Por René Habachi (1914-2003), amigo de Mauricio Zúndel, profesor de filosofía, escritor, antiguo director de la división de filosofía de la UNESCO. Quinta conferencia a los benedictinos de la abadía de San Wandrille, Alta Normandía, en 1982. Encocuentra fácilmente en este sitio las cuatro primeras conferencias de la sesión, con el motor de búsqueda arriba a la derecha, indicando simplemente: “wandrille”.

El misterio de Jesús

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Anoche designé este tema “La Revelación, encuentro del hombre o bien “de la revelación implícita a la revelación explícita pues parece evidente que el itinerario de Zúndel conduce a la Trinidad – de que hablamos ayer – y que es en realidad el secreto de la Revelación de Jesús. La revelación de Jesús es que Dios es Amor. Y eso es lo que explica la respiración de la Trinidad.

Solamente dentro de poco vamos a hablar del misterio de Jesús, adjunto al de la Trinidad, y por eso para Zúndel el corazón de la Revelación es la Trinidad. Y después de hablar de Jesús, trataremos hoy en última hora el problema de la creación y del mal.

Para concluir pues el tema de ayer, simplemente para añadir la conclusión, vimos que la Trinidad nos informa sobre lo que el padre Abad designó, providencialmente además, esta mañana en su homilía, “la Humildad de Dios”. Porque es un misterio de humildad la desapropiación subsistente que hace de cada Persona un foco a la vez de recepción y de don, y que hace lo que se comunica entre las Personas de la Trinidad es la Persona misma, la Relación misma. Y en Zúndel, junto con definiciones de Dios como la desapropiación subsistente, o el don subsistente, encontramos la definición siguiente: “Dios es la Pobreza en persona”.

Es decir que llega a descubrir que Dios es la anti-posesión y el anti-narcisismo. Y por eso, él es verdaderamente la Virginidad en su fuente. Pues la virginidad no es sino la distancia infinita de sí a sí mismo, y que hace que un ser no puede replegarse sobre sí mismo y encerrarse en su clausura. Dios es Dios porque no tiene nada. Es todo en el ser porque es nada en el tener.

Y aquí precisamente cobra sentido la humildad de Dios. Porque la humildad de Dios no consiste en anonadarse, en no mirarse para mejor comunicarse. En no replegarse, a fin de darse. Así la humildad está en el corazón de la Trinidad y Dios no está en la cumbre de una jerarquía de dominación sino de humildad. En suma, la única riqueza de Dios es la pobreza.

Lo que continúa nuestras reflexiones de ayer, nos permite ver cómo la Trinidad es el fundamento de todo. Hasta ahora Lo hemos descubierto por vía ascendente, y podemos hacerlo muy rápidamente por vía descendente. Porque la Trinidad deviene el fundamento de la vida del espíritu, pues el espíritu es búsqueda de la luz sin mirada hacia sí mismo. La Trinidad es el fundamento de la vida de amor, ya que es comunicación de sí mismo, sin repliegue. Es también el fundamento de la libertad, como liberación de sí mismo y liberación de todo, ya que precisamente en la Trinidad no hay “yo”; el yo es siempre el otro perfectamente libre de sí mismo. Y en verdad se puede decir con Zúndel, en Notre Dame de la Sagesse (Nuestra Señora de la Sabiduría), página 13 “El ser es a la medida del don”. Y eso coincide con nuestro punto de partida, el descubrimiento del hombre y del yo origen: un ser solo comienza por el don. Pero ahora entendemos la razón.

Y si la Trinidad desempeña todas las funciones, si está en el fundamento de todo, se puede comprender entonces que el antiguo sueño humano se pueda realizar: ser como Dios, por la Vida de la Trinidad y por el medio que conduce a ello, que será precisamente pronto el misterio de Jesús. El hombre puede hacerse Dios, y Jesús podía afirmar, muy justamente si podemos decirlo, a los hombres de su tiempo: “seréis como dioses”.

