Homilía de M. Zúndel, en Egipto, en 1965. Cfr. Vie, Mort et résurrection, p.131 (*)

Se puede decir que la Cruz es el entierro de la Ley. Ustedes recuerdan el capítulo tan humano de la epístola a los romanos en que el Apóstol san Pablo afirma, con profundidad psicológica muy justa, que lo que provoca el pecado, la causa del mal, es el mandamiento.

La prohibición suscita la codicia, no tanto porque el deseo esté en nosotros hasta la raíz del ser, sino porque tenemos también un deseo de libertad, un sentido de dignidad que rechaza toda obligación.

Y por eso el apóstol san Pablo opone sistemáticamente la Ley que provoca el mal prohibiéndolo, y la gracia que evoca en nosotros todos los recursos de la generosidad, la gratuidad y el amor. Y dado que a los ojos de san Pablo la Nueva Alianza, el Nuevo Testamento, se puede decir que la Cruz es el entierro de la Ley, ya que inaugura la Nueva Alianza, rompe el velo de la Ley que caracteriza el Antiguo Testamento.

En una carta a Olimpa, una de sus filoteas (1), una de sus dirigidas, san Juan Crisóstomo la consuela cuando era, como él, víctima de persecución, diciéndole: “Piense, piense en la venganza, en la alegría que va a tener en la eternidad contemplando el castigo de sus adversarios.”

¡Pues bien! Nosotros no queremos ese Cielo. Si eso fuera el cielo, sería abominable. Cualquiera que sea la grandeza y la santidad de Crisóstomo llevada hasta el martirio, hay que decir aquí que no queremos estar de acuerdo con él. ¡No!... El cielo no puede ser el gozo del resentimiento, la alegría de la venganza. Estar acosado, obligado, puesto contra el muro por espíritus eternamente, ¡eso me parece impensable!

Lo que sí concebimos es que un alma se cierre, rehúse el amor, y que el Amor sea eternamente su víctima, pero no que el Amor haya inventado ese instrumento, ese instrumento de tortura. Si no, los campos de concentración serían un paraíso comparados con el infierno que imagina Crisóstomo aquí.

¡Claro que no! Lo que nos interesa, lo que nos apasiona en Jesucristo, lo que hace del Evangelio una fuente de vida, es precisamente que el Evangelio es la garantía, y la revelación, y la fuente, la fuente de nuestra libertad.

¿Qué deseábamos salvar en Chessman (2)? ¿Por qué deseaban millones de hombres salvarlo de la ejecución, después de l2 años de espera de una ejecución que se hacía fatal en virtud de una institución legal? ¿Qué deseábamos al querer salvar a Chesmann? En él queríamos salvar una fuente, una fuente, un origen, una posibilidad creadora que permanece en todo hombre mientras viva, y después, lo esperamos, después de la experiencia terrestre, como fuente toda nueva, fuente en que aparece un universo nuevo, en que se constituye y se crea un universo de inocencia, quiero decir un universo virginal, quiero decir un universo diáfano, transparente, y un universo que es obra maestra de luz y amor. Si queríamos salvar esa vida, era porque en toda vida existe esa posibilidad infinita.

¿Qué deseaba la mujer pobre? ¿Qué deseaba cuando decía: “¡El mayor sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad!”? ¿Qué reclamaba ella? No más que esto: poder ser fuente de alegría, poder suscitar ella misma gratuitamente en el corazón de alguien un espacio de alegría y de amor, ser de verdad para alguien motivo de vida, ser de verdad para alguien fuente, origen, espacio ilimitado.

San Francisco de Sales tiene una comparación paradójica, falsa claro está desde el pnto de vista de las ciencias naturales, cuando dice que en invierno las liebres comen nieve y su pelambre se vuelve blanca. Quiere decir, quiere inducirnos, quiere llevarnos a seleccionar lo que dejamos entrar en nuestra mente, quiere llevarnos a conservar la virginidad del pensamiento para que sea siempre translúcido, diáfano, capaz de claridad y objetividad, y no esté continuamente desviado por opciones pasionales.

Hay pues una virginidad mental que es en el fondo la única virginidad. Una virginidad mental sin la cual el hombre no puede desplegar todo su poder interior, sin la cual el hombre no puede ser fuente y origen, una virginidad mental que nos introduce en un universo totalmente nuevo.

