Conferencia de M. Zúndel. Retiro de Bon Rivage, la Tour de Peilz, Suisse. El 15 de agosto de 1933. Inédito.

 

Aunque una madre olvidara…” El Hijo es aún más Madre que la Madre. Jamás debemos olvidar que el rostro de Dios es un rostro de madre.

Sólo hay pecado en la falta de Amor. Sólo existe virtud en el Amor.

La santidad es lo más natural y la gracia lo más gracioso que existe.

Santa Magdalena (22 de julio): La misteriosa conjunción de dos Amores.

La Asunción del uno por el Otro y la fusión de ambos en el único impulso, en las alas del Verbo, en el fuego del Espíritu.

Hay que “indefinir” a Dios y entrar con él en la inmensa sinfonía del Ser. Toda la poesía: “Yo soy el que soy. ¡Amén, Amén!”

La oración como adhesión de todo el ser a todo el Ser… ¡Jesús! ¡María! ¡Amén! Deo gratias

La libertad es un medio para hacer de nuestra dependencia aún la más perfecta oblación de nuestro amor.

La belleza corporal se mide por el ser que tiene el cuerpo, por eso uno de los deberes que tenemos para con Dios es la belleza del alma, ya que Dios es tanto el Dios hermoso como el Buen Dios. “Todo lo que no es oblación se vuelve tentación. Todo lo que no es consagrado a Dios es dejado al mal.

La catolicidad del Amor es lo que produce la catolicidad de la fe. la fe que no es admisión de cierta suma de verdades, sino la adhesión a la verdad en Persona. La verdad es una Persona.

Este es Dios, más que Corazón para mí. Mi alma hizo surgir el Verbo de Amor.

El Amor es vida y fuente de vida. Amor y Fecundidad son sinónimos. Aún los cuerpos son fuente de vida eterna cuando el Amor hace pasar en ellos el impulso misterioso que renueva la faz de la tierra, en el murmullo de la fuente, en el canto de los pájaros, en el canto de la luz y en la exultación de nuestros corazones. Todo el universo es nacimiento, como el Verbo que no cesa de ser un recién nacido en el Corazón del Padre. Y el apostolado es la ebriedad del Amor que hace nacer la vida.

El pecado es el parásito del infinito. Sólo nos liberamos de él por el encuentro del infinito, en el contacto repentino las virtualidades divinas del objeto que no apreciábamos mucho y que abre ahora sus alas en un impulso de todo su ser hacia el Ser.

Dios se vuelve ídolo cuando dejamos de concebirlo como el Amor. Es el refugio de todo lo inexplicado y de lo inexplicable, y no puede ser sino Amor.

Todos los documentos de la fe deben leerse bajo esta luz, dando a las palabras las inflexiones vocales de una Persona amada, apoyando la mejilla contra el rostro de una madre.

Santa Ana (26 de julio), Madre de la virginidad. Nacimiento de la Virgen: Redención y consagración del cuerpo, asumidos todos en la humanidad del Verbo: “Esto es mi Cuerpo”. Todos en su ser verdadero, en lsu vida interior, en su dignidad espiritual, en su sacramentalidad divina, siendo la inocencia solo la luz de la verdad que dibuja los contornos desde el centro, los capta en su interior más íntimo y los pone en su divina transparencia, recogiendo en ellos el secreto del Verbo, en quien todo es luz. La alegría: como el canto de la luz.

27 de julio: cumpleaños. Por todas partes busqué en la naturaleza las armónicas de la gracia y la transparencia de las cosas fue mi oración. Por eso vida y religión se identifican en una circumincesión cada vez más perfecta.

El Evangelio es el fermento, el Universo es la masa. La fe y el Amor que los mezclan hacen el pan del hombre. De este pan me alimento yo.

San Pedro Encadenado (1 de agosto): La humildad, es no querer menos que el infinito. El orgullo nos hace exteriores a nosotros mismos, a nuestro propio ser. El orgullo pone todo “         afuera”. Todo se vuelve espectáculo estéril en vez de ser creación. La caridad interioriza todo, inclusive la materia y la carne se convierte en Verbo. La caridad abre las puertas de la noche a la luz de la eterna natividad.

