Conferencia de Mauricio Zúndel en Dar El-Salam – El Cairo en 1956. Publicada en el libro Dans le silence de Dieu (*)

A mi amigo Andrés BURGER

Quizá no existe sino un problema: que para sí mismo, el hombre sea problema.

Si uno se propone conocerse a sí mismo, según el precepto inscrito en el frontón del templo de Delfos, Conócete a ti mismo, se descubre puesto perpetuamente en tela de juicio.

¿Es un animal dotado de razón, como pretende Aristóteles? Sin duda, ¡pero qué tragedia en esta asociación! Como animal, soy un manojo de impulsos orientados a la conservación del organismo que los tiene y de la especie de la que es un imán que oscila entre la necesidad y la saciedad, el deseo y el placer. Como dotado de razón, puedo intervenir en el engranaje, explorarlo, juzgarlo, aprobarlo, conde­narlo, perfeccionarlo o desorganizarlo, encerrarme dentro o tratar de evadirme.

¿No es extraño que una parte de mí, justamente la que está marcada por las pérdidas más precisas y los instintos más rigurosamente determinados, esté sometida al juicio, al arbitraje de otra parte que solo conoce burdamente los engranajes cuya responsabilidad debe asumir, y que le son aún más desconocidos?

No estoy solo, es verdad. Pertenezco a un grupo humano que tiene costumbres, moral y leyes. Pero ¿son suficientes esas tradiciones comunitarias para encender mi lámpara y dirigir mi conducta? ¿No tengo también yo la capacidad de ponerlas en tela de juicio, de juzgar y desmontar la máquina social, siendo el árbiotro de mi vida orgánica? Después de todo, los legisladores son hombres como yo. ¿Porqué debería yo, sin examinarlas, suscribir a sus decisiones que remontan a menudo a un pasado superado hace tiempo?

Comprendo que haya que sea necesario las necesidades físicas que disponen de recursos limitados, para impedir que los hombres se destruyan mutuamente por el desenfreno de su codicia hacia los mismos objetos. Pero esta necesidad es exterior al deseo y no cambia la provocación. Al contrario, la puede exacerbar. Además, puedo demostrar que obramos mal, que el legislador ignoró toda psicología, toda pedagogía y toda verdadera justicia.

¿No puso André Gide todo su inmenso talento para oponer a las ficciones del grupo que me quiere así la autenticidad de lo que yo soy? Esa actitud era muy ingenua, pero en todo caso ratifica la posibilidad de rehusar la moral de la tribu para ponerla finalmente en nuestras manos.

Y aquí estamos de nuevo a la obra: estar dotados de razón o del poder de cuestionarlo todo.

Pero ¿es posible vivir y cuestionar? Descartes se protegía de este abismo antes de entregarse a la duda metódica, rehusando así ese riesgo total.

Sin embargo, para evitar todo riesgo, la solución más sencilla y más común es proponer seguir la naturaleza. ¿Porqué complicar las cosas? Los instintos nos muestran el camino. La sabiduría está en darse a ellos, libremente, con la serenidad que previene toda represión.

En realidad, eso supone que los instintos son gente bien educada, que evitan cortésmente toda discusión, que el amor del dinero, el deseo de dominación, la vanidad, la lujuria, la pereza se organizan en sinfonía en la construcción del mejor mundo.

Prosaicamente, eso supone que un gran número de pobres imbéciles siguen haciendo oscuramente lo que deben para que unos pocos elegidos puedan calmar su sed en las fuentes del deseo.

Pero esta candidez burda y avara no es nada comparada con la anulación de la razón implicada en esa decisión. En efecto ¿qué significa el libre arbitrio si se limita a ratificar el dominio de la biología, si solo salgo de la corriente cósmica para sumergirme conscientemente en su inconsciencia, si solo razono para decidir abandonarme a su tumulto, si solo veo para decidir enceguecerme?

¿Puedo jugar a la escondida conmigo mismo y creer sinceramente realizarme en esa connivencia con la oscuridad: o me disuelvo en los elementos del mundo o en el gran todo del universo, de la nación, de la raza o de la clase?

Hay que reconocer que la tentación es grande, especiosa y sutil. Entonces, todas las pasiones no tienen el mismo aspecto y nadie las siente todas a la vez ni en el mismo grado. A menudo descansamos en una de los esfuerzos que solicitan las demás. La avaricia y la dureza que aplicamos en un proyecto son compensadas por la generosidad que utilizamos en otro. Queremos adquirir para asegurar el futuro de los hijos. Somos crueles o mentimos para proteger el honor patrio o para promover los justos intereses de clase. Siempre hay buenas razones para poner la razón en el terreno de los instintos. Todos lo hacen, más o menos, y así también nosotros.

