Mauricio Zúndel, extracto de La Pierre Vivante, (*) (La piedra viva), Cap. 5.

Todo ser vivo ocupa en el universo un medio que constituye un mundo a su medida. Ahí despliega fácilmente todas sus posibilidades. Si un factor extraño se introduce, reacciona y conforme a sus posibilidades trata de eliminarlo o de asimilarlo. En el hombre este dato biológico se complica por la intervención de la razón que introduce por doquiera el tormento infinito que la asecha y exaspera todos sus apetitos mientras no se humanice mediante la promoción que constituye la persona.

Por eso la existencia colectiva presenta tan a menudo manifestaciones de fanatismo camuflado o explosivo en que aparece la angustia de la vida amenazada.

El drama de Jesús se enraíza ante todo en este fondo oscuro. Asistimos a escaramuzas sobre trivialidades: abluciones antes de comer, ayunos de simple devoción, frecuentación de gente sospechosa. La cuestión del descanso sabático es más seria, aunque concierne detalles muy pequeños; se trata de una ley que los más estrechos y menos devotos no pueden aparentar ignorar. Cierta desenvoltura respecto a usos establecidos basta para crear una sospecha y cubrir finalmente bajo un manto de celo religioso. Eso permite de inmediato calificar de falsos milagros los prodigios cuyo ruido se difunde.

La ortodoxia alertada envía emisarios que se convierten ocasionalmente en agentes provocadores. La encuesta es concluyente. Es por convicción y no por ignorancia que el galileo trasgrede la tradición minuciosamente codificada por los legistas. Un conflicto de principios envenena el debate.

Eso es más de lo que se necesita para perder a un hombre en una teocracia en que una casta expresa día por día lo absoluto divino, habiéndose reservado el monopolio de la piedad, de la ciencia y la virtud. Asistimos entonces al duelo trágico en que una fe, solidaria de intereses que están lejos de ser despreciables, se compromete casi inevitablemente de mala fe. Lo último que haría un poder establecido sería poner en duda su propia legitimidad. Ahora bien, en este caso la religión es un poder, el único poder que encarna en la vida cotidiana lo que Roma puede tolerar de independencia. Y sin poder dudar de sí misma, tiene un doble motivo para utilizar a fondo la fuerza de que dispone.

Pero ¿de qué peligro se siente exactamente amenazada? La barrera de las observancias protege a la vez la creencia y la nación; es una cuestión de seguridad pública el no soportar ninguna derogación. Sin embargo, no se siente peligro mayor ni más personal que la angustia no expresada. ¿Será necesario de verdad convertirse, cambiar de orientación, nacer de nuevo? Eso sería dudad de la propia justicia tanto como de la eficacia de las prácticas sobre las que se funda. ¿Qué significaría entonces la pertenencia a un pueblo elegido y que orgullo tener ante el invasor, si el desprecio dejara ya de compensar la servidumbre?

Ese es el punto neurálgico inicial. ¿No lleva la moral de ese joven Maestro a un individualismo disolvente y anárquico?

¿Sería el bien Alguien para amar antes que algo por hacer? Más aún, ¿habría que ser el bien para cumplirlo plenamente? ¿Habría llegado el momento de pasar de la condición de esclava que cambia su trabajo por un salario a la de esposa que se entrega a sus quehaceres como testimonio de amor, por identificarse con su amor? Si ese fuera el caso, si el compromiso interior fuera lo decisivo, suponiendo que va a subsistir, la comunidad tendría su fundamento en la soledad del alma. Entonces, ¿por qué limitarla a la posteridad de Abraham? ¿Es el momento en que la nación se repliegue totalmente sobre sus instituciones religiosas como única expresión tolerada de su ser específico, que debería consentir a lo que habría que llamar un suicidio? ¿Terminaría la historia del pueblo profeta en esa monstruosa contradicción: la disolución de la nación por el mesianismo que debía salvarla? ¡Qué atroz ironía, dejar de existir si fuere necesario para ser universal!

Esa acumulación de problemas da vértigo. Vemos que no se trata solamente de rivalidad de escuelas y de competición entre maestros experimentados y un artesano que se improvisa como profeta y doctor. Todo es cuestionado y la conciencia, inquieta por un llamado aterrador, se ahorra finalmente el consentimiento que podría tentarla, a la vista de las consecuencias que ello tendría probablemente para la nación.

