Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo, 29 de mayo, 1961. Inédita.

El comienzo de la conferencia no fue grabado. Lo transcribimos a partir de notas estenográficas (indicaciones en el texto).

Toda la experiencia espiritual la resumieron en esta frasecita mal construida: “Dios, es cuando en mí no soy yo.

Un amigo de Chopin le decía: “Cuando lo escucho, me creo siempre solo con usted y siempre todavía más que con usted.” En el fondo, instintivamente en el hombre buscamos más que el hombre y no nos sentimos cómodos sino cuando el hombre se hace espacio en que encontramos la Presencia infinita.

Es lo que entiendo en la palabra pobreza, cuando uno es libre de sí mismo. Si no somos libres de nosotros, no podemos alcanzar la dignidad humana, pero para alcanzar esa pobreza necesaria, esa libertad para ser espacio, para ofrecer a Dios la transparencia, para realizarnos auténticamente, la humanidad (comienzo de la grabación) de Jesucristo constituye un relé admirable y maravilloso pues la mayor parte del tiempo justamente no somos libres de nosotros, la mayor parte del tiempo estamos pegados a nosotros mismos, cautivos de nosotros mismos, y seguimos presos del yo biológico que hace de nosotros un pedazo de universo: es decir que la mayor parte del tiempo, la mayor parte del tiempo, existimos como cosas y no como personas.

La humanidad de Jesucristo ofrece un relé incomparable porque es un estado de absoluta pobreza. Hemos reconocido ese admirable misterio, la humanidad de Jesucristo es incapaz de toda posesión, no puede apropiarse nada, no puede decir yo, ya que es una humanidad sacramento. Una humanidad que jamás testimonia de sí ni para sí misma, sino siempre de Dios y para Dios. A través de la humanidad de Jesucristo estamos en contacto inmediato y personal con Dios, un Dios que ya está siempre ahí, y que además está en nosotros tanto como en Jesucristo, pero nosotros no estamos en él como lo está la humanidad única de Jesucristo.

La humanidad de Jesucristo es una humanidad sacramento, una humanidad diáfana, una humanidad incapaz de toda posesión, es una humanidad que testimonia siempre personalmente de Dios, que jamás puede atraernos a ella misma sino siempre a Dios, esa humanidad también está siempre ahí. Como está Dios en nosotros, un sol oculto en lo más íntimo nuestro, la humanidad de Jesucristo está siempre en medio de nosotros. Aunque Jesús salió de lo pensable de la Historia, sigue en el centro de la historia, y como ya vimos, el misterio de la Iglesia es precisamente la Presencia permanente de Jesucristo. Si Jesús nos hubiera dejado, para llegar a él, estaríamos reducidos a recuerdos humanos, a palabras humanas, lanzados de inmediato en discusiones estériles en que unos textos se oponen a otros y en que sectas rivales nacen precisamente de la interpretación de los textos. Entonces, Jesucristo siempre está ahí, siempre con nosotros, como dice el evangelio de san Mateo “hasta la consumación de los siglos”, pero repito más y más, nosotros no estamos. Jesús podría decirnos a cada uno lo que le dijo a Saulo a las puertas de Damasco: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Jesús siempre está, y repito, eso es lo que constituye todos los misterios de la Iglesia.

La Iglesia es Jesús siempre presente en un organismo sacramental en que solo la fe puede contactarlo y descubrirlo. Habiendo afirmado que Jesús siempre está, y que eso es lo que constituye los misterios de la Iglesia, acabo de decir que nosotros no estamos, y todo el problema es pues llegar realmente a Jesús, estar en contacto auténtico con él. Y ese es justamente el misterio de la Eucaristía, que todos los cristianos experimentan, la cual da lugar a fiestas tan emocionantes como la Primera Comunión que conmueve padres e hijos, que es el centro del culto cristiano y que la mayoría no la conocen, aunque a veces unas pocas almas la viven tan intensamente.

Corrientemente se dice: “En la Eucaristía recibimos a Jesucristo.” Y “Jesucristo está en la Eucaristía.” Basta pues con acercarse a la Mesa sagrada, avanzar los labios para recibir a Jesucristo. Pero no es tan sencillo: en la Eucaristía siempre hay una formidable exigencia que es esencial subrayar.

Es muy fácil transformar la Eucaristía en magia y ver precisamente en este sacramento la objeción principal contra la espiritualidad cristiana. ¿Qué quiere decir eso entonces “Tener a Dios en la mano, poner a Dios en la boca, qué quiere decir “meter a Dios en un cáliz o en un copón, o en un sagrario o en una iglesia”? ¿Qué quiere decir transportar, que significa “Llevar el buen Dios”? Todo eso parece terriblemente idolátrico. Y parece idolátrico en la medida precisamente en que olvidamos algo esencial y es que la Eucaristía es el sacramento – y hay que tomar la definición más literal – el sacramento del Cuerpo de Jesucristo. Olvidamos regularmente que es un sacramento, y que ese sacramento solo tiene realidad, solo tiene valor, si a través de él llegamos a Jesucristo, y es justamente importante situarlo, y más aún entender todas sus exigencias.