¿Qué realidad puede oponer la razón a este realismo, tan firmemente establecido y tan universal de las pasiones individuales y colectivas? ¿Es suficiente el punto de interrogación que está al comienzo?

Cuestionarlo todo es quizás un bello programa, pero la vida no lo tolera por mucho tiempo. Ya vimos que el mismo Descartes no lo logra sin artificio pues un filósofo debe alimentarse y convivir de alguna manera con las leyes del Estado en que vive. Pero ese no es el fondo del problema.

Los instintos y las pasiones que la razón debe arbitrar, somos nosotros. Eso somos ante todo. Esos determinismos son interiores a nuestro ser. Podemos, sin duda, ser otra cosa y eso pretendemos desde que ponemos el yo como diferencia en que se confirma la creación de nosotros por nosotros mismos. Pero este proyecto permanece muy confuso, lo mismo que las directivas muy vagas y abstractas de la razón.

Andrés Gide afirma con seriedad que la pederastia es buena y provechosa para los dos participantes, invocando como patronos a Sócrates y Platón. Eso muestra que el bien exigido por la razón puede ser comprendido de varias maneras y que parece una especie de vacío que busca contenido pero sin prescribirle un carácter determinado, sino que sea razonable: que sea muy elástico y sujeto a múltiples interpretaciones.

De hecho se puede decir y repetir que es absurdo emerger de los determinismos pasionales para inmergirse en ellos y ver para decidir enceguecerse – no es menos absurdo superarlos sin sentido – como se debe hacer si en mí no hay más que el manojo de instintos y la mirada de mi razón que los juzga y los arbitra. Me pueden parecer graciosos y tontos.

Y si no hay nada más, si además no puedo subsistir orgánicamente sin obedecerles hasta cierto punto, si finalmente provocan maravillosos espejismos, ¿porqué no puedo dejarme fascinar? ¿Rehusaría yo adherir a esta parte mía para quedar suspendido en el vacío, superándome por nada con una actitud heroica y sacrificar en vano mi propia realidad?

El cuidado del bien ajeno no cambia esencialmente el debate. Si los demás están como yo, sometidos a sus instintos, no hay razón para preferir sus pasiones a las mías o para buscar su bien en vez del mío.

Lo más que les puedo aconsejar, como hace Andrés Gide, es no sacrificar a prejuicios vulgares y tabúes ancestrales la realidad que son ellos.

Vemos que la interrogación acaba por anularse. Lejos de escapar al impulso de los instintos, la razón puede limitarse a conservar el gozo rehusando su costo y decidir que el arte de la voluptuosidad es precisamente el bien, el único, y si el cálculo resulta mal hecho y la máquina se descompone o la sociedad se venga, ponerle fin a la experiencia, sin ruido, mediante el suicidio.

Tal es la extraña condición del hombre. No se identifica necesariamente con sus determinismos, ya que puede juzgarlos y modificarlos y que no pueden absorberlo sin su consentimiento. Pero esta margen queda prácticamente anulada porque los instintos le presentan de ordinario la única realidad sobre la cual pueda ejercer su elección.

Nos encontramos así de nuevo en el punto de partida. El único problema, del que todos los demás son mera proyección, es quizá que el hombre sea problema para sí mismo. Hemos podido verificar, mediante un largo periplo, que la solución no está al alcance de la mano.

En efecto, del hombre podemos decir lo que Pascal afirma de Dios: “No me buscarías si no me hubieras ya encontrado.” Es un círculo en que estamos, sin saber cómo hemos entrado en él. Miren a san Francisco cuando besa la mano del leproso en el campo de Asís. Había tenido esa ocasión muy a menudo. La terrible soledad de los desdichados separados del mundo humano por el temor del contagio lo habitaba desde mucho tiempo, pero el asco de esa podredumbre viva siempre lo había hecho huir. ¿Qué ha cambiado para que hoy ponga sus labios sobre esa mano que tiende hacia él su cubo de pus y sangre?

Lo que ha cambiado es que hoy ya no están solo Francisco y el leproso. Entre ellos se ha deslizado una Presencia que reviste la podredumbre con indecible majestad, y neutraliza la fetidez insuperable. Liberado de sus reflejos defensivos, Francisco rinde homenaje al tesoro escondido en esa carne en descomposición y que se manifestó de repente a su mirada renovada.

