Conferencia de Mauricio Zúndel grabada en el Convento de Carmelitas en Bruselas, y publicada en Foi Vivante, revista de los Padres carmelitas de Bruselas, n°17, Diciembre 1963.

En uno de los más hermosos versos de la poesía inglesa, Keats, admirable poeta, contemporáneo de Shelley, escribe: “Entonces se deslizó entre las hojas y sin ruido, un ruidito salido del suspiro mismo que el silencio exhala…” El poeta que escuchó respirar el silencio con esa plenitud percibida a través del silencio de la presencia infinita, está ciertamente anclado en ese mundo entero de que nos hablaba Gabriel Marcel, mundo del diálogo en que el hombre se halla ante alguien, ese mundo que no es una mecánica ciega sino que está impregnado de pensamiento y que tiene su fuente en una “música callada”. Estas son las palabras que san Juan de la Cruz aplica a Dios.

No nos sorprende pues encontrar el testimonio de Einstein que nos dice, desde el punto de vista del sabio – que es el mismo que el del poeta, del artista y del contemplativo, sea quien fuere – que “el hombre que ha perdido la capacidad de sentir admiración y respeto es como si estuviera muerto.

El sentimiento religioso, el sentimiento místico, el sentimiento de una presencia está pues al comienzo, al origen de todos los grandes descubrimientos científicos. El sabio dialoga, escucha, se asombra, el sabio se eclipsa y se entrega a la luz que lo llena y que supera infinitamente todas las fórmulas que pueda establecer y transmitir, fórmulas que son meros escalones que, mediante una escala cuya cumbre jamás alcanzamos, nos permite acercarnos cada vez más al centro interior a nosotros mismos, la verdad en persona. Todos los artistas, todos los sabios deletrearon uno tras otro los alfabetos que provocaban la admiración de san Buenaventura cuando veía en el universo un alfabeto escrito por los dedos de la Santísima Trinidad.

Así es como se debería escribir la historia, en vez de contar hazañas de guerra y jefes militares, enseñando a los niños la historia por medio del arte, a partir de las cuevas de Altamira o de la Capilla de los santos, etc., descifrando a través de los siglos y de los pueblos el surgimiento de la belleza, recogida de la realidad misma y expresada a través de la misma realidad. Pues como decía el poeta inglés Patmore, “toda realidad quiere cantar, nada distinto cantará”.

Y todos los niños aprenderían historia si todos los pueblos les fueran presentados bajo esta perspectiva y no bajo la de la rivalidad de los jefes sino como inventores de otra manera de expresar la hermosura del mundo, el gozo de vivir, en encuentro con la Presencia única que nunca conocemos pero siempre reconocemos. Entonces se podría constatar que la historia real, la que construye progresivamente la humanidad, es siempre la afirmación del mundo.

El Doctor Schweitzer estudia los pensadores indios y entre ellos distingue a los que profesan la negación del mundo y los que, al contrario, profesan la afirmación del mundo. Todas las artes, todos los descubrimientos científicos, están del lado de la afirmación del mundo y no nos sorprenderá encontrar el arte de los artes, la liturgia que es arte divino, la liturgia cristiana. En efecto, qué maravilla que todos los artistas importantes hayan querido en algún momento de su carrera, escribir una misa o un motete, hacer un cuadro, esculpir una estatua para rodear el misterio del Cordero inmolado desde el comienzo del mundo. ¡Qué misterio que alrededor del altar se hayan reunido justamente los perfumes; los colores y los sonidos! A veces dicen: “La Iglesia materializa el Espíritu porque nos necesita”, sin ver que es lo contrario: la Iglesia espiritualiza la materia, o mejor, revela el verdadero rostro del universo que no es ni materia ni espíritu sino lo uno y lo otro, que es el resplandor de la Presencia a través de todas las formas visibles.

Porque justamente Cristo hace caer los muros de separación, y en él es imposible separar la carne por un lado y el espíritu por otro. Cristo restablece la unidad: el espíritu solo se manifiesta en la carne y la carne vive solo por el espíritu. El tiempo, la conquista de la eternidad y lo invisible transparentan en lo visible. El cristianismo no sería el mismo, no sería la religión de la Encarnación, si no proclamara, si no realizara, si no engrandeciera esa unidad. No, nada hay más alejado del cristianismo que la separación, el divorcio con el mundo visible, la huida de la realidad. Nada hay más impío ni más condenado desde el punto de vista de la Sagrada Escritura, ni más contrario a la Tradición cristiana.

Porque justamente toda la Tradición cristiana, o mejor, Cristo que es el centro de la Tradición y el Verbo hecho carne, no ha cesado de conducir los contemplativos a descubrir el esplendor del mundo. Pues en el estigmatizado Francisco de Asís, el hombre es una cruz viva que canta el Cántico del sol y quiere escuchar su canto en el momento de su muerte. ¡Ah! La tierra no está maldita, la tierra es santa, la tierra es hermosa, la tierra es glorificada, la tierra se ha hecho cielo, pues justamente la Transfiguración ahora está completa, la identificación es total, ya no hay nada que se oponga al brillo de la presencia divina, y en un guijarro Francisco percibe los latidos del corazón de Dios, su pensamiento y su ternura sin los cuales nada puede existir.

¿No dijo san Juan de la Cruz, el más ascético de los hombres, pero el más viviente, el que cantó en el Cántico Espiritual, poema inmenso para el cual habría que encontrar un músico adecuado: “Pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con su sola figura vestidos los dejó de su hermosura”?