Si Cristo estaba solo, si no hizo ningún discípulo antes de su muerte, si reconoce que tenía que irse para que descendiera el Espíritu Santo sobre sus apóstoles (“Conviene que me vaya, pues si no me voy no vendrá a vosotros el Espíritu Santo”) no imaginamos que Jesús haya inventado otra trampa, cuando su humanidad visible a sus discípulos, su humanidad que entró en la historia y se convirtió en su centro – cuando su humanidad era para sus discípulos una trampa pues su mirada no era suficientemente clara y transparente como para comprender su naturaleza sacramental. Ellos no veían en ella la Presencia divina en el sentido espiritual. Se aferraban a su humanidad con todas sus ambiciones humanas, querían absolutamente que los llevara a la gloria, a la victoria y al triunfo. Es decir que hacían entrar a Jesús en un papel esencialmente contrario a su misión. Ese papel era tan contrario a sí mismo que no pudo dejar de decir a Pedro, que quería evitarle la Cruz para llevarlo por caminos fáciles: “¡Pasa detrás de mí, Satanás!

No imaginamos que Jesús, conociendo a sus discípulos, sabiendo cómo eran, qué alejados estaban de su mente, qué extranjeros a sus designios, incapaces de entrar en la pobreza divina, incapaces de creer que es por la pobreza de la Cruz (en que Dios es aparentemente vencido) que va a surgir la vida y comunicarse al mundo, no imaginamos que Jesús ponga una trampa todavía más peligrosa poniendo en manos de sus discípulos su Presencia como realidad tangible para que pudieran creer que basta tener consigo el pan consagrado, tenerlo en casa, tenerlo en la Iglesia, tenerlo en la boca, para salvarse. Es absolutamente imposible porque salvarse es justamente despojarse del yo biológico, del yo asfixiante, del yo propietario, del yo posesivo, del yo divisor que nos separa unos de otros, que crea esas fronteras de no comunicación, fronteras entre individuos o entre naciones. Si Dios es “cuando en mí no soy yo”, es claro que la única intención de Jesucristo era sacar a sus discípulos de esos límites, comunicarles, a ellos y a nosotros, su pobreza absoluta, permitirnos justamente acceder al yo divino, único que puede salvarnos y hacer de nosotros un solo cuerpo, una sola persona en su Persona.

Y la Eucaristía significa precisamente esa distancia rigurosa puesta entre él y nosotros, y no una proximidad fácil y mágica sobre la cual poner la mano, sino al contrario una imposibilidad radical de dominio o todo control material sobre él. Una distancia inmensa, infinita, que es la distancia misma de la humanidad: “No pueden llegar a mí sino en forma de humanidad, en forma de Iglesia, solo pueden venir a mí juntos, asumiendo toda la humanidad, todo el Universo y toda la Historia; sólo pueden venir a mí constituyendo el Cuerpo Místico que comprende todos los hombres y que no excluye a nadie. Y justamente cuando hayan realizado la unidad y la universalidad podrán invocarme y encontrarme efectivamente.”

Repito, Jesús ya está ahí siempre, pero nosotros no estamos. Para estar, para estar verdaderamente en su Presencia, para estar en contacto auténtico con él, se necesita esa reunión, la constitución del Cuerpo Místico, se necesita la universalidad, asumir el contacto con toda la Historia, con toda la humanidad y todo el universo.

La Eucaristía es Jesús en Presencia comunitaria, y cada consagración enciende justamente un foco de Presencia comunitaria en que Cristo no es accesible sino a una humanidad en forma de Iglesia, a una humanidad que se ha hecho universal, que ha renunciado a sus fronteras, que vive, por estar imantada por él, que vive o está en marcha hacia el yo, el yo divino, el yo universal, el yo altruista, el yo en que “yo es otro”, en fin, el yo de la divina Pobreza, el yo en que se personifica toda la vida en comunicación eterna, total y absoluta. Es entonces lo contrario de una facilidad, lo contrario de magia, lo contrario de un contacto fácil e inmediato. Es toda la distancia de la humanidad puesta entre él y nosotros y esto se comprende inmediatamente si pensamos que la humanidad de Jesús es una humanidad universal, una humanidad enteramente despojada y translúcida, una humanidad sacramento, una humanidad perfectamente universal.

Si Jesús puede vivir en el interior de cada uno de nosotros, si está en casa (como lo han dicho tan magníficamente) en el interior de los demás, es precisamente porque está totalmente desposeído, porque su humanidad es incapaz de controlar nada, porque es un don prodigioso, magnífico, ilimitado e inagotable como la divinidad misma en la cual subsiste.

