Homilía de Mauricio Zúndel, en Londres, en marzo de 1930. Inédita.

Porque en Ti está la fuente de la vida, por tu luz veremos la luz” (Ps. 36(35):10).

Habiéndose acercado a él, Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” él respondió: “¡Señor, que yo vea!” (Mc. 10:51-52)

Al que tiene ojos que pueden ver, le basta abrir los ojos para que todo lo visible le sea accesible. No es lo mismo para la mirada de la mente.

Aquí no basta mirar para ver lo que es visible. Como el objeto no está simplemente ante nosotros, y como es necesario aplicar la atención para alcanzarlo y más aún mantenerlo en el campo de la conciencia hasta que haya manifestado todas sus riquezas y exigencias, la voluntad puede rehusar el esfuerzo, limitar la mirada e interrumpir el espectáculo. En asuntos de la mente, en verdad que hay que decir que, en cierto sentido, vemos lo que queremos ver.

Por eso nuestra visión puede ser continuamente falseada por la mala voluntad. Para escoger el ejemplo más sencillo, basta pensar en la casi imposibilidad de admirar las cualidades o las buenas obras de una persona antipática, suponiendo que seamos todavía capaces de verlas.

Así, en la medida en que consiente con cualquier forma de egoísmo, la voluntad nos impide ver. Una ceguera de este tipo fue la razón de la enemistad de los fariseos contra Jesús.

Una ceguera así es la que impide la acción de la Iglesia ahora, y la misma ceguera voluntaria es la que nos impide alcanzar la santidad.

¿Ojalá supiera lo que debo hacer? Eso decimos, pero en realidad, ¿no tenemos miedo de ver? A este pasaje de nuestra vida espiritual es al que se aplican las Palabras de san Pablo:

Realizad vuestra salvación con temor y temblor (Fp. 2:12)

Y san Pablo mismo, amigo de Jesús, experimentó esa hora de temor e incertidumbre, y se tildó de ciego de cuerpo y espíritu cuando su mente comenzaba a ver: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos, 22:10)

Debemos confesar que la tarea es difícil. Estamos en el centro de un universo en que todo es confusión, magnificencia y fealdad, atracción y repulsión, excelencia y corrupción. ¿Cómo entrar en relación con esas miríadas de criaturas que nos fascinan, nos tientan, nos mueven a compasión o nos llenan de ternura?

Rechazarlo todo, sería querer ser como piedras. Abrazarlo todo, sería querer al mismo tiempo lo mejor y lo peor.

Y sin embargo, en cierto sentido, en la medida en que son – y no en el mal que las afecta, que solo es un avance de la nada del ser – todas las criaturas son: de Dios, por él y en él, como reflejo lejano de su propia excelencia. ¿Es necesario privarse de tal bien, a causa del mal que puede tener?

¿Quién podrá deshacer ese enredo, quién nos liberará de esa angustia? ¿Quién nos sacará de los terrores del jansenismo o del verdadero fariseo, para quien todo es mancha, y nos preservará al mismo tiempo de la falsa inocencia del sobrenaturalismo que destruye hasta el sentimiento del mal so pretexto de que es natural, como si lo que es fuera siempre lo que debería ser?

Entonces la oración del ciego toma todo su sentido. La luz del mundo es Dios mismo, y para bien utilizar las criaturas, debemos medirnos con el Amor que él les profesa y en el bien que él les desea.

Señor, ¡haz que yo vea!

Tú primero, y todo lo demás en Ti, iluminado por Ti, hecho inmenso por ti, irradiando la luz de tu mirada, Señor ¡haz que yo vea!

Así encontraremos la paz cuando estemos inquietos, no mediante un discurso difícil sobre la bondad o la malicia de las cosas de este mundo, sino mediante un abandono absoluto, en manos del que mantiene nuestros corazones en el suyo, y que desea forzar misericordiosamente nuestra voluntad, aún rebelde.

Así, habiéndolo hecho, habiendo renunciado por decirlo así a nuestro propio querer, caerán las escamas de nuestros ojos y veremos entonces lo que sea bueno que veamos.

No será jamás él quien limite nuestra mirada o restrinja nuestro Amor.

Entonces, aunque haya Cruz ya no habrá temor. Pues el perfecto Amor echa fuera el temor.

Es importante que entendamos que tenemos un Padre. “Y yo lo llamo Papá”, me decía un santo novicio, “y a la Santísima Virgen, Mamá.”

Pero entonces eso ya no era más que un grito de Amor.

Hermano Benedicto

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