Homilía de Mauricio Zúndel. Lausana, 22 de agosto de 1965 (11° domingo después de Pentecostés). Tomada de Tu rostro, mi luz p.257 (*).

La epístola de la misa era 1 Corintios, 15, 1-10.

“Hermanos, os recuerdo el evangelio que os anuncié , el que aceptasteis, en el que permanecéis firmes, y por el que os salvaréis, si lo retenéis tal como os lo anuncié, pues de lo contrario habrías creído en vano. Os trasmití, en primer lugar, lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a Pedro y luego a los doce. Se apareció también a más de 500 hermanos de una vez, de los que la mayoría viven todavía; otros murieron. Luego se apareció a Santiago , después a todos los apóstoles, y después de todos, como a uno que nace antes de tiempo, también se me apareció a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles, indigno de ser llamado apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí, pues he trabajado más que los demás: pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.” (Traducción Ediciones Paulinas)

Una de las mayores palabras de la patrística son estas palabras de san Ambrosio: “El verbo si hizo carne a fin de que la carne se hiciera Verbo.” Son el mejor comentario […] para el texto de san Pablo que acaban de escuchar.

¿Qué significa la Resurrección, la Resurrección del Señor, que es la condición de la nuestra, ya que en este pasaje de corintios (1) san Pablo invita precisamente a fundar nuestra propia resurrección sobre la de Jesús?

¿Qué quiere decir eso para nosotros, hoy? ¿Qué quiere decir, para el hombre de la calle, que estemos llamados a resucitar?

Las palabras de san Ambrosio trazan la dirección para descubrir en la Resurrección de Jesús la garantía de la nuestra, y una razón para vivir hoy, nuestra vida con plenitud, lo cual sería imposible sin la perspectiva de la resurrección.

Y precisamente, san Ambrosio nos da la clave, cuando “el iconoclasta (2) se hizo carne, para que la carne se hiciera Verbo. Supone, pues, una glorificación de la carne, una transformación nuestra, tan admirable que nuestra carne misma, ahora, hoy mismo, en la vida aquí abajo, que es ya vida eterna, supone que nuestra carne misma se hace eterna.

Es pues imposible situar la resurrección universal sin enraizarla en una experiencia actual que mira precisamente a la trasfiguración de la carne, a la glorificación de nuestro cuerpo.

E inmediatamente entrevemos la antropología cristiana, en parte fundada en la antropología bíblica, como antropología inmediatamente no platónica, como lo demostró muy bien Claude Tresmontant. Mientras para Platón el cuerpo es una tumba, es decir, un obstáculo para la vida del alma, una prisión para el alma, una degeneración para el alma, la tradición bíblica, amplificada por la tradición cristiana, o mejor, por la experiencia cristiana, toma al Hombre en su totalidad, sin dividirlo, sin separarlo en cuerpo y alma, en carne y espíritu, pues todo el acento de la novedad cristiana está sobre la persona.

Lo que hace obstáculo a la grandeza del Hombre no es su corporeidad, no es su carne, no es su cuerpo, sino el espíritu de posesión que lo aferra a sí mismo, es el yo en que estamos sumergidos, el yo propietario, el yo que se hace centro de todo, el yo que quiere acapararlo todo, el yo que es mera resultante finalmente, que no escogimos, que se nos pegó desde la concepción, desde el nacimiento, desde nuestra historia infantil.

Estamos dominados por un yo que es simplemente la proyección y el resultado de todas las influencias cósmicas que han pasado sobre nosotros o nuestros ancestros. Ese yo animal, ese yo cósmico, ese yo que padecemos, ese yo que es nuestra verdadera prisión, constituye el obstáculo al desarrollo, a la libertad, a la grandeza y la dignidad de nuestra vida entera, tanto a la que se afirma exteriormente como a la que llamamos vida interior.

Entonces, cuando hablamos de vida interior, no se trata de oponer lo visible y lo invisible, el tiempo y la eternidad, la carne y el espíritu, sino de oponer lo que sufrimos a una creación que resulta de nuestra iniciativa.