Las palabras tienen para cada un contenido diferente, según su experiencia personal. Solo tienen eficacia en la medida en que conservan toda la frescura y novedad del descubrimiento. Por eso es tan importante poner las almas en contacto con la realidad divina y no con las palabras que pueden expresarla para nosotros.

El gozo de nombrar debe brotar del encuentro y conservar toda su ebriedad. El Buen Dios se ha vuelto tan a menudo un signo insípido de tienda religiosa. ¡Le hacemos llevar todos los intereses, todos los prejuicios y todas las sandeces!

Lo único necesario es mantener el alma en estado de apertura y de ilimitación, para que no le ponga límites al don de lo inefable.

No se debe decir nunca algo que los demás no pueden llevar, sino rodearlos silenciosamente con su luz.

Ahora, vamos al Espíritu por el cuerpo. Vivimos en el mundo de los símbolos. La muerte nos liberará de ellos y nos hará encontrar la realidad. La Resurrección consumará la investidura de lo real. Iremos al Cuerpo por el Espíritu.

Eso es propiamente la gloria de los cuerpos resucitados: que están perfectamente liberados por la ley del Espíritu, por la interioridad de la medida, del número y de la armonía, en perfecto cumplimiento de las palabras de san Pablo (I Co. 6:20), “Habéis sido adquiridos por gran precio: glorificad a Dios, llevadlo en vuestro cuerpo”.

Pero ya que la vida terrestre es el comienzo de la vida eterna, desde ahora el cuerpo debe participar en la santidad de Dios. Es el “cuerpo de Cristo” según enseña el Apóstol. Hay pues que tratarlo con el mismo respeto, la misma caridad, el mismo reconocimiento que el Cuerpo del Señor. No creo que pueda haber pureza verdadera fuera de este arrodillamiento ante la obra y el templo del Señor. El menosprecio del cuerpo ha sido un cliché fácil bajo la pluma de numerosos escritores, como si la obra de Dios tuviera necesidad de nuestras excusas y permisos.

El cristianismo tiene en sí mismo con qué recuperar y glorificar los cuerpos: “Traten sus cuerpos como vasos sagrados.” La sobriedad de la mesa, la higiene del aderezo, la elegancia del gesto, la gracia del vestido, la pureza de los rasgos, son las armónicas de la castidad. Donde hay respeto de Dios siempre hay bastante pudor.. nuestros cuerpos no rehusarán su alabanza si nosotros consentimos primero a las riquezas de su ser.

Las definiciones hacen abstractas las más vivas realidades. Reducen lo divino a fórmulas y sustituyen la memoria al surgimiento del descubrimiento. En un encuentro vivo hay cierto halo que constituye todo su encanto y que es disipado por el rigor de las “nociones”. A Jesús lo conocemos mejor siguiéndolo en casa de Simón el fariseo, escuchando la parábola del Pródigo o del Buen Pastor que especulando sobre la unión hipostática. Aunque la fórmula sea necesaria, debe ser toda palpitante de la embriaguez del encuentro y canalizar el río sin detenerlo, y llevar la mente y el corazón hacia el océano infinito del y Amor y del Ser.

La religión tendrá de nuevo el poder de seducción poniendo en primer plano la “Salvación de Dios”, la recuperación de la belleza divina cuya embriaguez debe ser la única que colme todas las aspiraciones del impulso vital.

En Jesús la humanidad es de Dios y en Dios. No es Dios. De suerte que las operaciones divinas del Verbo en cuanto tales no se ejercen por ella, aunque puedan manifestarse en ella, pero permaneciendo sin común medida con ella, pues solo Dios es Dios, es decir que las operaciones divinas son Dios mismo y siguen siendo misterio incomprensible para la humanidad aunque ésta las exprese.