Absolutamente de nada le serviría a Cristo traernos la noche de manera idolátrica. ¿De qué le serviría recomenzar con nosotros la terrible soledad que era su agonía permanente, el equívoco que existía precisamente siempre entre él y sus discípulos? ¿Cómo podría, en el sentido profundo, salvar, es decir liberar al hombre de sí mismo, ser un relé de luz en el camino de nuestra liberación si nos indujera y nos pusiera en una trampa dándonos una facilidad aparente, una santidad automática, en que basta simplemente con abrir la boca para recibir a Jesús? ¡No! A Jesús lo podemos recibir solo asumiendo todas las dimensiones de Jesús, aceptando hacernos con él hijo del hombre, presencia total a toda la humanidad. Se trata de que cada uno realice el misterio de la Iglesia, devenir la Iglesia, realizar, cada uno y todos juntos el Cuerpo Místico, único que tiene contacto con su jefe, con su cabeza que es Jesús.

Y podemos ya clarificar estas palabras repitiendo la frase admirable de Kierkegaard: “La proximidad absoluta está en la distancia infinita”. Es lo que Jesús quiso introducir, una distancia infinita entre él y nosotros, quiero decir toda la humanidad, toda la Historia y todo el universo para que estemos de verdad en contacto con él en una proximidad auténtica y absoluta.

El Cuerpo de Cristo es, de cierto modo, el cuerpo de la humanidad, y nosotros debemos constituir ese cuerpo de la humanidad en que debe circular la vida divina.

Creo que es bajo esta luz como debemos considerar la consagración. Quisiera añadir además unas tímidas palabras, una expresión muy personal que pueden aceptar si quieren. Una de las fórmulas más corrientes y banales, y menos entendidas actualmente además, la Presencia real. Jesús está realmente presente en el Santísimo Sacramento, y su presencia real se realiza durante la liturgia, y muy especialmente durante la consagración. […]

Son palabras corrientes pero constituyen nidos de equívocos, ¿qué entendemos pues por presencia, presencia real? Como saben, hay niveles de presencia. Una, por ejemplo es nuestra presencia aquí, presencia corporal, de cuerpos en un lugar. Otra la que se realiza en este momento mismo, la presencia del pensamiento en ustedes; el pensamiento está presente en ustedes, por ejemplo, mi pensamiento comunica con ustedes, y es bien claro que la presencia del pensamiento en ustedes no es la presencia del agua en la fuente, o la de sus cuerpos en este lugar. Y la palabra que les comunica el pensamiento es bien una presencia real, la palabra transmite realmente el pensamiento, y sin embargo el pensamiento no está en la palabra como el agua en una jarra o como un reloj en un estuche. Aunque decimos que la mente está presente en el cuerpo, no podemos localizar la mente. En su humanidad, la vida humana se difunde por doquiera está tan presente en la raíz de los cabellos como en la punta de las uñas o de la uña del meñique.

Si esperan una carta de un ser amado, la carta que esperan y que debe determinar una proximidad indispensable entre él y ustedes, están contando los días, las horas, atisbando la llegada del correo, y la carta es su amigo, es él, su amigo, su pensamiento y su ternura. Y la carta pueden echársela al bolsillo, pero no pueden echarse el pensamiento ni la ternura. Se echan al bolsillo la carta, pero no el pensamiento ni el amor. La carta es el sacramento de una presencia, de una presencia muy real y el pensamiento está realmente presente en la carta, pero no como el agua en la fuente, ni como un reloj en un estuche.

Existe pues toda una jerarquía, toda una escala de presencias reales, muy diversas. Hay que saber en qué nivel se sitúa la presencia real en la Eucaristía. Y aquí santo Tomás desarrolló magníficamente el tiempo, o mejor, desvió el tiempo negando absolutamente que la presencia eucarística fuera local. La presencia eucarística no es presencia local, no la podemos tocar, ni dividir, ni comerla ni digerirla, ni transportarla, ni tocarla, ni profanarla. Podemos tener pensamientos de profanación pero no logran nada, pues justamente todo contacto físico con el Santo Sacramento es radicalmente imposible. Por eso Santo Tomás niega formalmente que Cristo pueda aparecer y ser visto en la Eucaristía. No puede haber visión de Cristo en la Eucaristía dice santo Tomás, puede haber visión acompañando la Eucaristía, confirmando la fe en la Eucaristía, como el milagro de Bolsena, si hubo milagro, en que se pretende que la sangre del cáliz se derramó en el corporal, para sacar de sus dudas a un sacerdote que vacilaba, y que vio sobre el Corporal lo que él llamó la sangre de Jesús. Santo Tomás niega formalmente que la sangre de Jesús pueda derramarse en la Eucaristía. Puede que se le dé un signo a una fe vacilante para llevarla a una fe más profunda, pero Cristo eucarístico de ninguna manera puede verse ni aparecer.

Estando justamente en una trans-física, en que todas las relaciones locales, todo contacto material, son radicalmente imposibles. Es pues esencial recordar que no encerramos a Cristo, que no lo transportamos, no dividimos a Cristo, ni lo comemos, ni lo digerimos, excusen las precisiones; digerimos el sacramento, transportamos el sacramento, dividimos el sacramento, vemos el sacramento. Por eso es esencial recordar que se trata del sacramento del Cuerpo de Jesucristo. Es una realidad sacramental, toda la realidad de Jesucristo desde luego, pero que no es accesible físicamente y escapa absolutamente a todo contacto material, aun milagroso.

