismo, su caridad y su pobreza.

Esta doctrina es doctrina de libertad, de alegría, y satisface en el máximo grado el pensamiento porque hace cesar el antagonismo entre el ser y la acción, las exigencias de la libertad y las del deber, mostrando que son la misma cosa. “La obra pura se hace toda por Dios y hará en el corazón un reino que pertenece todo a su señor”.

El mayor desinterés es obrar por Dios sin desear siquiera que él lo sepa y que la acción concurra a su gloria. El amor es el único criterio que nos juzgará.

Le motivo de toda virtud es pureza de todo amor y solo es garantizada por la voluntad de Dios traducida por las circunstancias. Sometiéndonos a ellas logramos la pureza de amor.

Las circunstancias de cada día contienen las revelaciones de Dios, y someterse a ellas es conocer la revelación: “Iré a cualquier parte, a condición de ir con él.

La pobreza es la única riqueza que nos colma, es nuestra única libertad. “Un solo pensamiento del hombre vale más que el mundo entero, porque solo Dios es digno de él” (Juan de la Cruz, Dichos de luz y de amor, n° 34).

Tratemos pues de bien pensar, ese es el principio de la moral” (Pascal, fragmento Brunschvicg 347; Le Guern 186; Lafuma 200; Sellier 232)

No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa” (cf. Juan de la Cruz, Dichos de luz y de amor, n°27, y Oración del alma enamorada.) Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón.” (Ib.).

El pecado es contentarse con lo finito, cuando somos hijos de Dios y debemos glorificarnos en nuestro Padre.

Fácilmente dominarás a los hombres y las cosas serán tus esclavas si te olvidas de ellas y de ti mismo.

¿Qué pueden los tanques ante la libertad de la conciencia que no se pliega sino ante Dios y que puede detener con el solo movimiento del corazón el avance del conquistador?

Solo nos inquietamos en la medida en que no nos damos totalmente. En la medida en que nuestra ambición va hacia Dios, nada puede tocarnos.

No podemos alardear de ser perfectos, pero reconocemos la dirección de unión de amor con Dios. Nuestro corazón debe abrirse a la esperanza y al gozo de que Dios es Dios, de que él permanezca en nosotros si lo queremos, y de que podamos crear con él un mundo nuevo, cambiar todas las ambiciones y las brutalidades y encadenar al que quiere encadenarnos con la plenitud de amor que asegura el triunfo.

Pase lo que pasare, debemos conservar la esperanza de triunfar en la mente y no se puede encadenar la mente orientada hacia Dios, en el cual encontrarán refugio eterno todos los pueblos vencidos.

Debemos hacer en nosotros un gran vacío hoy que los valores únicos están comprometidos, para cantar a pesar del exilio y de los sufrimientos el cántico de Sion.

Míos son los ángeles de Dios y la Virgen, y Cristo es mío, todo es mío y todo es para mí” (1) Juan de la Cruz, Oración del alma enamorada).

(1)Nota del traductor: El texto de San Juan de la Cruz dice exactamente: “Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí.

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