San Agustín, hablando de su conversión en los términos más sencillos, humanos y universales, la presenta como paso de afuera a dentro: “Tú estabas dentro, y yo estaba afuera”.

Pero no se trata desde luego de un afuera físico, sino de un afuera metafísico. Estaba afuera, es decir extranjero a mí mismo. Estaba afuera, es decir sufría mi vida, era esclavo de todo lo que me había sido impuesto por el nacimiento, obedeciendo a mis nervios, a mis humores, a mi temperamento, a mis glándulas; no era creador de mí mismo, no era fuente y comienzo, no era origen ni espacio: entonces, en realidad no era más que cosa.

En vez de ser alguien, era algo, y justamente el encuentro con Dios, haciéndome pasar de afuera a dentro, mi hizo pasar de algo a alguien. Y así, todo mi ser fue asumido a dentro, es decir, al universo inviolable que escapa a toda obligación, y que es el universo de la persona.

Y ustedes saben que no podemos disponer de la vida del espíritu; la vida del espíritu es inviolable, no les pueden hacer aceptar lo que su inteligencia es incapaz de percibir como verdad. No pueden hacerles amar aquello hacia lo cual el corazón siente repugnancia invencible, no pueden aprisionarlos en límites cuando tienen una capacidad inviolable e infinita.

Y eso es precisamente lo que quiere realizar en nosotros el Evangelio, no oponernos el mundo, sino al contrario, liberarnos de todo lo que está en torno nuestro, y en fin, del mundo “caído” de que se habla. El mundo caído es simplemente un mundo no asumido, un mundo sufrido, soportado, un mundo en que uno se deja llevar, en vez de tenerse por sí mismo.

Y lo que Dios nos trae: toda su riqueza, toda su hermosura, toda su grandeza, todo su Amor, es precisamente glorificar nuestra vida entera, y transfigurar todas las fibras orgánicas nuestras en poder espiritual.

Es necesario comprender, no se trata en absoluto de apagar la vida. La palabra mortificación es la más mal escogida. Al contrario, se trata de alejar todo lo que impide que la vida tenga grandeza y dignidad infinitas.

Si miramos la vida bajo este aspecto, si pensamos que somos, como dice el apóstol, Templo de Dios, santuario del Espíritu y Cuerpo de Jesús, tenemos desde hoy mismo una actitud de respeto que hará de nosotros mañana el altar, el tabernáculo donde mora Dios, donde manifiesta Dios su vida, transfigurando la nuestra para que comunique la suya. Si toman el cuerpo no trasformado, no trasfigurado, no auténtico, no interiorizado, no glorificado por la Presencia de Dios, la resurrección no le interesa a nadie, no tiene sentido alguno, y por eso, justamente, la Resurrección de nuestro Señor era el secreto de la comunidad.

Es muy remarcable que aunque nuestro Señor murió en el sentido de la Historia, quiero decir, cualquiera pudo verlo sin ser movido por la fe, no sucede lo mismo con la Resurrección.

La Resurrección tiene un significado menos público. Tuvo como testigos a los discípulos, hombres de la Fe, que justamente eran capaces, o por lo menos serían capaces de vivir interiormente el suceso por una trasformación personal que los pondría en ecuación de luz con la victoria de Jesús sobre la muerte, la cual no significa nada para quien no ha vencido la muerte hoy, que no la ha vencido hoy dentro de sí mismo.

No hay pues que equivocarse con palabras, no hay que aferrarse a la literalidad de los textos. Este pasaje admirable en que san Pablo cita la serie de todos los testigos de la Resurrección para fundar la nuestra (1 Co. 15:4-8), este texto solo debe ser tomado en espíritu y en verdad, como invitación a hacer de nuestra vida hoy una realidad divina en el respeto de nosotros mismos, la cual solo se dirige a nosotros, en el santuario que somos.

Pues ¿qué son las catedrales más magníficas, qué son todas las basílicas comparadas don la catedral nuestra, única capaz de vivir de Dios de manera interior y exterior? Las piedras de las catedrales no viven a Dios esencialmente sino como símbolos, admirables por otra parte; somos nosotros los llamados a vivir su vida, y viviéndola, comunicarla a toda la creación que no puede nacer sin nosotros.