Y es importante evitar aquí el cortocircuito de un lenguaje demasiado material pues finalmente, a fuerza de hablar del Buen Dios, del Buen Dios que está presente, que lo tocamos, lo cogemos, lo recibimos, terminamos construyendo una magia terrible que aleja las mentes delicadas y hace además absolutamente imposibles los debates sobre la presencia real. Basta leer las famosas controversias del siglo 16 que siguen todavía desgraciadamente, para saber el grado de materialización del lenguaje y la imposibilidad de llegar a cualquier conclusión ya que cada uno, a partir de equívocos nunca esclarecidos, es absolutamente incapaz de entender lo que el otro quiere decir, ni se comprende a sí mismo.

¿Cómo concebir entonces la Consagración? ¿Qué sucede, por ejemplo, en el momento de la Consagración? Es algo infinitamente delicado, y lo que les voy a decir lo digo bajo mi responsabilidad personal, sin comprometer en absoluto la fe de ustedes. Hay que recordar que Jesús, el día llamado de la Ascensión, o digamos, en el misterio de la Ascensión, rompió sus últimos lazos con el mundo visible. Estamos aferrados al mundo visible por el comer y beber, por la respiración, en fin, por todas las influencias que nos atan al universo material exactamente como las plantas y los animales. La espiritualidad, o la espiritualización consiste en despegar poco a poco de esa esclavitud, hacerla cada vez más ligera, a reducirla a un estricto mínimo, justamente para preparar el lanzamiento del cohete en que se hace eterno el ser, en que se consuma su eternización.

Y justamente la muerte, cuando es un acto libre, cuando no la sufrimos, como en el caso de san Francisco, la muerte es la liberación suprema en que por fin se rompen los últimos lazos de dependencia respecto del universo material. Entonces es todo el ser que se libera y se construye interiormente, que nace verdaderamente a sí mismo naciendo al yo divino. Cristo, justamente, cuya humanidad está totalmente despojada, Cristo que es la libertad absoluta, humanidad incapaz de poseer nada, Cristo abandona naturalmente sin esfuerzo alguno el plano material y sin embargo permanece con nosotros, permanece dentro de nosotros, sin estar prisionero de las categorías locales.

Por otra parte, conocemos muy mal el espacio y el tiempo pues son cosas relativas, y tenemos un conocimiento extremadamente primitivo de lo que creemos ser muy claro como la materia, que no es probablemente más que un concierto de vibraciones con vacíos inmensos, vacíos inmensos, pues el universo es una vaga cáscara alrededor de un vacío [?]. Todo eso lo conocemos muy mal, pero sabemos que podemos despegarnos, en la medida en que progresamos disminuimos el apego a las dependencias cósmicas, y comprendemos que Jesucristo, estando entre nosotros, con nosotros, dentro de nosotros y pudiendo por tanto intervenir en nuestra vida, y sabemos por experiencia que interviene efectivamente, pero no necesita, no necesita justamente pasar por las rendijas, las rendijas cósmicas. Entra en nosotros por el interior, como penetra siempre la verdad además, la verdad tanto como el amor. Como el amor. Saben muy bien que la verdad, la música, el amor, entran en nosotros por el interior, por el interior, sin pasar por la puerta, por el interior. Por el interior como lo hace Jesús de cierto modo en las apariciones a sus discípulos después de la resurrección. Así pues, Jesús actúa en nosotros de manera trans-física, de manera trans-física. Y va justamente a introducir en el pan y el vino, que son los sacramentos o los símbolos de ese Cuerpo místico que tenemos que formar, que son el alimento simbólico del banquete en el cual nos reunimos o mejor, en el cual nos reunimos alrededor de la mesa del Señor, Cristo va a introducir una relación, una relación metafísica, pues nada físico sucede en el Santo Sacramento: todos los análisis químicos solo encontrarán finalmente pan y vino.

Si existe una realidad colosal, y existe, es una realidad trans-física, metafísica si quieren, una relación que une los elementos a un orden nuevo, al orden de libertad, de liberación, al orden universal, de modo que los elementos siguen siendo foco de Presencia comunitaria.