Cuando monta de nuevo en su caballo, es otro hombre: o mejor, comienza a ser otro pues acaba de nacer a su humanidad. Jamás va a olvidar este momento en que encontró por primera vez su rostro interior que era el único camino hacia sí mismo. Había ahí algo absolutamente imprevisible. Lo que resume menos mal quizá ese acontecimiento es que el bien se le había revelado como el amor del amor.

Ya no se trataba ni de un decreto divino que ordena o prohíbe en el sentido en que habla san Pablo de la ley, ni de una obligación inscrita en un código humano o impuesta por una tradición no cuestionable, ni de un conflicto entre razón e instintos que termina canonizándolos o condenándolos, ni del problema insoluble que es el hombre para sí mismo y de discursos ineficaces que se ejercen sobre este tema. Pues justamente ya no había problema.

Una ternura maravillosa había inundado todas las fibras de su ser, dándoles a cada una la plenitud infinita que la revelaba a sí misma colmándola – y estaba todo suspendido de esa generosidad que lo precedía en el impulso en que se daba sin reservas en el espacio ilimitado que se abría en él.

Suprimida toda frontera y abolida toda separación, él se sentía en comunión con todo a través de la intimidad que invitaba y suscitaba la suya. Infinitamente libre además, por estar liberado del yo – el cual para afirmarse se encarcela en los determinismos que lo banalizan y lo cosifican – mientras que él hace el descubrimiento revolucionario que Rimbaud debía presentir: “Yo es Otro.

El hombre y Dios, la existencia en forma de amor, idéntica con el bien, idéntica con la libertad que es desapego de sí mismo, y con la personalidad que es fuente de valor para toda conciencia accesible a su resplandor, el universo fraternal a todos sus niveles, mineral, vegetal y animal, en la luz de una verdad que es la luz de la llama de amor: Francisco descubre y acoge todo eso al mismo tiempo, y todo está indisolublemente unido a la Presencia liberadora y personificante que no es él, pero que es el único camino hacia sí mismo, en esa Presencia que es presente y don y que lo hace a él presente y don totalmente.

Esto no quiere decir que todo esté terminado y que Francisco no tenga ya sino que registrar su estado de santidad. Necesitará todavía no menos de 25 años del más puro heroísmo para hacer fructificar este primer encuentro en perfecta asimilación. Solo quiere decir que por este cambio de nivel, por este cambio de ser que el Evangelio llama el nuevo nacimiento o el nacimiento de Arriba, la condición humana ha tomado para él un sentido esencialmente nuevo.

El que no ha vivido esta experiencia en cierto grado, aunque no sea sino por un instante, permanece inevitablemente exterior a sí mismo. Su inteligencia misma es incapaz de revelarle su intimidad. Sin duda puede exigir que la respeten, ante las intrusiones de los demás, pero fracasa en penetrar su secreto. Por eso se convierte tan fácil y naturalmente en abogado e instrumento de los instintos, en su administrador y encargado de negocios podríamos decir.

Una parábola puede servifnos de imagen del cambio operado por el nuevo nacimiento y la ceguera en que permanece el que no lo ha vivido.

Una empleada doméstica virtuosa y muy ocupada en su tarea descubre de repente el amor de su patrón cuando él le propone matrimonio. Imaginemos todas las delicadeces posibles de la propuesta y supongamos que la empleada se eleva hasta un amor del mismo nivel. Contraído matrimonio, ella sigue con sus mismas ocupaciones. Para un observador exterior, no ha habido cambio alguno. La esposa sigue con las mismas exigencias del hogar que la empleada. Pero para ella todo ha cambiado pues cada una de sus humildes tareas es la respuesta de su amor al amor que le ha precedido, cada una implica el don de sí misma y alimenta el diálogo de su intimidad con la intimidad que la provoca, cada una es toda su persona orientada hacia el ser amado que es su centro de gravedad.

¿Cómo explicaría ella esa transmutación de los valores al observador externo incapaz de percibir ninguna diferencia en la ofrenda continua en que se realiza y el servicio que prestaba antes a cambio de un salario? Ni trataría de convencerlo. Comprendería tanto más fácilmente que él no pueda comprender cuanto que ella misma habría sido incapaz de imaginar semejante cambio antes de vivirlo. Sólo tendría la luz de su felicidad para mostrarle.

Algo así es lo que siente Francisco en el episodio decisivo del beso al leproso que inicia su camino de cantante de Dios. En adelante llevará dentro la cumbre interior que fija la medida del hombre en el nivel en que comunica con la divinidad, cuya Presencia lo hace presente a sí mismo y a todo.

En eso consiste, en efecto, la novedad prodigiosa. Aquí Dios ya no aparece como el principio abstracto que culmina una serie de razonamientos a los que adhiere, sin cambio, la mente, obligada por la estructura lógica, consignando esta explicación suprema en sus polvorientos archivos.