Otros motivos acabarán pronto de apaciguar la conciencia desdichada. A las vacilaciones respecto de la vocación individual y comunitaria de los hijos de Israel se suman alusiones cada vez más chocantes a una intimidad particular con el Cielo, que alimentarán el protocolo de un proceso por herejía y blasfemia.

Sin duda conviene tener en esto la reserva más extrema. Si le damos a la confesión de Cesarea (Mc. 8:27-30; Lc. 9:18-21; Mt. 16:13-20) la importancia que le dan los sinópticos, admitiremos difícilmente que el joven Maestro, que reserva a sus discípulos más cercanos, y después de un periodo relativamente considerable de vida común, la revelación de su identidad mesiánica, haciendo de ella por otra parte un secreto rigurosamente prohibido divulgar a los cuatro vientos y al gran público, la afirmación explícita de su filiación divina de manera que implique claramente su divinidad. Eso es tanto menos creíble por cuanto semejante afirmación no podía caber en un medio incapaz de dar al término de filiación otro sentido que analógico. Entenderlo de otro modo le habría dado en efecto inevitablemente un significado politeísta.

Se aceptaba desde luego que en virtud de una misión divina el rey como ungido de Yahvé (2 Sam. 7:12-14; Ps. 89:27-28; Ps. 110:1), y todo Israel en su cualidad de pueblo elegido y de nación santa (Os. 11:1-4), pudieran llamarse “hijo de Dios”, como los “jueces son dioses” (Ps. 82:6) por estar encargados de aplicar una ley que viene de Dios. Pero esta analogía de atribución no engañaba a nadie y no era ocasión de desviación susceptible de ir hasta la identificación pura y simple que pudiera sugerir el politeísmo.

No podemos imaginar que Jesús, tan reticente respecto al título de mesías, y con el cuidado de no implicarse en el mesianismo popular corriera el riesgo de parecer inducir al politeísmo.

Entonces cuando encontramos en los textos una expresión que le atribuye de algún modo una filiación divina, debemos explorar el nivel según el contexto en que se encuentra. ¿Está en los mejores manuscritos? ¿La expresión viene de Jesús o de su entorno? ¿Qué sentido podían darle efectivamente sus auditores, y cuál era la intención de Jesús al respecto?

Llama la atención que uno de los discursos joánicos más explícito (Jn. 10:30,34), lleva a Jesús a citar precisamente el versículo 6 del salmo 82, respecto de los jueces que son llamados “dioses”. Es sin duda un argumento ad hominem que deja la cuestión abierta. Pero cómo no ver en ello una tentativa de serenar el auditorio, cerrando el camino a toda interpretación politeísta y escapando al mismo tiempo a la acusación de blasfemia por la evocación de un vocablo familiar.

Además, ¿no afirma el Hijo ignorar cierto secreto que el Padre se reserva (Mc. 13:32; Mt. 24:36) así como afirma que el Padre es mayor que él (Jn 14:28)? Y eso ante los apóstoles, todos los cuales benefician de las luces de Cesarea si no de las del Tabor (la Transfiguración). Si añadimos que Jesús parece designarse ordinariamente como el Hijo del Hombre – título ambiguo que más plantea cuestión que da respuesta – se puede concluir que no rodea de menos precauciones el misterio de su Persona que el de su función mesiánica.

Es pues probable que los adversarios se escandalizaron más en virtud de una suma de alusiones y actitudes convergentes que por una afirmación exenta de toda ambigüedad y que los discípulos llegaron al encuentro inefable que Cesarea y el Tabor les permitieron intuir pero que solo les aparece definitivamente en las llamas de Pentecostés.

Tenemos los "más que" de los sinópticos y los "si" que los confirman:

“Hay aquí más que Jonás”, “hay aquí más que Salomón” (Mt. 12:41-42 )

Si los prodigios realizados en ti (Corozaím, Betsaida, Cafarnaúm) se hubieran realizado en Sodoma, ella existiría todavía” (Mt. 11:20-24 ).

Tenemos los “antes que” joánicos.