Les voy a dar ahora una imagen, una imagen que van a entender inmediatamente, y que es solo una imagen: si cultivamos un corazón de pollo, le sacamos a un pollo vivo el corazón y lo cultivamos in vitro, en un tubo, lo cultivamos dándole los elementos necesarios para que siga latiendo. El corazón late, y está fuera del pollo y del organismo del pollo que ya está bien muerto. Supongo que podemos injertar el corazón que late y que ha sido cultivado in vitro, injertarlo en un pollo vivo de corazón frágil o enfermo, y que este corazón entrando en el organismo desempeña de nuevo la función de un corazón normal. Para hacer la cosa más hipotética si quieren, supongamos que se ha retirado un corazón humano a un ser moribundo y se lo ha conservado en todo su poder dinámico, y lo mismo que se injertan ojos para devolver la vista, se injerta el corazón, que se restituye a un organismo que lo necesita, un corazón que no ha cesado de latir artificialmente in vitro, en tubo, y que, habiendo seguido latiendo artificialmente, lo introducimos de nuevo en un organismo donde sigue latiendo esta vez en unión con el organismo, y beneficia de ese todo misterioso que constituye justamente la vida de un organismo. ¿Qué cambio habría entre el corazón in vitro y el corazón en el organismo, el corazón en el tubo y el corazón que vuelve a ser uno de los órganos esenciales de la vida? No hay ningún cambio si quieren. Sigue siendo un músculo animado ce ciertos latidos. Pero perciben la inmensa diferencia por el hecho de que el corazón que estaba en el tubo y vivía artificialmente si se puede decir, encuentra, habiendo sido puesto de nuevo en el contexto de las relaciones orgánicas, encuentra de nuevo vida, vida orgánica y participa en todo el conjunto maravilloso que es una vida individual, que es la vida de un pollo, o la de un ser humano.

Así, pienso yo, la consagración determina en los elementos una relación trans-física, repito, trans-física, metafísica, absolutamente inverificable por ningún procedimiento físico-químico pero con una relación que hace entrar justamente esos elementos en un contexto, en un concierto de relaciones en el centro del cual se encuentra precisamente Jesucristo. Y que esos elementos así consagrados, revestidos así de relaciones totalmente nuevas, introducidos por ellas en un mundo enteramente nuevo, convertidos así en el foco de una presencia comunitaria, son aptos precisamente fijar [?] la presencia de Cristo, es decir a transmitirla, a condición que nosotros estemos en estado de apertura y de universalismo.

Lo entenderán mejor si recuerdan lo que yo enunciaba hace un instante, es decir que la Presencia real, infinitamente real de Cristo no es presencia local, desafía absolutamente toda aproximación, toda experiencia material, jamás puede ser percibida físicamente y escapa absolutamente a toda verificación sensible. Presencia real no quiere decir presencia local. Es algo muy diferente. Y puesto que hay un cambio radical, que el cambio es además inverificable físicamente, hay que situarlo en lo trans-físico, en lo metafísico, y no hay ninguna dificultad para aceptar, como la palabra lleva el pensamiento, como la letra conlleva la ternura y la presencia, estos elementos muy reales, repito, nos comunican en cierto modo la Presencia total de Jesucristo. Presencia además que surge en las especies solo por llamado de la Iglesia, por el llamado del Cuerpo místico, por el llamado de una humanidad que ha aceptado justamente la distancia infinita que Jesús establece entre él y nosotros, distancia de amor que nos encarga de toda la humanidad.

Todo eso para alejar toda imaginación carnal, todo fantasma que podría al mismo tiempo disminuir el sentido de la distancia infinita que es la condición de la proximidad absoluta, y hacernos absolutamente inconcebible la transustanciación. No busquemos pues en lo físico lo que no está en lo físico, pensemos que lo físico es un límite, que la espiritualización a la que somos llevados nos libera poco a poco de todas esas dependencias y transfigura además lo físico mismo, alivia el peso, y hace del universo cada vez más una música silenciosa. Pensemos eso, pensemos que podemos escapar a todas esas dependencias cósmicas, que esa es nuestra vocación, que en vez de ser portados por la biología podemos portarla, que eso es justamente lo que hemos de hacer, como vamos a ver en un momento, y que Jesús, aun estando en medio de nosotros, dentro de nosotros, siempre está con nosotros, presente porque ha salido de las dependencias físicas, puede actuar desde adentro sin pasar por la puerta de los sentidos, puede actuar desde adentro y precisamente ejercer sobre los elementos simbólicos del banquete de la fraternidad divina, fruto de la paternidad divina, puede actuar sobre esos elementos. Su acción los transforma, los transfigura, los transustancializa, en fin, les da una resonancia nueva, porque los reviste de una relación esencialmente nueva, una relación eclesial, que hace de los elementos consagrados un foco de presencia comunitaria, en la comunidad, que solo es accesible a la comunidad y para ella.

Por eso es imposible separar el Santo Sacramento del misterio de la Iglesia. Es su foco y su centro. Y es imposible hacer de la Comunión un caramelo místico, que se tomaría para uno mismo, para su propia consolación. En la Eucaristía hay siempre una exigencia eclesial infinita y universal que hace imposible acercarse al santo Sacramento sin vivir el misterio de la Iglesia, sin hacerse presente al mundo entero y a toda la Historia, sin devenir, en fin, Iglesia uno mismo.