Recuerden estas palabras de san Juan de la Cruz, estas palabras extraordinarias, revolucionarias y magníficas, unas de las más hermosas palabras del lenguaje humano: “¡Un pensamiento del hombre! ¡Un pensamiento humano es más grande que todo el universo! ¡Un solo pensamiento humano es más grande que todo el universo, y solo Dios es capaz y digno de llenarlo” (3)

¡Qué cambio de todas las perspectivas! ¡Qué cambio de todas las situaciones! No es la función que ocupamos, ni el puesto que nos otorguen los demás, no es la actividad exterior lo que nos coloca en una existencia auténtica, es esa virginidad de la mente, el despojamiento, la apertura, la transparencia lo que hace que en un pensamiento humano totalmente liberado de todo límite reflorece toda criatura, recomienza todo el universo y el hombre y Dios se revelan juntos con su verdadero rostro.

¿Cuál es el fondo de la Pasión de nuestro Señor? Recuerden la pregunta inquieta de Pilato, que no lograba hacerse una opinión, que siente que lo manipulan las autoridades que han hecho ese complot, se siente sin salida, siente que la turba se desencadena, siente que no hay salida, y se vuelve a Jesús a quien ha interrogado: “¿Y de dónde eres tú? ¿De dónde… de dónde eres? « 

Pero Jesús ya le había respondido. Le había dicho: Yo nací y vine al mundo solo para dar testimonio de la verdad, y todo el que es de la Verdad escucha mi voz!” (Jean 18:37)

¡Ah, qué apertura, que luminoso desgarre en el marco de este cuadro incomprensible! Aquí ya no estamos en un proceso limitado que concierne un pueblo y sus esperanzas, sino en el centro de la cuestión que nos cuestiona a todos y cada uno, en el centro de la cuestión que nos interesa esencialmente: la Verdad. Eso es pues lo que le da a la Pasión de Jesucristo su último sentido, que es testimonio de la Verdad, no de la verdad que es fórmula que podemos exponer, sino de la Verdad que es Presencia, Presencia que podemos descubrir solo cuando nos hemos convertido en presencia, en apertura, en espacio y generosidad.

Sí, ahí debemos buscar, ahí debemos poner el centro de la Pasión. Aquí se dirige Jesús a nuestra humanidad en su esencia, nos revela que lo que sucede en nuestra intimidad más íntima es lo que decide todo, en nosotros, en el universo y en el Reino de Dios.

Es pues verdad que un Chessman, un Chessman, una mujer pobre, un esclavo, es verdad que un barredor de calles, es verdad que cualquiera que sea es el centro, el centro del mundo, ¡el centro! El centro de un mundo que solo puede existir por él y en él, e irradiar a partir de él. Es una locura, si quieren, es la locura de la Cruz, es la locura del Amor. O el hombre no existe, o el hombre es solo un producto, un resultado, un manojo de instintos, una fuerza de gravedad, o el hombre es creador y se mantiene erguido, ha asumido el universo, toda la historia, todo su ser, todo el ser de los demás, toda la Creación, y a Dios mismo.

En efecto, justamente en la generación interior, en la dicción, en la palabra secreta, en la palabra de amor en la intimidad interior, ahí es donde el hombre crea el mundo y se hace cuna de Dios.

No debemos pues desviarnos de lo esencial. En Cristo hay siempre una dimensión humana, y por eso nos apasiona y lo amamos, hay una dimensión humana que solo él revela plenamente, y en su Pasión, en ese breve diálogo con Pilato que aclara todo, hay ese reino de la Verdad, que es por excelencia el reino del hombre y el reino de Dios, el reino de la Verdad que solo puede realizarse por la virginidad de la mente.

En efecto, cuando nos dejamos invadir por la sombra de nuestras codicias, cuando obedecemos a opciones pasionales, cuando queremos defender la raza, la piel, el continente, la lengua, inclusive la religión en cuanto nuestra y no universal como debería ser, cada vez que renunciamos al hombre, cada vez que rehusamos ser origen cada vez limitamos a Dios, hacemos de él un ídolo, una caricatura.

