Homilía de Mauricio Zúndel, en el Cairo, en 1966. Inédita.

En el milagro de la multiplicación de los panes (Mt. 14 13-21), conviene distinguir el modo como se hizo el milagro y el sentido del mismo. El modo como se realizó el milagro me recuerda lo que Ana de Tourville contaba que le sucedió durante la guerra. Su madre y ella vivían bajo el más estricto racionamiento. Ya casi no tenían carbón para la calefacción y ambas ahorraban para los días de frío intenso pero un día, ya no pudiendo más, tuvieron que utilizar todo lo que les quedaba y, al día siguiente, seguras de haber acabado todo pero esperando encontrar algunos restos de carbón olvidados fueron de nuevo a la cava y encontraron lo necesario para el día. Y así todos los días, encontraban justo lo que necesitaban para el día. La mamá le tenía fe a Don Bosco y lo invocaba con frecuencia.

¡Pues así se realizó el milagro de la multiplicación de los panes: resultó uno, luego otro, y otro, cada vez que daban un pan, sin que hubiera montañas de pan en reserva, es decir que este milagro, como todos los milagros de Jesús, se realizan con profunda discreción.

Y en cuanto al sentido, nos invita a ponernos en contacto con él, centro del centro. Para el hombre, todos estos fenómenos deben terminar en la alegría de saber, en el encuentro con una Presencia infinita. El universo se hace interior al hombre. Es un espacio espiritual. El universo se hace Alguien, recibe un rostro y permite el diálogo. Comprendidos por dentro, todos los fenómenos nos llevan a ese punto único, al centro único que es eterno.

Para un artista, todos los fenómenos pueden llevarnos bajo otro aspecto al mismo centro, a la misma Presencia, al rostro inefable dentro de nosotros. El milagro está en la misma línea: es, en el orden de la acción, lo que es la alegría de saber en el orden del conocimiento y lo que es el director de orquesta en el orden de la Belleza.

Todas las energías del mundo se concentran en las manos de Cristo: ahí toman rostro. El milagro está en la misma línea que la alegría de saber y que la obra maestra: nos lleva al centro, nos hace sentir ese punto único, la eternidad interior a nosotros que hace surgir todo el universo en un mismo grito de amor.

Se trata de que entendamos este evangelio por dentro, de recibir la invitación al interior donde está el Dios vivo y de entender que el universo solo tiene significado en la medida en que todas esas energías entre manos virginales y generosas están llamadas a ser creadoras de libertad, de dignidad, de alegría y grandezas espirituales.

El mundo solo existe por fragmentos. A nosotros nos toca descubrirlo realizándolo ya que es en la medida en que vivimos en Dios que seremos más capaces de expresar los fenómenos del universo para que el mundo entero se transforme en la respiración de Dios.

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