Bajo esta luz es que pensamos que la Asunción tiene lazos muy estrechos con la Eucaristía. Si tenemos que hacernos Cuerpo místico de Jesucristo, devenir cuerpo universal, si tenemos que aligerarnos de nuestro peso, liberarnos de nuestros límites biológicos, si tenemos que fraternizar más allá de todas las razas y de todas las divisiones nacionales, si tenemos que reconocer lo humano del hombre, devenir espacio en que cada uno encuentre su patria y su hogar, es imposible no saber [?] que debemos transfigurar el cuerpo, crearlo, que debemos hacerlo cuerpo humano, cuerpo místico, cuerpo sacramento, cuerpo que es fuente, origen y creación.

Y creo que si el cuerpo se opone a la espiritualidad en las cosas más sencillas, si está aferrado al cosmos, es por el beber y comer por un lado, y por el sexo por otro. El cuerpo es sexuado, y así está atado a la especie. Casi siempre el embrujo sexual es el embrujo de la especie. Sea cual fuere la manera como lo concibamos, finalmente se trata de conjugar los dos gérmenes, el óvulo y el espermatozoide, conjugarlos para obtener la fecundación, es por lo menos lo que explica la puesta en movimiento, la emoción, la curiosidad, todo el temor y toda la alegría, todo lo misterioso portador de la vida desde el comienzo del mundo. Todo eso supone que el hombre está ligado a la especie y que en ciertos momentos es solo una célula germinativa portadora de la vida de la especie. [… ?] Pero eso termina también en tragedias. Recuerden las palabras terribles de Gide: “Familia, familia, te detesto, te detesto.” ¿Porqué “familia, te detesto”? ¿Porqué las palabras de Sartre: “El infierno son los otros”, que tienen exactamente la misma resonancia? “El infierno son los otros” justamente porque la humanidad significa dos cosas: humanidad biológica, humanidad animal.

Se puede concebir la humanidad como el conjunto de los hombres que constituye la especie zoológica homo sapiens, pero la humanidad puede ser también la humanidad calidad, la humanidad valor, y eso es otra cosa. La humanidad biológica es condenada, la humanidad animal es un dato, es prefabricada, la llevamos en nosotros, estamos atados a ella, y el sexo es precisamente lo que nos ata más estrechamente a ella. Pero hay otra humanidad, la humanidad valor, la humanidad calidad, la humanidad libertad, que no es un dato sino que es necesario devenir. Y ese es el problema, hacerse humanidad valor, hacerse humanidad libre, devenir humanidad universal, de manera que realicemos en nosotros un bien común. Si es necesario defender los derechos humanos, de todo hombre, si los derechos humanos son sagrados e inviolables, es en la medida en que cada uno puede ser bien común, bien universal, en que cada uno puede encontrar en sí mismo su realización, su fin, en que cada uno puede encontrar en sí un fermento de grandeza y de libertad.

¿Y cómo podría el hombre ser bien común si está encerrado en su propia biología de clase, de nación, de raza, o de religión? Todo límite biológico me cierra a un grupo. Justamente, al que pertenece a otro grupo. Para ser bien común, tengo que expresar en mí lo humano en toda su pureza, lo humano sin fronteras, lo humano sin límites, lo humano en que cada uno pueda reconocerse, en que cada uno encuentre justamente el fermento de su propia humanización. Pero esa evacuación, esa desposesión, ese despojamiento […?] es algo a la vez enorme y que debe inscribirse en el ser entero. Si no, no puedo ser Humano en este sentido si soy sensual, si soy todavía esclavo de mis glándulas, si no he dominado el embrujo de la especie.

Y ahí justamente encontramos las palabra de Gide: “Familia, yo te detesto en la medida en que la familia es una sociedad biológica, en que los padres obedecieron simplemente al instinto ancestral, como sus padres y sus abuelos y tantos otros y eso hasta el comienzo, y quizás, ¡ay!, hasta el final. La familia biológica no puede constituir por sí misma el medio humano en que se desarrolle lo humano, en que lo humano se descubra, en que lo humano se revele a sí mismo. Y por eso la familia es casi siempre, por su composición, una máscara, una obligación de ocultarse cada uno, de separarse, de camuflarse. Y finalmente, las familias ponen en común la materia de la sopa, los vestidos, las preocupaciones materiales, y casi nunca la verdadera vida y la vida del espíritu. Es tan sagrado, tan delicado que preferimos hacer chistes un día, o reservarlo para momentos solemnes en que nos reunimos en la iglesia donde se acepta que juntos hagamos gestos que tienen para cada uno significado interior, y luego, una vez pasados esos raros momentos, caemos de nuevo en la especie de comedia, y para la mayoría de la gente Dios no significa gran cosa, no los toca en su profundidad, aunque puede haber genios, hombres especialmente dotados que se asfixian y pueden decir como Gide “familia, te detesto”. Porque la familia lo limita, por ser biológica, por no ser universal, por enraizar en el niño todos los prejuicios, por imponerle ya un conjunto de determinaciones en vez de mantenerlo virgen de espíritu, […?] imponerle opciones, prejuicios, cerrándolo definitivamente la mayor parte del tiempo a una apertura universal y haciendo de él, de buena fe, un dictador o aprendiz de dictador, un tirano doméstico o nacional, un fanático, en fin, de sus opiniones filosóficas o religiosas.