Ahora podemos entonces tratar de entender algo del misterio de Jesús, porque va junto con el de la Trinidad. Y Cristo se nos va a presentar de verdad como Dios y como hombre.

Hasta ahora, en el itinerario de subida que hemos realizado, el hombre está en búsqueda de su realización. Pero sigue a pesar de todo atado a sus determinismos, a sus insuficiencias; recae en el yo, y los períodos de caída son mucho más largos que los momentos en que despega. E inclusive en sus relaciones con lo que supone ser Dios en él, mete tiempo para descubrir que Dios es Amor. Y queda por decir que gran parte de la humanidad está todavía muy lejos de descubrirlo.

Entonces, para evitar toda deformación y colmar en cierta medida todas las insuficiencias del hombre, es necesario que Dios mismo se revele en una humanidad perfecta, realizada y capaz de comunicar la Presencia de Dios en una transparencia sin límites ni fronteras. Y sin fronteras ni de espacio ni de tiempo. Comunicar el hombre en su perfección a todos los hombres.

Esta personalidad será precisamente la respuesta definitiva a la cuestión del hombre. Entonces, realmente, los destinos de Dios y del hombre están ligados: la respuesta estará en cierta continuidad de dirección con nuestro horizonte personal, sin lo cual nos seguiría siendo extranjera, y por eso habíamos insistido ayer en que el caso límite debía responder a la condición de nacer de un linaje humano, nacer de la horizontal, ser ante todo acontecimiento. Y que el acontecimiento irrumpa en el interior del acontecimiento histórico humano.

Y ese es precisamente el interés de la Encarnación. Por otra parte un suceso no es acontecimiento sino en la medida en que se encarna. Si no, nada sabríamos de él y no sería nada para nosotros.

Y la Encarnación es de verdad la cumbre de la experiencia mística, es decir de la experiencia de unión. Es a la vez la revelación de Dios al mismo tiempo que la revelación del hombre. Porque en su misterio, Jesús está en el centro de las más íntimas aspiraciones del hombre, y en cierto modo, no habrá humanidad que no se inspire de Él y no adhiera a Él; pero al mismo tiempo, Él procede del corazón mismo de Dios, de la Trinidad. Y por eso sin duda es que Zúndel cita en “Quel homme et quel Dieu” (¿Qué hombre y qué Dios?), pág. 135, las palabras del Cardenal de Berulio: “Debemos mirar a Jesús como nuestra realización”.

Debemos tener aquí ciertas precauciones para penetrar en el análisis de la persona de Jesús. Precauciones, y luego haremos una entrada positiva. Porque es más fácil presentir el porqué de la Encarnación como lo hemos visto hasta ahora. Tiene sentido, es una respuesta a un deseo surgido de todo el universo a través de la conciencia humana. Es más fácil presentir el porqué que el cómo. ¿Cómo pudo encarnarse Dios totalmente a través de un hombre? Y las precauciones consisten ante todo en evitar ciertas concepciones de Dios que son inconciliables con nuestra perspectiva.

No podemos esperar, no podemos pensar que un Dios emperador, un Dios solitario – como el Dios del judaísmo y del islam – pueda encarnarse totalmente en un hombre. Y eso legitima de cierto modo las reacciones escandalizadas del judaísmo y del islam. No teniendo la idea de un Dios trinitario, no pueden comprender la Encarnación. Eso es lo que les falta en absoluto. No hay mediador entre el hombre y Dios.

Y también a veces los protestantes, algunos de sus teólogos, quitan al hombre, al Hombre Jesús, la corona de su divinidad. Les parece tan difícil que un Dios se encarne en un hombre. Y entonces en esas condiciones Jesús es un Sabio, un santo, como Martin Luther King, como Gandhi, y puede ser una estrella popular, una súper-estrella, en fin, un hombre infinitamente atrayente.