Tampoco es el Dios de una tradición que se confunde con la historia, las necesidades, las leyes, las fronteras y prejuicios de un pueblo para el cual la verdad se identifica con la razón de Estado, como los escribas entendían a Moisés o Carlomagno el cristianismo.

Tampoco, y mucho menos, es el símbolo de los terrores humanos ante peligros insuperables, ni la proyección inconsciente de esperanzas egocéntricas cuya realización escapa a nuestra capacidad, ni el bálsamo que remedia los golpes de la suerte interpretados como obra de una voluntad todopoderosa, que no nos deja otra solución que la resignación del súbdito que se inclina ante su señor.

No, el Dios del nuevo nacimiento no es ninguno de esos. Es la Presencia de amor testificada en la relación personificante que nos suspende a ella, haciendo de todo nuestro ser una presencia de amor en que nuestra libertad despierta en la liberación que la culmina. Accedemos entonces a nuestra intimidad, en la intimidad divina que la suscita.

Nos conocemos en el Otro en que tiene su centro de gravedad el alma, tanto que a este nivel, es lo mismo conocernos y conocer a Dios, pues su Presencia permanece incognoscible sin la nuestra, como la nuestra es al mismo tiempo incognoscible e irrealizable sin la suya.

Porque si se interrumpe el diálogo de las presencias unidas, el yo se derrumba en los fundamentos biológicos y ya no somos sino algo, dotado solo de avidez infinita e investida de un poder aterrador de sufrimiento y destrucción, porque es muy cierto que para el hombre “Yo es Otro” fuera del cual solo queda la grande noche de la ausencia.

Si es correcto, este análisis de la experiencia personificante nos permite quizás aceptar que la Revelación constituye en su esencia la línea de vértice que marca las cumbres interiores en que se actualiza la presencia humana al contacto con la Presencia divina, y que la fe, que es la luz en que testifica de ese encuentro, es el acontecimiento personificante por excelencia.

Un comentario de la visión inaugural de Isaías, consignado en el cap. 6 en la Biblia, y que se sitúa hacia 740 a.C., se pregunta si el maestro del profetismo hebreo contempló realmente en el santuario la esencia incomunicable de Dios y escribe: “Muy probablemente no. La gracia formó en él una imagen majestuosa de Yahvé según la idea que él mismo podía tener.” Como, según el mismo autor, el propio Isaías pudo concebir la forma y el número de serafines de la misma visión inaugural según los Kâribúes: genios alados con rostro humano que se ven en los tempos asirios y babilonios. (J. Steinman, le Prophète Isaïe, p. 37-38, nota 6.)

Esto no implica necesariamente un préstamo, pero por lo menos implica que se trata de imágenes que quedan dentro de las invenciones humanas.

Generalizando los índices de este tipo, podemos decir: puede que todo el material de la revelación, todas las imágenes y todas las ideas, los conceptos y símbolos del profeta, del poeta o del sabio o escriba, preexisten en su mente anteriormente a la visitación divina que hace de ella el órgano de la Revelación.

Puede que se logre hallar completamente el origen de ese material en el medio en que vivió el inspirado o en las influencias externas que le llegaron o en el humus de los sueños primitivos que siempre ha soñado el hombre. Puede que los autores no inspirados hayan dado a las cuestiones que se plantea respuestas mejores y más profundas. Puede que no haya dado a sus contemporáneos ninguna nueva noción que signifique progreso del pensamiento. Más aún, puede que el inspirado haya estado en retardo ante la ciencia de su época, como debió estar retardado san Francisco para con las escuelas de su tiempo.

Todo eso no tiene importancia alguna, porque el Espíritu Santo revelador no es un maestro de escuela que le sopla al oído al alumno trabajador las informaciones que completan sus cursos de historia, de ciencia, de filosofía o de derecho para darle un sistema del mundo que encierra en su discurso todo lo de abajo y lo de arriba, sino más bien la Presencia encarnada que Lacordaire venía a buscar humildemente a los pies del Cura de Ars, el cual, comparado con él, estaba en retardo bajo tantos aspectos.

Para ser un poco más preciso, la Revelación forma el lecho de la Presencia que Francisco respira en el beso al leproso, a través de cualquier conglomerado de ciencia, historia, máximas, imágenes, sueños, fábulas o mitos, impregnando todos estos elementos que condicionan su enraizamiento en nosotros y que ella puede tomar tales cuales, del fermento que prepara el encuentro divino.