El infierno son los otros” que nos roban el mundo como dice Sartre, que nos atan al medio de su campo visual como objetos, que nos ven como un objeto entre otros, mientras nosotros tratamos de fijarlos por la mirada en un mundo de objetos, viendo pasar la gente por la calle como fantasmas, como si no tuvieran interioridad, como si no llevaran el mismo misterio, la misma angustia, la misma dignidad, la misma experiencia que nosotros. Caminamos en un mundo de fantasmas, mientras los únicos efectos [?] son los que nos tocan de modo pasional, que son necesarios a nuestra felicidad, y que además la mayor parte del tiempo, nunca los hemos encontrado realmente ni los hemos visto, ya que deseando poseerlos somos incapaces de descubrirlos.

El infierno son los otros”, y bajo una forma menos dura, el gran poeta Rilke decía en sus cartas a un joven poeta: “los jóvenes, sí, los jóvenes, no saben que el amor es la mayor prueba de la vida.” No saben que es la gran prueba, se precipitan unos sobre otros, o mejor hacia los otros, se confunden, se revuelven [?], no tienen nada que darse. Creen comunicar, ¿pero qué comunicarían si no han sido todavía? [?]

En todo hay [?] una mezcla biológica, no hay nada, no parece nada, no crea unidad, no revelan el misterio, deja subsistir todas las máscaras e impide que se manifieste el verdadero rostro en una respiración libre en que por fin aparezca él mismo en toda su belleza… [48’ 09]

Y ahí es justamente donde el concepto juega un triste papel la mayor parte del tiempo, ya que limita el hombre y la mujer a la especie, los fija en la especie, en la biología, en los elementos primitivos, en la corriente oceánica y oscura, magnífica pero oscura… que debería justamente decantarse y hacerse una, una obra de arte en los sueños de un pequeñín.

Y la fuente de ese mundo, es justamente transformar todo ese plano oceánico, penalizar esas fuerzas, despojarlas, decantarlas, reunirlas y transformarlas en música, en música, en música. Es un símbolo magnífico pues la música son vibraciones, vibraciones de la atmósfera que podemos medir, contar, grabar. ¡Pero no es así como entendemos la música! La música entra en nosotros por el interior, por el interior. Eso es lo que constituye la grandeza de la música, que siendo un cuerpo de vibraciones grabable materialmente, nosotros la no la percibimos bajo esa forma sino interiormente, en un espacio, en un espacio donde encontramos la más íntima libertad.

Y sentimos bien que la música es una de las ecuaciones más privilegiadas y magníficas de la vida interior, y no solo expresiones sino inducciones [?], uno de los fermentos más poderosos de la vida interior, justamente porque nos pone en resonancia íntima, nos hace a nosotros mismos música viva, nos pone en estado de silencio, y escuchamos todas las voces del silencio. Para el ansioso que puede dudar, puede hacerse rostro de pies a cabeza, puede devenir sacramento.

Y puede mentir creyendo que el Cuerpo podemos mantenerlo en las manos y tocar con las manos su misterio, y seguro lo perdemos, lo perdemos cuando no lo captamos en sus dimensiones trans-físicas, cuando no lo percibimos en su secreto humano, cuando no lo percibimos en su impulso hacia la inmortalidad, cuando no lo entendemos como sacramento de Dios.

Existe justamente toda una creación del cuerpo, y comenzar por dividir el hombre en cuerpo y espíritu no significa nada: todo el hombre es una capacidad de superación, todo el hombre es un llamado a la libertad, es todo el hombre el que debe despegar, transfigurarse, todo el hombre debe transformarse en hijo, todo el hombre debe ser invitado al yo divino.

Y el cuerpo de la hostia en su radicalización “trina” divina, el cuerpo de la hostia debe ser la expresión y el sacramento, la custodia y el evangelio de esa Presencia única. Es decir que todas las palabras, ¡todos los libros, no significan nada, literalmente no tendrían significado! Todas las palabras, todos los libros, todas las fórmulas, todos los ritos no significarían nada si no hubiera un rostro, un rostro de hombre o de mujer, un rostro que les dé finalmente su significado vivo y comunique su Presencia divina como Presencia personal, del brillo, en el brillo en que resplandece con evidencia, indiscutiblemente el despojamiento creador por el cual accede el hombre a su yo divino.

…Existe pues una asunción del cuerpo que nos permite comprender la asunción de María y la ascensión de Jesús. Se trata de un despegue, de un despegue de las condiciones físico-químicas que nos atan al universo y que son además indispensables para vivir en él. Para vivir en él de manera visible, pero claro está, esa no es la única manera, no es la única. Y repito, vamos hacia una vida, hacia una vida trans-física, trans-biológica, hacia una vida liberada, hacia una vida de la cual llevamos una nostalgia enorme. ¿De qué nos serviría finalmente penetrar los misterios de los demás, de sus vísceras, si no alcanzamos su rostro interior, si no alcanzamos el surgimiento de su generosidad, si a través de ellos no estuviéramos en contacto con la Presencia adorable?