Pero Dios no está en relaciones de dominación. No está en un universo de relaciones de dominación de fuerza o de seducción. Está en un universo de relaciones interpersonales. Por eso ellas forman la vía privilegiada de comprensión.

Dios es interior. Se deben pues eliminar las ideas de arriba y abajo, de bajada. Ahora bien, es claro que para el judaísmo, Moisés recibe las tablas de la Ley bajo forma de un libro en lo alto del Sinaí. Y Mahoma recibe el Libro también. Le dan el Libro y solo debe proclamarlo. Se trata pues de algo bajado de lo alto, realmente pues, de una bajada. Mientras que en el universo de las relaciones interpersonales, la verdad solo puede surgir de personas, es decir, del interior.

[Índice de grabación: 14’ 35’’]

Entonces, volviendo la espalda a las exteriorizaciones de la persona de Jesús y de esa noción de Dios, escuchamos de repente la repuesta de Jesús a la samaritana, en San Juan, capítulo 4, que le dice: “No busquen más a Dios en la montaña. No vayan a adorarlo en la montaña, sino en espíritu y en verdad.” Es decir a Dios, búsquenlo dentro de ustedes mismos. Anunciaba ya de cierto modo Pentecostés. Y ¿porqué dentro de ustedes mismos? Pues porque ya está ahí. Dios ya está presente, ya que es totalmente dado. Y al hombre le toca solo descubrirlo. De cierto modo, Dios está en nosotros antes de nosotros, es lo que se llama la Precedencia de Dios, lo que Gabriel Marcel llama la Precedencia de Dios, Dios viene antes, en realidad ya está ahí. San Gregorio no vacila en decir “Para mí, el cielo es el alma del justo.” Es también lo que descubre san Agustín: Dios estaba dentro de él, y él lo esperaba afuera. El hombre debe pues venir a Dios y no al contrario, pues Dios ya está ahí.

Y eso nos indica el camino del misterio de Jesús. Si otra humanidad que la de Jesús hubiera sido tan transparente como la Suya, tan desposeída como la Suya, Dios se habría podido encarnar en otro. Pero no hay humanidad tan transparente como la de Cristo. Y eso desde su concepción, lo cual era una de las dos condiciones que enunciábamos ayer. La persona de Cristo no tuvo que descubrir un Dios que ya estaba presente. Nació persona, no tenía que personalizarse. Y nosotros entonces solo podemos divinizarnos cristificándonos. No hay otros modos para entrar en Trinidad, no hay otro camino para hacernos dioses que pasando por Cristo.

Y aquí debemos retomar la segunda parte de la definición de la persona que enunciamos ayer: la ontología de la persona se termina en mística de la unión transformante.

Y para responder ahora a la pregunta ¿cómo puede un Dios encarnarse en un hombre? Preguntémonos: ¿Qué le pasa a Dios en la Encarnación?

En él no hay cambio alguno, pues Dios ya está ahí. Todo el cambio se realiza por parte del hombre. Y se debe recordar la fórmula del Símbolo de San Atanasio, del siglo 5° o 6°: por la asunción de la humanidad a Dios, la humanidad es elevada por Dios a la divinidad.

Dios unió a él la criatura de manera absolutamente nueva.

¿En qué consiste el cambio en la criatura, en el hombre, si no hay cambio en Dios? Pues prolongando los análisis realizados hasta ahora, el hombre es liberado de toda adherencia a sí mismo. Se ha hecho puro movimiento de don hacia el otro, como primera aproximación podemos decir que en Jesús la humanidad es radicalmente desapropiada e incapaz de decir Yo por cuenta propia. Toda ella da testimonio de Dios, de otro que ella. De un Dios asumido por la Persona del Hijo eterno. “¿Por qué dices que soy bueno? Dice Jesús. Solo Dios es bueno”. Su Yo se eclipsa absolutamente en beneficio del Yo divino. Es una especie de kenosis de la humanidad que recibe la kenosis de la Trinidad. Una evacuación del yo en el hombre que recibe la desposesión de sí mismo de la Trinidad.