Antes que Abrahán (fuera) yo existo” (génesthai falta en varios manuscritos) (Jn. 8:58), que recuerda el cambio de perspectiva análogo – detrás, delante, antes (Jn. 1:15 y 30): “El que viene después de mí estaba antes de mí porque existía antes que yo”, poderoso resumen que no es tan claro como para impedir la pregunta: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Mt. 11:3 et Lc. 7:19). En la misma línea podemos citar: Porque fue a propósito de mí que escribió” (Moisés) (Jn. 5:46), que anticipa a: “(Abrahán) vio (mi día)” (Jn. 8:56) y que tiene sin duda el mismo significado.

Hay la parábola de los viñadores homicidas (Mt. 21:33-46; Mc. 12:1-12; Lc. 20:9-19) que con tanta precisión distingue al Hijo único amado de los servidores que lo precedieron.

Hay el logion bien conocido delos violentos (Mt. 11:12 Lc. 16:16) que viene después de la anexión de Juan-Bautista a la línea profética, de la cual él es el último y el más glorioso eslabón (Mt. 11:11). Después del fin de su ministerio comienza una nueva economía. El Reino de Dios ya está al alcance de todos y solo hay que apoderarse de él con todo el impulso que exige la altura de las gracias de que es promesa y presencia. No olvidemos las parábolas del tesoro y de la perla fina (Mt. 13:44-46) y el Boanergès (hijo del trueno) (Mc. 3:17).

Hay el verso de la reciprocidad del Padre y del Hijo (Mt. 11:27, y Lc. 10:22): “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo”, que Mateo coloca antes y Lucas después de la confesión de Cesarea. Si es antes de Cesarea y ante un público no compuesto exclusivamente de discípulos, es difícil ver ahí una afirmación clara de la filiación divina de Jesús. Si Lucas lo pone en su verdadero contexto, como es probable, la ignorancia del Hijo (Mt. 24:36, y Mc. 13:32) de la fecha de su parusía no parece fácilmente compatible con un conocimiento exhaustivo del Padre por el Hijo, como lo requiere la identidad de esencia con el Padre, y se armoniza mejor, a primera vista, con el inciso joánico: “El Padre es mayor que yo” (Jn. 14:28).

Hay por fin la autoridad extraordinaria que caracteriza toda la carrera pública de Jesús. Este rasgo es tan constante que es casi imposible elegir. Tenemos continuamente la impresión de una fuente siempre lista para brotar, sin recibir ningún aporte exterior. Cristo domina la naturaleza lo mismo que domina la Ley. Está en el texto sagrado como “está en casa en el interior de los demás”. Perdona las faltas ocultas que se acusan en silencio, así como denuncia las faltas públicas que corrompen la fe, y las debilidades “muy humanas” disfrazadas de virtud. Volatiliza la casuística de los Doctores y echa fuera los vendedores del Templo. Jamás lo toman por sorpresa, sin ostentar erudición; evita las trampas verbales como también las emboscadas de la policía. Seguro de su inocencia como de su misión; inaccesible a la adulación como a la vanidad, exento de todo artificio y divinamente natural, hasta pasar instantáneamente del milagro más brillante a la banalidad más cotidiana: “Denle de comer” (Mc. 5:43) para la hija de Jairo, “suéltenlo” (Jn. 11:44) para Lázaro. Intrépido entre los clamores de los posesos como ante la tempestad, insensible a las amenazas y al contrario, maravillosamente sensible a la fragilidad de las almas, a la gracia de los niños y de las estaciones, como paciente con sus discípulos y abierto a toda amistad. Fiel a los usos cuando debe, evitando toda provocación inútil, inflexible ante sus jueces y roto ante Dios cuando por fin llega la hora en que todo debe ser consumado.

Jesús toca, fascina y sorprende por todo ese conjunto de cualidades prodigiosamente equilibradas en que aparece su figura viva.

Hay pues que tratar de buscar en su persona misma, cuya grandeza nos hace más sensible la respuesta que sus discursos no pretenden darnos (Mt. 9:16-17; Mc. 2:21-22 (paño nuevo, vino nuevo; vestido viejo, odres viejas) y Jn. 16:12).

Pero para eso debemos primero colocarnos ante el Dios de que él es testigo y cuya voluntad constituye el alimento de su vida.

TRCUS (*) Libro La Pierre vivante (La Piedra viva)

 Nueva edición, en rústica. Ediciones du Cerf, rúbrica espiritualidad, colección Trésors du Christianisme.

 Mayo 2009. 180 págs

 180 págs

 ISBN : 978-2-204-08965-4

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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