Sí, esa es la gran nostalgia, buscamos en los rostros una Presencia, una Presencia infinita. Eso es lo que buscamos, lo que nos interesa y nos apasiona. En efecto, somos en síntesis una posibilidad de revelación infinita. En todo hombre hay una fuente oculta. Si en todo hombre hay un sol invisible, si en todo hombre hay un mensaje en espera y que nos está esperando. Y cuando por azar, por gracia, se abre un rostro, se relaja y cesa por fin de camuflarse porque tiene confianza, porque da su confianza, es el gran destello, el gran deslumbramiento pues a través de ese rostro transparenta verdaderamente el infinito, y es la creación que viene a nosotros en su fuente, y nosotros vamos a ella.

¡El universo de Cristo es un universo en perpetuo nacimiento, en perpetua novedad, en perpetua creación! Por eso es un universo en el cual nunca cesamos de admirar, de sentir respeto. Un universo en el cual la distancia infinita es siempre la condición de una proximidad absoluta. La distancia no significa vivir separados de los demás, separarse de los demás, sino abordarlos con tanto respeto que jamás queramos imponerles nada, que jamás los acusemos de límite alguno, que jamás les forcemos a nada, sino que solicitemos siempre en ellos, en ellos, las fuerzas a menudo no utilizadas, a menudo las fuerzas de Lo Desconocido, las energías divinas que además solo pueden surgir bajo el imperio de un amor arrodillado, y no de otra parte, igual que el de Cristo en el lavatorio de los pies, y que hacen de repente de la humanidad la cosa más hermosa del mundo.

[En otra lengua] Oh qué bella es la humanidad, qué hermosa es, es hermosa cuando se realiza en perfección en un cuerpo transfigurado y transformado todo en el rostro de la Presencia adorable, todo el santuario del Espíritu, todo entero sacramento del Cuerpo de Cristo.

La misa, claro está, ¿cómo podría no decir lo que es para mí? La misa es ir hacia él, es sumergirse en el silencio, ir hacia la cumbre, hacia la cumbre que está en el corazón del silencio. Donde se manifiesta lo que somos, silencio, pero donde aparece a condición que ir hacia él significa ir hacia todos.

Justo antes de esta subida silenciosa hacia él está siempre la presencia de la historia, la presencia de la miseria, siempre la presencia del sufrimiento, siempre la presencia de los cautivos, siempre está la presencia de los difuntos que se han disuelto en el polvo. Hay siempre las guerras: la sangre se derrama; siempre están los locos privados de contacto con la vida. ¡Ahí están todos, todos! Esto es mi cuerpo, es el viático, el viático, el viático de toda la humanidad. No hay accidente, no hay catástrofe que no esté iluminada y no reciba justamente su luz en esta Presencia universal. Ministerio de resurrección.

Y ¿cómo no sentir en esta subida hacia él que es subida hacia todos, cómo no sentir la paternidad universal que es la verdadera paternidad? ¡Qué maravilla ser sacerdote! ¡Qué maravilla ser padre de todos! Qué maravilla conocer un milagro: ni clase, ni sexo, ni edad, ni fortuna, pues cada uno tiene el derecho de ser padre, cada uno tiene derecho de ser engendrado, precisamente cada uno tiene derecho de nacer en la unidad inmensa en que cada uno es miembro de Jesucristo, en que cada uno se hace Cuerpo místico de Jesucristo, cada uno se universaliza, cada uno accede al yo divino que se expresa en nuestros labios: “Esto es mi Cuerpo, esto es Mi Sangre”.

Y por eso me parece que toda esta charla podemos resumirla en estas palabras que vuelven tan a menudo en las misas de la Virgen. Jesús en la cruz designa a Juan y dice a María: “Ese es tu hijo”. Ese es tu hijo. Me parece que eso es la Eucaristía. Si recuerdan eso recordarán lo esencial. En el fondo, eso es la Eucaristía. Por la Eucaristía, con todo lo que implica estar encargado, por la Eucaristía Jesús dice a cada uno de nosotros: “Ese es tu hijo”, ese es tu hijo, tu hijo, toda la humanidad, todos los hombres, todas las miserias, todos los dolores, todas las esperanzas: ¡Ese es tu hijo! Y ese es el sentido de la Comunión. ¡No se trata de ir a comulgar para nosotros, para dispensarnos de ser, de servir, de liberarnos y de alcanzar nuestra grandeza, nuestro poder de creador! Eso sería monstruoso, sino de ir a comulgar justamente para responder al gran deseo que Jesucristo tiene de recibirnos, de presentarnos como miembros en que él vive para su Padre. Basta responder justamente a este llamado, responder al llamado para vivir la misión que nos ha confiado a todos y que no cesa de confiarnos en cada liturgia, poniéndonos ante todo el género humano y ante toda la historia, abriéndonos a una paternidad y maternidad universales, diciendo a todos y a cada uno: “Ese es tu hijo”.

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