En eso consiste la Encarnación del Verbo. La humanidad de Jesús es así plenamente liberada, dada y personalizada. Y la existencia autónoma de Jesús no se realiza en el nivel de su humanidad, como una especie de clausura interior, sino que se realiza en el nivel de la subsistencia del Verbo que personaliza su existencia y la inviste totalmente. De cierto modo, la naturaleza humana de Jesús es tomada y llevada toda en la ola que arroja al Hijo en los brazos del Padre en el seno de las relaciones trinitarias. Por eso de verdad Jesús nos revela la Trinidad. Él es su revelador. De cierto modo, Jesús es el sacramento de la Trinidad. Así la humanidad de Jesús es tomada por su pobreza absoluta en la Pobreza de la Trinidad. Cuando Jesús dice Yo, lo que habla en él es la Pobreza.

Ese es el ejemplo eminente de la vida del Espíritu. Jesús es la Encarnación de la divina Pobreza. ¡Ella no puede ya decir: Yo, porque no tiene otro yo que Dios!

Por eso realiza ella su misión reveladora del Amor. El misterio de Jesús no es un misterio de yuxtaposición de una naturaleza divina sobre una naturaleza humana. Es un misterio de comunicación, es el Verbo encarnado. Pero hay que insistir sobre el hecho de que la hipóstasis deja las dos Personas distintas e inconfundibles. Es igualmente destructor resorber a Jesús en su divinidad como su divinidad en su humanidad. Una humanidad que sería de cierto modo irreal, una máscara, un desvestimiento de Jesús, de Dios en Jesús, anularía inmediatamente el sacramento que es él. Y terminaría en desesperanza, ya que después la unión con Dios sería imposible para el hombre. Jesús ya no sería el mediador entre el hombre y la Trinidad.

No es pues posible que la persona humana de Jesús sea solo semejanza, adopción. Debe ser realidad total. Y existió ese peligro de eliminar la humanidad de Cristo en la divinidad, como lo saben los historiadores de la religión: monofisismo, monote­ísmo, mono-energismo. Por eso el Concilio de Calcedonia realizó un progreso irremplazable hablando de la inconfundibilidad. En Cristo, la naturalezas humana y divina no se pueden confundir. Cristo es verdadero Dios y verdadero Hombre, con la divinidad por dentro, por el misterio de la interioridad precisamente, pues se trata de una pobreza en kenosis, que recibe la kenosis de otra pobreza, y eso es lo que hace de él el sacramento de la Pobreza divina.

A esta altura, Zúndel insiste sobre dos aspectos de la persona de Jesús: Su conciencia humana y Su oración.

La consciencia humana de Jesús muestra dos aspectos a lo largo de su vida, que deducimos fácilmente del Evangelio. Por una parte, el Evangelio nos muestra pasajes en que Jesús proclama su personalidad divina y manifiesta una autoridad soberana: cura, perdona – perdona los pecados, es decir las heridas de la interio­ridad – legisla diciendo que su única ley es el Amor, resucita muertos, es decir que los retoma precisamente por la interioridad, para devolverlos a la vida. Se sitúa pues más allá de la Historia. Antes de Abrahán, antes de la creación ya existía, y estará en la consumación de los tiempos.

Y además de estos pasajes donde Jesús proclama su personalidad divina, hay otros donde se muestra subordinado al Padre y dependiente de la naturaleza. No conoce el día del fin, no puede disponer de los puestos en el Reino para los Apóstoles, y sobre todo, vive las tinieblas de Getsemaní y del Calvario. Es pues limitado.

Y esos pasajes traducen al mismo tiempo la divinidad y la humanidad de Jesús. Pero los últimos, que revelan su humanidad, revelan también su divinidad, pues Jesús es sacramento. Eso quiere decir que en él, Dios acepta límites, ser limitado por otra cosa que sí mismo.