Es pues esencial retener de esta confrontación con la Cruz de Jesucristo que el Señor se dirige a lo más elevado de nosotros, y nos pide hacernos hombre, ser hombres en la plenitud de nuestras facultades, en la plenitud de nuestra liberad, liberándonos de todo lo que no es humano, pues la libertad que Cristo nos revela es una liberación y no la libertad estúpida y grosera de hacer cualquier cosa entregándonos a toda fantasía, sino la libertad creadora que hacemos salir del lodo de la animalidad, en que nos deshacemos de todas las cadenas y límites para surgir como seres nuevos en un mundo oblativo, en un mundo ilimitado, en un mundo diáfano y trasparente, pues justamente, ya no es sino un mundo ofrecido.

San Juan de la Cruz nos ayuda a mantener esta sola dirección: “Un solo pensamiento humano es más grande que el universo entero. Solo Dios es pues capaz y digno de llenarlo.” (3)

¡Ah, no lo imaginamos! ¡No lo imaginamos! Creemos en una moral como en una especie de código de corrección, creemos que el Bien consiste en hacer obras buenas – sin compromiso además más allá de lo que puede costarnos de verdad - y ahora aprendemos que el Bien esencial es ser Verdad, el Bien esencial es conocer en la Luz, el Bien esencial es conservar la virginidad de la mirada, el Bien esencial es difundir sobre todas las cosas la luz virginal, la luz de Amor que trasfigura, que revela y realiza, eso es Cristo, ése es el don de Cristo, ése es el fruto de la Cruz, eso es lo que podremos escuchar si seguimos en escucha del Amor.

Es desde luego mucho más fácil llevar la Cruz en triunfo, plantarla en las montañas, erigirla en lo alto de los edificios o tatuarla eventualmente en el brazo, pero todo eso no vale nada, es cero, mil veces cero, si la Cruz no se convierte en nosotros en el Árbol de vida, si la Cruz no es en nosotros el origen de un mundo nuevo, si no logramos por ella la dimensión humana, si no salimos más humanos de la visita al Calvario, más libres, más grandes, más universales, y si no conservamos la mente en la absoluta libertad del don y la ofrenda, si no velamos sobre la mente como la llama del cirio, si no conservamos en la mente esa dirección virginal, si no enraizamos el universo plantándolo en el Amor para que sea en nosotros una ofrenda infinita, que en él no encontremos jamás límites, y que la Verdad no sea simplemente un acuerdo material con automatismos materiales bien organizados, sino que el encuentro con la Verdad sea de verdad nuestro encuentro con el rostro que nos dice: “Yo nací y vine al mundo para dar testimonio de la Verdad, y todo el que es de la Verdad escucha mi voz” (Juan 18:37).

Hay pues que comprender que no hay sino una salida, una sola vocación : la de la grandeza infinita en que debemos aplicarnos en realizar todas nuestras dimensiones humanas, comenzando por dentro, haciendo del pensamiento la cuna de la luz.

Recordemos estas palabras inagotables: Un solo pensamiento humano es más grande que el mundo entero. Solo Dios es capaz y digno de llenarlo.

Notas

(1) Filotea es un nombre, pero en el lenguaje espiritual es un discípulo de un padre espiritual.

(2) Caryl Whittier Chessman, ejecutado en 1960, 12 años después de un proceso con mucha oposición. Llamó la atención de la opinión pública con su caso, y más allá, sobre la pena de muerte en los Estados Unidos, a causa de tres libros que escribió en prisión.

(3) Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor. “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto, sólo Dios es digno de él…” (Dichos 35)

Y otra: “Todo el mundo no es digno de un pensamiento del hombre, porque a sólo Dios se debe; y así, cualquier pensamiento que no se tenga en Dios, se le hurtamos.” (Dichos 115)

Y en Pascal encontramos esta correspondencia:

“Tous les corps, le firmament, les étoiles, la terre et ses royaumes, ne valent pas le moindre des esprits.” (Pensée 793 Ed. Brunschvicg) (“Todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas la tierra y sus reinos, no tienen el valor de la menor de las mentes”)

(*)Libro Vie, mort, résurrection. Ediciones Anne Sigier, Sillery. Septembre 2001. 164 pages. ISBN : 2-89129-244-8

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