13ª conferencia de M. Zúndel en Ghazir, a las franciscanas de Lons le Saunier en julio de 1959. (Publicada en este sitio en noviembre 2006). (Ver Libro: Silence, Parole de Vie) (*)

"Se puede decir que Jesús no hizo un solo discípulo antes de su muerte, y es precisamente lo que aprieta el corazón en la lectura del Evangelio, ver cómo Jesús está solo. Nadie fuera de María (que estaba en retiro por su condición de mujer, en retiro de la vida pública), nadie lo comprendió y tenemos de ello la prueba más sensible en el hecho de la confesión de Cesarea, esa especie de brote de fe de Pedro que aclama en Jesús al Mesías esperado, la confesión de Cesarea está muy cerca del esfuerzo que Pedro emprende para desviar a Jesús de la cruz diciendo: "¡No, Señor, no! ¡Eso no te va a suceder!" y es necesario que Jesús, que acaba de decirle: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra fundaré mi Iglesia", le diga ahora: "¡Retírate de mí, Satanás, porque tienes pensamientos de hombre y no los pensamientos de Dios!"

Ese hombre que El escogió, ese discípulo al que desde el primer encuentro le dio el nombre de Pedro, acabando de reconocer a Jesús como Mesías le propone ahora el camino fácil que el tentador le había sugerido antes. No comprende, y no comprenderá jamás antes de Pentecostés, que el mesianismo debe realizarse mediante la cruz.

¿Y qué decir de sus amigos, Santiago y Juan? Juan, el discípulo amado, ¿no envía a su madre a pedirle a Jesús que le conceda sentarse con su hermano a la derecha y la izquierda del Señor en su Reino? ¿Y no son esos dos hermanos, los hijos del trueno, los que quieren hacer bajar fuego del cielo sobre Samaria que se ha cerrado al paso de Jesús y sus discípulos? ¿Y no fueron los tres amigos que fueron admitidos a la Transfiguración y a la resurrección de la hija de Jairo, los que se durmieron en el huerto de la Agonía? ¿Y no son esos tres juntos los que se van a disputar el primer puesto a la mesa de la Cena unas horas antes de la Pasión? ¿Y no es Pedro el que prometió morir con él y afirmaba que jamás lo abandonaría, no fue Pedro el que, intimidado por la voz de una sirvienta, va a negar tres veces al que decía amar más que a su vida? ¿Y no es Judas, uno de los doce, quien lo vendió, y al que le había lavado los pies? ¡Y qué huida, qué huida!, cuando lo arrestan, cuando vean con toda evidencia que no puede defenderse sin traicionar su misión, y que es entregado al oprobio, y se le va a aplicar el suplicio del esclavo, ¡qué huida de los discípulos, qué huida!

¡Qué solo está! Y todavía está solo, está solo después de la Resurrección! Dios sabe si Magdalena era fiel, ¿y su primer movimiento no fue cogerlo con las manos, coger con las manos a Cristo resucitado? “¡No me toques! ¡No me toques! ¡No me toques!” Necesita establecer la distancia, ella tiene que comprender que la única manera posible es la fe, que las manos no pueden alcanzar la persona, y que es por dentro, por el interior solamente que podemos acercarnos a él. ¡Y qué decepción cuando se aparece! ¡No entienden nada! Quieren ver y tocar, y Tomás no tendrá reposo sino cuando haya metido sus dedos en las llagas del Señor. ¡Y Jesús se deja! Sabe que no sirve de nada, que ese no es el camino que lleva a la resurrección, se deja, pero añade en seguida: “¡Bienaventurados los que creyeron sin haber visto!”

¡Está solo! ¡Está solo hasta el último día de las apariciones, solo el día de la Ascensión cuando le preguntan si no va a restablecer el Reino de Israel! Hasta el final, no entendieron nada, hasta el final, no lo vieron! En realidad no lo vieron, como dice Orígenes: “¡Mientras Cristo estaba en la carne, todos los que lo veían no podían verlo! Veían su Cuerpo, pero en cuanto Cristo no podían verlo. Pilato que veía a Jesús no podía ver a Jesús, ni Judas el traidor que no lo veía tampoco en cuanto Cristo. En el fondo, nadie lo vio, nadie, salvo María, nadie lo vio porque para verlo había que entrar en la condición de la Persona divina.

Ustedes saben que entre nosotros, en la experiencia humana más profunda, es imposible conocer realmente un ser, conocerlo en su unicidad, conocerlo en su secreto sino amándolo, identificándose con él, olvidándose para acogerlo, retirándose con el respeto por la Presencia divina, retirándose ante su misterio: ¡Solo conocemos un ser humano en el diálogo silencioso en que comunica Dios!

¿Cómo habrían podido conocer a Cristo, que estaba todo en la condición de la persona, de la que todas las fibras estaban penetradas de la presencia divina, cómo habrían podido conocerlo sin identificarse por la fe y el amor con el misterio de su intimidad?

Si quieren, para utilizar la palabra clave del Nuevo Testamento, solo en estado de pobreza podemos entrar en contacto con Jesús. No podemos acercarnos a él de otro modo, ¡no podemos apropiárnoslo! Y precisamente, lo que desvió a los apóstoles, fue que ¡quisieron apropiárselo, antes de Pentecostés claro está! Quisieron realizar por medio de él sus ambiciones individuales y nacionalistas, lo cargaron de todos sus sueños, pensaron que con él subirían a la gloria! Pero en la medida en que lo rebajaban hasta su propio nivel fallaban necesariamente en su acercamiento. Para llegar a él se necesitaba la renuncia, la renuncia en que se deja al corazón un espacio infinito, la renuncia en que se deja de reducir a Dios a nuestra medida. Era necesario ampliar, hacerse universal para acoger a Aquél cuya Humanidad no tenía fronteras.

Vimos, y conocemos las palabras deslumbradoras y magníficas de san Pablo: Jesús es el segundo Adán. Es el segundo Adán quiere decir que con él todo vuelve a comenzar, todo vuelve al principio, toda la historia se recapitula en él y el universo vuelve a comenzar. Y eso nos conmueve infinitamente, porque responde a una pregunta que no podemos dejar de plantearnos.

Ustedes ven todas las ciudades, Beirut, el Cairo, París y Londres y Pekín, todas las ciudades crecen como champiñones, construyen, y construyen, se aglomeran por millones, se aglomeran y se aglomeran! La población del globo aumenta, aumenta y sigue aumentando. ¿Qué significa ese hormiguero humano? ¿Qué significan las aglomeraciones en que los hombres se tocan y no se conocen, se tocan y no comunican, se tocan y no se aman? ¿Qué quiere decir eso? En un gran edificio puede haber un duelo en el primer piso, un casamiento en el segundo, y en el décimo nadie sabe lo que sucede. ¡Nadie conoce a nadie! Ya ni se encuentran en las escalas porque todos cogen el ascensor. No se sabe quién vive aquí o allá, amontonados, amontonados como las abejas en la misma colmena, codo con codo, aglutinados en el metro aplastándose unos a otros, y no se conocen. ¿Qué significa esa multiplicación? ¿Es que todos tienen algo que decir? ¿Es que son realmente irremplazables? ¿Es que cada uno cuenta realmente para la eternidad? ¿Qué diferencia habría si este o aquel no existiera? ¿Cuál sería la diferencia?

¿Quién hace la unidad de todos esos seres, de esas muchedumbres, de todos esos pueblos? ¿Quién hace su unidad? ¿Y quién hace la unidad de las generaciones? Si van a Biblos, allá verán, o ya vieron las tumbas abiertas, con antigüedad de 3500 años antes de Jesucristo, esqueletos en jarrones curvados como un feto que duerme, como el embrión en el vientre materno, y hace 3500 años que murieron. Hay más de 5000 años entre ellos y nosotros, y qué son 5000 años si hace 500 mil o un millón de años que el hombre existe? ¿Qué es lo que constituye el lazo entre todos esos hombres y nosotros? Entre el esqueleto de Biblos y yo, qué nos une? ¿Qué es lo que reúne todo ese polvo disperso que ya no tiene forma y al que nadie puede nombrar? ¿Cuál es el sentido de la historia? ¿A dónde se dirige? ¿Qué sentido tiene? ¿Es todo eso simple fruto del azar o existe un proyecto, una intención? ¿Tienen lazos las generaciones todas unas con otras? ¿Son realmente solidarios unos con otros los hombres que viven ahora? ¿Ustedes, yo mismo, nosotros?

Para unir todos esos hombres, todas las generaciones, habría que vivirlas como vive una madre a cada uno de sus hijos, todos y cada uno tendríamos que vivirlos uno por uno, como una madre vive a su hijo. Y esa es justamente la misión de Jesucristo, eso es lo que corresponde al título de segundo Adán: él es el eje de la unidad, el eje que sostiene la humanidad, el eje de la historia, el lazo entre todas las generaciones, él está presente dentro de cada hombre desde el comienzo del mundo hasta el final para reunirlos a todos como una sola persona en su amor, porque justamente su humanidad extremadamente pobre, su humanidad no tiene fronteras.

¿Qué es lo que nos impide simpatizar con los demás, ser interiores en su vida, vivirla como nuestra? ¿Qué es lo que nos impide atravesar todas las fronteras, hacer caer todos los muros de separación? Justamente, que estamos encerrados dentro de nosotros, encerrados en el yo, encerrados en la nación, encerrados en la raza, en la lengua, en nuestra clase y en nuestro fanatismo! Entonces ponemos barreras por doquiera y los hombres están cada vez más dispersados y enemigos aunque se toquen físicamente y cada vez más de cerca.

Justamente, en Jesús la comunión es total porque su humanidad, incapaz de poseer nada, totalmente abierta a Dios en quien subsiste y que es su verdadero yo, su humanidad es totalmente abierta a todos y cada uno al punto que se ha podido decir que Jesús está en su casa dentro de los demás. Está en su casa dentro de los demás. Por eso, justamente, Jesús se da el nombre magnífico de “Hijo del hombre”. Él es el Hijo del hombre, el Hijo del hombre, es decir el hombre, ¡el hombre! Jesús es el hombre en un sentido único.

No es el hombre como nosotros. Nosotros somos un hombre, un ser humano, uno entre miles de millones de otros, Él no es un hombre sino El Hombre, ¡el Hombre que lleva en sí toda la especie, toda la historia, toda la humanidad! Él es el Hombre en que cada uno encuentra su centro y su unidad. Y por eso no es un eslabón de la cadena, no nace de la serie de generaciones como un hombre que recibe la vida para transmitirla cuando muere, él es quien lleva toda la cadena. Nace virginalmente, nace del Espíritu, nace justamente para ser el nuevo principio, el nuevo comienzo, el nuevo Adán en quien todos volverán a encontrar su unidad.

¡Es pues su nombre propio: el Hombre, el Hombre! Cuando decirmos que somos hombres, decimos la cosa más banal, pues hay miles de millones de seres que son hombres como nosotros, pero para él es ser, de manera única, el que lleva toda la humanidad. Y en él, justamente, el título de Hijo del hombre es tan pleno, tan único y tan ilimitado como el título de Hijo de Dios.

Hijo de Dios quiere decir justamente que su humanidad no tiene yo, no tiene otro YO que Dios, que en ella, en esa Humanidad, “YO es Otro”, que Hijo del Hombre significa que no tiene otra yoidad, que no se pertenece a sí mismo de ningún modo, que es ofrecido a todos y que su vida es para todos los demás Pan Vivo del cual se deben alimentar para salir de sus límites y de sus fronteras.

Entonces se comprende la soledad de Jesús. Fuera de María y José, nadie era suficientemente pobre como para acogerlo en toda su inmensidad, para verlo como segundo Adán, para recibirlo como Hijo del Hombre en quien se recapitula toda la historia, y por eso que Pedro, que fue el primero en reconocerlo como Cristo, Hijo de Dios, no entendió de verdad la importancia de las palabras que Dios puso en sus labios.

Por eso nuestro Señor finalmente tendrá que hacer esta declaración dolorosa: “¡Es bueno que me vaya! es bueno que me vaya porque si no ustedes no recibirán el Espíritu Santo”. Mientras me estén viendo con los ojos de la carne, mientras me conozcan, como dice san Pablo, según la carne, no me conocen, no pueden entrar en mis intenciones, no pueden participar en mi misión, no pueden ser liberados de sus sueños y ambiciones; tengo que irme, es necesario que me vaya, y entonces, en el fuego del Espíritu Santo, en el bautismo de Pentecostés, cuando ya no esté yo ante sus ojos carnales, entonces podrán ir más allá de lo que sus sueños de carne proyectaban sobre mí y me descubrirán dentro de ustedes como fuente que mana hasta la vida eterna.

Eso es lo que Jesús va a realizar, quiero decir, va a conducir sus discípulos, nos va a conducir a nosotros, a introducirnos en el misterio de la santísima Pobreza, porque si no vivimos el misterio de la santísima Pobreza no podremos encontrar a Jesús. Y la introducción al misterio de la santísima Pobreza, que es la condición del encuentro con Jesús, es la Eucaristía, la Eucaristía.

¿La Eucaristía? Nada más difícil que hablar de la Eucaristía porque nada es más mal comprendido que la Eucaristía, precisamente porque una teología sumaria y ciega ha reducido el Santo Sacramento a esto: es Jesús al alcance de la mano, lo tenemos con nosotros, es Jesús. Basta abrir la boca y recibimos a Jesús. ¡No! Si fuera eso, ¿porqué habría dicho nuestro Señor “Es necesario que me vaya”, si fuera para que podamos seguirlo tocando, para que nos lo apropiemos, para que lo reduzcamos a nuestra pequeña medida? ¿Es que realmente los que comulgan todos los días son tan distintos de los que no comulgan? ¿Lo han entendido tantas niñas de internado que comulgan todos los días porque eso hace parte del movimiento de la casa, y que no comulgan ni una vez en vacaciones, y vuelven a comulgar cuando regresan al internado?

La Eucaristía es la más formidable exigencia de pobreza. “No me toques” es inútil, solo pueden contactarme en estado de pobreza. Y justamente, la Eucaristía es la Presencia de Jesús, Presencia infinitamente real, claro, pero es la Presencia de Jesús en forma de Iglesia. Eso quiere decir: solo pueden venir a mí alrededor de la mesa donde termina la cadena de amor en que está comprendida toda la humanidad. Solo pueden venir a mí abriéndose a todo el universo, llevando dentro, tomando a cargo toda la humanidad.

Y sólo cuando me invoquen juntos, cuando nadie sea voluntariamente excluido, cuando toda la Historia esté pesante y acogida, cuando todos los pueblos y todos los individuos actualmente en vida estén en ustedes, entre todas las intenciones que me van a confiar, está la que es primera: que se hagan, como yo, hijos del hombre, que entren en mi misión de segundo Adán, que se hagan responsables conmigo de todo el universo, de toda la Historia y de toda la humanidad, para que formen el Cuerpo Místico.

Cuando hayan formado e impregnado de su amor el Cuerpo Místico, cuando estén todos juntos, reunidos, todos en la unidad del Cuerpo Místico, entonces podrán invocarme, entonces estarán en contacto conmigo, entonces estarán conectados con mi presencia y mi intimidad, porque entonces yo soy el segundo Adán, el Hijo del Hombre, porque estoy dado a todos, porque solo puedo vivir la vida humana en su universalidad donde nadie está excluido y cada uno es amado.

Y ese es justamente el significado de la Eucaristía. Las antiguas oraciones decían: “Como las espigas de las colinas fueron reunidas y molidas para formar un solo pan, y los granos de uva fueron molidos en el cáliz para formar un solo vino, que así mismo, Señor, tu Iglesia se reúna de los cuatro vientos del universo” (Didajé)

No se puede comulgar con Jesús sin comulgar con toda la humanidad. Ese es el significado de la Eucaristía. La comunión humana es la condición de la comunión divina. Si uno solo es excluido, vayan primero a reconciliarse con él, vayan a hacer primero la paz y luego vuelven a presentar su ofrenda.

No hemos visto la dimensión universal de la Eucaristía, creíamos que era un simple asunto entre uno y el Buen Dios, una especie de golosina para el apetito espiritual.

¡Y no! La Eucaristía es lo más formidable que existe, es la exigencia de Pentecostés, la exigencia que está a la base de la santa humanidad de nuestro Señor, es el fermento en nosotros de la divina Pobreza. Cristo está siempre ahí, pero nosotros no estamos. Ahí estaba delante de Pilato y Pilato no lo vio. Ahí estaba delante de Caifás y Caifás no lo vio. Estaba de rodillas ante Judas y Judas no lo vio. Pasó delante de Pedro en el patio del pretorio, y Pedro juró que no lo conocía: no lo vio.

Jesús está siempre ahí, siempre en nosotros. Todo Jesús está siempre en nosotros, pero nosotros no estamos en él, no podemos captar la luz que él no cesa de querer comunicarnos porque no podemos acoger a Jesús en su verdad sin abrirnos a las dimensiones del universo y a toda la humanidad como condición primera de nuestro enraizamiento en la intimidad de nuestro Señor.

Estemos atentos. Un obispo decía justamente: “Cuando hablamos del sacramento de la Eucaristía, olvidamos que es un sacramento, que la Presencia de Cristo no se presenta así no más, sino a través de un signo que teiene sentido, de un signo que establece entre él y nosotros todo el poder de la humanidad a acoger, a asumir y amar.

Entre Cristo en la Eucaristía y nosotros, dice santo Tomás, no hay contacto físico posible. El contacto físico se produce solo con las especies y la manducación es solo con las especies, únicas que tocamos, únicas que transportamos, únicas que encerramos y compartimos, y las únicas que comemos. Mediante el contacto con las especies, si estamos en acuerdo con el Amor del Señor, se produce la asimilación espiritual, el alimento divino que nos transforma en él.

Pero la teología de la Eucaristía es muy pura, muy pura. Santo Tomás va inclusive hasta excluir la posibilidad de una aparición en la Eucaristía.

Dice: “En el Santo Sacramento, Cristo excluye toda manifestación física y, si hubo almas que tuvieron la visión de un niñito en la Eucaristía, o si un sacerdote vio caer la sangre sobre el corporal, eran visiones y no apariciones, eran signos dados a la flaqueza de la fe, no era la sangre de Cristo sino una mancha milagrosa formada como símbolo de esa Presencia”.

Debemos ser muy atentos en respetar las delicadezas de esta teología que es clásica pero muy desconocida. No digamos “llevar el Buen Dios”. Está bien decir “llevar el Buen Dios”, pero digamos más bien “Llevar el santísimo Sacramento”. Pues justamente, es una comparación que no tiene mucho valor pero aue pueden conservar para los niños a quienes les dan catecismo : aunque la presencia de Nuestro señor en el Santísimo Sacramento es infinitamente real, no se trata de una presencia local, de una presencia que pueda guardarse ni tocarse, ni digerirse, ni compartirse, ni accederla de ninguna manera sensorial. “Presencia real, dice santo Tomás, pero no local.

Entonces, esta es la comparación: una carta escrita con tinta sobre papel puede ser algo tan precioso cuando es carta de un ser amado y si perdieron a su papá o su mamá y encuentran una carta, esa escritura es el rastro de la presencia de la mamó o el papá, ahora invisibles. La carta es infinitamente preciosa, sí, pero ¿porqué la carta si no es por la persona? ¿Porqué la carta sino por el pensamiento? Y el pensamiento no lo tocan con las manos. Tienen la carta en las manos, el papel… pero el pensamiento lo tienen en la mente. Y lo que la carta les trae realmente es el pensamiento de la presencia del pensamiento, pero es su pensamiento el que cap^ta el pensamiento y sus manos tocan el papel y pueden meterlo al bolsillo, pero el pensamiento, el pensamiento lo ponen en la mente.

Entonces, repito, el Santísimo Sacramento no se presta ni de lejos a ninguna localización mágica. A Cristo no podemos cogerlo con las manos, aunque podamos tener en las manos las especies sagradas. ¡Es otra cosa! Y a través de las santas especies, si estamos orientados hacia Jesús, si hemos asumido toda la humanidad, entonces sí, realmente, estamos unidos a él, quiero decir que toda la luz que es él, todo el amor que él quiere darnos, nos es comunicado entonces porque estamos abiertos, liberados, disponibles.

No olvidemos el carácter de suprema exigencia de la Eucaristía. La Eucaristía es el centro de una presencia comunitaria y cada vez que estamos ante el Santísimo Sacramento, es para vivir el misterio de la Iglesia, es para llevar toda la humanidad, con todos sus sufrimientos, todos sus duelos, todas sus esperanzas. Debemos ser siempre la presencia de la Iglesia entera para estar en correspondencia con el sacramento eclesial que es la Eucaristía.

No comulgamos para nosotros, sino para los demás, siempre con los demás, en nombre de toda la humanidad, para ser el viático de todos los que no saben, de todos los que no han sido llamados todavía, de todos los que están presos, de todos los que gimen bajo tortura, de todos los que están en los campos de batalla, de todos los que sufren en el abandono y la soledad y de todos los que están desesperados y se quitan la vida hoy en día.

(*)Libro Silence Parole de vie. Ed. Anne Sigier, Sillery, septembre 2001, 250 pages. ISBN : 2-89129-146-8

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