Y de ahí, ese Lama, lama sabachtani que revela la pobreza divina en su más desgarradora manifestación.

Yendo más lejos en el análisis de la consciencia de Jesús, Zúndel se refiere a las reflexiones de un dominicano irlandés llamado MacNabb, que encuentran en ¿Qué hombre y qué Dios? En la p. 147. El pasaje sería demasiado largo como para leerlo. MacNabb distingue en la conciencia de Jesús varios modos, 4 modos de conocimiento:

  • Un conocimiento divino,
  • Un conocimiento beatífico,
  • Un conocimiento profético,
  • Y en fin un conocimiento experimental, que corresponde a su naturaleza humana.

 

Hay primero un conocimiento divino, ya que Jesús tiene conciencia de su divinidad. Hay un conocimiento beatífico, ya que goza de la visión cara a cara con Dios; ahí lee el misterio del Verbo Encarnado. Hay un conocimiento profético, ya que tiene conciencia de su misión como Hijo. Y en fin, hay un conocimiento experimental, una conciencia de origen sensible mediante la cual aprende y vive los acontecimientos día a día y realiza paso a paso su misión, y se asombra, es herido y se decepciona.

Habría que poder estudiar de verdad el asombro de Jesús, sus sorpresas. ¿Qué podría ser un asombro de Jesús? ¿Que sorprenda la conciencia divina a través de la conciencia humana? ¡Sería en verdad un asombro infinito! Y no está excluido que en ciertos momentos su conciencia experimental, que recibe habitualmente la luz de las otras, es decir, que en general él dispone de los cuatro registros a la vez, si no es irrespetuoso hablar así, no está excluido que en ciertos momentos la conciencia experimental haya podido estar separada por el gran número de impresiones, de dolor y sufrimiento. Y que de algún modo, haya habido una especie de falla de corriente entre los cuatro niveles de conciencia de Jesús que exilara la conciencia experimental.

[Índice de grabación audio: 30’ 48’’]

Esto permitiría comprender mejor de cierta manera lo que fue el drama de Jesús en la Cruz. Por su conciencia experimental está unido al hombre; por los otros niveles de su conciencia, está unido a Dios. Y esa tensión es la que provoca el drama.

El Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado? de Jesús es a la vez el grito de Dios y el grito del hombre. El grito del hombre, ya que Jesús se hizo pecado, nos dice san Pablo, asumió radicalmente el hombre a partir de su rechazo. Es solidario de toda la humanidad y lleva el peso de la humanidad, es decir que se siente culpable de todas las culpabilidades humanas. Y además, eso está en tensión en él con la perfecta inocencia de Dios.

En el mismo momento que Jesús dice: Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?, el Padre le dice: Hijo mío, Hijo mío, ¿porqué me has abandonado? ¿Humanidad, humanidad porqué me has abandonado? Jesús muere por el interior. No son los sufrimientos, las lágrimas de sangre, ni la corona de espinas, no es la sola crucifixión de lo que muere. Y su muerte, Dios mío, ahora conocemos muertes mucho más trágicas y mucho más minuciosamente estudiadas para torturar a seres humanos. Pero es una muerte por dentro. Si la persona de Jesús se explica por su interioridad, el centro de su drama se encuentra en la interioridad. Por eso su muerte es absolutamente única. Él murió como solo un Dios podía morir.

Podemos hablar ahora de la oración de Jesús y decir unas pocas palabras pues hay Padres de la Iglesia que la interpretaron de una manera que la vacía de su conte­nido. Según Zúndel, Jesús tiene una religión de tan espontánea como auténtica que comporta todos los aspectos de la oración humana. Hay la acción de gracias y la adoración. Hay la alabanza y también la intercesión. Hay la oración de abandono y el sacrificio.

Y su religión no es solo religión ejemplar; y su oración no es solo ejemplar, como quieren decir los Padres Ambrosio y Víctor (tienen las referencias en la pág. 100 de Pierre Vivante – Piedra Viva). Ellos piensan que la oración de Jesús es en cierto modo pedagógica. Él quiere enseñar al hombre cómo orar. Pero él vivió una oración verdadera y auténtica.