Entonces, en el Evangelio de la Resurrección que san Pablo nos propone hoy con tanta firmeza, hay una incidencia sobre nuestra vida de hoy, si la cual además no se entendería que la Resurrección figurase en el Credo cristiano.

El credo cristiano es esencialmente realista. Emana de una experiencia humana infinita en Jesucristo mismo, experiencia que se perpetúa a través del Cuerpo Místico de Jesús que es la Iglesia, y que debe ser hoy la nuestra.

Se trata pues de glorificar nuestro cuerpo, de darle tanta estima y honor, de tratarlo con tanto realismo como Cuerpo del Señor y como Templo del Espíritu Santo, que no podamos encontrarnos a nosotros mismos sin encontrar a Dios.

Es justamente la paradoja evangélica que san Ambrosio expresa perfectamente: haber glorificado y divinizado lo que para los platónicos aparecía como el obstáculo esencial a la vida del espíritu.

¡No! No se trata de salir de la tierra, no se trata de salir del cuerpo, no se trata de despreciar la carne, sino siempre, al contrario, de divinizarla, penetrarla de la vida divina, para que se haga inmortal hoy mismo.

Por eso podemos leer con tanta felicidad el texto de la liturgia de hoy: “Invoqué al Señor y vino en mi ayuda, y mi carne volvió a florecer” (Ps. 27:7). ¡Qué admirable! “Invoqué al Señor y vino en mi ayuda, y mi carne volvió a florecer.

No se trata pues de atrofiarnos o de arrugarnos, sino al contrario, de construir nuestra vida sobre la eterna juventud de Dios y de dar a nuestros cuerpos el esplendor de la vida divina que los glorifica y los hace testigos y precursores de la resurrección universal.

Si tomamos pues las palabras de san Pablo a la luz de las de san Ambrosio, “El Verbo se hizo carne para que la carne se hiciera Verbo”, tendremos un programa de vida cotidiana, un programa de vida cotidiana, exaltante y magnífica.

No se trata de morir, sino de no morir y de triunfar de la muerte hoy, dejando que el cuerpo respire la Presencia divina que nos habita y que está escondida como un sol invisible en lo más íntimo de nosotros mismos.

Después de verdad esencial que comprendamos esas palabras como palabras vivas, que se dirigen a nuestra vida, y en vez de percibirlas como alusión a un mundo inaccesible, irreal y sin ningún interés además, descubramos en ellas la verdad apasionante de una invitación a la vida de hoy que debe rectificarse y engrandecerse liberándose de la carne misma, impregnada toda de la vida divina, ante la Presencia adorable del Señor. [?]

La carne, hecha trasparente en el Amor, que introduce al misterio de la Persona, y protege el misterio de la Persona contra las miradas indiscretas que son indignas de abordarla.

Entonces todo el mundo, todo el mundo puede transfigurarse, pues nada en el mundo se opone a la divinización, y no hay un elemento entre los más humildes en la trasfiguración realizada en nosotros que no esté llamado a vivir de la Presencia, del pensamiento y del Amor de Dios.

Por eso los sabios dignos de ese nombre abordan el universo con infinito respeto, lo abordan como Persona, porque tienen la intuición que los guía, los mueve y es el único motivo de sus investigaciones: una Presencia, Alguien que nos permite pasar, nosotros mismos, de algo a alguien.

Porque si podemos ser alguien, es que existe Alguien que está antes de nosotros en lo más íntimo nuestro, y que quiere hoy hacernos eternos de tal manera que podamos, como dice el Apóstol san Pablo, “llevar a Dios y glorificarlo en nuestro cuerpo” (I Co. 6:20, Fp. 1:20).

(1) Primera a los corintios, cap. 15.

(2) En el sentido: el Verbo no representable por una imagen.

(*) Libro Ton visage, ma lumière, 90 sermons inédits. Ediciones Mame, Paris, 2011. 510 págs. ISBN: 978-2-7289-1506-4

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