La humanidad expresa la divinidad sin comprenderla total o infinitamente. La divinidad se expresa en la humanidad, pero sin que ésta la contenga, al contrario, la supera infinitamente. Es muy cierto que siempre es la Persona del Verbo la que actúa, aun cuando las operaciones son más humanas, pero siempre como eje de gravitación de naturaleza inteligente que debe vivir de lleno, con toda su sabiduría, su voluntad, libertad, espontaneidad y responsabilidad. Si no, no hay mérito ni santidad humana, pues la moción divina que recibe, solo puede recibirla en el grado supremo compatible con su ser de criatura.

Entonces, considerada en sí misma, la humanidad solo es Camino, Verdad y Vida como sacramento del Verbo y no como fuente: “Os conviene que yo me vaya…

La divinidad es el YO de la humanidad que depende de ella soberanamente. La humanidad es el sacramento de la divinidad, la cual sigue siendo soberanamente dependiente, aun siendo el canal vivo de su misericordia y la traducción viva del misterio de Amor que es Dios.

La ciencia beatífica y la ciencia infusa, profética de Jesús se sitúan en una perspectiva intemporal que deja a su ciencia experimental toda la espontaneidad alegre o trágica del descubrimiento en el choque con lo real por el cual se irradian en nuestra sensibilidad y se manifiestan justamente como reales las certezas abstractas y los conocimientos teóricos mejor establecidos. Así, creo yo, se pueden explicar la ignorancia del día del juicio desde el punto de vista de la ciencia experimental, el “¿Quién me ha tocado?” de la hemorroísa, el “Mi hora no ha llegado todavía”, el que rehúse subir a Jerusalén con sus hermanos”, la “simpatía hacia el joven al mirarlo” y, quizás, el carácter embarazado de la profecía sobre el fin del mundo: dificultad de la proyección temporal. Parece que la ciencia infusa se difunde en la ciencia experimental, como el poder taumatúrgico en el acto de la voluntad que lo ejerce aquí y ahora siguiendo una moción del Espíritu que debe esperar con total docilidad. Ese es quizás un medio de resolver el problema de la libertad del alma de Cristo bajo el régimen de la visión beatífica. Debía hacer aceptar a todo el ser sensible y realizar en todas sus fibras lo que podía ya estar adquirido en la cima del Espíritu. De modo que la sinceridad de la sorpresa es tan perfecta como la certeza de la visión.

La humanidad de Cristo expresa el yo divino para servirlo mediante un continuo estado de inmolación en total dependencia de la criatura que es ella se expresa con incoercible pasión por Dios: “Mi alimento…” – “Vendedores del Templo” – “Solo Dios es bueno”, “Mi hora todavía no ha llegado”….

El yo divino soporta, sostiene la humanidad para servirse de ella con toda la majestad transcendente del Amor infinito, cuyo misterio ninguna criatura puede agotar, ni siquiera la humanidad de Jesús: “¡Líbrame de esta hora… si es posible… pero!” Aquí, como en toda otra parte – e incomparablemente más aún – la inmanencia de Dios, la interioridad de su Presencia resulta de su trascendencia, de su independencia suprema respecto del satélite vivo que gravita en la órbita de su sol. Así, e infinito sigue siendo el infinito y la inmensidad de su circunferencia jamás es alcanzada porque un círculo inscrito en su área se mueve alrededor de su centro. Aquí, más que en todo otro lugar, Dios da – se da – y no recibe. Por eso la humanidad de Jesús es una eterna acción de gracias.

Introducen a menudo la humanidad de Cristo en la Trinidad, como si el Verbo no tuviera más relación con el Padre que en la humanidad asumida. En las relaciones internas de la Trinidad no hay absolutamente ningún cambio por la Encarnación, ninguna relación real del Verbo con la humanidad, ninguna dependencia, aunque la humanidad dependa totalmente de toda la Trinidad en la subsistencia del Verbo. Esta dependencia corona la naturaleza humana con un yo altruista –altruismo subsistente – que no le pertenece, pero al que ella pertenece - así como él es relación viva con el Padre – de lo cual resulta que toda la pasión que nos lleva al yo para perdernos en él, lleva el alma de Cristo hacia el yo divino para entregarse a él en un impulso que hace de todos los latidos de su corazón un holocausto de adoración, de humildad: “¿Porqué me llamas bueno?” y de amor.