Entonces, como decimos: ¿Necesita orar Jesús, y con oración auténtica, salida de su interioridad, sabiendo que puede ser escuchado, siendo a la vez hombre y Dios? ¡Pero es Dios quien escucha a Dios por la mediación del hombre, de la humanidad despojada de Cristo! Para abordarla, podemos pensar en ciertos momentos en que nuestra oración se dirige a nosotros, no al yo prefabricado sino a nuestras posibilidades a fin de que se realicen. Si pudiera esperar de mí esa generosidad, si pudiera esperar de mí ese acto de comunicación con otros, de apertura de mi clausura interior y de mi aislamiento. Oro yo más allá de mí mismo. Mi oración se dirige al infinito de mí. Y no es una oración egoísta pues no vuelve precisamente sobre el yo prefabricado, sino al contrario, quiere llevarlo más allá. Es un enfoque humano. Pero Jesús, como Dios, ora a Dios. Se ora a sí mismo, pero por persona humana interpuesta. En él, el hombre suplica y Dios responde. El intermediario humano es necesario, y Jesús es hombre. Entonces su oración es de verdad Su oración. Cuando está en estado de oración, el Verbo Encarnado está orando.

Eso tiene otras consecuencias, y Zúndel no lo dice – y puede que yo lo diga artificialmente – eso da otra importancia al Padrenuestro que es la oración que nos enseñan, ya que “Cuando oren al Padre que está en los cielos, digan…” Pero es una oración que hace él mismo, que es él: Venga tu Reino es decir “Que se realice el Reino de la Trinidad”. No son solo palabras que nos enseña, sino palabras que son Él.

Entonces, ¿qué podemos sacar de ahí respecto de la misión de Jesús? Zúndel deduce tres características principales de esa misión:

  • Él es el Hijo de Dios,
  • Él es el Hijo del hombre,
  • Y Él es el segundo Adán.

 

Y la misión de Jesús será entonces revelarnos el Verdadero Rostro de Dios y restaurarnos el verdadero rostro del hombre. Primero, Él es el supremo y definitivo revelador de Dios, del amor divino. Y no solo por sus palabras sino por su ser abierto sin límites a Dios y traduciendo la vida íntima de la Trinidad en su divina Pobreza. Y por ser Hijo de Dios, nos revela la imagen del hombre al mismo tiempo que la imagen de Dios.

Como Hijo del hombre, es no solamente el representante del género humano, no solamente el embajador calificado del género humano. Es El Hombre. Es la Persona perfecta, de primer golpe. Y entonces recapitula en sí mismo la humanidad en su universalidad. Por eso yo decía: es abierto, sin fronteras ni de espacio ni de tiempo.

Humanidad sin fronteras porque en Su asunción personal en Dios y en la presencia que tiene en Dios, él está al mismo tiempo presente en cada hombre de todo tiempo y en todo lugar. Verdaderamente Cristo se yergue en cada persona que encontramos. Y todo eso porque el hombre que recorrió los caminos de Palestina es el hombre universal, y cuya garantía, cuya atestación, es precisamente su pobreza infinita. Tan infinita que al mismo tiempo lo hace universal.

Fenelón tiene esta definición preciosa: “La diferencia de Jesús es que no tiene diferencia”. Es decir que Él es el hombre, sin diferencia con nadie. Jamás se retira detrás de Su diferencia. Por eso, por su estructura ontológica, tanto como por su misión, Jesús es el revelador del hombre. Él indica el camino de la realización de lo humano, que pasa necesariamente por la expropiación de nuestro yo propietario, y por el nacimiento de nuestro yo oblativo orientado hacia Dios. Nos revela que la más elevada forma de existencia humana es la desapropiación oblativa. Esto en cuanto Hijo del hombre.

Y ahora, en cuanto segundo Adán. Del mismo golpe, y por ser a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre, también es el principio de una nueva creación, de una creación que vuelve a comenzar. Pero esta vez, toda entera reunida por el Amor. Podría muy bien que la creación hubiera caído en ruinas, en pedazos, en multitud y en tantos egoísmos cuantas células, con el primer Adán. Justamente, por haber perdido el sentido del Amor. Y entonces la nueva creación será reunida por el amor y por el segundo Adán.

Y, eso a veces lo olvidamos naturalmente, estamos tan perdidos en la multitud de nuestros contemporáneos y de las generaciones, que ya no vemos qué relaciones tenemos con los hombres más lejanos. ¿Qué relación tenemos con ese Adán, con el primer Adán? ¿Qué relación hay entre nosotros y el hombre prehistórico? ¿Y qué relación con nuestro vecino? Y cada uno cae atomizado en su soledad. Presentimos que hay una solidaridad y que el hombre de hoy está en estrechas relaciones con el hombre de los primeros siglos, y que el hombre de África es solidario con el hombre de China y de América y con el hombre de Europa. Presentimos la solidaridad universal, pero recae lo más a menudo en gotas, en migajas.

Y de pronto hay en Zúndel una meditación, en la pág. 138 de ¿Qué hombre y qué Dios?, una meditación que, parece, le llegó cuando visitaba el cementerio calcolítico de Biblos, en el Líbano. Biblos tiene un pequeño golfo, y la palabra libro viene de ahí, Biblos, pues allá fue donde descubrieron la escritura fenicia que es la fuente de las escrituras europeas. Y bajo siete metros de capas superpuestas de toda clase de civilizaciones, de siete u ocho civilizaciones. Y se encuentran ahí precisamente grandes jarrones que contienen todavía fetos, cuerpos de hombres adultos en posición fetal, porque esa era la manera de enterrar; siendo la muerte en cierto modo un nuevo nacimiento, enterraban al moribundo en posición fetal en el seno de su madre. Y mirando eso, Zúndel se pregunta: Y en fin, ¿qué interés tiene eso para mí? ¿Qué relación existe entre esa cosa y yo? ¿Es una simple sucesión de generaciones, y eso basta para unirme con ese desconocido fallecido hace 3500 años? Y entonces, de repente, le aparece la figura del segundo Adán.

En el segundo Adán, en la creación renovada, reunida y reunificada, todas las generaciones se hacen contemporáneas. Porque Jesús no es un eslabón de la cadena humana, sino que él tiene toda la cadena en sus manos. Él es El Hombre, y toda la humanidad en marcha está en camino hacia Él. Y entonces es en Él que todos somos contemporáneos unos de otros y absolutamente solidarios.

Y eso hace que Jesús vive en cada uno y que Él mismo es contemporáneo de todas las generaciones. En este sentido es que Jesús nació fuera de serie. Tenía que nacer de una virginidad total, es decir que era necesario que naciera Persona, para poder reunir en Sí mismo toda la raza humana. Y sin embargo, no podía hacerlo, no podía ser la persona de Jesús y reunir en Sí mismo toda la humanidad, descargándola de sus propias responsabilidades. Por eso, en el Amor que es Él para el gran cuerpo espiritual de la humanidad que Él reúne, se extenderá la sombra de la Cruz y que la llevará no solo sobre sí mismo sino constituyéndolo, todos los pesos de la Humanidad. Él portará el peso de todos los rechazos porque Él porta el peso de todas las generaciones. Y por eso su amor infinito toma el color de una pobreza ofrecida, vulnerable y crucificada.

Podemos preguntarnos escandalizados: ¿Cómo puede un Dios aceptar morir sobre la Cruz por la Humanidad? Me parece que a esta pregunta es necesario responder: Sólo Dios podía morir por la Humanidad, porque Él la lleva en Sí mismo totalmente.

Y eso nos sirve de introducción al tema siguiente, el problema del mal.

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