Homilía de Mauricio Zúndel sobre la oración, en Francia, en 1972. Inédita. ¿Qué es orar? Es Dios que nos pide y espera que lo escuchemos (1).

Estamos reunidos para la oración, y muy en especial para la oración de la Unidad. Pero ¿qué es la oración? ¿Qué sentido tiene? ¿Cuál es su misterio? ¿Y su eficacia?

Pascal, cuyo corazón ardía con el fuego del corazón del Señor, nos lo dice en palabras inagotables en el centro del misterio de Jesús: “Jesús oró y los hombres no lo escucharon.” Indiscutiblemente, Pascal se refiere aquí a la agonía del Señor. Por tres veces, Jesús imploró a sus amigos y por tres veces los encontró dormidos. Eso lo expresa Pascal en estas palabras, que son toda una revelación: “Jesús oró y los hombres no lo escucharon.”

En esta perspectiva, la oración no es la respuesta de Dios al hombre, sino más bien el hombre que responde a Dios. En efecto, Dios está eternamente respondiendo, otorgando. Siempre está ahí. Como dice san Pablo (2 Co. 1:20), Dios es el en el cual no hay no. Siempre ha respondido ya. Dios es en persona la respuesta, el dador.

Y por eso las palabras de Pascal contienen una verdadera revelación de Dios, no de un Dios más allá de las estrellas, de un Dios que domina y está por encima del mundo, de un Dios que prescribe, limita y amenaza, sino de un Dios dentro de nosotros, que es el gran secreto de amor escondido en el fondo de nuestro corazón, el Dios que encontró Agustín el día de su conversión: “¡Tarde de amé, hermosura tan antigua y tan nueva! Tarde te amé, y sin embargo, tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera, y te buscaba corriendo sin hermosura tras las hermosuras que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.” (Confesiones, libro X, cap.27)

Eso es: Dios ya está ahí, desde siempre. Nosotros lo olvidamos, dormimos, estamos distraídos, lo abandonamos. Él siempre está, y cuando nos recogemos, cuando escuchamos, cuando encontramos el sentido del silencio, lo encontramos en la admiración y su rostro brilla en la alborada que surge en nosotros.

La oración es la respuesta del hombre a Dios. La oración sella el matrimonio de amor que Dios desea contraer con nosotros: “Os he unido a un esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura.” (2 Co. 11:2)

La oración renueva continuamente ese desposorio. La oración es el que cierra el anillo de oro de las bodas eternas. Y por cierto, la oración puede tomar todas las formas: la oración de petición que es la más corriente y que responde a la inmensidad de nuestras necesidades, que es un grito angustiado que lanzamos a Dios, pero un grito hacia Dios que, más allá de todos los bienes que pueda otorgarnos, significa finalmente pedirle a Dios que se nos dé Él mismo. La oración en fin de cuentas nos abre al don de Dios que contiene todos los demás.

La oración puede ser la que vivimos en este momento, la oración litúrgica, la oración de la Iglesia, la oración que debe ser el relicario del silencio. La oración puede ser la oración de admiración del artista ante la belleza; del artista que expresa la hermosura. Puede ser la oración del sabio en el encuentro con la verdad. Puede ser la oración de la madre al nacimiento de su bebé, la oración de los novios, o de los esposos cuando se intercambian intercambiando a Dios. Puede ser la mirada del campesino del Cura de Ars fijada sobre el tabernáculo, mirando a Dios como Dios lo miraba.

Puede ser la oración del Peregrino ruso que repite sin cesar, conforme a una práctica tan antigua y tan fecunda, la antigua práctica oriental: “Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí”, repitiéndola día y noche impregna su inconsciente de la Presencia del Señor, y hace de Jesús realmente la respiración de todo su ser.

Puede ser la oración que hacemos sobre nosotros mismos respetuosamente al rehusar hacer trampa en nuestra soledad, cuando permanecemos ante el testigo incorruptible que es Dios cuya inocencia jamás puede ser sorprendida.

Por fin, también puede ser la oración de todos los días, la oración de todo el día, la que hacemos sobre los demás. La caridad en su sentido más profundo se alimenta de esta oración sobre los demás, pues en ellos –como en mí– el Señor está esperando. En los demás, el Señor me está esperando; en los demás, el Señor se abandona entre mis manos y yo debo crear el ambiente y el espacio en que mi prójimo descubra a su primer prójimo que es el Dios vivo.

Oración de todos los días, oración de todo el día, que puede realizar en efecto el precepto evangélico de orar siempre, pues de la mañana hasta la noche tratamos con los demás, de la mañana hasta la noche podemos herirnos con sus límites, lo mismo que ellos pueden herirse con los nuestros.

Y la oración puede superar todos esos límites. Voy a hacerme interior al alma de los demás; sin violar su clausura, me voy a instalar en la raíz misma de su vida, allá donde su vida tiene su fuente en Dios. Voy a coincidir con el misterio mismo de su ser más profundo, y retirándome delante de Dios que mora en ellos, voy a crear justamente el espacio donde Dios se manifestará como la vida de la vida.

¿Cómo vivir mejor esta semana de la unidad si no haciendo sin cesar oración sobre nuestros hermanos humanos para comunicarles sin hablar a Dios en persona? Así tomaremos más profundamente conciencia de la revelación que contienen las palabras de Pascal: “Jesús oró a los hombres y no le escucharon”. Así encontraremos el sentido nupcial de la vida cristiana. Así conoceremos la infinita ternura de Dios que viene a nosotros para intercambiarse con nosotros.

El ritual del matrimonio en la India antigua consistía sencillamente en estas palabras: el novio le decía a la novia: “Tú eres yo y yo soy tú”. Ese es finalmente el último secreto de la oración cuando podemos volvernos hacia él, que nos está esperando en lo más íntimo nuestro. Dios nos responde como lo comprendió maravillosamente el gran mártir del Islam, Haladj, crucificado en 922 en Persia y cuya mística se parece tanto a la de san Juan de la Cruz. Haladj interroga al Señor – como vamos a interrogarlo nosotros en el silencio de la Eucaristía. Y Dios le responde como nos va a responder a nosotros: “¿Y quién eres tú, Señor? ¿De verdad, quién eres?” Y el Señor le dice: “Pues yo soy… ¡yo soy tú!.

Mauricio Zúndel

Nota (1). En el contexto de la oración, el verbo exaucer en francés, corresponde en español a los verbos responder, escuchar, y a veces otorgar, conceder.

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