La Trinidad está tan presente en el menor grano de arena como en el alma del mayor santo, pues Dios mismo está totalmente el en todas partes y nada puede añadir nada a su plenitud. Solo es diferente el modo como esa Presencia es recibida.

Por eso la Encarnación se realiza por una nueva Presencia de la humanidad a Dios, más bien que por una nueva Presencia de la divinidad al hombre. Presencia total del hombre en respuesta a la Presencia total de Dios en una forma de perfecta coincidencia, de modo que los movimientos de la humanidad traducen y revelan sin cesar las más íntimas pulsaciones de la vida divina.

Toda la vida humana de Cristo es la expresión, el sacramento del Verbo. Pero es vida vivida realmente, con una intensidad proporcional al don que le ha sido dado, de subsistir en el Verbo. A la gracia de unión que sitúa la naturaleza humana en la dependencia personal del Verbo, corresponde la plenitud de una gracia santificante que introduce la humanidad de Cristo en grado supremo, en la intimidad de la Trinidad por el acto humano de inteligencia y amor vital, más consciente, más espontáneo, más voluntario e incoercible que exista. Es decir que el trabajo de la gracia en el alma de Cristo es proporcionado al control del Verbo, para que la humanidad se dé en cierto modo tanto como es tomada.

Participando pues en las operaciones de la vida divina es como el alma de Cristo realiza, toma activamente conciencia de su pertenencia a una Persona divina. Es decir que la humanidad solo subsiste en el Verbo para viuvur y actuar en la Trinidad – de modo que su oración se dirige a los Tres y el grito “Abba, Padre” sube en ella como en nosotros hacia la indivisible Trinidad: “Que se haga tu voluntad y no la mía”.

Toda la teología se resume en la noción de sacramento.

El misterio de Cristo es demasiado violento para nuestro lenguaje. Es el vino nuevo que hace romperse los odres viejos de las palabras humanas. Los evangelistas mismos se sintieron incapaces. Del uno al otro se siente la preocupación creciente de evitar las palabras que podrían desconcertar una fe más consciente quizá del misterio que lleva – y más preocupada por las condiciones a priori de su realización. ¿A qué iba dirigida la conciencia filial de la humanidad de Cristo? ¿Cómo puede Jesús pedir ser glorificado con la gloria que tenía antes de que el mundo existiera (H. 17:5)? El Verbo no la perdió, y la humanidad nunca la tuvo. Se trata sin duda de obtener la manifestación de la gloria del Verbo idéntica con la del Padre y del Espíritu Santo, en la humanidad glorificada.

Esto es solo un ejemplo para hacer sentir el dualismo del punto de vista que comprende a menudo dos planos infinitamente distantes e infinitamente subordinados, pasando de uno a otro como si se confundieran porque uno es realmente el sacramento, pero finito, del Otro que es ilimitado: “¡Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado?” El monofisismo será siempre detenido por estas palabras que son las últimas del “Hijo del Hombre”.

Las bodas de Caná... ¡Qué lección de sobriedad! “Mujer, mi hora no ha llegado aún”.

Él está esperando la moción del Espíritu. Ella se abandona a su discreción. Y el prodigio resulta de esa mutua renuncia.

¡Madre de Dios! ¡Qué misterio! Es todo el Misterio de Jesús, todo el Misterio de la Encarnación visto por el lado de María. Se habla de ello a menudo de modo tan pesado; María que mandaba a Jesús en la tierra puede ordenarle ahora en el cielo. ¡Cuánto más hermosa es la realidad! Siendo finalmente Jesús Hijo de María solo por la humanidad, en ambos corazones es la misma adoración, la misma humildad, la misma obediencia, la misma renuncia, solo incomparablemente más profunda en el Corazón de Jesús.

Como la humanidad de Cristo, la Santísima Virgen es el instrumento del Verbo y depende de él tanto como la criatura depende de su creador, es decir infinitamente: “He aquí la esclava del Señor.” Pero él, el Verbo no depende de ella: entonces no comprendieron lo que les decía. El misterio de Jesús la rebasa, como rebasa la santa humanidad en que se realiza: “¡Eloí, Eloí! ¿lamma sabachtani? María da a Jesús al mundo – pero de rodillas, como el sacerdote ante la hostia que acaba de consagrar – como la humanidad asumida misma está de rodillas ante el Verbo.

La paz de Dios no es inmovilidad de inercia, sino la seguridad infinita del Amor eterno, la eterna armonía de la eterna caridad.

PREGUNTAS

– ¿Podría Santa Ana decirse “Abuela de Dios”? – No creo, pues Jesús no nació de María por descendencia carnal.

– ¿Se puede decir que Dios obedecía a María, o que obedece ahora a las palabras del sacerdote? – Se puede decir. Pero creo que es mejor no decirlo, ya que las relaciones de dependencia conciernen exclusivamente la humanidad a la cual Dios imponía ese deber. Hay que conservar muy celosamente la pureza de la inefabilidad de Dios. No hay inconveniente en decir que Jesús obedecía a María, ya que Jesús es el Verbo encarnado. Es decir la humanidad en estado de soberana dependencia para con Dios en estado de soberana condescendencia.

– ¿Conocía Jesús toda ciencia, por ejemplo la teoría de Einstein? – En virtud de su conocimiento 1) beatífico y 2) infuso, él conocía lo real en su fuente y en su relación con la vida divina, y entonces en virtud de una luz superior a toda ciencia y que contenía infinitamente las certezas de toda ciencia. Por su conocimiento experimental, era capaz más que todo hombre de adquirir toda ciencia y tuvo sin duda una intuición natural de lo real más profunda que toda otra mente humana. Pero no debió conocer explícitamente toda ciencia ni toda lengua, que no son sino signos del saber el cual es comunión con el universo. “Vino, como dice Pascal, con la grandeza de su orden.

Cuando un ser adhiere explícitamente a una verdad, es importante que la viva. Pero no hay que apresurarse a proponerle la expresión explícita. Por eso es preferible tomar toda verdad en el estado de vida y manifestar sus implicaciones en términos de vida. Entonces la Mente, llevada por el movimiento de la vida, adhiere espontáneamente. Sucede a menudo que la mención inconsiderada del nombre de Dios aleje de la realidad de Dios. Por eso le tengo horror instintivo al lenguaje edificante, a todo lo que no aflora espontáneamente del rostro inefable en lo real mismo.

15 de agosto. La Asunción es la consumación del misterio de Jesús en María. Ella le pertenecía a Jesús desde antes de nacer. Su muerte termina la apropiación. Ya no hay más que él en ella. En su corazón, la intercesión es la eterna ablación de su Hijo. tion de son Fils. Ella es el gran altar en la encrucijada de todas las oraciones que confluyen en la suya como los riachuelos en un río. El inmenso rosario de las almas se desgrana eternamente en su corazón que renueva para cada una la serie de los misterios, ya que no debe cesar de nacer en ella en todo ser capaz de Dios: “Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…

Estar al pie de la Cruz le enseñó el precio del parto místico y el sufrimiento del Hijo único abrió para siempre en su corazón la herida de la misericordia: “Ellos no saben lo que hacen.

Para ella, la misericordia no es una virtud abstracta, una simple cualidad del alma, sino el llamado de Cristo en Cruz, el grito del Cordero inmolado que muere de Amor por sus verdugos enceguecidos. Es su Hijo que le dejaba hijos.

No hay pues nadie que no tenga derecho de llamarla “mamá”, pues este grito, consume cada vez en ella el misterio de Jesús. ¡Amén!

 

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