Esa es la mirada cristiana que busca en el mundo las huellas de la mirada divina y toda realidad está revestida de belleza por el solo rostro de Jesús que ennobleció todo, consagró todo, divinizó todo. La Iglesia es la afirmación del mundo, de un mundo infinito, de un mundo divinizado, y se comprende que cuando le presentan a Teresita niña un montón de juguetes y le piden que escoja, ella responde: “¡Lo escojo todo, todo!” Lo quiere todo, y ¡cómo tiene razón! Debe quererlo todo. No pecamos por falta de ambición, pecamos solo porque nuestros deseos son demasiado pequeños, ¡pecamos solo porque no deseamos el infinito!

Pero el infinito que Francisco descubre en la divina pobreza, el infinito que brilla para san Juan de la Cruz en las huellas de la mirada divina, el infinito con el cual Teresita se identifica con tanto ardor, ese infinito no se puede poseer pues justamente no es algo sino alguien. Y no se posee a alguien, no se mete una persona al bolsillo, solo se puede llegar a ella haciéndose para ella espacio de luz donde se la acoge y donde ella respira.

Por eso la moral cristiana es mística. En el fondo, no existe moral cristiana sino mística cristiana, una mística de la identificación, una mística de la unión con Dios, una mística cuyo verdadero nombre sería mística sacramental, una mística que percibe siempre, y realiza siempre la unión con Dios a través de la hermosura del mundo hallada de nuevo y todo el arte de los perfumes y de los sonidos.

Y no nos sorprenderá que justamente la glorificación del universo sea ante todo la glorificación de nuestro cuerpo. Es extraño que hayamos hecho del cuerpo humano el símbolo de toda degeneración y la fuente de todos los deseos desordenados, cuando es la cuna de la vida, la cuna de la vida humana, la cuna del niñito y el templo del Espíritu Santo. Al contrario, deberíamos decir que nuestro cuerpo es lo más sagrado que existe, lo más grande, misterioso e incognoscible, porque es el sacramento más perfecto en el orden de la creación visible. Si todo es sacramento, los cirios, el fuego, el color, los perfumes, la palabra, ¿no serían sacramento nuestro cuerpo y nuestro rostro? justamente el misterio pascual es celebrar el cuerpo, prometerle la resurrección, afirmar que desde ya está viviendo la vida eterna.

La belleza del cuerpo, la gracia del cuerpo es la vida misma, la vida de Dios que circula en nosotros. Justamente, la belleza del cuerpo debe ser belleza infinita, belleza que no se puede poseer, belleza transparente ante la cual nos arrodillamos como ante el sacramento en que resplandece la eterna belleza.

Pensemos en el beato español Manara, que es el prototipo del Don Juan de todas las leyendas y el cual, deseando seducir una bella andaluza quedó subyugado de repente por la mirada de esa mujer, que era una verdadera mujer digna de ese nombre, y que le hizo sentir de repente que en ella había otra cosa, una dignidad, una grandeza, una fuente infinita. Entonces, por primera vez, este hombre de deseo comienza a amar, a venerar, a respetar y se casa con esa mujer, se santifica en contacto con ella y cuando enviuda, llega por ella a la vida divina y se convierte en el mismo siglo 17 de san Vicente de Paúl, en una especie de Vicente de Paúl español, y lo veneran en Sevilla bajo el nombre de Beato Manara.

Jesús glorificó el mundo, pudo glorificar todo el universo. En él, como dice san Ambrosio, resucitaron el mundo y la tierra. Con mayor razón nuestro cuerpo resucitó en él, y se trata justamente de descubrir ahora la moral, o mejor, la mística pascual, y de aprender que la pureza es el respeto del cuerpo, del cuerpo reconocido como realidad infinita.

Eso es lo que hizo Jesús del cuerpo, una realidad infinita que no se puede poseer, que no se puede tocar con las manos porque es un sacramento vivo de la presencia adorable y que descubrimos el cuerpo inseparable del espíritu, sacramento de Dios donde la mirada de Jesús imprimió el sello de su eternidad. Con esa mirada transfigurada podemos descubrir el cuerpo en su dimensión humana y su vocación divina.

¡Qué maravilla! Nuestro Señor es en verdad el Salvador, no solo de los espíritus sino de los cuerpos, de la tierra y del cielo, y en él toda la realidad se convierte en revelación de Dios, y como decía justamente Buenaventura, el alfabeto escrito por el dedo de la Santísima Trinidad.

¡Con qué dicha debemos acoger la proclamación de la resurrección del Salvador como Buena Nueva, como la última buena nueva, la más apasionante del siglo, del tiempo, de estos días, de esta hora! Ella nos hará repartir con la ambición ilimitada de hacer de nuestra vida algo infinito dándole al cuerpo toda su nobleza, toda su grandeza y toda su belleza, tratando de hacer de él la sonrisa de la presencia divina ya que en fin, el primer evangelio, el más necesario, aquél sin el cual ningún libro ni palabra será eficaz, el resplandor de la eterna hermosura a través de nuestro rostro.

¡Ah! ¡Cuánta razón tenía san Pablo! En Jesús no existe el sí y el no. Solo existe el sí, pues Jesús puso en valor todo lo que merece vivir, y dejó de lado todo lo que debía morir, le dio a nuestra vida una dimensión infinita, nos hace vivir el cielo en la tierra, la eternidad en el tiempo, lo invisible en lo visible. En fin, hace de todo, incluido el cuerpo, un sacramento vivo. Miren sus manos, sus pies, todo es infinito, todo es portador de Dios, todo está lleno de su gracia y de su vida porque ustedes son enteramente cuna de la vida y Templo del Espíritu Santo, ya que Jesús vino a glorificarlo todo, a terminar todo. Pues si el Verbo se hizo carne fue para que la carne se hiciera Verbo.

ext_com

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir