Nuestra Sra. del Valentín, Lausana, 21de enero de 1960. 3r domingo después de Epifanía: domingo de la Unidad. Ya publicado en este sitio, el 27/07/09.

El anuncio de un Concilio, como ustedes saben, ha despertado inmensas esperanzas, y, de todas partes, un inmenso movimiento de oraciones ha hecho converger una multitud de almas de buena voluntad en intercesión por la Unidad de la Cristiandad. Nosotros, en el seno de la Iglesia Católica, lo más útil que podemos hacer para sostener esas esperanzas y realizarlas, es meditar el capítulo 16 de San Mateo.

El cap. 16 de San Mateo contiene las famosas palabras repetidas con tanta frecuencia: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia". Pero, unos versículos después, el mismo capítulo contiene las palabras sorprendentes que Jesús dirige a Pedro: "Lejos de mí, Satanás, porque tienes pensamientos de hombre y no de Dios". Nada más patético que poner juntas esas dos frases: "Tú eres Pedro" y "Lejos de mí, Satanás". ¿Cómo puede el mismo hombre ser a la vez Pedro, es decir la Roca, el símbolo de todo lo más firme e inconmovible que existe, y al mismo tiempo ser Satanás, símbolo de todo lo más inestable y tenebroso?

Nuestro Señor fue el que le dio a Pedro el sobrenombre de Pedro, que en realidad se llamaba Simón, Simón, hijo de Jonás. Jesús lo llamó Pedro para significar el papel que debería jugar, pero no se hacía ilusiones sobre su valor y sus debilidades, y sabía perfectamente bien que, como todo hombre, era capaz a la vez de bien y de mal. Si lo llamó Pedro, si hizo de él la roca, fue en el sentido extremamente preciso de querer preservar a los demás de las fallas de Pedro, o mejor, de Simón, hijo de Jonás. Simón, hijo de Jonás es un hombre como los demás. Simón, hijo de Jonás, si sigue sus negocios, si quiere realizar sus propias ambiciones, pues soñaba justamente con sentarse en un trono y participar con Jesús en una conquista maravillosa en que estaría en primera línea, Simón hijo de Jonás puede alimentar esos pensamientos… Pedro será preservado de ello, es decir que en su función apostólica, no podrá jamás arrastrar a los demás en sus fallas, jamás podrá disminuir y limitar por sus propias fallas toda la amplitud, toda la belleza y toda la santidad del mensaje y de la presencia de Jesús.

Y llegamos a descubrir aquí un extraño poder, que es todo el poder de la Iglesia en cuanto que la Iglesia está compuesta de hombres, todo el poder de la Iglesia es no poder nada, no poder nada contra Cristo, no poder nada para disminuir la luz, la belleza y la grandeza de Cristo, no poder sino rendir indefectiblemente testimonio a Jesús. Y aunque es miserable, aunque es pecador, aunque quisiera, el hombre no puede arrastrar a los demás en sus fallas porque en su función de Pedro está constituido como puro sacramento. Ese es todo el misterio de la Iglesia.

En la Iglesia está Jesús. Jesús que se presenta a Saulo a las puertas de Damasco, que se identifica con la Comunidad de los Apóstoles, diciendo: "Yo soy Jesús". Esta comunidad soy yo. Y esencialmente eso es lo que hay que retener: La Iglesia es Jesús. Y todo lo que no es Jesús es únicamente Sacramento, que representa y comunica a Jesús. Y si el sacramento es infalible, eso quiere decir justamente que los hombres de Iglesia, los papas y los obispos, los sacerdotes, los confirmados, los bautizados, los comulgantes, todos los miembros de la Iglesia como tales no son nada, no pueden nada, es decir que no tienen jamás poder de limitar, de disminuir y falsear el mensaje de Jesús porque son meros sacramentos.

Y no tendrán dificultad de comprenderlo si recuerdan que el sacerdote que celebra la Misa, sea cual fuere, si es realmente sacerdote, puede actuar en nombre de la Comunidad, puede válidamente pronunciar las palabras de la Consagración, puede darles la Eucaristía, aunque no la viva; y desgraciadamente podemos suponerlo, hay casos, los hubo ciertamente como Santa Catalina de Siena nos lo revela de manera tan patética, puede que el sacerdote sea indigno, puede que el fiel que comulga de su mano esté mucho más cerca de Dios, porque cada uno está cerca de Dios en la medida de su fidelidad y de su amor. Entonces si el sacerdote es indigno, o si es menos digno que el fiel, el fiel no debe tenerlo en cuenta. No está ligado a las fallas del sacerdote ni a sus límites, porque el sacerdote en la Misa es mero sacramento.

Pues bien, vale lo mismo para todos los grados de la jerarquía. Cuando los obispos se reúnen en Concilio en presencia de Pedro, o cuando Pedro mismo, es decir el Papa, promulga un dogma en unión, claro está, con toda la Iglesia, los obispos o el Papa son meros sacramentos y no comprenden el dogma que promulgan mejor que el último de los fieles, si no tienen una fe y un amor más grandes que él.

Y puede que una mujer iletrada, un hombre absolutamente ignorante, comprendan mucho más profundamente el dogma que el Papa o los obispos, si están unidos a Dios de manera más profunda e intensa. Porque justamente el Papa y los obispos en concilio, como el sacerdote en la Misa, son meros sacramentos. No son nada por sí mismos, desaparecen en la persona de Jesús, y su misión está fundada en una dimisión.

Eso es lo magnífico que hay en la Iglesia: estamos protegidos contra los límites del hombre, no dependemos jamás de las fallas humanas, estamos siempre y únicamente orientados hacia Jesucristo y a Él volvemos ya que la Iglesia es Jesucristo, y todo lo demás sólo tiene valor de sacramento. Cuando reciben la Santa Comunión, ustedes no preguntan de qué harina está hecha la hostia que lleva la Presencia de Jesús. Pues bien, exactamente esa es la actitud de un cristiano ante la jerarquía: en el fondo, qué importa que sea tal o cual hombre. Ninguno cuenta sino como sacramento, signo vivo que representa y comunica a Jesucristo, que no puede jamás imponer a Jesucristo sus límites y sus fallas, de suerte que en la Iglesia sólo se trata de Jesucristo, siempre, porque en la Iglesia toda misión se funda en la dimisión porque el poder de la Iglesia es el poder de no poder nada, sino justamente testimoniar de Jesucristo y darlo.

Es muy importante recordarnos estas verdades elementales porque es el papel que tenemos que jugar particularmente: si la unión debe hacerse como lo deseamos con toda el alma, primero habrá que dar a la jerarquía, dar al misterio de la Iglesia el puro valor de sacramento. Si se sintiera en nosotros los católicos una dimisión total, si se sintiera que toda la jerarquía es solo un ensanche inmenso de la persona de Jesucristo, si se sintiera por doquiera la dimisión a través de la cual se realiza la misión, si se sintiera que el poder de la Iglesia no es en absoluto pretensión de nada, que es solo poder de no poder más que eclipsarse en Jesús y dar testimonio de Él, entonces muchos problemas quedarían resueltos.

En cuanto a nosotros que estamos aquí, ese es nuestro papel: tenemos que dar a la Iglesia en nuestra vida el rostro de dimisión, el rostro de pobreza, el rostro de amor que les permita a los demás sentirse inmediatamente, no delante de nosotros sino siempre únicamente delante de Jesucristo.

Yo tuve el privilegio de conocer una admirable priora dominicana, desgraciadamente fallecida este mismo año, y que llevaba en todo su ser el brillo silencioso de la Presencia de Dios. Y en su monasterio, dedicado parcialmente a la enseñanza, ella acogía a un profesor ateo, porque era un ser leal, ella se apoyaba en su lealtad, y acogía religiosas protestantes que venían a hacer su retiro, monjes ortodoxos que venían a recogerse, y nunca jamás había en ella el más mínimo deseo de interferir, de hacer ningún proselitismo, jamás hablaba de Dios, pero respiraba de tal manera Su Presencia, era tan abierta que la casa parecía a todos los que entraban como la morada de la luz y del Amor. Y ella hizo infinitamente más para hacer caer todas las barreras, para superar todas las fronteras que si hubiera querido afirmar algo. Ella era, en toda su vida, la afirmación de esa dimisión, de esa transparencia y de esa pobreza.

Pidamos a Dios que los católicos tengan el cuidado de la dimisión, de presentar al mundo un rostro de pobreza, que nadie tenga el sentimiento de que buscamos un poder, sino justamente, solo el poder de no poder nada, que nos eclipsemos en Jesús para que todo el mundo tenga acceso libre y personal a Él. Pidamos esta noche esta gracia, y en esta ciudad donde cruzamos tantos amigos y hermanos que no comparten exactamente nuestros pensamientos, que no se expresan con las mismas palabras, que pueden estar más o menos cerca del corazón de Jesucristo, y que están como nosotros animados del mismo espíritu de unidad, tratemos de darles, mediante nuestra benevolencia, mediante nuestro silencio, mediante nuestro respeto, nuestra caridad, esta visión del misterio de la Iglesia, a fin de que sepan que la Iglesia es el corazón de Jesucristo que se da al mundo, que invita a todos los hombres a devenir en Él una sola vida, una sola persona, que nadie queda afuera, que todo el mundo está dentro y que la prueba es que tratamos, muy humildemente, sin hacernos ilusiones respecto de nuestras fallas, tratamos de seguir a Jesús.

No podemos, no nos atrevemos a dar testimonio de Él sino no hablando, eclipsándonos en Él, tratando de ser para los demás, como la admirable priora de que les hablaba, la sonrisa de Su bondad.

Sí, no hay duda, estaremos mucho más cerca de la unidad cuando cada uno de nosotros aquí presentes, y todos los hermanos católicos, cuando cada uno de nosotros vaya al encuentro de los demás llevando en su corazón el Corazón de Cristo, y llevando a cada uno la Sonrisa de su bondad.

*(*) Libro : Ta parole comme une source, (Tu palabra como fuente): 85 sermones inéditos. Ed. Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 págs. ISBN : 2-89129-082-8

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