Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, en 1959, el 3° domingo de adviento. Publicada en Ton visage, ma lumière p.280 (*).

La epístola de la misa era Filipenses 4, 4-7:

“Alegraos en el Señor siempre: lo repito, alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda ocasión y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos.” (Traducción Ediciones Paulinas)

La epístola a los filipenses de la cual hemos sacado los textos de esta liturgia, la escribió san Pablo probablemente hacia el año 57 o 58 desde Éfeso a la iglesia de Filipo, que él ama con un amor especial.

En esta epístola la palabras alegría o alegraos aparecen una docena de veces. Toda la epístola es un himno a la alegría, tanto más impresionante porque san Pablo está prisionero, destinado quizás al martirio pues evoca su muerte posible, pero eso no es nada para él ya que toda su alegría sería ir hacia Cristo (Fp. 1:21).

Pero siente mucho más la prisión porque choca con la contradicción, lo combaten enemigos que aprovechan de su cautividad para predicar el Evangelio probablemente de manera ortodoxa pero contra él, esperando desacreditarlo y suplantarlo. Y en medio de todas esas circunstancias el apóstol dirige a sus queridos filipenses este mensaje de la Alegría.

¿Cómo puede estallar la alegría en medio de la tribulación, y cómo podemos hoy nosotros, en este mundo desgarrado, escuchando el clamor de las revueltas, participando en todos los horrores de la guerra y la tortura? ¿Cómo podemos abandonarnos a la alegría que es, dice el apóstol, el más esencial homenaje de nuestra fe en respuesta a la ternura de Dios?

Para entender cómo puede estallar la alegría en medio de la prueba, es suficiente recordar la extraordinaria serenidad de la mujer que, paralizada desde 39 años y ciega desde 30, vivía sin murmurar, sin quejarse, porque había conocido el más gran amor. Porque la había desposado precisamente en el estado en que estaba el novio que la había conocido antes, antes de su enfermedad, y que no retrocedió cuando le atacó la poliomielitis, y se casó con ella finalmente cuando ella encegueció.

Ella, incapaz de todo movimiento, inclusive de llevar la mano a la boca y de voltearse en la cama, incapaz de todo movimiento, pero sus pensamientos y sentimientos quedaban vivos, a pesar de todo había tenido la felicidad suprema de un amor dirigido verdaderamente a ella, un amor que no era amor de carne y deseo, un amor dirigido verdaderamente a su persona, a su secreto, a su misterio, a lo más único que había en ella. Y toda su vida había estado en el paraíso de ese amor. ¡Se sentía colmada a pesar de su invalidez, por haber conocido la realización más perfecta del sueño que toda mujer tiene en el corazón y que tan rara vez se realiza!

Entonces, el amor que transfiguraba su prueba y le daba resonancia armoniosa al sufrimiento porque ella podía ofrecerlo sabiendo que tenía como fuente de vida toda la luz de un gran amor.

Ese es pues el motivo de la alegría del apóstol, y debe ser el motivo de la nuestra: que detrás de la prueba está el Amor.

La catedral de Lausana, como todas las catedrales del mundo de esta época, está sobre la ciudad como un gran signo de Cruz. Y qué quiere decir el signo de la Cruz sino que Dios muere, que Dios muere de amor, que muere de amor por aquellos mismos que rehúsan amarlo. ¿Qué quiere decir la catedral sobre la ciudad? ¿Qué quiere decir la Cruz inscrita en la catedral sino justamente que en el fondo de toda realidad, detrás de todas las catástrofes, está el amor, y más aún, que Dios sufre en todo mal? ¡Dios sufre en el mal!

Esa es la respuesta cristiana a las interrogaciones que se plantean tantos filósofos, que se plantearon con tanta angustia y hasta desesperación especialmente los escritores rusos de la segunda mitad del siglo 19. Esa es la respuesta al problema que ha dominado toda la existencia y todo el pensamiento de Camus: “¿Por qué el mal? ¿Y Cómo?” Y Camus no tenía otra respuesta que “Es que no hay nadie, no hay nadie, y entonces no hay respuesta al mal, lo único que podemos es hacerlo menos intolerable, es remediarlo en la medida de nuestras posibilidades”.

La respuesta cristiana va más lejos: la respuesta cristiana es precisamente primero mostrar que el mal es infinito, que puede ser infinito y que en efecto la queja de Iván Karamazov, en la gran novela de Dostoievski, tiene razón, que el mal tiene a veces proporciones que son absolutamente intolerables, y que para entenderlo hay que darle dimensiones propiamente divinas.

Y eso significa la Cruz: el mal puede tener proporciones divinas. El mal es finalmente el sufrimiento de Dios, en el mal, es Dios el que sufre. Y ¿por qué es tan terrible el mal? Porque si Dios es el que sufre en el mal, en el centro del mal está ese amor que no dejará jamás de acompañarnos y de compartir nuestra suerte, más aún, que será herido antes que nosotros, en nosotros y por nosotros.

¿Cómo es posible? Es posible y aparece inmediatamente posible si recordamos el amor de las madres. Una madre humana es capaz de esa identificación. Una madre humana puede sufrir en su hijo, más que su hijo y por su hijo. Una madre en plena salud puede vivir la enfermedad, vivir la agonía de su hijo con más sufrimiento que él mismo, en virtud de la identificación de amor de que es capaz su amor.

¿Cómo quieren que el amor de Dios sea menos maternal que el de una madre? Todo el amor de las madres, incluso el de la Santísima Virgen misma no es más que una gota en el océano de ternura maternal de Dios.

Por eso ¡ningún ser puede sufrir sin que Dios sufra antes que él, más que él y por él!

Y si el mal tiene esas dimensiones, entonces hay una herida divina a la que debemos estar atentos, una herida divina que debemos curar, una herida divina que no cesa de apelar a nuestra generosidad ¡Ven cómo todo el cristianismo, toda la revelación desde el Génesis es el grito de la inocencia de Dios!

Dios no quiere el mal, ¡Dios es su primera víctima! y si el mal existe, es en la medida en que su amor no es recibido, en la medida en que su amor es ignorado y rechazado, porque el mundo, en su armonía y belleza, no puede constituirse sino en el diálogo de amor en que Dios intercambia con nosotros y nosotros con él.

Cuando ya no hay amor ya no hay creación, o al menos la creación aborta y fracasa. Como sucede siempre, cuando por ejemplo la existencia de un hogar se construye sobre el amor: cuando se interrumpe el diálogo, cuando flaquea el amor, la casa se derrumba.

(*) Libro Ton visage, ma lumière. 90 sermons inédits. Ediciones Mame, Paris, 2011. 510 págs. ISBN: 978-2-7289-1506-4

 

TRCUS

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