Si levanta un velo, como sugiere la etimología (revelar = develar) es precisamente el de las palabras con que se manifiesta. Es algo como una conversación en que intercambian dos intimidades: las palabras se consumen en el fuego de las presencias en que las almas descubren sus caras, el sentido usual cede a la confidencia de ser que las llena y las recrea en la luz del secreto que enuncian. Son, por decirlo así, palabras corrientes pero que toman ahora una resonancia única en el nivel en que se identifican las personas.

Las palabras de la Revelación son igualmente, o mejor, eminentemente, palabras inductoras de una Presencia, palabras confidenciales que solo se pueden comprender por vía de identificación, más exactamente, palabras sacramentales que contienen la vida divina y la suscitan en toda alma armonizada con sus exigencias.

Buscaríamos en vano en ella una doctrina literalmente caída del cielo. Es otra cosa y mucho más, como la intimidad del amor es algo diferente y mucho más que las informaciones obtenidas por padres prudentes sobre los futuros cónyuges. Por eso, finalmente, nadie le puede decir a nadie qué significa la Revelación. Porque para no traicionarla y comprenderla bien es necesario vivir la vida divina de que es confidencia, pasando por el nuevo nacimiento que introduce el diálogo eterno.

Esto no quiere decir que todos los profetas, todos los inspirados, órganos de la Revelación, hayan sido necesariamente grandes místicos. Pudieron a veces quedar fuera del festín al que invitaban a los demás. Pero su mensaje no constituía por eso menos un elemento y un acontecimiento místicos, para estar esencialmente ordenado al encuentro íntimo del alma con Dios del cual en cierto modo son presentificación. Por otra parte, el mensaje solo tuvo efecto liberador encarnándose en una vida y asimilando la savia divina.

Si el brahmán logró algo del esbirro que lo asesinaba al afirmarle en su último suspiro: “Tú también eres Eso”, es decir, tú también eres brahmán, no fue por mostrarle su identidad con Brahmán como una proposición a suscribir y ponerla en el arsenal de sus ideas, sino haciéndole sentir en un total olvido de sí mismo y en un perdón heroico, la generosidad infinita que es la única que puede hacer surgir nuestro ser en un impulso de amor, en la Presencia total que responde a la que suscita la nuestra.

Como he dicho, la fe es la luz del encuentro en que despierta nuestra intimidad en contacto con la intimidad divina, la luz del espacio de amor en que se realiza nuestra liberación en el altruismo infinito que constituye nuestra personalidad. “Su diferencia, dice Fenelón hablando de Dios, “es que no tiene diferencia.” Es decir que Dios se distingue de todo ser encerrado en sus límites como el que por naturaleza no tiene frontera. Proporcionalmente se puede decir lo mismo del ser humano, en la medida misma en que se abandona a la intimidad personificante de Dios: su diferencia es que no tiene diferencias.

En otras palabras, en él la luz es tanto más pura cuanto más completamente sale de sí mismo: y su personalidad es tanto más luminosa. Luz de vida, presencia de amor y personalidad auténtica son, en efecto, lo mismo, o mejor, el mismo y único don.

Por eso se puede hablar con pertinencia del personalismo de la fe, como la luz que ilumina el sendero de cumbre en que la personalidad se constituye y progresa según la huella de Dios.

El único problema es quizá que el hombre es problema para sí mismo. Sin duda es verdad, pero podemos añadir ahora que es un problema dialécticamente insoluble.

Ningún razonamiento puede hacernos pasar de afuera a dentro, ni de la esclavitud o la revuelta a la libertad.

La fe no es una solución, una explicación caída del cielo, pues aparece precisamente cuando cesa todo problema.

De repente, el hombre nace a sí mismo, se vuelve presencia, intimidad, valor, luz, amor y resplandor al entregarse a Dios que lo llena, eso es todo. Pero no existe camino para ir allá. De por sí, ningún discurso puede llevarnos allá.

El hombre se encuentra más allá de sí mismo porque su personalidad no se realiza realmente en sí mismo sino en el Otro, en su interior. Pero eso nadie lo sabe antes de hacer el encuentro con Dios, que es lo único que le permite superar la distancia hasta sí mismo, la cual es tan grande como entre él y Dios.

Fuera de ese encuentro, el hombre permanece necesariamente extranjero a sí mismo. Por eso las palabras de Pascal son tan ciertas para el hombre como para Dios: “No me buscarías si no me hubieras ya encontrado.

(*) Libro Dans le silence de Dieu (En el silencio de Dios). Ed. Anne Sigier, Sillery, janvier 2002, 320 pags. ISBN : 2-89129-395-9. 2° volumen (de tres),con artículos publicados entre 1948 y 1964.

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